Tragedias sexuales

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Palomedes
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Tragedias sexuales

Mensajepor Palomedes » 08 Jul 2013 17:04

Acabo de leer este artículo que comenta uno de los libros de Albert Ellis, famoso psicólogo y moderno Diógenes, en el cual se narran las miserias sexuales de los estadounidenses de los años 50 y primeros 60, muchas de las cuales aún estoy convencido de que aún conviven entre nosotros. Otras, simplemente, han mutado para convertirse en distintas neurosis igualmente nocivas. Me da la impresión de que en algunos aspectos desbarra, como es en el caso de la homosexualidad y la zoofilia, pero es natural que cualquier doctrina llevada al extremo produzca esperpentos. Esto me recuerda lejanamente a Pirrón cuando se arrojaba a las ruedas de los carros convencido de que no se puede confíar en los sentidos.
La vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan.
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Palomedes
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Palomedes » 08 Jul 2013 17:04

El sexo en los tiempos de Mad Men

Publicado por Álvaro Corazón Rural

http://www.jotdown.es/2013/06/el-sexo-e ... e-mad-men/

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—Los españoles sois asquerosos.
—¿Por qué?
—Porque folláis con mujeres que no se depilan los brazos.
—No sabía que las mujeres tenían brazos.

Esta conversación entre un aragonés y una serbia la escuché en un bar de Belgrado hace dos años. Me recordó a cuando Buddy Bradley, el personaje del cómic Odio de Peter Bagge, le pidió a su novia Lisa que se depilase. Ella le contestó que él también tenía pelos en el ombligo. A lo que Buddy replicó: “no quiero follar con alguien que se parezca a mí”. Aunque esa noche en Serbia, el hombre, el maño, resultó ser un desprejuiciado varón cosmopolita. No como Buddy en el Seattle de los 90.

Mi padre vivió en Bilbao durante la Transición. Aprovechó la efervescencia ideológica del momento para reunir una colección de pegatinas políticas. La que más me llamó la atención cuando ojeaba el álbum constantemente en mi adolescencia no era ninguna de ETA o de los jocosos carlistas, era una de una lengua que chupaba un pezón peludo y decía: “¡Libertad sexual!”. Digamos que siempre me han llamado la atención las autoridades que se creen con derecho a proclamar cómo, cuándo y con quién se debe follar y, por supuesto, los que se han rebelado contra eso.

Ahora ha caído en mis manos una edición argentina de un libro, La tragedia sexual norteamericana, que escribió el psicólogo Albert Ellis en 1962. Es un retrato riguroso y documentado de los tabúes y problemas sexuales de los estadounidenses justo antes de la revolución sexual. La época de la que trata Mad Men, al menos en sus primeras temporadas. Una serie cuya emisión produce cierto fenómeno paradójico. Por un lado resulta graciosa al mostrarnos el anacrónico rol de florero que tenía entonces la mujer, mientras que por otro ha puesto de moda sus vestidos vintage para aspirantes a It girls de iPhone e Instagram.

No es la intención de este espacio de libros corroídos, “Busco en la basura algo mejor”, trazar paralelismos entre la cultura sexual de aquella época y la actual, lo que requeriría un estudio trabajado por expertos, o al menos alguien más atento a las tendencias que le rodean, pero sí reivindicar la lectura de una obra que se puede encontrar muerta de risa en los mercadillos de libros de segunda mano. Es que mola mucho, se puede leer como una novela de terror. Tanto por lo que cuenta de esos años como por las analogías que precisamente uno puede hacer con el presente. Pero insisto en que eso es algo que dejaremos al libre juicio del lector. Pasemos sin más a destriparla.

La beatificación de la belleza

En cada capítulo de este libro, Ellis describe las características esenciales de la sexualidad en el Estados Unidos de 1960 a partir de la literatura, el cine, la publicidad y otros aspectos de la cultura popular, además de los testimonios de los pacientes de su consulta. Habíamos dicho que era psicólogo. Y fue, además, uno de los más importantes de su tiempo. Algunos dicen que su trabajo fue más relevante que el de propio Freud.

La primera paciente que pasa por su diván es una mujer de un aspecto envidiable, muy atractiva, nos describe, pero que siente odio de sí misma a causa de su imagen. Decía que tenía la nariz muy larga y las mejillas muy altas. Un “aspecto terrible”, en sus propias palabras. Todo esto estando buenísima a juicio del autor.

A partir de ahí, tras citar un reguero de referencias sobre imperativos de belleza martilleados en los medios de comunicación y el cine, Ellis concluyó que en Estados Unidos se estaba enseñando a las mujeres a “sentirse físicamente inadecuadas”.

Porque teniendo en cuenta que solo uno entre cada 25 o cada 100 podía acercarse “a medias” a la mujer modélica, se preguntaba cómo iban a tener el resto respeto por sus cuerpos. Los ideales de belleza con los que se “machaca la cabeza de las lectoras”, decía, eran desproporcionadamente elevados y desencadenaban sentimientos de inferioridad, frustraciones o “turbaciones emotivas”. Si una mujer hiciera caso a todos los consejos de belleza que le proporcionan en los medios, a Ellis le salía el cálculo de que tendría que gastar 168 horas semanales para estar a punto.

De modo que, experimentando un poco más, hizo un cuestionario a 27 de sus pacientes sobre aspectos de su imagen mejorables en teoría y le salió la siguiente tabla.

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ocaban a cuatro aspectos negativos por paciente. En mi minisondeo, en el año 2013 en el que respiramos, me han salido más de diez por encuestada. Pero eso es lo de menos. Sigamos. Ellis lo que decía es que estaba extendido que quienes carecieran de “un rostro y una figura de suprema belleza” podían ir olvidándose de “las alegrías y los éxitos de la vida moderna”.

Nada de esto tampoco era ajeno a los hombres. Pensemos en Don Draper, de Mad Men, y un extracto de la obra de teatro La mujer de un viajante que cita el autor:

Pues en el mundo de los negocios el hombre de buena presencia, el hombre capaz de despertar interés personal, es el hombre que progresa.


Lo que no quita que ya en su momento hubiera voces críticas con este delirio de la imagen personal. El autor incluye un artículo del por lo visto incisivo Romain Gary en la revista Holliday:

He sabido que está en venta una nueva ayuda de belleza: cejas artificiales preparadas, como asegura el anuncio, con auténticos cabellos humanos. Supongo que todo esto nada tiene de malo, salvo que me recuerda un poco a las pantallas para lámparas de los campos de concentración nazis, fabricadas con piel humana (…) Y de este modo la mujer occidental cubre su rostro con un velo más espeso que su compañera de sexo musulmana (…) Espero que no se me entienda mal: no estoy protestando contra el arte del embalsamamiento. Solamente afirmo que empieza demasiado temprano.


Pero a Ellis lo que le preocupaba era que con el culto a la belleza física o las normas arbitrarias de la imagen, la mujer nunca, ni en sus mejores momentos, iba a dejar de sentir “graves sentimientos de inseguridad, de inquietud, y duda con respecto a sus propias propiedades físicas”. Eso solo, para empezar, mirándose desnuda al espejo. Luego había que vestirse.

La moda

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Pánico al desnudo tenía otra de sus pacientes, acostumbrada a vestir siempre de punta en blanco. Estaba siempre tan perfecta según los dictados de la moda del momento que, cuando se desnudaba, “sin el guardarropa que apuntalaba su ego”, se sentía molesta, acostumbrada a que todos le dirigieran “cálidos elogios” por su estilo. Siendo como era “una mujer muy bien proporcionada”, recordaba el psicólogo, en realidad cada día estaba “más perturbada”.

El autor se había tomado la molestia de seguir los mecanismos de la moda. El corte de los vestidos ascendía y descendía en según que zonas “con monótona irregularidad”, dijo. Es decir, aleatoriamente. Pero “cualquier mujer que se atreviera a aparecer este año con la moda del anterior podría darse por muerta”.

Seguir los dictados de la moda era un bálsamo, una fantasía compensatoria para “legiones de mujeres norteamericanas enfermas emocionalmente” porque su cuerpo no estaba dentro de los cánones ideales imposibles de alcanzar para la mayoría. Todo esto a día de hoy pueden parecer topicazos, aunque los rudimentos del mercado de la moda se repiten inmisericordemente también ahora. El caso es que a Ellis le parecía absurdo despilfarrar ansiosamente materiales y energías en ropas que iban a ser descartadas rápidamente aunque estuvieran perfectamente utilizables. La “cambiante moda”, dijo, era “absolutamente antiindividualista” y con ella “provocamos un sentimiento de ansiedad en millones de mujeres”.

Todas las mujeres desean ser distintas de sus hermanas, pero nunca tan distintas para que se las considere raras (…) Vivimos en una sociedad que en general es conformista, antes que realmente individualista. Es raro que la mayoría de nosotros se sienta cómodo alimentando opiniones profundamente heterodoxas sobre religión, política, economía o casi cualquier otro tema. Más aún, si bien nos resulta fácil guardar en nuestro fuero interno determinadas ideas heterodoxas —especialmente cuando nos hallamos entre ciertos individuos o grupos que no están de acuerdo con ellas— difícilmente podemos guardar reserva sobre nuestro atuendo, sea cual fuere el tiempo y el lugar en el que lo usemos.


El caso práctico con el que remató estas diatribas no puede ser más sugerente. Era un matrimonio que pasó por su consulta. Antes de casarse ella no se acostó con él ni le dejó que le pusiera la mano encima, como mandaban los cánones. Y ella, por supuesto, no solo seguía los dictados de la moda, sino que tomaba buena nota de los consejos de belleza para mejorar su imagen. Vamos, que estaba bien tuneada. Sin embargo, en la noche de bodas, el marido, a la hora de la verdad, descubrió que su mujer no tenía casi pechos. Que estaba plana. Resulta que antes había usado corpiños acolchados. El pobre hombre sintió un enorme desprecio.

Recibí una impresión bastante fuerte. Me dije que en realidad no importaba. Pero estaba tan enojado que sentí deseos de golpearla.


La primera cita

Tienes que lucir atributos que no tienes. Debes comprar determinada ropa inmediatamente para despreciarla en pocos meses. Básicamente, lo que denunciaba Ellis eran contradicciones inherentes solo a la adecuación de la propia imagen. Pero luego en el galanteo la cosa iba a mayores. Las madres persuadían a sus hijas para que se arreglasen lo máximo posible, mostraran amplios escotes si tenían mucho pecho, todo con el fin de pescar un buen marido, pero sin llegar a nada más en principio. Seducir para no consumar. Es decir, simular pero no aceptar impulsos perfectamente lógicos y naturales hacia los hombres.

Había que esforzarse en ser sexualmente atractivas, pero en el momento de actuar lógicamente, con sentimientos reales hacia la práctica sexual, debían reprimirse. Una contradicción que era fuente de severos sentimientos de culpa.

Antes de la fiesta de fin de curso, a la que debía asistir con un amigo, su madre le había comprado un vestido nuevo. Eligieron uno desmesuradamente escotado que dejaba escasa tarea a la imaginación por lo que se refiere a los bien desarrollados hombros y pechos de la joven. Con cierta petulancia, la madre había resuelto la compra diciendo lo siguiente: Si tienes lo que otras muchachas no tienen todavía, será mejor que te aproveches mientras aún les llevas ventaja. Después de todo, eso es lo que quieren los hombres y bien puedes utilizarlo.

Y poco antes de que mi paciente saliera para la fiesta, la madre le dirigió una última y aprobadora mirada: “Parece que te di lo que necesitabas. Tienes muchos atractivos, querida, no temas usarlos”. Pero luego cuando iba al encuentro de su amigo, sus palabras finales fueron: “Ten cuidado con lo que haces, querida. Nunca te apresures a conceder mucho a los hombres.

Cuando mi paciente regresó de la fiesta, el rostro enrojecido y el cuerpo fatigado por la excitación de una velada muy satisfactoria, se sentía confundida y casi histérica; y con su amigo se dedicó una serie de besos y abrazos un poco violentos (…) Luego, a medida que los besos del joven descendían más y más, la muchacha se sintió acometida de pánico y trató de apartarse, diciendo ‘no, no, no’. Como intuyó que esa negativa carecía de convicción, el muchacho insistió, y puso la mano debajo del vestido y el corpiño. Y entonces, en lugar de apartarse, mi paciente se encontró fuertemente abrazada a su amigo, unida en un beso ardiente. En eso estaban cuando entró la madre de la joven en el cuarto (…) No hizo el menor comentario (…) cuando se retiró dirigió a su hija una mirada prolongada y acusadora. Entretanto el deseo sexual había desaparecido completamente del cuerpo de mi paciente y ahora tenía conciencia de un sentimiento de vacío. Rápidamente, se despidió de su amigo, se dirigió al cuarto de baño para vomitar y tomó una dosis de píldoras somníferas.


Y fuera de la familia, las normas que emanaban de los medios de comunicación para las chicas, eran igualmente delirantes. Una joven no podía nunca pedir una cita a un hombre, no debía mostrarse demasiado inteligente delante de un varón; si un hombre iba vestido de uniforme una mujer tenía que permitir que se le acercase, incluso debía bailar con los soldados… Digámoslo a las claras: la sociedad promovía para la adolescente un rol de putilla pasiva deleznable.

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La cama, el infierno

Peor eran las cosas para los matrimonios, en teoría los únicos que podían tener relaciones sexuales. El autor describía la madurez sexual como una “aceptación realista de los hechos de la sexualidad humana”. Algo que en los 50 y primeros 60 brillaba por su ausencia. Para la mujer, el sexo era “algo en el fondo repugnante” inventado por el varón para satisfacer su propio placer egoísta. Muchas desarrollarían frigidez en este contexto. Y para el hombre, un auténtico martirio en el que deseos y realidad eran divergentes:

[los hombres] se ven obligados a apelar a fantasías masturbatorias con bellezas de pródiga sexualidad, con cuyos encantos y atractivos ninguna mujer real podría competir jamás (…) se sienten obsesionados por la imagen de las mujeres como compañeras sexuales y no como personalidades humanas (…) a menudo se refugian en la homosexualidad y desarrollan una general supersexualidad o se debilitan, de modo que la eventual realización del tipo medio de relaciones sexuales tiene pocas probabilidades de satisfacer sus deseos poco realistas.


La estadística era que por cada diez parejas, solo dos o tres tenían relaciones sexuales satisfactorias. Un problema agravado porque muchas veces los matrimonios se unían de pura casualidad. Dice Ellis que las adolescentes tenían tal presión con el hecho de tener que casarse, que solían hacerlo a las primeras de cambio. Eran incapaces de quedarse un sábado por la noche o un domingo por la tarde en casa sin su cita de rigor. La mujer de entonces sufría una gran inseguridad que la llevaba a buscar citas desesperadamente y ansiar casarse antes de que sus amigas lo lograran. Y todo con el objetivo de pescar un buen partido que les alegrase la vida a sus dementes padres.

En nuestra cultura el amor y el dinero tienden a ser por lo menos doblemente antagónicos. Si, por ejemplo, una joven se casa por amor e ignora las consideraciones de carácter económico, tenderá a sentirse culpable ante sus padres, ante la sociedad, ante sus hijos y aun frente a sí misma porque a través del matrimonio no ha conseguido lo que le correspondía. Si abandona la idea con el muchacho que ama porque él no tenía dinero, quizá tienda a odiarse a sí misma porque no ha seguido los románticos dictados de su corazón.


Estos matrimonios precoces eran como eran. Pero encima tenían el problema añadido de los tabúes sexuales. En Estados Unidos había leyes que regulaban el sexo. Era punible por la ley quien “conozca a una mujer o a un hombre por el ano, o con la boca o la lengua”. En el estado de Vermont, por ejemplo, había penas de cinco años de prisión por “copular la boca de una persona con el órgano sexual”. Arkansas, de 5 a 21 años; Connecticut, 30 años; Florida, Massachusetts, Minnesota, Nebraska y Utah, 20 años; Y la legislación más criminal era la de Georgia. Ahí las condenas por “relación carnal contra el orden de la naturaleza” suponían cadena perpetua a trabajos forzados.

En realidad, según las encuestas que manejaba Albert Ellis, la mitad de los matrimonios americanos tenían relaciones oral-genital, calificadas de antinatura por no pocas leyes, pero la otra mitad nada menos se abstenía culpablemente de cualquier cosa que se saliese del guión del polvo ortodoxo. Es decir, follar uno encima de otro sin variantes. Sin ni haberse tocado antes.

En los Estados Unidos, oficial y oficiosamente se concibe a las relaciones sexuales como relaciones sexuales por medio del coito; y todo cuanto se haga más allá, más acá o alrededor de esta limitada técnica sexual, simplemente no cuenta… o cuenta en la medida necesaria para enviar a la cárcel a los cónyuges.


A ese mito, el del polvo “católico y de derechas”, había que sumarle el del “orgasmo vaginal”. Según la cultura popular de la época, existían dos orgasmos en las mujeres, uno clitoridiano y otro vaginal. Aquí se presenta un caso muy divertido. El de una mujer que, de forma poco común entonces, había tenido varios compañeros sexuales antes del matrimonio. Luego, con su marido, también llevaba una vida sexual bastante generosa. Pero su problema era que ella creía que no tenía “orgasmos vaginales” y pensaba que algo no iba bien.

—Me pareció —le dije— que usted me dijo que anteriormente jamás había llegado al orgasmo por medio del coito, y que solamente lo conseguía mediante la manipulación o a través de otros estímulos.
—Oh no —replicó—. Creo que me entiende mal. Yo siempre llego al orgasmo durante el coito.
—Entonces, ¿por qué me dijo al principio que nunca había experimentado el orgasmo vaginal?
—Porque, efectivamente, jamás lo conseguí.
—No comprendo qué quiere decir.
—Bueno, la cosa es así… Siempre llego al orgasmo durante el coito. Pero sé, puedo sentirlo, que es exactamente el mismo tipo de orgasmo que experimento durante la manipulación del clítoris.


15 años, 15, se había pasado esta mujer preocupada cuando tenía una vida sexual estupenda —antes dice que se corría solo con que se la metieran— porque creía que no experimentaba “orgasmos vaginales”. Un cuento chino que venía en todos los manuales de sexualidad de la época, que por supuesto ella había consultado muy preocupada, y que no servían para otra cosa que no fuera perpetuar el orgasmo “católico y de derechas” minusvalorando lo que podía hacerse con los dedos, que era indecente.

Heterosexuales enfermos

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Por otro lado, una de las teorías más simpáticas de Ellis, vista con los ojos de hoy, es la de la homosexualidad. Su opinión sobre este asunto llega en un momento en el que se detiene en el caso de un paciente que había comenzado a frecuentar compañías homosexuales porque la presión social derivada de la dictadura del polvo “católico y de derechas” le tenía amargado.

El paciente n.º 4 ha derivado a la homosexualidad porque después de 12 años de matrimonio todavía se siente culpable por las actividades sexuales fuera del coito que desarrolla con la esposa (quien no tiene ningún inconveniente en realizarlas), y en cambio no experimenta el mismo sentimiento de culpabilidad cuando cumple esas mismas actividades con otros varones.


En aquella época el psicólogo consideraba que la homosexualidad era una desviación que podía curarse. Obviamente, pronto cambió de opinión, pero en este libro señaló también que le heterosexualidad era algo que se aprendía, no con lo que se nacía.

Para él, los heterosexuales straight, los que, como él dijo, manifiestan que no harían nada con otro hombre ni en una isla desierta, son los desviados. Lo normal era, a su juicio, tener todas las sexualidades, la monosexual —que usted internauta conoce bien—, la hetero y la homo. Y luego, optar más por una de todas ellas como el que “prefiere las morenas a las rubias”. Por eso a los superheteros los calificó de neuróticos, fetichistas y que se abstenían de una sexualidad normal —darle a todo— por temor y sentimientos de culpa. En fin, ya lo dijo el sabio Álvarez Rabo. La vagina es algo delicado, que huele bien, que hay que acariciarlo. Una cosa ajena al gusto propio de los machotes, que toman bebidas de fuerte graduación y fuman habanos malolientes, a los que en buena lógica les correspondería desear penes enormes, peludos y violentos. El mundo al revés.

Por cierto, dicho sea de paso, Ellis tampoco veía muy mal el sexo con animales. Encontraba natural que alguien, en algún momento de su vida, se hubiese tirado una gallina o una oveja —ya saben, introducir siempre sus patitas traseras en las botas de plástico para asirla bien y no hacerse daño en las cervicales—, lo problemático solo era dedicarse exclusivamente a los bichos. Ahí sí que te pasaba algo. Si no, pues oye, no todo va a ser darle a Scarlett Johansson hasta que le sangren los oídos. En resumen, para Ellis la normalidad estaba, como el gusto, en la variedad.

Porque la conducta hetero irreductible a lo que llevaba era a situaciones menos deseables. Por ejemplo, decía que las parejas frustradas por el sexo “católico y de derechas” también terminaban, indirecta o involuntariamente, coqueteando con sus propios hijos. Dos casos cita Ellis, el de una paciente que dormía con su hijo de 14 años cuando su marido no estaba, de modo que el chaval estaba sintiendo más que palabras por su propia madre, además de un sentimiento de culpabilidad como un portaaviones de la guerra del Pacífico. O un caballero que se ponía a hacer gimnasia en camiseta interior delante de su hija. Y lo mejor llegaba cuando tenía que explicarle a estos pacientes que estaban tratando de ligar con sus hijos de forma compensatoria. Algo que, por cierto, aparece en Mad Men cuando Betty le regala un mechón de pelo al hijo de la vecina.

Asco de amor romántico

Otro punto de profundas contradicciones era el del amor romántico. El único válido. Una idea bombardeada a la sociedad por tierra, mar y aire, o sea, radio, televisión y prensa escrita. Al igual que en la actualidad, Ellis analizó que el cine y las canciones, con esos te amaré para siempre, del amor a primera vista, el amor más fuerte que lo que sea, etcétera, eran otra forma de introducir conceptos equívocos en el coco de la gente.

Para él, amar a la misma persona durante toda la vida era harto complicado. Al menos de la forma con la que pretende el “amor romántico” que debe hacerse. El happy ever after o “felices para siempre”. Especialmente, si tenemos en cuenta, como se ha aludido antes, que muchas parejas estaban casadas para siempre casi por una lotería en el fenómeno tan habitual entonces del matrimonio precoz. De modo que las parejas que constataban en el día a día que no estaban disfrutando el amor romántico —como esa recién casada que ve por primera vez a su marido gritar un gol del Atleti con la yugular hinchada y grasa de patatas fritas en la barbilla— lo que sufrían era de nuevo sentimientos de culpa. Era (y es) un sistema de relaciones basado en que alguien quiere que le traten como un príncipe o una princesa y que podía llevar a terminar sometiéndose al otro de modo masoquista. Opinión que no era de Ellis sino ya anterior, de Freud.

El amante romántico y monógamo casi inevitablemente debe desarrollar sentimientos de ansiedad y de inseguridad porque se le enseña que para él solamente existe un compañero ideal. Es natural que, como consecuencia de lo anterior, tema perder esa única alma hermana.


No obstante, para Ellis el amor romántico era el primer ausente de esta sociedad, paradójicamente, basada en el amor romántico. Para él se trataba todo de concepciones “absolutamente pueriles”. Al final el romance radicaba en una mezcla de orgullo, sentido de jerarquía social y autovaloración. “El hecho de que atribuyamos gran importancia a la selección de nuestra pareja amorosa establece una relación entre nuestros asuntos amorosos y nuestro ego”, sentenció. Vamos, que lo que se perdía si tu pareja dejaba de amarte, lo que quedaba lesionado irreparablemente, era el orgullo, no el romanticismo.

En nuestra cultura existe el definido concepto de que la infidelidad constituye una pérdida de prestigio. Entre nosotros, los cornudos solo merecen burla y desprecio; se compadece implacablemente a las esposas abandonadas (…) Una mujer vino a consultarnos porque había hallado algunos anticonceptivos en el bolsillo de su esposo (…) pasaba horas en un estado de absoluta depresión (…) sabía que él era egoísta y estaba segura que si se divorciaban la pensión alimenticia sería reducida (…) le hubiera avergonzado terriblemente reconocer ante sus padres que el marido ya no tenía interés en ella (…) lo que ella había sospechado siempre: que ella misma no era adecuada desde el punto de vista sexual. El único elemento que no pudo ser observado en este caso fue un real sentimiento de amor por el marido.


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El patetismo de las bodas

Y ya como coronación, a los bodorrios les metió una caña impresionante. Los consideraba, tal y como se celebraban y se celebran actualmente en muchos casos, propios de una civilización obsesionada con el espectáculo. Los shows eran el único recurso para llenar las horas de ocio. Se consumían “obsesivamente” películas, encuentros deportivos, obras de teatro, etcétera y la oportunidad de “ser princesa por un día”, lo que para Ellis era una boda — imagino que seguiría siendo—, no se iba a desaprovechar.

Los medios de comunicación y la tradición más o menos trasnochada establecían una serie de normas para este culto al romance y la presión social se encargaba de que se cumplieran a rajatabla.

… quien se atreva a contraer matrimonio sin cumplir hasta el más mínimo detalle es sin la menor duda un tonto, un arribista y un patán carente de sensibilidad (…) el deseo consciente o inconsciente de vivir por lo menos un momento la gloria de Hollywood en medio de una vida generalmente monótona (…) y así sienten menos ingrata la vida sin horizontes, ni acción y sin aventura que llevan.


Claro que cuando se pasaba de esta fiesta mística a los ronquidos y a esa bola inerte que se traga todo el deporte por televisión, llegaban las desilusiones. El problema antropológico o sociológico de todo esto era la indefinición del rol que debía tomar la mujer. Se supone que había regalado su virginidad sacrosanta a un príncipe y que le esperaba la felicidad, el amor romántico, hasta la muerte. Pero la realidad era bien distinta. El amor se volatilizaba en la mayor parte de los casos como un hecho puramente biológico y el sueño dorado se traducía en hacer la faena de la casa y ver pasar las horas. Eso en el caso de tener la suerte de ser pobres, las mujeres adineradas que disponían de sirvientas entraban en una búsqueda del ocio, en un vacío, cuenta Ellis, todavía más doloroso. Y el problema en sí no era tener que dedicar tu vida a ser la asistenta de alguien peludo que gruñe, sino el hecho de que ese rol no estuviera definido. En resumen, tenían que ser sensuales para no follar, esclavas de un hombre con el que no podían disfrutar y perseguir un sueño imposible de conseguir. La culpabilidad y el desasosiego brotaba en la mujer americana de forma sistemática. En otras culturas, al estar los roles, por lamentables que fueran, definidos desde el principio, explica Ellis, no existía tanta frustración. En EE. UU. te prometían el cielo y te daban una fosa séptica. La mujer solía terminar más perdida en la vida que una rana en el mar.

… toda clase de sectarismos fanáticos, falsas religiosidades y expresiones del más puro charlatanismo. La astrología, la adivinación de la suerte, el espiritismo, la religión Bahai, la ciencia cristiana, el catolicismo sectario y medio centenar de otras formas definidas de escapismo son la tabla a la que se aferran literalmente millones de mujeres ancianas y de edad madura que se sienten absolutamente inútiles en esa existencia terrenal y necesitan correr hacia cierto paraíso o Nirvana hipotético con el fin de poder hacer algo mientras continúan “viviendo” (…) Hitler definió las esferas de actividad de las mujeres nazis con un solo lema: Kinder, Küche, Kirche —los niños, la cocina y la iglesia— (…) en este sentido, todavía estamos más cerca de Hitler que de las plataformas de las más ardientes feministas.


La solución, por supuesto, eran los hijos. Ellis también dijo que en muchos casos no eran deseados, sino solamente fruto de la presión social. Del miedo a la culpabilidad por no haberlos tenido. De ahí que en tantas ocasiones estuvieran desatendidos afectivamente, cuando no eran solo una vía más para transmitir y perpetuar el engendro que era toda esta filosofía de vida.

Padres neuróticos que sustitutivamente procuran volver a vivir su vida por medio de las realizaciones de los hijos (…) los progenitores inhibidos sexualmente y desgraciados en su propio matrimonio muy a menudo se vuelcan con excesivo rigor y excesiva rigidez sobre sus hijos, destruyen la mayor parte de la espontaneidad y de la agilidad de los jóvenes y de ese modo los educan para que se conviertan en adultos frustrados, atemorizados, temerosos del placer, que a su vez dispensan a sus propios hijos el mismo tratamiento que se les infligió.


Maravilloso ¿verdad? Una existencia basada en la mentira y la apariencia hasta límites hilarantes; una fabulosa fuente de sufrimiento sin necesidad. Afortunadamente, la revolución sexual de los 60 y tal vez también el impacto del sesentayochismo se cepilló en parte esta forma de vida. No obstante, paralelamente, todavía existía un infierno mayor para las relaciones afectivas. Sí, la Unión Soviética. Incluso un lugar aún más terrorífico: ¡España! Lo veremos en próximas entregas.

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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Gloria » 08 Jul 2013 17:21

Me lo guardo y en cuanto vuelva del puñetero Corte Inglés, me lo leo.
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Erato » 08 Jul 2013 17:33

Mañana lo leo con tiempo.

Sr. Marco ha escrito usted una encíclica. Voluntad no se le puede negar, tampoco tesón. ¡Que bárbaro!
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Dae » 08 Jul 2013 18:31

Me ha gustado el artículo Palomedes, está muy interesante y me ha llevado a pensar en qué pensarán de nuestra moral dentro de 60 años...
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Mado » 08 Jul 2013 18:44

Erato escribió:Mañana lo leo con tiempo.

Sr. Marco ha escrito usted una encíclica. Voluntad no se le puede negar, tampoco tesón. ¡Que bárbaro!


Bueno, le debe haber costado mas o menos un par de clicks :lol: ¿no has visto, Erato, que nos ha dejado el enlace de donde se lo ha traído? :lol: (A no ser que nuestro compañero sea Álvaro Corazón Rural.)

Lo que si tiene mérito es haberlo leído enterito, Dae. Yo no tengo tanto tiempo seguido, así es que lo leeré por partes o lo dejaré a medias. Según.
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Pastinaca » 08 Jul 2013 19:54

Yo me lo he leído. Total, estoy acostumbrado a leer cosas de ese estilo, pero de 400 páginas y en inglés.
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Telémaco » 08 Jul 2013 20:31

Cuesta más romper un prejuicio que un átomo. Seguro que ya conocían la frase, atribuída a diversos personajes.
La semana pasada, sin ir más lejos, los comentaristas de la BBC para Wimbledon se vieron obligados a disculparse por unos comentarios sobre una tenista. Les dejo el enlace:

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/ ... 11346.html
Que el dinero no da la felicidad, que el sexo estropea la amistad y que no hay mal que por bien no venga lo dijo todo el mismo imbécil.
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Gloria » 08 Jul 2013 21:56

Pastinaca escribió:Yo me lo he leído. Total, estoy acostumbrado a leer cosas de ese estilo, pero de 400 páginas y en inglés.


Machote!
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Catalina » 08 Jul 2013 22:02

Me lo he leído. Muy interesante. Aunque creo que todavía nos queda mucho por aceptar de nuestra propia sexualidad. Estamos en una época donde prima justo lo contrario a lo expuesto en el artículo, es decir, ahora parece que tenemos que tener todos nuestros orificios abiertos y tener ganas a todas horas de darle al tema, además de otros muchos aspectos, como aceptar que nuestras parejas follen con otros o que sea impensable que una persona con 30 años aún sea virgen.

En fin, a mí estas cosas de la chechuaridá me llaman mucho la atención. A veces siento que, precisamente yo, que sexualmente no soy ningún volcán, tengo la mente más abierta que la mayoría de la gente.
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Silencio » 08 Jul 2013 23:21

Me ha gustado el artículo. Me deja reflexionando que en aproximadamente 53 años, la leche jodía lo que hemos cambiado...., sobre todo con respecto al rol sexual de la mujer. Impresionante. Pienso que el hombre se ha quedado anquilosado hace bastantes años, no avanza más. La mujer le ha ganado la batalla en estos tiempos que corren en lo referente al sexo. Sólo avanzamos en la forma de ser infieles dentro de la pareja, pero al mismo tiempo asegurarme a la persona que me interesa.


Buenas noches !
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Palomedes » 08 Jul 2013 23:36

Silencio escribió: Me deja reflexionando que en aproximadamente 53 años, la leche jodía lo que hemos cambiado...., sobre todo con respecto al rol sexual de la mujer.


Leyendo el texto, a mí me da la impresión de que el cambio no ha sido tan grande. Las mismas neurosis de siempre, y alguna nueva, conviven con nosotros.

Silencio escribió:Pienso que el hombre se ha quedado anquilosado hace bastantes años, no avanza más. La mujer le ha ganado la batalla en estos tiempos que corren en lo referente al sexo.


No estaba al corriente de que hubiera una guerra entre hombres y mujeres.
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Silencio » 08 Jul 2013 23:44

Palomedes escribió:
Silencio escribió: Me deja reflexionando que en aproximadamente 53 años, la leche jodía lo que hemos cambiado...., sobre todo con respecto al rol sexual de la mujer.


Leyendo el texto, a mí me da la impresión de que el cambio no ha sido tan grande. Las mismas neurosis de siempre, y alguna nueva, conviven con nosotros.

Silencio escribió:Pienso que el hombre se ha quedado anquilosado hace bastantes años, no avanza más. La mujer le ha ganado la batalla en estos tiempos que corren en lo referente al sexo.


No estaba al corriente de que hubiera una guerra entre hombres y mujeres.



Es una batalla con la misma arma.... la infidelidad, el sexo y para lo demás que te aguante tu madre, y ésto no es ná, vaya preparándose que como esto no lo paremos entre todos....., sabe usted ese refrán que dice.

P.D. Estás más sali@ que la punta de un compás....

Buenas noches...!
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Palomedes » 09 Jul 2013 00:01

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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Pastinaca » 09 Jul 2013 07:49

¿Se imaginan ustedes un gran departamento dentro de una misma empresa, con dos o tres directores de similar poder de decisión y que, sin embargo, dieran constantemente órdenes opuestas o contrapuestas?

Pues éste es el edificio de la familia, la sexualidad y la reproducción humanas. Estamos remando contra corriente, intentando modificar unos paradigmas que se han ido estableciendo en la naturaleza tras millones de años de evolución. Cambiar eso no es sencillo y generará dosis de caos y desconcierto similares a las que describe el artículo y a las que vivimos ahora.

Y, sobre todo, no será a corto plazo. A escala evolutiva, son insignificantes los pocos años transcurridos desde la liberación de la mujer o la despenalización del sexo. Ni siquiera los dos mil años transcurridos desde la imposición de la monogamia por parte de las religiones mayoritarias.

Cada uno de nosotros, en nuestras cabecitas (cabezota, en algún caso), tenemos a estos jefes dándonos órdenes diferentes. La naturaleza, la cultura y el raciocinio. De su influencia se puede extraer las causa de todos estos males.
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Gloria » 09 Jul 2013 09:01

Lo importante es saber discernir lo que ha sido una ardua y efectiva labor de adoctrinamiento, de eso que llamas raciocinio.
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Lía » 09 Jul 2013 09:27

Gloria escribió:Lo importante es saber discernir lo que ha sido una ardua y efectiva labor de adoctrinamiento, de eso que llamas raciocinio.


Y ese complejo de culpabilidad que nos han ido metiendo durante siglos en pequeñas dosis para que casi todo lo que es bueno o engorda o es pecado.

Hay gente cuya vida se parece a la de los perros en una cosa. Yo tengo perro y cuando hay algo en el suelo, o movido o caído y dices "y esto? qué pasó aquí?". Zas! la perra pone cara de culpable aunque ni pasara por allí.

Así nos han hecho y no sabemos disfrutar de nada sin que vaya acompañado de una cierta amargura de la culpabilidad.

Responsabilidad dicen que se llama.
Quién quiere un príncipe pudiendo elegir al mendigo. :be:
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Pastinaca » 09 Jul 2013 09:30

El adoctrinamiento, Gloria, es lo que englobo dentro de la cultura. En muchos casos está reñido con la razón.
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Gloria » 09 Jul 2013 10:03

Siempre hablamos de lo mismo y nunca me hago entender, jo! Va a ser que soy tontita de verdad...
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Lía » 09 Jul 2013 11:07

Es fácil, trasladas la carga de la prueba y los tontitos somos los demás. :wink:
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Re: Tragedias sexuales

Mensajepor Gloria » 09 Jul 2013 11:35

La cuála?

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