REFLEXIONES

¿Quienes somos, de dónde venimos, dónde vamos? Un poco de Espiritualidad, Filosofía, Religión, Amor, Solidaridad, Misterio
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Mensajepor Dreams » 24 Nov 2009 10:32

HIGIENE SOCIAL

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Esta civilización recorre un camino equivocado. Debemos conocer sus errores para devolverla a lo que debería ser, al cauce natural. Es cierto que el ser humano se ha apartado de las leyes de la Naturaleza, tanto en su obrar individual como social, y que con ellos se atrae el desorden y, en muchos casos, la destrucción. Pero aun así, todos estamos llamados a regenerarnos. Hemos visto en este cuaderno que las acciones higiénicas y naturales para regenerarnos son muy sencillas pero quizás, por eso mismo, son difíciles de realizar.

La armonía surge de una relación adecuada entre todos los seres; a nada ni a nadie aislado se le puede otorgar un valor por sí mismo, sino por la calidad de sus relaciones con las demás partes. El ser humano puede desarrollar una forma de vivir que cree armonía en sí mismo, en las personas y en el conjunto de todos los seres y elementos que habitan en el planeta. Esta armonía nace de vivir espiritualmente, de obrar con justicia en el dar y en el recibir.

En la Naturaleza se encuentran los medios que nos permiten la subsistencia, pero sólo podremos acceder a ellos si no les quitamos a los demás seres la parte que les corresponde. Además, debemos perfeccionar la Naturaleza, de manera inteligente, en beneficio del conjunto. Sólo se vive de acuerdo con la ley natural desarrollando actitudes respetuosas y constructivas que no son, por ejemplo, el matar o martirizar animales para comer, el destruir los ecosistemas de la Tierra ni tampoco el albergar sentimientos de odio o ser violento y egoísta.

Una persona no puede darse por satisfecha sólo con resolver su dieta o su terapéutica, sino que debe aspirar también a regenerar la dimensión moral y social, pues a ello está tan obligado como a la regeneración en el plano material. Cuesta sólo reflexionar un poco para darse cuenta que a la vida íntegra natural se le opone el régimen autoritario, cruel y antinatural que impera en la civilización actual.

Es cierto que hoy en día quienes se acercan a reflexionar sobre las leyes de la Naturaleza son, la gran mayoría, enfermos que no buscan nada más que la salud física. Pero esto no tiene nada que ver con esas personas evolucionadas, repletas de salud y vigor en el cuerpo y en la mente, llenas de amor a la humanidad, que desean la regeneración personal y comunitaria mediante la consciencia, el conocimiento y el obrar apropiado, y que trabajan por la transformación social, para que ocurra esa revolución que tanto necesitamos.

Así, ese hombre superior se encuentra en armonía con las leyes de la Naturaleza pues, a la vez, son las leyes que rigen sobre él y sobre la Tierra en la que habita. En estas leyes se encuentran implícitas determinada coherencia y sistematicidad, por lo que, con estudio y trabajo, el ser humano desarrolla la capacidad para conocer el Orden Natural, que aparentemente se encuentra dominado por el caos. Caos que el oscurantismo religioso intenta mantener con sus dogmas.

La moral del amor y del respeto a toda forma de vida es insuperable, aunque la Naturaleza en la que vivimos no tiene nada de “moral”. Y aquí se encuentra el origen del mal. Los seres humanos soportamos una absurda y tiránica organización social que estimula y fomenta la corrupción, la perversión y el triunfo del fuerte sobre el más débil, pero esto ya viene, en parte, inherente a la Naturaleza, que es imperfecta y cuya ley es matar para vivir. Teniendo tal madre, así son sus hijos, ya de nacimiento más predispuestos al mal que al bien.

Hay quienes, poéticamente, rinden culto a la "Gran Madre Tierra". Pero no es muy acertada la creencia en una sociedad corrupta que se encuentra frente a una Naturaleza perfecta e ideal, tampoco es muy inteligente la idea de un ser humano natural, bueno, corrompido por la sociedad y el capitalismo. Los seres humanos nos encontramos sumidos en una Naturaleza que tiene sus propias leyes, ella es la que impone el precepto de "comeos los unos a los otros", y ya en nuestro interior se encuentra el ego, que se suma al desorden que reina en el exterior y es la causa de nuestro sufrimiento. Todo esto se traspasa inevitablemente al medio social; vivimos en este medio y es en él donde debemos ser conscientes y obrar adecuadamente.

Para regenerar la sociedad uno mismo debe antes regenerarse, vivir exuberante de esa vitalidad y plenitud a las que siempre acompañan la acción, la lucha, la rebeldía y el valor del poder sexual. Aunque muchos, pobres de espíritu y de conocimiento, ven todo esto con cierta nostalgia, como un ideal que el afán de lucro capitalista ha sustituido por la injusticia, la miseria y la opresión.

No debemos olvidar que la libertad es un estado del ser humano, no un derecho -los derechos son para los esclavos. La libertad no es una teoría, sino un hecho que la misma Naturaleza permite en el ser humano cuando éste se encuentra en contacto con ella, cuando la conoce y obra adecuadamente. Desde que los seres humanos dejaron de vivir en contacto directo con la Naturaleza, puede decirse que dejaron de ser seres humanos, que perdieron una parte importante de su integridad.

Los placeres que trae consigo el ser consciente y el obrar apropiadamente en los diversos planos son los placeres más elevados que una persona puede disfrutar. En este sentido, educar a los hijos y formar a las personas de acuerdo con el conocimiento espiritual, contribuir a la regeneración de la humanidad y trabajar para que el bien en la humanidad sea un hecho aquí y ahora les proporciona uno de los mayores goces. Estas personas superiores rechazan, en consecuencia, la mayor parte de lo que ofrece la sociedad, como son el hábito de fumar, el frecuentar cafés o tabernas, el asistir a bailes nocturnos, los juegos de azar, el amor mercenario y todas las degradaciones sensuales, las diversiones a costa de la vida o sufrimiento de los animales o de las personas -desde el boxeo a las corridas de toros-, la locura consumista, etc.

La nocturnidad, los aires viciados, el consumo de bebidas perjudiciales y de drogas o la aceleración del ritmo cardiaco mediante productos tóxicos estimulan sentimientos antinaturales como el afán de lucro, la ambición de poseer, la crueldad, la confrontación y la sexualidad enfermiza y animal. A todo ello ayuda el consumo de sustancias enervantes como el café o el chocolate y, especialmente, las bebidas alcohólicas. Estos son vicios funestos de los que hay que abstenerse, pues toda concesión suele conducir al hábito que degenera a uno mismo y a su descendencia.

También existe en la relación social la presión de los convencionalismos y de la censura de los demás. Esta aparece cuando uno se siente en la obligación de realizar actos contrarios a la Naturaleza y la sociedad le impide obrar naturalmente. En estos casos, la persona superior deberá obrar apropiadamente, ofreciendo lo más adecuado para las personas y para la sociedad. Lo hará con sensibilidad y delicadeza, con respeto, sin lesionar los derechos de nadie, obrando con libertad respecto de los convencionalismos y lejos del fanatismo. En este obrar es lícito sentir la felicidad y el orgullo de combatir con el ejemplo los errores de las personas y de la sociedad, pero también es bueno sentirse pleno cuando lo más adecuado es ceder a ellas.

Es necesaria una evolución psicológica y moral en el ser humano, y para que esta evolución se haga realidad es imprescindible que conozcamos la Naturaleza. Es importante que el ser humano respete el Orden natural y que aprecie la higiene física, pero no es menos importante que la higiene social se convierta en realidad, pues ésta se encuentra severamente limitada por el Poder y el estado actual de las cosas -que el mismo Poder implanta.

El verdadero Poder oculto dirige siempre a los Estados represores. Éstos son centralistas, y se apoyan en las religiones, que rechazan la pasión y la vitalidad natural, y mantienen al ser humano en la ignorancia. También se fundamentan, en esta Tierra, en el insaciable egoísmo capitalista, generador de casi todos los males que sufre la humanidad, pues conforma a los seres humanos y a las sociedades lejos de esa armonía con la Naturaleza que es tan necesaria. El origen de todos los males que sufre la humanidad se encuentra en la ignorancia y en la codicia, imperfecciones que alimenta y fortalece el Poder mediante la manipulación y la represión que impone a los seres humanos.

La única solución a estos graves problemas es vivir espiritualmente. Ser consciente y obrar adecuadamente, con firmeza y virilidad, lejos de fanatismos y de ideas fantasiosas, es la única condición para erradicar el sufrimiento y la enfermedad, para permitir que surja la salud, la felicidad y la paz tanto en uno mismo como en la sociedad. Vivir espiritualmente es respetar los caminos y los ritmos de la Naturaleza, por la consciencia y el conocimiento de la Verdad, sin esfuerzo y en paz, como lo hace un pez que nada acompañando a la corriente.
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Mensajepor Dreams » 24 Nov 2009 13:04

LA POBREZA


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Cada día mueren de hambre en el mundo unas 25.000 personas. Unos 815 millones de personas en este planeta padecen de desnutrición. La pobreza es un fenómeno que se extiende por toda la Tierra. Existen grandes desigualdades en la distribución de la “riqueza”. La pobreza, el subdesarrollo, la marginación, la exclusión social, las desigualdades económicas, el racismo, etc. tienen consecuencias negativas que generan, a su vez, más pobreza. La pobreza es un encadenamiento a situaciones de precariedad, es el sometimiento del ser humano al Poder y al mal. Es encontrarse en el círculo vicioso de la miseria, en el que todas las precariedades se refuerzan mutuamente. Transmitida de generación en generación termina configurando un círculo infernal.

Las personas pobres se ven sometidas a un entramado de relaciones en las que se le privan de múltiples bienes materiales, simbólicos, espirituales y de trascendencia, que son imprescindibles para su desarrollo. La pobreza es una condición que se caracteriza por la privación continua o crónica de los recursos, de la capacidad, de las opciones, de la seguridad y del poder necesarios para vivir dignamente y ejercer los derechos civiles, culturales, económicos, políticos y sociales que toda persona posee por el hecho de nacer.

Todavía no se tiene consciencia de que la desnutrición siempre implica una mutilación grave: la falta de desarrollo de las células del cerebro en los lactantes, ceguera por carencia de vitamina A, etc. El hambre, a su vez, produce una angustia intolerable que tortura a toda persona hambrienta desde que se despierta. La pobreza viola una amplia gama de derechos humanos que comienzan con el derecho a la integridad física. La prioridad del derecho a la supervivencia y a las necesidades básicas es una consecuencia natural del derecho a la seguridad personal. Es una dura prueba para el ser humano padecer hambre, no saber leer o estar sin trabajo. Pero también lo es saberse tenido por nulo, hasta el punto en que, incluso, su dolor es ignorado. El desprecio del resto de la humanidad suele ser un pesada losa.

Los ataques a la dignidad del ser humano suelen atormentar su espíritu y dañar también a su cuerpo físico. Cuando la dignidad es violada, la persona normalmente sufre angustia y desconsuelo. Las situaciones en las que la dignidad personal es violada frecuentemente procuden fuertes emociones -de vergüenza, humillación, cólera, impotencia, melancolía, consternación, etc.- que persisten. Parte del sufrimiento que esta tortura produce durante toda la vida, y que incluso se sucede en las nuevas generaciones, se relaciona con la dignidad, porque los desprecios y la deshonra van tan lejos como las agresiones físicas.

A gran parte de la humanidad se le priva de los derechos humanos básicos, como el derecho al albergue, alimentos, agua, saneamiento, salud, educación e información. Pero todas las propuestas y planes para analizar y corregir este grave problema únicamente son "más de la misma medicina". Y sólo consiguen empeorar la situación. Los planes que se desarrollan para arreglar tal despropósito no fallan porque no haya, en muchas ocasiones, falta de voluntad política y de recursos, sino porque todas las acciones que se llevan a cabo apoyan políticas que llevan al hambre. Estas acciones sorprendentemente alimentan y fortalecen al Poder, sostienen la liberalización económica y crean una homogeneidad cultural. El sistema u “orden” social implantado es protegido por diversos medios –entre ellos por la fuerza militar- cuando se intentan implantar verdaderos cambios. Sólo políticas fundamentalmente diferentes, proyectos basados en la verdadera espiritualidad, en la virtud y en la dignidad, fundamentados en el respeto hacia la libertad de las personas y de las comunidades que éstas forman pueden acabar con el hambre y la falta de lo más elemental. Esto es posible y es urgente.

La globalización y la liberalización han intensificado las causas estructurales del hambre y la malnutrición. Han forzado la apertura de los mercados al “dumping” de productos agrarios, la privatización de los servicios sociales básicos y las instituciones de soporte económico, así como la privatización y la comercialización de las tierras públicas y comunales, del agua, de los bancos de pesca y de los bosques. Paralelamente, se puede presenciar un aumento brutal de la represión de los movimientos sociales que resisten al Nuevo Orden Mundial.

Este deseo político ha abierto también sus puertas a la desenfrenada monopolización y concentración de recursos y procesos productivos en manos de unas pocas multinacionales gigantes. La imposición de modelos de producción dependientes del exterior ha destruido el medio ambiente y las formas de vida de las comunidades autóctonas. Además, ha creado en la humanidad una inseguridad alimentaria, pues este sistema tiene como objetivo las ganancias de productividad a corto plazo utilizando tecnologías dañinas, como por ejemplo la producción de organismos modificados genéticamente. El resultado ha sido el desplazamiento de los pueblos y la migración masiva, la pérdida de empleos que pagan salarios vitales, la destrucción de la tierra y otros recursos de los que dependen los pueblos, un incremento en el distanciamiento entre ricos y pobres en el interior del Norte y del Sur y entre el Norte y el Sur, un agravamiento de la pobreza en todo el mundo y el aumento de la pobreza y del hambre en la amplia mayoría de naciones.

No se puede progresar en el objetivo de eliminar la pobreza y el hambre sin invertir estas políticas y tendencias. Pero en la actualidad ocurre todo lo contrario, pues se impulsa y se afianza desde el poder la liberalización del comercio y la implantación de todos aquellos mecanismos que benefician al Poder. Esto destruye los medios de vida en todo el mundo, diluye el concepto del derecho humano a la alimentación, al vestido, a la vivienda y a una vida digna, propone cada vez ajustes estructurales neoliberales más radicales, pone un mayor énfasis en la biotecnología y en la ingeniería genética, impide a los pobres el acceso a los recursos productivos y aparta su producción de los mercados locales. Significa aumentos de los niveles de explotación de los trabajadores y de los ecosistemas, para producir a precios menores y competir en el mercado internacional. Significa también la reducción de los gastos sociales -enseñanza, sanidad, etc.- que permiten a las familias sobrevivir a pesar de los reducidos ingresos.

Los principios de la competencia internacional se basan en la deslocalización, que es un nuevo fenómeno en el deseo del Poder por conseguir el máximo beneficio a costa de lo que sea. La deslocalización consiste en que, para ahorrar algunos costes en la producción, a las empresas les conviene más trasladar el lugar de la producción hacia aquellos lugares donde los trabajadores son menos exigentes y los gobiernos más tolerantes. Las empresas multinacionales prefieren coger trabajadores por ochenta horas a la semana, a los que les pagan unos pocos centavos de dólar por hora. Estas mismas empresas son las que después gastan enormes sumas de dinero en una publicidad que únicamente es dirigida a un mercado limitado -no más de mil quinientos millones de personas consumen estos productos-, ya que en muchos productos la imagen hace vender más que su precio.

Los procesos industriales más sencillos -textiles, curtidos, juguetes o electrónica- abandonan Europa y dejan las fabricas vacías para instalarse en Asia, América Latina o en el norte de África. Las formas son varias: Zonas Francas que dan a las multinacionales condiciones mas ventajosas y total libertad de actuación, formalizan contratos con empresas locales, y éstas realizan subcontratos y subcontratos de los subcontratos con empresas cada vez pequeñas y, al final, son los trabajadores en sus propias casas los que producen para quienes realizaron el encargo. Es en esta parte de la cadena donde se integra el trabajo infantil.

La deuda externa es una gran culpable de la pobreza. Ningún país, ni sus habitantes, debe verse obligado a pagar deudas en las cuales haya incurrido su gobierno sin su propio consentimiento y contra sus intereses. No en pocas ocasiones los agentes del gobierno saquean el tesoro nacional para su propio beneficio y el de sus amos. A todos los pueblos de los países endeudados del Sur se les viene aplicando los consabidos programas de ajuste estructural del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, que les piden que trabajen más, vendan más y consuman poco, para ahorrar lo suficiente para pagar la deuda.


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Mensajepor Dreams » 24 Nov 2009 16:57

LOS CONFLICTOS ARMADOS

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Todos los conflictos llegan al enfrentamiento armado por la intervención del Poder. La crisis económica, la desigualdad y la pobreza se encuentran entre las causas de estos conflictos, ya se trate de conflictos armados entre naciones, internos, guerras civiles o conflictos motivados por el control de unos recursos naturales, que son cada vez más escasos. No es extraño que en las sociedades que se caracterizan por un reparto injusto de la riqueza se establezcan regímenes autoritarios y represivos –aunque se encuentren disimulados en el interior de una “Democracia”- que mantienen los privilegios económicos de la minoría y la exclusión de la mayoría mediante la militarización de la vida cotidiana, la discriminación étnica, la represión política y las violaciones de los derechos humanos. En este tipo de sociedades existe un enorme potencial de inestabilidad y violencia, que en ocasiones desembocan en conflictos bélicos o guerras civiles.

Es muy difícil que haya paz en tanto no haya justicia en todos los ámbitos y sea vencida la pobreza. Durante los años ochenta del pasado siglo más de cien países subdesarrollados, sumidos en la crisis de la deuda, se han visto obligados a adoptar programas de ajuste estructural. Estos programas han recortado el gasto social y los ingresos de los sectores populares, incrementando la pobreza, la conflictividad social y la depredación del medio ambiente. Hoy muchos países del Sur son “democracias” con pobreza, con un gran potencial de violencia e inestabilidad y un futuro incierto. De seguir las tendencias actuales habrán cada vez más pobres en esta Tierra –miles de millones- tratando de sobrevivir entre un mundo rural cada vez más deteriorado por la crisis ambiental, la utilización de transgénicos y la degradación social, y unas monstruosas ciudades que ofrecen cada vez menos puestos de trabajo y peor remunerados –contratos basura y menor presencia de derechos sociales de los trabajadores.


La eliminación de la desigualdad, tanto entre el Norte y el Sur como entre los diferentes grupos sociales que se encuentran en el Norte o en el Sur, es un elemento esencial para la supervivencia del planeta y la prevención de conflictos armados. Pero la desigualdad, que es el origen de los conflictos, es a su vez el efecto de otra causa primera, a la que el ser humano debe llegar a través de su propio esfuerzo y reflexión. La guerra es un “privilegio” de los pobres, pues los conflictos armados en Asia, África y América Latina agravaron las dificultades que ya sufren los países más pobres del mundo. Los conflictos tienden a concentrarse en los países más pobres, ya que más de la mitad de los países subdesarrollados ha sufrido conflictos de importancia en la década de 1.990. En las últimas dos décadas del siglo XX hubieron 164 conflictos violentos en el mundo que afectaron a 89 países, un promedio de más de 8 conflictos violentos al año.

El mayor impacto ha ocurrido en África, donde cada país o un vecino inmediato han sufrido un gran conflicto en los últimos diez años, lo que significa que estos países quedan devastados por los conflictos militares. Resulta como menos inquietante pensar que el número total de situaciones de tensión o disputas de alto riesgo en el mundo continúa siendo elevado –unas cincuenta.

Son fuentes de conflicto externos los último coletazos de la confrontación ideológica de la Guerra Fría, las fronteras y territorios en disputa, los Estados que auspician conductas contra la seguridad de otros Estados. Como fuentes de conflicto interno se encuentran las zonas fuera del control de los Estados, la violencia urbana y el ascenso de la criminalidad, de las mafias y del crimen. Como origen potencial de conflictos están el nacionalismo, los problemas étnicos y los religiosos. También puede suceder que los conflictos que sucedan combinen elementos de estas fuentes de conflicto. El crimen internacional organizado, las migraciones, los movimientos étnicos transfronterizos y el terrorismo global tienden a incrementarse a corto y mediado plazo y a desarrollar nuevas tensiones y conflictos internacionales.

En las últimas décadas se vieron cambios en la naturaleza de los conflictos, con una mayor probabilidad de que ocurran dentro de un país que entre países. Pero siempre se encuentra en los conflictos la ingerencia extranjera. Presiones, manipulación, aporte de recursos económicos y militares y de todo tipo se aúnan para apoyar al bando que satisfaga los propios intereses. Los bandos en pugna también se mantienen tomando el control de propiedades civiles y recursos naturales, incluidos campos forestales y minas. El dinero obtenido de la explotación de los recursos naturales del país, como pueden ser oro, cobre, diamantes, madera, cobalto, etc., se utiliza en la compra de armas, tanto ligeras como pesadas.

La nueva economía de guerra ha conducido a una proliferación de grupos armados organizados con débiles líneas de comando y control. Así, civiles convertidos en combatientes sin entrenamiento han soportado la mayoría de las últimas guerras, violándose los acuerdos de la Convención de Ginebra que protegen a la población civil. Los civiles han sido utilizados en las guerras de varias maneras, incluida el genocidio, la masacre o la expulsión de poblaciones.

Por otra parte, existe una estrecha vinculación entre la forma en que actualmente se tratan los conflictos y la degradación general en la situación de derechos humanos y la pérdida de libertades políticas y religiosas en muchos países. En este sentido, las diferentes prácticas y políticas antiterroristas en muchos países están implicando una seria violación de todo tipo de derechos. Pero también es cierto que el fenómeno de la inseguridad ciudadana ha contagiado a muchas regiones del mundo y representa hoy una amenaza muy seria para el ser humano, pues el número anual de víctimas de la violencia armada supera en algunos casos las bajas de los conflictos interestatales clásicos.

Donde suceden conflictos violentos se frena el desarrollo industrial a causa de la destrucción de instalaciones industriales, se abandonan los servicios sociales, la agricultura, etc. Mientras, los pobres afrontan el riesgo de la hambruna. También, las crisis militares entre países o internos obliga a elevar los gastos militares a costa del desarrollo. Los conflictos militares alimentan a la industria armamentista en todo el mundo. Al mismo tiempo, el gasto militar anual de todas las naciones asciende a miles de millones de dólares, mientras la mitad de la población mundial vive bajo la línea de pobreza.

Toda persona involucrada en un conflicto bélico padece la violencia de la guerra. Pero ancianos, jóvenes, discapacitados, indígenas, inmigrantes y mujeres sufren un insólito grado de vulnerabilidad ante estos sucesos, a causa de su alto grado de dependencia social y económica. Dada su falta de recursos, aquellos que sufren pobreza o están cerca de sufrirla son incapaces de soportar la conmoción de la guerra.

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Mensajepor Dreams » 24 Nov 2009 17:05

LAS ENFERMEDADES INFECIOSAS

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La mayoría de las defunciones por enfermedades infecciosas -casi el 90%- están provocadas sólo por unas pocas de enfermedades. La mayoría de ellas han sido azotes de la humanidad a lo largo de toda su historia, causando con frecuencia estragos en las poblaciones con más eficacia que las guerras. En la edad de las vacunas, los antibióticos y los sorprendentes progresos científicos, esas enfermedades deberían estar bajo control. Sin embargo, hoy en día siguen causando muertes a un ritmo alarmante en los países subdesarrollados.

No más de seis enfermedades infecciosas mortales -la neumonía, la tuberculosis, las enfermedades diarreicas, el paludismo, el sarampión y más recientemente el VIH/SIDA- provocan más de la mitad de todas las defunciones prematuras, causando sobre todo la muerte de niños y adultos jóvenes.

Cada tres segundos muere un niño pobre, en la gran mayoría de los casos por una enfermedad infecciosa. En algunos países, uno de cada cinco niños fallece antes de cumplir cinco años. Cada día mueren miles de personas a causa de estas enfermedades. Tras esas muertes se halla siempre una tragedia humana. Como esas enfermedades afectan sobre todo a los niños pequeños y a los adultos que ganan el sustento, su efecto en las familias puede ser catastrófico. Los niños pueden perder al padre, a la madre o a ambos a causa de las enfermedades infecciosas.

Millones de niños son huérfanos a causa de estas enfermedades. Para empeorar la situación, las familias corren el riesgo de endeudarse por la pérdida de ingresos y por el alto costo de la atención médica y de las medicinas –cuando pueden acceder a ellas-, entrando así en el círculo vicioso de la pobreza y la mala salud.



Las enfermedades respiratorias.

Las infecciones respiratorias agudas –IRA- son responsables de numerosas defunciones. La neumonía, la IRA más mortal, provoca la muerte de más niños que cualquier otra enfermedad infecciosa. La mayoría de esas defunciones -el 99%- se producen en los países subdesarrollados. Sin embargo, en los países industrializados son raras las defunciones infantiles por neumonía.


La neumonía afecta a menudo a los niños con insuficiencia ponderal al nacer o a aquellos con sistemas inmunitarios debilitados por malnutrición u otras enfermedades. Sin tratamiento, la neumonía produce la muerte con rapidez.


El virus gripal es otra causa de neumonía. Se dispone de muy escasa información sobre el número de muertes por gripe en los países subdesarrollados. Sin embargo, sólo en los Estados Unidos la enfermedad produce la muerte de 10.000 a 40.000 personas en una temporada media de gripe.



El VIH/SIDA.

En todo el mundo más de 33 millones de personas viven con el VIH/SIDA. Todavía no existe curación a la vista. El África Subsahariana es la parte más afectada. En algunos países, hasta uno de cada cuatro adultos viven ahora con el VIH/SIDA. En algunas zonas, la mitad de las mujeres embarazadas están infectadas por el VIH y existe el riesgo de que infecten a sus hijos. Un número creciente de defunciones maternas se deben ahora a infecciones contraídas por mujeres VIH-positivas en el curso del parto. En muchos países, la esperanza de vida y las tasas de supervivencia infantil han caído en picado. Por ejemplo, en algunas zonas la esperanza de vida al nacer ha descendido de 70 a unos 50 años.



Las enfermedades diarreicas.

Los datos son escalofriantes. Ha habido más niños fallecidos por enfermedades diarreicas vinculadas a la calidad del agua en los años 90 que personas perecidas en conflictos armados desde la segunda guerra mundial. Las enfermedades diarreicas provocan la muerte de casi dos millones de niños menores de cinco años cada año. Están tan extendidas en los países subdesarrollados que los padres no reconocen a menudo los signos de peligro. Los niños mueren simplemente porque sus organismos están a menudo debilitados por la rápida pérdida de líquidos y se encuentran mal nutridos por la falta de alimentos.

Las enfermedades diarreicas imponen una pesada carga a los países subdesarrollados, produciendo 1.500 millones de casos de enfermedad al año en los niños menores de cinco años. La carga alcanza su nivel máximo en las zonas más pobres, en donde el saneamiento es escaso, la higiene es insuficiente y el agua que beben no es potable.


En ciertos países subdesarrollados, epidemias de enfermedades diarreicas tales como el cólera y la disentería afectan tanto a los adultos como a los niños. Entre otras enfermedades diarreicas importantes figuran la fiebre tifoidea y la rotavirosis, que es la principal causa de diarrea deshidratante grave entre los niños.



La Tuberculosis.

La tuberculosis, enfermedad que se pensaba que ya estaba controlada, ha reaparecido con saña produciendo millones de defunciones al año. Incluso en la actualidad es más mortal porque se combina en muchas ocasiones con el VIH/SIDA. Aproximadamente dos mil millones de personas, la tercera parte de la población mundial, presentan una infección tuberculosa latente. Constituyen en conjunto una enorme reserva potencial de la enfermedad. La tuberculosis produce más muertes de adolescentes y de adultos que cualquier otra enfermedad infecciosa. Es también una destacada causa de mortalidad en las mujeres.

Para empeorar la situación, la infección por el VIH debilita el sistema inmunitario y puede activar la infección por tuberculosis latente. También se cree que el SIDA multiplica el riesgo de infección inicial por tuberculosis. Actualmente, la tercera parte aproximadamente de todas las defunciones por SIDA son producidas por la tuberculosis.



El Paludismo.


El paludismo produce la muerte de más de un millón de personas al año, la mayoría de ellas niños pequeños. La mayor parte de las defunciones por paludismo se producen en el África Subsahariana, en donde el paludismo provoca una de cada cinco defunciones infantiles. Las mujeres son especialmente vulnerables en el curso del embarazo. Tienen más probabilidades que mueran por la enfermedad, sufran abortos o den a luz niños prematuros y afectos de insuficiencia ponderal.

El paludismo puede arrollar con rapidez a un niño pequeño produciéndole fiebre alta, convulsiones y dificultades respiratorias. Si se inicia el paludismo cerebral, forma aguda de la enfermedad, el niño entra en coma y puede fallecer en 24 horas.

La alta incidencia de los casos de paludismo -más de 275 millones al año en todo el mundo- puede imponer una elevada carga económica a las familias y a los Estados por la disminución de la productividad, la pérdida de posibilidades educativas y los altos costos de la atención de la salud.



El sarampión.

El sarampión es la enfermedad más contagiosa de la especie humana. Es una importante causa de mortalidad infantil en los países subdesarrollados, provocando unas 900.000 defunciones al año. El virus del sarampión puede en definitiva ser responsable de más defunciones infantiles que cualquier otro microbio, debido a las complicaciones por neumonía, enfermedades diarreicas y malnutrición.

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