Bando Republicando durante la Guerra Civil

¿No llegas a fin de mes? ¿Tienes un trabajo digno? ¿Son los políticos los que llenan sus bolsillos? Seguro que tienes muchas cosas de las que quejarte, si no también. No es nada personal, sólo política. Respeta y serás respetado. Economía, Empleo y Política.
Avatar de Usuario
Ally
Sabio
Sabio
Mensajes: 6279
Registrado: 12 Ene 2004 00:00

Mensajepor Ally » 21 Jul 2010 00:42

Buenas Marina, que suerte ya de vacaciones...

Si quien mas y quien menos, ha perdido a alguien en la guerra.. y yo, igual que tu, tengo amigos de izquierdas y de derechas...

He abierto este tema, porque creia que era lo justo, y para demostrar, como muy bien dices, que ni todos son tan malos, ni tan buenos...

Y que hubo DOS BANDOS, que hicieron las mismas barbaridades..
Aunque en este foro, solo se hable de uno... siempre de uno... Y sobre todo, siempre habla Dreams...

Porque por supuesto, hay supercalifragilisticos por todas partes...
Y solo actuaron mal, los supercalifragilisticos...
El bando republicano, luchaba por la libertad, una palabra y unos ideales... que muchos de ellos traicionaron...convirtiendose y actuando exactamente igual, que esos supercalifragilisticos que tanto odiaban.

Y en aras de esa" libertad", e "igualdad", cometieron los mismos asesinatos brutales, de los que tanto acusaban a los demas.

Que cierto es, que los dos extremos se juntan, y llega un momento en que no puede distinguirse uno de otro, porque aunque cada uno reivindica unas ideas distintas... en el fondo... hicieron lo mismo...








P.D. date un bañito por miiiiiii


:wink:
Avatar de Usuario
Ally
Sabio
Sabio
Mensajes: 6279
Registrado: 12 Ene 2004 00:00

Mensajepor Ally » 21 Jul 2010 01:01

«Me llamo Pedro Muñoz Seca. Soy escritor y autor teatral. Me fusilaron en la madrugada del 28 de noviembre de 1936 en Paracuellos del Jarama. Mi delito fue ser monárquico»
«Desde mi ingreso en la cárcel y checa de San Antón, el 1 de agosto de 1936, le escribí a mi mujer Asunción, con quien tuve nueve hijos, tres cartas y cuarenta y una tarjetas postales. Como buen andaluz soporto mejor el calor que el frío.
Por la brevedad del espacio en blanco de las postales, mi correspondencia se limita a pedir ropa de abrigo, mudas, medicinas para mi úlcera de estómago, agua mineral y latas de conserva. Aunque para tranquilizar a mi familia siempre les digo que ‘‘estoy bien y he engordado’’. Desde el 1 de agosto al 28 de noviembre, madrugada de mi fusilamiento, perdí 29 kilogramos de peso. En todas las postales pido tranquilidad para mi madre, que vive en el Puerto de Santa María.
Pero, de repente, en una postal, sin saber cómo, salta un golpe de humor y le pido a Asunción que me envíe a la cárcel una de mis bigoteras. «Estoy harto de meter los bigotes en la sopa del rancho», le cuento. Y recibí la bigotera, y así recuperé mi personalidad.

Meses más tarde, en el alba de mi fusilamiento, antes de ser empujado a la trasera del camión de la muerte, el miliciano «Dinamita» me ata las manos brutalmente a la espalda con un bramante que me alcanzaba las venas, y entre el alborozo de sus compañeros, con unas tijeras me cortó los bigotes. Me dijo que para donde iba no los necesitaba.

Pasé el cautiverio en el Departamento 2 de la planta baja de San Antón. Al principio tuve como compañeros de celda a ocho oficiales de la Armada, y a los hijos de 15 y 13 años de un oficial del Ejército de Tierra. También, en la misma celda, están confinados José Arizcun, el sacerdote Tomás Ruiz del Rey, Julián Cortés Cabanillas y el actor Guillermo Marín.

Todas las tardes, con su melena blanca desvencijada, aparecía por San Antón el escritor Pedro Luis de Gálvez, que me debía algún que otro favor. «A éste que nadie lo toque. A éste lo voy a matar yo personalmente, ¿verdad maestro?». Yo sólo le respondía: «Honradísimo Gálvez, honradísimo».

He de decir, humildemente, que sólo en una ocasión me brotaron las lágrimas. Fue el día en que supe que sus ocho compañeros de celda de la Armada y los hijos del oficial del Ejército habían caído en una de las primeras sacas. En aquella ocasión escupí en el rostro de mis carceleros. Ellos me tumbaron de un puñetazo. En el Puerto, mi hermano menor, José, hacía gestiones con Vicente Alberti, hermano de Rafael, para que éste se interese por mí. Alberti no se dio por enterado.

Sé que las cartas que escribí en el mes de noviembre ya no le llegaron a mi mujer. Gracias a un diplomático mexicano, que hacía de correo de presos, Asunción recibiría esas postales y la última carta tres años después, en 1939. Se ahorró el sufrimiento.

El 26 de noviembre fui «juzgado» por un tribunal popular y condenado a muerte «por supercalifragilistico, monárquico y enemigo de la República». El 27 fui llamado por el director de la checa y en la madrugada del 28 me encerré en mi celda con el sacerdote Tomás Ruiz del Rey. A las dos de la mañana le escribí a Asunción la última carta.

Me quitaron la maleta, los abrigos, el reloj y mis objetos personales. Me cortaron los bigotes. Al llegar a Paracuellos fumé. Tiré el cigarrillo y dije “cuanto antes”. Grité: “Viva España y viva el Rey“ y mi cuerpo se quebró con la descarga».



«Me llamo Manuel Martín, fui fusilado y tirado al río» «Soy Manuel Martín y era vicepresidente de las juventudes de Acción Católica en Talavera. Era un importante abogado y persona muy conocida, que me llevaba bien con todo el mundo. Era muy aficionado al fútbol y jugaba de portero en el Talavera, cuando el fútbol no levantaba las pasiones de ahora. Creo que no era malo.

El 21 de julio de 1936 estábamos en una reunión cuando llegaron los del otro bando, algunos conocidos míos, que habían sido compañeros en el colegio. Cosas así sucedieron mucho en esos tiempos.

Me cogieron y me encarcelaron. Sufrí un derrame cerebral de la depresión y de lo mal que lo estaba pasando. Me llevaron al hospital donde conseguí curarme. Después me trasladaron a la cárcel, que estaba al lado.

El 21 de agosto me sacaron de allí y nos llevaron al Puente de Silos. Nos dispararon y después nos tiraron al río. Yo estaba en forma, era portero del Talavera y tenía mucha vitalidad, así que, aún herido, me puse a nadar, pero unas señoras que estaban por allí, puede que lavando la ropa, dijeron: «Mira, mira, los acaban de fusilar» y en vez de ayudarme, me tiraron piedras.

Yo estaba vivo, intentando esquivar lo que me lanzaban. Pero fue imposible. Me ahogué. Mi cuerpo no ha aparecido».


«Yo, Manuel Gordon, sé que mi mujer les va a perdonar»
«Soy Manuel Gordon y estaba en Mallorca cuando empieza la guerra y vuelvo en el último barco a Barcelona. El puerto estaba en llamas y el capitán quería ir a Francia. Le convenzo para ir a Tarragona, porque mis cinco hijos estaban en Tortosa con la abuela.

Al llegar me incorporo a mi trabajo en la Secretaría del Banco de España. Yo era una persona muy conocida, con presencia pública por mi labor profesional y religiosa.

Era un católico que vivía sin esconderme, aunque nunca me metí en política. Creo que fui de los primeros en ser cogidos. El 25 de julio, dos personas vinieron y me llevaron diciéndome que tenían que acompañarme al Ayuntamiento para preguntarme algunas cosas. No volví.

Me llevaron a la cárcel, al colegio de San Luis. Fue tan rápido, que lo único que me llevé fue lo que tenía puesto y un misal. Leía la misa diariamente.

Mi mujer vino a verme todos los días sin faltar uno solo y el 5 de agosto le dijeron que me llevaban a Tarragona. Nunca llegué hasta allí. Yo sabía a dónde me iba, pero pensé que si con mi sangre se tenía que salvar España, yo se la ofrecía a Dios.

En una furgoneta me llevan al puente de Garidells de El Perelló. Allí, junto a otros, me echan al campo y me fusilan. Pero conmigo no aciertan, no me matan, aunque me dejan la rodilla destrozada.

Como estoy en buena forma, logró escapar sin que se den cuenta. Intento escapar: es un campo con un desnivel y como estoy malherido, me caigo y me rompo definitivamente una pierna. Apenas puedo moverme, me arrastro dolorido y me refugio donde puedo.

No estoy a salvo, he dejado un reguero de sangre y los milicianos han vuelto por la tarde al lugar donde hemos sido fusilados. Se dan cuenta de que falta uno. Siguen el rastro de sangre. Como no podía ser de otra forma, al final me encuentran.

Me disparan treinta y tantos tiros. Sé que mi mujer les va a perdonar y mis hijos también. Como dice el Evangelio: ‘‘Perdónales, no saben lo que hacen’’».


«Soy José Cremades, recibí siete tiros»
«Soy José Cremades y fundé Acción Católica en Elda y eso, en esos tiempos, era como firmar una segura condena de muerte. Trabajaba en una fábrica de zapatos, como mi mujer.

Recuerdo que cuando empezó la guerra los milicianos iban a buscarme a casa y me decían que bajara. Yo quería, pues no tenía nada que temer, pero mi mujer me mandaba callar y nunca me dejó abrir la puerta.

Ella estaba asustada y quería que nos fuéramos. A veces, uno de mis muchos conocidos, de cualquier ideología, llegaba y le decía a los milicianos que me dejaran en paz.

Un día me crucé con un señor por la calle, que dijo para que yo le oyera: ‘‘¿Cómo que todavía está por aquí?’’. Ya estaba claro. Una tarde fueron a la fábrica a buscarme y me llevaron al cine Coliseo.

En cuanto mi mujer vio que yo no llegaba a comer, se preocupó. Contactó con varios amigos míos para ver si me podían sacar. A uno de ellos le dejaron pasar y, por lo visto, le prometieron que si me encontraba, me podía ir con él.

Pero había una pantalla y yo estaba detrás, escondido. Por un agujero, un compañero vio a mi amigo: “Mira, Cremades –me dijo–, te vienen a rescatar”.

Estuvo dando vueltas, me buscó y no me encontró. Se escapó mi oportunidad. Como era muy conocido, el 15 de septiembre me sacaron de noche para que nadie me viera. Me llevaron a un estercolero y me pegaron siete u ocho tiros.

Me dejaron tirado y sólo me encontraron a la mañana siguiente, cuando un conocido me vio al ir en el autobús que iba de Villena a Elda».


«Me mataron con mis dos hijos»
«Soy Enrique Sicluna, un militar retirado, con seis hijos. Cuando comenzó la guerra ya sabía que antes o después llegarían a por mí.

Un día de agosto vinieron a casa unos milicianos a hacer un registro. Comienzan a mirar por todos lados y, de repente, dicen que encuentran un papel de la Falange. Es difícil de creer, porque, aunque mi hijo Luis, de 23 años, que era médico, pertenecía a la Falange, había tirado todos los papeles. Ya conocía el peligro.

Mi otro hijo, que tiene mi nombre, Quique, de 16 años, estaba en la calle jugando al fútbol con un amigo. Como sabía que, debido a mi educación militar, soy muy estricto, y que me gusta que todo se haga a su hora, le dijo a su amigo que tenía que dejar de jugar y venir a comer, ‘‘que mi padre se enfada’’. Fue su perdición. Nos llevaron a todos los hombres de la casa y dejaron sólo a las mujeres. Mi mujer y cuatro hijas.

Nos conducen a la Dirección General de Seguridad y después a la cárcel Modelo. Estamos en la celda 644 de la galería cuarta.

Por lo menos, desde aquí puedo escribir varias cartas a mi mujer para que sepa que estamos bien. Quiero que con ellas sepa que la sigo queriendo. No sé cuántas llegaron y cuántas se quedaron en el camino.

Pero me preocupaba mucho la salud de mis hijos mientras estábamos en la Modelo. Hacía mucho frío y yo quería que de casa me trajesen bufandas, almohadas o colchones. También unas gafas para el pobre Luisito y una pluma cargada para que pueda escribir. También le pido un cepillo de dientes.

El 7 de noviembre le escribo otra carta. Sé que es la última. En la cárcel ya se oye que nos van sacar, pero no quiero preocupar y no cuento nada fuera de lo normal. Ese día salen de la Modelo tres sacas. Tres paseos de muertos.

En uno de ellos voy yo con mi hijo Luis y mi hijo Enrique. Dejo viuda y cuatro hijas. Una de ellas se casará con otro huérfano de un compañero que también ha estado aquí en la Modelo. Nos llevan a Paracuellos, nos entierran en una fosa común. Nuestros huesos no han sido identificados».

«Mataron a mi padre y a mis tíos»
«Mi nombre es José Bada, tengo 77 años, tres cuando comenzó la Guerra Civil española y seis cuando terminó. Vivo en Villalba de los Arcos, Tarragona, y mataron a mi padre, Juan, y a sus tres hermanos: José, al que fusilaron en Caspe; Ramón, que era cura, y Francisco, el más pequeño de todos ellos, al que hirieron y después ordenaron envenenar en el Hospital de Tortosa.

Por parte de mi madre, asesinaron a cuatro familiares, dos hermanos y dos sobrinos: uno era panadero, otro secretario del Ayuntamiento, que en aquel momento era de derechas, pero que estaba legalmente constituido durante la II República, el tercero era médico y el último hermano de La Salle.

Cuando se produjo el alzamiento del 18 de julio y falló el golpe en Barcelona, la izquierda empezó a matar gente. En mi pueblo asesinaron a 56 personas sólo porque eran de derechas. El comité revolucionario que se constituyó esos días reclamó milicianos alegando que estas personas se habían sublevado, algo que no era cierto.

Desviaron cinco camiones de la ruta de Barcelona. Lo primero que hizo la tropa al bajar de los vehículos fue meterle cuatro tiros al padre de una chica, ella todavía vive, porque él tocaba el armonio en la iglesia y era director de una banda de música.

Después fueron a buscar al resto a una sociedad recreativa, que era el centro de la gente de derechas, donde solían reunirse para escuchar las noticias. Los sacaron a todos con los brazos en alto y se los llevaron para la plaza.

En el trayecto encontraron al cabo de somatén, que salió al escuchar tanto ruido, y le soltaron dos disparos. El vicario, desde una ventana, mató al abanderado de los milicianos y los detenidos huyeron.

Algunos cayeron en ese momento. Al resto los prendieron y ejecutaron más tarde. A mi padre no le importaba la política. Ese día estaba durmiendo la siesta en su casa cuando lo sorprendieron, lo sacaron de su domicilio a la fuerza y le mataron delante de su madre. Lo hicieron porque iba a misa y tenía un hermano que era cura. Todavía recuerdo los gritos y sollozos de mi madre».


«No guardo rencor»
«Me llamo M. T. A. Dihinx y tenía 21 años cuando mataron a dos de mis hermanos en la Guerra Civil. Era julio y habíamos salido a la playa para pasear cuando los cogieron y se los llevaron a Bilbao porque eran de derechas. Eso fue todo lo que habían hecho. Los fusilaron porque sí.

Ahora tengo 95 años, pero recuerdo que todo lo que sucedió entonces fue muy triste. Los ajusticiaron el 4 de enero en la matanza de Bilbao. Asaltaron la cárcel y mataron a toda la gente de derechas que encontraron allí.

A mi madre y a mí también nos metieron en la cárcel en julio porque no teníamos las mismas ideas que ellos. Nos encerraron con las presas comunes, pero que eran muy buenas personas.

Cuando vieron llegar a mi madre se quitaron su propio colchón y se lo entregaron a ella porque decían que el que tenía no era el más apropiado para una persona de su edad.

Recuerdo que en la celda había una cama de hierro y un jergón de paja. Las sábanas eran de algodón sin refinar con manchas de pulgas y el retrete, un agujero con una jarra. Si te querías lavar tenías que ir a la parte donde estaban los milicianos.

Nos enteramos de la muerte de mis hermanos por un ama de llaves que conocíamos y que nos lo dijo. El pequeño, nos enteramos luego, cayó inmediatamente. En el suelo del patio había una mancha negra. Era suya, de su sangre.

Al otro, lo fusilaron a las cinco de la tarde, pero se hizo el muerto y se lo llevaron al hospital. Pero al día siguiente falleció. Yo perdono, porque si tú no perdonas, después jamás te perdonarán a ti. No tengo rencor por todo aquello. Tenemos que perdonar, porque quien guarda rencor en su interior no es un buen cristiano».
DreamsClassic
Diplomado
Diplomado
Mensajes: 401
Registrado: 29 Abr 2010 13:31
Ubicación: Sevilla

Mensajepor DreamsClassic » 23 Jul 2010 23:35

Santos Juliá en el limbo de los justos.
Por último, para haber llegado al mismo lugar que Pío Moa, Zavala, Vidal, Losantos, La Cierva y compañía, podría usted, Sr. Juliá, haberse ahorrado tanto el viaje como las alforjas.



Imagen

Después de recibir las loas de Pío Moa, máximo exponente de los seudohistoriadores revisionistas que utilizan la causa general franquista como paradigma historiográfico inalterable, el eminente historiador Don Santos Juliá, biógrafo de Azaña y premio nacional de Historia, ha entrado en el limbo de los hombres justos y equidistantes. Como tantas otras personas acomodadas, Juliá -al que muchos leímos sin demasiado deleite pero con interés, eran otros tiempos- ha cubierto la sinuosa senda que va del trabajo por develar el pasado que nos fue negado conocer hasta la historia oficial. Difícil viaje ese, doloroso viaje cuando en él se deja el coraje y la sabiduría, cuando de investigador se pasa a pontífice y a predicar verdades absolutas que casi nadie cree pero que complacen a los que siempre estuvieron complacidos con su victoria cuartelera, cuando se pasa de hurgar en la mentira para hallar la verdad, a darle la vuelta a la tortilla para quedarse dónde muchos, como el comisario Comín Colomer, ya estaban en los años cuarenta del pasado siglo.

El 25 de junio pasado, día de Santa Eurosia, virgen y mártir, Santos Juliá publicó un lamentable artículo en el periódico narcisista El País, diario que durante muchos años fue un referente para muchos pero que hoy apenas se diferencia de su homólogo matutino ABC. En el artículo en cuestión, titulado “Duelo por la República española”, Juliá, que parece haberse apropiado de Azaña para su personal uso, erigiéndose en su máximo intérprete y sacerdote, compara a los golpistas africanistas con aquellos que decidieron ser leales a la República, a quienes tenían la obligación de mantener el orden constitucional a toda costa, por sus juramentos y por sus sueldos, con quienes defendieron de un modo u otro ese orden sin estar capacitados para ello, pues, evidentemente, no era su trabajo. El historiador asustado, temeroso de que los españoles puedan decidir alguna vez por sí mismos, sin tutelas, sin transiciones impuestas, sin vigilantes, de que puedan de una vez por todas ponerse en paz con su pasado, argumenta que tanto en uno como en otro lado se quiso exterminar al disidente ideológico y que si en la zona republicana no se mató más fue porque ya no quedaba a quien matar -¿cómo se puede decir semejante barbaridad? ¿Está el Sr. Juliá en sus cabales?-, para lo que instrumentaliza los pensamientos íntimos de Azaña y los explica a su modo como si los demás lo necesitásemos a él para leer e interpretar al extraordinario político y escritor de Alcalá de Henares. Luego aduce, increíblemente, que de no haber triunfado los africanistas, lo habrían hecho los revolucionarios, con lo cual la República habría desaparecido igualmente.

En primer lugar, en los meses anteriores a la guerra civil, la situación social de España no se diferenciaba demasiado de la que se vivía en los países europeos de nuestro entorno. La conflictividad social en Francia era tal que muchos creían próximo el estallido de una guerra civil; en Alemania mandaba Hitler después de haber acabado con la República de Weimar y con el movimiento obrero; en Italia, Mussolini, y en el resto de Estados nada estaba claro.

En segundo lugar, Azaña sintió deseos de dimitir tras los crímenes de la cárcel modelo madrileña, pero antes se había negado a firmar la detención de los golpistas que figuraban en una lista que le entregó el Director General de Seguridad, José Alonso Mallol. Azaña sentía un inmenso dolor, como la mayoría de los republicanos, al ver arder su patria después de tantos sacrificios, pero pese a ese dolor continuó presidiendo la República española hasta casi el final de la guerra.

En tercer lugar, Azaña debió dimitir al sentirse incapaz de dirigir la resistencia al fascismo. Inevitablemente, cuando quienes tenían la obligación ineludible de defender el orden constitucional republicano decidieron utilizar las armas contra ese orden, todo era posible y cualquier medida adoptada por el pueblo para atajar la traición habría sido legítima.

En cuarto lugar, como muchas veces se ha dicho, Azaña tenía en su cabeza un modelo de Estado muy parecido al de la Tercera República francesa pero adaptado a la realidad española, lo que necesariamente obligaba a afrontar de una vez por todas una justa articulación del país reconociendo las peculiaridades de cada una de sus partes y a encarar las reformas sociales de calado a las que la oligarquía se opuso con todas sus fuerzas, dentro y fuera de la Ley. Azaña fue un gran reformista para tiempos de paz, pero quiso olvidarse de que el verdadero núcleo de poder en España no estaba en la Gaceta ni en las mayorías, sino en la oligarquía tradicional y en la gran burguesía, que fueron quienes hicieron fracasar con sangre sus buenas intenciones.

En quinto lugar, jamás en la España de los años treinta habría triunfado una revolución social, primero porque no se daban las condiciones objetivas, segundo porque el Estado, de no haberse sublevado los encargados de mantener el orden, tenía resortes suficientes para controlar movimientos que nunca tuvieron una organización estatal; en tercer lugar, porque el Partido Comunista, muy minoritario antes de las sublevación, había aceptado el Estado parlamentario y no estaba por revoluciones de ningún tipo.

En sexto lugar, en cuanto los sucesivos gobiernos republicanos pudieron reconstruir medianamente el aparato del Estado cesaron los crímenes callejeros, que desde luego nunca se produjeron por órdenes de ningún ministro republicano. Me gustaría que el Sr. Juliá nos dijese quienes eran los Mola, Queipo de Llano y Franco de los distintos gobiernos republicanos.

En séptimo lugar, no fueron cincuenta mil los fusilados por Franco. La edad no es un límite para nada siempre que uno sepa barajarse, pero sí cuando se pierde la noción de la realidad y el control de la razón: A los fusilados que dice el Sr. Juliá habría que añadir, los 113.000 desaparecidos que todavía yacen en fosas, hecho sin precedentes en Europa Occidental; los ciento cincuenta mil exiliados y sus descendientes que nunca pudieron regresar a España; los miles de muertos por “enfermedad” en campos de concentración, cárceles, cuarteles y comisarías; los miles de torturados, los millones de castrados vitales e ideológicos que creó ese maravilloso régimen criminal durante décadas de opresión.

En octavo lugar sí, la transición fue el resultado de una serie de conversaciones que comenzaron en el exterior a principios de los cuarenta, pero esas conversaciones, gracias a Gran Bretaña y Estados Unidos no llegaron a ningún sitio, permitiendo que la dictadura sanguinaria se acabase por consunción, protegida como estaba por las grandes potencias democráticas. La transición tuvo su momento, pero no me venga ahora con monsergas, treinta tres años después de las primeras elecciones democráticas tenemos derecho a saber y podemos prescindir perfectamente de los manijeros de la historia.

Por último, para haber llegado al mismo lugar que Pío Moa, Zavala, Vidal, Losantos, La Cierva y compañía, podría usted, Sr. Juliá, haberse ahorrado tanto el viaje como las alforjas.

Pedro L. Angosto.
Avatar de Usuario
Ally
Sabio
Sabio
Mensajes: 6279
Registrado: 12 Ene 2004 00:00

Re: Bando Republicando durante la Guerra Civil

Mensajepor Ally » 22 Ene 2012 15:40

"El Terror Rojo en el Madrid de la Republica"


ANTONIO ASTORGA
Día 22/01/2012





El hispanista Julius Ruiz desentraña la red «nada descontrolada de asesinatos de la República para perpetuarse»




[img=center]http://www.abc.es/Media/201201/22/OBJ4097040_1--644x362.JPG[/img]





Madrid, capital del dolor, 1936... Niños que se desmayan en las colas del pan, un índice de mortalidad infantil doce veces sobre la media europea, muertes de la población civil a los dos o tres meses después de perder cinco kilos al día, ejecuciones extrajudiciales, agencias estatales que actúan como cómplices de las matanzas, gánsteres, Brigadas «Amanecer» y «Al Capone», escuadras de la muerte, paseos, mucho café, delaciones a traición... Afiliarse a un sindicato católico o defender un partido político de derechas constituía una invitación a ser acusado de «fascista». Lo revela el hispanista Julius Ruiz, profesor de Historia de Europa en la Universidad de Edimburgo, en «El terror rojo» (Espasa, 459 páginas), con material inédito, tras diez años de investigación por archivos del Reino Unido y España sobre el periodo republicano, la Guerra Civil y la etapa franquista. Sostiene que «el terror rojo republicano fue un esfuerzo de guerra organizado y pensado para asegurar la victoria republicana, la revolución y crear una nueva sociedad antifascista. Los asesinos mataron para servir la causa de la República».



Las entidades antifascistas del terror en ese Madrid de 1936 englobaban a todo el Frente Popular, según Julius Ruiz. En ese Madrid, capital del dolor, «pes a las 226 checas alegadas por los franquistas, solamente 37 tribunales revolucionarios dispensaron justiciaextrajudicial en la capital entre 1936 y 1939, y otros 30 centros detuvieron y encarcelaron a sospechosos». Estos 67 «centros» eran de dos tipos: 1) el comité de defensa adscrito al partido político o sindicato local y 2) la brigada policial de la Dirección General de Seguridad (DGS), donde se hacía una purga de «fascistas». Expone Julius Ruiz: «Con representantes de todos los partidos y sindicatos del Frente Popular, pronto se convertiría en el mayor centro de asesinatos y actuó como punto neurálgico de la red del terror, recibiendo y transfiriendo prisioneros para ser ejecutados. La DGS participó conscientemente en las sacas de las prisiones. Emitía órdenes de liberación falsas que dejaban a los reclusos en manos del Comité Provincial de Investigación Pública (CPIP) para ser matados fuera de la cárcel».


La CNT-FAI, añade el investigador, prestó la mayor contribución a esta red de terror rojo: controlaba 23 de esos 67 centros que «dispensaban justicia»; los comunistas controlaban 13; el PSOE, 9; las Juventudes Socialistas Unificadas, 6, y otros 14 eran entidades conjuntas del Frente Popular como el CPIP. Y observa Julius Ruiz: «Las alas del PSOE de la izquierda caballerista —de Francisco Largo Caballero— y la derecha prietista —de Indalecio Prieto— participaron en el terror. ¿Cómo ejecutaba esta red? Julius Ruiz lo ejemplifica en las masacres de Paracuellos de Jarama: «Los directores de las prisiones transferían reclusos bajo su custodia basándose en falsas órdenes de salida firmadas por el director general de Seguridad. Aunque los asesores soviéticos aprobaron la operación, las matanzas de Paracuellos fueron realizadas made in Spain».


Julius Ruiz argumenta que los fusilamientos de Paracuellos comenzaron dos semanas antes de la llegada de Santiago Carrillo como consejero de los servicios de Orden Público de Madrid «Empezaron el 28 de octubre de 1936 con 31 personas en la Saca de Ventas». Entre las víctimas, el nieto de Ramiro de Maeztu, Ramiro de Maeztu Whitney. «Quienes organizaron las Sacas fueron los dirigentes del Comité de Fomento, con todos los partidos y sindicatos del Frente Popular. Antes de la llegada de Carrillo fueron fusiladas 190 personas en sacas masivas». Asegura el hispanista que «Santiago Carrillo dio todo su apoyo político y logístico a la operación de las Sacas. Y también Miaja. Carrillo incorporó todos los dirigentes del Comité de Fomento en su nueva policía revolucionaria, negó que hubiera Sacas masivas, dijo que los presos estaban a salvo en Madrid, mintió como Miaja, y dio espacio político para los fusilamientos. Carrillo sabía desde el principio que existían las sacas, consintió y las apoyó».



—¿Se asesinó más en el Madrid«rojo» que en el Madrid «azul»?


La «justicia» de Franco tras la guerra fue mucho más que un simple castigo a los implicados en los «crímenes de sangre». Traté con detalle La Justicia de Franco: la represión en Madrid tras la Guerra Civil,2005 esa despiadada represión franquista. Existen diferencias entre el castigo de «fascistas» en la guerra y la represión de posguerra en Madrid. Unas 3.113 personas fueron ejecutadas en la provincia entre el 28 de marzo de 1939 y el 30 de abril de 1944, y nada de lo publicado después me empujó a revisar la cifra. Es probable que el número de fusilamientos en el Madrid republicano superara en dos a uno al del Madrid franquista. El terror rojo de 1936 se caracterizó por las ejecuciones extrajudiciales, aun cuando hubo agencias estatales que actuaran como cómplices de las matanzas. La represión franquista tras la guerra se basó en un sistema burocrático pseudolegal de justicia militar.





http://www.abc.es/20120122/cultura/abcp ... 20122.html
.
Avatar de Usuario
Ally
Sabio
Sabio
Mensajes: 6279
Registrado: 12 Ene 2004 00:00

Re: Bando Republicando durante la Guerra Civil

Mensajepor Ally » 22 Ene 2012 15:49

[img=center]http://multimedia.fnac.es/multimedia/ES/images_produits/ES/ZoomPE/2/3/3/9788467034332.jpg?201112080709[/img]



El terror rojo de Julius Ruiz: ¿Cuál fue el papel de los tribunales populares? ¿Quiénes fueron los verdaderos responsables del terror? ¿Éxistió realmente una quinta columna? ¿Qué sucedió en Paracuellos? Gran parte del material que ha servido para la redacción de este libro, fruto de una exhaustiva labor de investigación por parte de su autor en fuentes y archivos españoles y del Reino Unido, es inédito.




JULIUS RUIZ:


Hispanista. Profesor de Historia de Europa en la Universidad de Edimburgo
Avatar de Usuario
Ally
Sabio
Sabio
Mensajes: 6279
Registrado: 12 Ene 2004 00:00

Re: Bando Republicando durante la Guerra Civil

Mensajepor Ally » 22 Ene 2012 15:57

[img=center]http://eb.tncdn.net/dyn/200/978/019/9281831.jpg[/img]



"Justicia de Franco: Represión en Madrid después de la guerra civil española"



Madrid se convirtió en uno de los símbolos principales de la resistencia a republicana general Franco durante la guerra civil española que seguía la falta de los nacionalistas para tomar la ciudad en el invierno de 1936-7. Con todo a pesar de los gritos de desafiantes “ningún pasaran”, pasaron eventual el 28 de marzo de 1939. Este libro
examina las consecuencias en Madrid de la victoria incondicional de Franco en la guerra civil española. Usando el material archival recientemente disponible, este estudio muestra cómo el castigo de vencido fue basado en una ironía cruel - detuvieron a los republicanos, no los rebeldes militares de julio de 1936, responsables de
el conflicto fratricida. Los tribunales militares distribuyeron las frases para el crimen de la “rebelión militar”; la simple pasividad hacia los nacionalistas antes de 1939 no sólo fue hecha una ofensa civil bajo ley de responsabilidades políticas pero podía causar despido de trabajo; y freemasons y
El decreto criminalizaron a los comunistas, específicamente culpados por la guerra civil, en marzo de 1940.
Sin embargo, contrariamente a mucho que se ha escrito en el tema, la represión de la posguerra de Francoist no era exterminatory. El genocidio no ocurrió en Madrid de la posguerra. Mientras que un mínimo de 3113 ejecuciones judiciales ocurrió entre 1939 y 1944, las sentencias a la pena fueron capital basadas en gran parte en acusaciones de
participación en los “crímenes de la sangre” que ocurrieron en Madrid en 1936. Por otra parte, y a diferencia de la mayoría de las otras cuentas de la violencia política de Francoist, este libro se refiere a la cuestión de cuando y porqué la represión de la masa acabó. Muestra que los números de escarpados casos se abrieron contra republicano
“rebela”, y el utilizar de los procedimientos burocráticos de la preguerra intrincados para procesarlos, produjo una crisis que era solamente decisiones resolvedby tomadas por el régimen Franco en 1940-1 para mucho abandonar del sistema represivo. En 1944, la represión total había acabado.

Volver a “Política.”

¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 0 invitados