La sala del museo

Relatos eróticos, sexo duro, blandito, raro, rarito,... aprovechemos que somos adultos.(Menores de 18 años, prohibida la entrada. Hala a dormir) Sexo.
elquequieras
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La sala del museo

Mensajepor elquequieras » 26 May 2004 20:18

Esto lo cuelgo para Reichel, que me anima a escribir.
Es mío, aunque ya lo colgué en otro foro hace unos días; a ver si os gusta.

La sala del museo (Variación)

No penséis que trabajar en un Museo de provincias es aburrido: es aburridísimo. Y más en el que yo trabajo, aunque sea el Director, el “Museo de Etnografía y Artes textiles”, célebre por lo monográfico de sus colecciones que prácticamente se reducían a lo segundo de su nombre: trajes, un montón de trajes de hombre, mujer y niño, desde el siglo XVII (pocos pero algún ejemplar tenemos) hasta principios del XX.
A ello habría que unir algunas piezas de cerámica popular y algunas tallas en madera, pero lo sustancial del museo lo constituía la colección de ropa de un excéntrico y millonario caballero que hacia 1929 tuvo el buen gusto de morirse legando a la ciudad su colección y fondos suficientes para organizar un museo.

Un buen museo, debo decir, del que estoy orgulloso. Pero aburrido, mortalmente aburrido. Yo intento remediar esto buscando mayor variación en las piezas: mueble rústico o no tanto, instrumentos musicales, arte sacro, lo que sea para dar una idea más completa de los modos de vida de tiempos pasados y atraer visitantes, que, ¡ay!, son tan escasos ...

Sin embargo ayer sucedió algo, quizá debería decir “hice que sucediera”, pero no sería cierto, que me resarció de tanto aburrimiento.

Faltaban tres cuartos de hora para el cierre, yo, sin nada que hacer, me paseaba por las salas desiertas. Fui hacia la entrada, donde charlaban dos de los vigilantes. Pregunté por el que faltaba, Antonio, encargado del piso segundo, y me recordaron que había solicitado permiso (acababa de ser padre). “Por otra parte, ninguna falta hacemos nosotros dos, nadie ha venido por la tarde”, me dijeron al tiempo que una joven entraba por la puerta y pedía una entrada. Con cara de fastidio, se la dieron, al tiempo que uno de los vigilantes pasaba a ocupar su puesto en la sala de la planta baja. “Vaya por Dios, me comentó el otro, y hoy que hay fútbol”. “No te preocupes, se marchará enseguida”,dije yo.

Por curiosidad me encaminé a la sala donde había entrado la visitante, y ví que las escasas piezas de artes populares apenas le interesaban. Se dirigió hacia mí preguntándome si yo “era del museo”, le dije que sí, que era una pieza del XIX, se rió y excusando su modo de expresarse me preguntó por las salas de trajes y vestidos, a lo que le respondí que en la segunda planta, que yo mismo le acompañaba. Paco, el vigilante, puso cara de alivio y se fue a charlar otra vez con el de la entrada.

Subimos las escaleras hasta la segunda planta, ella delante mío, por lo que pude evaluar su figura, que no estaba nada mal. No es que fuera de chica-bomba, entendedme, tenía pinta discreta, de licenciada en filosofía que ha venido a la ciudad a visitar a una amiga y está haciendo tiempo hasta que la amiga salga del trabajo. No me preguntéis cómo ni porqué puedo afirmar esto: algo tengo que deciros para describirla, y esto vale. Lo que sí llamaba la atención era su modo de andar, los hombros rectos, las caderas ondulando sin exageración, la cabeza bien erguida. Tenía, cómo lo diría yo, porte, altivez, una especie de pose que proclamaba “aquí estoy yo”. Al llegar a la sala empezó a preguntarme cuál era el mejor recorrido para ver las piezas. Yo le contesté que se había seguido un orden puramente cronológico, ya que la calidad de las piezas era bastante uniforme: trajes y vestidos de lujo o no tanto, pero en cualquier caso propios de la nobleza, de burgueses enriquecidos o de hidalgos rurales.
Los trajes se alineaban a lo largo de las paredes de la larga sala, a derecha e izquierda, y también se exponían, con o sin vitrina, en el centro de la estancia. En ocasiones se montaban sobre maniquíes, otras se extendían sobre un plano para mostrar toda la belleza y laboriosidad de los bordados y encajes.

Como parecía querer que alguien la guiase, me presenté, ella dijo llamarse Inés. Comencé a mostrarle un traje de cierto lujo, de los más antiguos que teníamos: un traje de mujer de terciopelo granate, cintura alta y adornado con galón dorado cuello, mangas y dobladillo de la falda, bastante reconstruido conforme a los cánones folklóricos de principios del XX. Se completaba con camisola de cuello encañonado y un aderezo de oro y piedras. Los dos delante del maniquí, mirando de reojo la figura de la chica intuí que el traje le sentaría perfectamente, era de mediana o pequeña estatura, nada delgada pero tampoco gorda, morena y de bonitos ojos azules. La verdad es que Inés empezaba a gustarme.

Escuché el discreto sonido del timbre que avisaba del cierre del museo, aunque todavía faltaban diez minutos para la hora. Acudí a la planta baja y me encontré a los dos vigilantes ya vestidos de calle, preparados para irse. "Don José, ¿le falta mucho a la chica? Es que hay fútbol". "Mirad", les dije, "ya me encargo yo de atenderla los diez minutos que quedan y luego apago la general". Ya lo había hecho otras veces al quedarme solo tras la hora del cierre en mi despacho. "Eso sí, cerrad la entrada", y conforme les decía esto ya estaban saliendo. En realidad me pareció genial, así tendría tiempo para estar con Inés y, quien sabe, invitarla a un café, o a cenar, si es que no había quedado con nadie.

Volví a la planta segunda, y me sobresalté al ver cómo lo que yo creía un maniquí se volvía repentinamente hacia mí. "Pero... pero ...", no acertaba a articular palabra "...¿Qué ha hecho?". Se había vestido con el traje que estábamos viendo hace un momento. Ruborizada, me respondió: "Perdón, por favor, no se altere, enseguida me lo quito. No he podido resistirme, no he podido, perdóneme", e intentaba taparse la cara, de lo roja que estaba. Yo me dejé caer en una butaca y sólo acerté a decirle: "Se te ha olvidado ponerte el aderezo". "No me he atrevido", me contestó, "parece una joya muy cara". Así que me levanté y le dije que se diera la vuelta, para abrocharle el collar. Tenía el cuello muy blanco, en realidad toda ella era de piel pálida. Los pendientes se los puso ella, ahí sí que un hombre no tiene nada que hacer. Ya habíamos empezado a tutearnos. Anduvo un rato por la sala, parecía una reina. "Recógete el pelo, Inés", le dije, "En la época las mujeres llevaban el pelo siempre recogido". Así lo hizo, delante de uno de los espejos que había en la sala. Al levantar los brazos pude ver cómo el vestido le ceñía sus pechos, maravillosamente formados y que se adivinaban bien duros bajo el terciopelo. Cada vez me gustaba más.

A Inés ya se le había pasado el sofoco, a mí el susto, y a fin de cuentas ¿qué podía pasar?: yo era el Director. Y no había nadie más que nosotros en el edificio, como le dije para tranquilizarla.
Inés se paró delante de otro traje de mujer. Muy bonito, de lo mejor de la colección: un conjunto época Luis XVI, en seda amarilla adamascada, falda con miriñaque, medias, zapatos y hasta peluca. Me miró con ojos golosos, mejor dicho, primero al traje, y luego a mí. Asentí sonriendo y ella desapareció con el vestido en una salita que había a continuación de la principal. Esperé sentado un rato, que se me hizo muy largo, hasta que apareció, bella, bellísima. La palidez de su cara iba bien con el vestido, de una época en la que el tostarse al sol era de pobres. Incluso la alta peluca plateada le sentaba bien. La estrechísima cintura que ceñía el corpiño contrastaba con la amplitud de lo que se adivinaba al final de su espalda. Y el profundísimo escote -obligatorio en un traje del XVIII- me mostraba la parte superior de sus encantadores pechos, y un poco más.
"Has olvidado las medias", dije, ella no respondió, sino que me las pasó y, poniendo un pie desnudo encima de mi rodilla, me susurró "Por favor". Tomé la primera media y se la fui subiendo por una pierna deliciosamente torneada, asegurándola con una liga justo por encima de la rodilla, en aquella época no se enseñaba más allá del tobillo, luego la otra, y ya se había establecido entre los dos el entendimiento de que el juego podía llegar más lejos.

El siguiente traje que sedujo a Inés fue un vestido Imperio, ya sabéis, el estrecho periodo que abarca entre la Revolución (la francesa, por supuesto) y la derrota del Corso. Era extraordinariamente ligero, de gasa y tul, de cintura alta, mangas cortas y caída recta, ceñido por una banda de raso azul. Se lo puso y, esta vez, volvió sin haber olvidado nada, sólo que no podía cerrar el vestido: "¿Me ayudas?", me dijo volviéndose de espaldas. Así lo hice, aunque antes me agaché para darle en su lisa espalda una serie de ligeros besos, mientras pensaba que era raro que hubiese podido cerrar los anteriores vestidos y no éste. La cosa pintaba cada vez mejor, pensé, o todavía más cuando pude ver al trasluz su silueta: había "olvidado" ponerse las enaguas que debían impedir la transparencia y sus piernas, sus pechos e incluso -¿imaginaciones mías?- sus nalgas y su ...otra cosa se vislumbraban cuando pasaba cerca de los fuertes focos de iluminación. Parece que también había olvidado ponerse una particular pieza de su propia ropa.

El primer beso en la boca tuvo lugar, como suele suceder, con el traje más casto: un vestido Restauración de seda negra, mangas largas, cerrado hasta el cuello, polisón ...un horror propio del período más aburrido de nuestro siglo XIX español. Sentados en una chaise longue -nunca vi mueble más oportuno- intenté evitar que semejante engendro manchase la belleza de Inés, procediendo a quitárselo. A lo que ella se mostró conforme, ¡incluso con entusiasmo!, como comprobé por la pasión con la que respondía a mis besos, ya nada castos, por los apretones que me daba en las nalgas y porque al acariciarle los pechos los acercaba a mis manos, ronroneando como un gato.
Estábamos intentando desembarazarnos, yo de la corbata y la camisa, ella de las incomodísimas bragas-pantaloncito (que algunos llaman "pololos") que acompañaban al traje, cuando sus ojos se fijaron en un conjunto años veinte (escote amplio pero no profundo, hombros al descubierto, falda ya corta -para la época-, negro con adornos geométricos de cuentas de azabache, collar de perlas de vuelta doble).
"No, por favor", le dije, "Otro no".
"Sólo los zapatos, por favor, déjame ponerme los zapatos".
Eran unos zapatos que a mí me parecían horrorosos, de charol negro, de tacón alto y grueso.
"Son preciosos", me dijo Inés, "pero ¿Por qué son los primeros que veo con tacón realmente alto?".
"Muy sencillo", le expliqué, "el tacón alto es una verdadera tortura cuya única finalidad es estilizar las piernas de la mujer, tensando los gemelos, y hacerla más airosa. Eso sólo hace falta ...cuando se enseñan las piernas, naturalmente, lo que sólo sucede a partir del fin de la Primera Guerra Mundial".
Fue a por los zapatos y se los puso, y también el collar. Me miró diciéndome: "Y a mí, ¿me hacen las piernas más bonitas?".
Se había quitado la ropa interior de abajo, sólo llevaba encima el corsé, a medio desabrochar, los zapatos y el collar. Sus pechos saltaban por encima del corsé, su sexo apenas tenía una ligera línea de vello púbico. De pie con una pierna ligeramente flexionada parecía una Venus de una pintura clásica, pero con un toque perverso: estaba bellísima.

Me dirigí hacia ella, o más bien me abalancé, quitándome la ropa que me quedaba encima, nos besamos y fuimos a trompicones hacia la chaise-longue.
Hacer el amor con Inés fue como hacerlo con muchas mujeres distintas. En ocasiones se mostraba sumisa, yo encima de ella, sus piernas apoyadas sobre mis hombros y apenas respondiendo con un quejido a cada una de mis acometidas. Otras era ella la que cabalgaba encima de mí, gritando, mientras yo contemplaba en uno de los espejos de la sala cómo su trasero se movía arriba y abajo, a un lado y otro. Fue abrumador, apenas tengo palabras para describir cómo esa mujer se transformaba, igual que se había transformado cada vez que cambiaba de vestido.
Aquello duró mucho tiempo, no estoy diciendo que yo sea especialmente fuerte, sino que mi sentido del tiempo se había embotado, que todo el placer que recibía no cabía en las medidas marcadas por el reloj.
Terminó con un largo quejido, yo me deshice entre sus brazos, ella tendió su cabeza sobre mi pecho, recostada sobre mí, quedando inmóvil algún tiempo. Parecía un tigre satisfecho haciendo la siesta.

Cuando se levantó parecía, como lo diría, otra mujer. Se vistió -nos vestimos-, se colgó de mi brazo, como hacían las parejas hace no tanto tiempo, y nos fuimos hacia la salida.

Ya era noche cerrada, miré el reloj, las once y media. Le propuse a Inés una cena rápida en un sitio muy tranquilo, pero ella me dijo que prefería irse al hotel a dormir, estaba cansada y al día siguiente tenía que viajar.
No tuve que indagar más, si tenía alguna ilusión acerca de Inés fue ella quien me quitó toda esperanza, con unas pocas palabras.
Me dijo: "Por cierto, te felicito por lo limpios que tienes los trajes de tu museo. No como los del "Museo del Vestido" (este es un museo que se encuentra en otra ciudad, lo conozco), que están llenos de polvo. Claro que en él había una cama del siglo XVIII con dosel, una preciosidad, muy cómoda, tu chaise-longue no ha estado mal pero puede mejorarse".

Y yo que pensé ...enfin, adiós, Inés.
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Mensajepor yanotoy-22 » 26 May 2004 23:33

Bonito relato, plas plas plas..... :wink:
gemma
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Mensajepor gemma » 27 May 2004 17:45

Jajajaja..
Muy bueno..pero una pregunta tonta....ocurrio de verdad??
Gemma
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Mensajepor elquequieras » 27 May 2004 20:36

gemma escribió:Jajajaja..
Muy bueno..pero una pregunta tonta....ocurrio de verdad??


Lo importante no es si ocurrió o no, sino si al lector (a ti) le gustaría que ocurriera (desde cualquier punto de vista, claro, puedes ser mero observador).

Y a Narima: celebro que te guste. Todos escribirmos para alguien.

afectuosos saludos de
elquequieras
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Mensajepor yanotoy-22 » 27 May 2004 21:05

mmmmm ahora la pregunta la voy a hacer yo, como veo k es una variación sobre otra ya escrita, y como no vi la versión anterior, nos la cuentas, o nos haces un resumen? jejejejeje :wink:
elquequieras
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Mensajepor elquequieras » 28 May 2004 11:46

Narima, te copio lo que me parece que solicitas, dejando bien claro que no es mío.
Es un relato corto colgado el http://www.elcafedelforo.com (en "la ley del deseo") por Sunrise, que me gustó.
Me pareció buena idea, por mi parte, mezclar erotismo y museos.
Ahí va.


La sala del museo

Me encontraba en aquella sala del museo con todas aquellas personas, en aquel lugar prisionero del tiempo y lleno de magia. Observaba las figuras esculpidas con tanto tacto e imaginaba a su escultor recreándose en su arte, viendo aquellos cuerpos desnudos y perfectos; las curvas agraciadas de sus músculos, las caras de aquellas esculturas reflejaban la belleza y proporciones de sus cuerpos desnudos. Un tiempo, que me hubiera gustado vivir, aquellas estatuas frías hoy, pero que en su día fueron vida de una historia. Me encantaba ver aquellas esculturas desnudas con sus manos sueltas en el espacio, buscando algo o a alguien.

Me paraba en cada una de ellas esperando ser absorbida en el tiempo, me recreaba en cada detalle, yo podía ser una escultura también, podría estar subida ahí, siendo tocada con la mirada, observada por miles de ojos, tal vez tenían su vida y nos observan a nosotros. Todo un tiempo estaba encerrado en esta sala, grande y majestuosa. En mi caminar me quedé rezagada del grupo recreándome y apropiándome de cada segundo de ese momento, reflejado en aquellas maravillas de estatuas.

Algo sucedió al fondo de la sala, al tiempo que se cerró la única puerta de acceso, se fue también la luz, quedamos totalmente a oscuras en la sala, nadie se atrevía a moverse, algún grito de susto, algún comentario entre la gente en la lejanía fue lo que pude oír y a mi marido con su tono fuerte diciendo que nos tranquilizáramos.

Ahí estaba él, seguro de si mismo como siempre, dominante ante la gente como era siempre. No me sorprendía su reacción, tal vez por eso me quedé alejada en la distancia con mis pensamientos. Sólo se oía una música de fondo que nos hacía compañía, un sonido que aliviaba la tensión en ese momento. No se veía absolutamente nada en aquella oscuridad, tal vez nadie se movía por miedo a golpearse con alguna de aquellas hermosas esculturas, la puerta parecía estar bloqueada, así que tendríamos que esperar a que alguien nos abriera y nos sacara de este tiempo y me recosté sobre aquella pared fría esperando la luz.

Aquella música era lo único que ahora se percibía en el ambiente. Nadie se atrevía casi a moverse en aquella enorme sala. Trataba de recordar las esculturas, solo tal vez aquellas piedras llenas de vida nos observaban atónitas ante nuestro miedo.

Percibí aquel olor, aquella fragancia tan conocida por mí, no podía ser posible, quedé aterrorizada llena de miedo y angustia, sentí que alguien se acercaba, solo podía ser él, con aquel beso sigiloso sobre mis labios, evitando mi grito de sorpresa, apretando sobre los míos aquellos labios que tantas veces yo apreté, estaba aquí. Mi cuerpo se estremeció, estaba retirada completamente a un lado de la sala, lejos de la demás gente, pero estaba asustada y me pareció que el tiempo se detenía.

No lo veía, pero sabía que tenía que ser él. Sus labios se despegaron de los míos, quería una prueba más, algo muy suyo y como hacía casi siempre, puso un dedo sobre mis deseosos labios, lo movió con aquella dulzura que sólo él era capaz, giró varias veces por el contorno de ellos y lo desplazó sin prisa por mi mejilla dejando un rastro de placer y sensaciones, llegando hasta el lóbulo de mi oreja, estaba inmóvil con el corazón a punto de salirme, con aquel dedo lleno de placer, sintiendo sólo un fino rozar de su dedo que volvió a desplazarse lentamente por el mismo camino de vuelta hasta el labio inferior, jugó un rato sobre él, humedeciendo la punta con el sabor de mis labios para seguir bajando por mi barbilla muy despacio, desplazándose por la garganta, hasta llegar al latir de mi corazón. Creía que me iba a estallar y él lo sabía.

El miedo se desvaneció y se convirtió en un morboso placer, le apreté contra mi cuerpo, sus labios se volvieron a juntar con los míos y su lengua entro en mi interior mezclándose con la mía en una pelea encarnizada de placer las dos. Que locura estábamos haciendo, allí en medio de toda aquella gente, con la música y en la oscuridad, si se encendía la luz nos verían, estaba aterrorizada, pero seguí, el placer de tenerlo allí era superior al miedo, me dio confianza con sus susurros, oí su tranquilidad, su lengua se paseaba por mi cuello, sus manos se paseaban por mi cuerpo, era increíble, él aquí.

Aquellas manos que desesperadamente buscaban por mi interior, se introducían por dentro de mí ropa con la sensualidad y la pasión que solo él sabía dar. Sus dedos se incrustaron por debajo del sujetador, los pezones me ardían de placer, mientras mis manos buscaban el interior de su cuerpo en una carrera desenfrenada de locura y placer allí al fondo de aquella sala; estábamos prisioneros de nuestra locura.

Nuestras manos desesperadas se cruzaban entre nosotros mismos, su boca bajaba por mis pechos, quería desabrocharme mi blusa, ya prácticamente abierta por la desesperación del deseo. Mis manos alocadas, buscaban entre su camisa su piel suave, recorriendo con mis dedos su espalda, apretando con mis manos hacia mí todo su cuerpo excitado. Nos empujábamos en medio de aquella inmensa locura de placer, no podía ser, lo que estábamos haciendo. Pero no pude parar.

Con la rapidez de aquella pasión, sentí como sus manos invadían mis muslos, como recorrían por debajo de la falda sus finos y grandes dedos, empujando hacia arriba y apretando con aquellas manos mis nalgas, aprisionándome contra su miembro mi sexo completamente empapado de placer. Sus dedos desesperados por la situación entraron buscando los labios de mi excitado sexo. Tenía miedo y placer, aquellos dedos buscando la entrada de mi cuerpo, apartando con su habilidad mi pequeña y sinuosa braga, para dejar pasar sus interminables y largos dedos en la locura de mi interior.

Me levantó una pierna y me enrollé en él, atrayendo su cuerpo hacia mí como una desesperada, una de sus manos se había apoderado de uno de mis pechos, tocándome en él con todo aquel arte que el sabía hacer para darme placer, mientras que con la otra me sujetaba el muslo aguantando mi pierna, mientras yo me aferraba contra él, buscando desesperadamente su miembro, sacándolo de su interior para poder llenarme de él, su boca evitó mi grito, su lengua me entraba al fondo de mi garganta, la mía peleaba con la suya en una guerra al tiempo. Quería ser llenada de su inmenso calor, quería que me invadiera por mis paredes con aquel líquido ardiendo, mi sexo húmedo apagaría aquel infierno de placer que entraría en el interior..

La música nos acompañaba en aquella locura, tapaba con su sonido nuestros movimientos y jadeos, sus empujones hacia arriba sobre mi sexo eran cada vez más fuertes y mis movimientos sobre él buscando el final de aquella locura. Llegamos juntos al infierno de aquel placer, apretados como si nadie más ya nos pudiera separar.

Respiramos en medio del silencio, sentí su beso de despedida. Un dedo sobre los labios diciéndome un adiós, quería retenerlo y quedar atrapados en el tiempo.

La voz otra vez de mi marido en la lejanía de aquella sala, me separó de ese momento, estaba calmando a la gente que se estaba poniendo nerviosa, alguien abrió la puerta y el resplandor hizo que un rayo de luminosidad invadiera la sala y solo llegué a observar una silueta alejándose por aquella puerta en la lejanía.

Miré para aquellas esculturas, en sus miradas con su silencio me di cuenta que fueron testigos de nuestro placer, fueron las únicas que no tuvieron miedo igual que nosotros y se quedarían ahí para guardar nuestro secreto.
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Desconozco el autor, lo copié de "Forolibre", me sugirió un sueño de siesta...



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Mensajepor gemma » 28 May 2004 17:24

Uahoooo pues valla siesta..jajajaja
La verdad no sé si seré morbosa o no..pero me encantan estos relatos..jajajaja.
Muy buenos,besos para todos-as smuakssssssss.
Gemma
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Mensajepor yanotoy-22 » 28 May 2004 18:10

Wowwwwwww 8O bonita versión! como en la buena música, solo alguna nota reconocible, plas plas de nuevo :wink:
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Mensajepor Ally » 30 May 2004 00:17

8O 8O 8O 8O estoy sencillamente fascinada!!!!, me encantan estos relatos...... quiero mas....... mas, mas....


besitos rei
Clix
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Mensajepor Clix » 06 Jun 2004 22:53

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Mensajepor yanotoy-22 » 07 Jun 2004 19:24

vaya vaya, Clix tu jamia los sixty-nine ya hasta sin quererlos los pillas, jajajajaaja habian 69 mensajes, el anterior era el 69 de este apartado, y ambos te los pillas tu... y yo me pregunto si no ves un pijo con esa venda en los ojos k t'has poniooooooo????? k pasa niña los hueles? instinto???? jajaajajaj :wink:
Clix
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Mensajepor Clix » 07 Jun 2004 20:29

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Mensajepor yanotoy-22 » 07 Jun 2004 20:37

jajaajajajaajajajajaaj Clix... di k si, ea eaaaa baby (si tas wapisima asi de ninja cegata!)
Clix
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Mensajepor Clix » 08 Jun 2004 18:53

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Mensajepor yanotoy-22 » 08 Jun 2004 18:59

... ves como tas cegata? te dejaste las vocales

dlscjnslsrst,Brgls,pdzmmn! :wink:
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Mensajepor Clix » 08 Jun 2004 19:14

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Mensajepor Ally » 08 Jun 2004 22:16

8O 8O 8O ¿estas dos de que hablan??????.......no me entero de nadaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa :( :lol:


nari !!!!, clix !!!!! , ¿ya habeis bebido otra vez??!!! :roll: :roll: :roll: :roll:


¡¡¡ no se las puede dejar juntas y solas!!!!!, que cruz , que cruz!!!


:chi reichel
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Mensajepor yanotoy-22 » 11 Jun 2004 18:51

Enga Reichel wapa esfuerzate que tu puedes, anda ponle vocales y somate tu tambien a lanzar improperios que quedan mas bonicos asin... juasssssssssssss :wink: magn
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Se busca

Mensajepor Odio » 15 Jun 2004 09:53

El F.B.I. ha iniciado una campaña de busca y captura de una peligrosa banda de shoshos asesinos que tiene atemorizada a la poblacion masculina.

pa mas informacion miren aki:

http://odio.myserver.org/inicia/sebusca.html


Salu2 de odio
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Mensajepor Ally » 15 Jun 2004 19:30

8O 8O 8O 8O JAJAJAJAAJAJAJAJAJAA ODIO ME ACABO DE PERDER!!! ¿ QUE TIENE QUE VER ESO CON LA HISTORIA DEL MUSEO?? JAJAJAJAJAJAAJAJAJA AYS NO ME ENTERO DE NADAAAAAAAAAA :roll:


BESITOS REI :oops:
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pos...........

Mensajepor Odio » 15 Jun 2004 19:48

Ostias pos es verda reichel ma confundio de sala :wink:
yo crei que era eso de la libido.

Pero de toas formas er FBI como son tontos der kulo, pos ponen sus anuncios en kualkie lao.

lo siento.

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Mensajepor yanotoy-22 » 15 Jun 2004 20:02

jejeejeje Odio con esos caretos en cualquier lao pegan menos en la libido, o no.... (pa mi k son la antitesis de la lujuria, pero pa gustos, culos) la cuestión es que no he visto ninguno d'esos, pobre población menos-culina. eek
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Mensajepor Ally » 15 Jun 2004 20:22

uuuuuuuuuuuuyyyyyyyyysssssss , odio , quedome alucinaditaaaaaaaaaaaaa jajajjajajajjaajajajajaja ¿pero de donde lo sacas???!!!
Odio
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guenoooooooooo

Mensajepor Odio » 15 Jun 2004 20:23

Pos como er febei ademas de se tontos de kulo, tb son mu agradecios acaban de enviar un anuncio pa trakiliza a la nenas.

http://odio.myserver.org/inicia/Golosina.htm
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Premio

Mensajepor Odio » 15 Jun 2004 21:00

Gueno pos a peticion de argunas nenas, pongo aki el premio que me dieron er año pasao. :oops:

http://odio.myserver.org/inicia/ODIO.htm
Yo soy tuyo, solo tuyo, mi vida es tuya, mi voluntad es tuya, mi mundo es tuyo, mis ambiciones son tuyas, mis deseos son tuyos, mi amor es tuyo, ...quieres algo mas?

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