Cuentos sufíes

¿Quienes somos, de dónde venimos, dónde vamos? Un poco de Espiritualidad, Filosofía, Religión, Amor, Solidaridad, Misterio
Ayla
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Mensajepor Ayla » 07 Dic 2010 12:55

LAS APARIENCIAS.

Cuenta el sufi Mula Nasrudin que cierta vez asistió a una casa de baños pobremente vestido, y lo trataron de regular a mal y ya para salir dejó una moneda de oro de propina.

A la semana siguiente fue ricamente vestido y se desvivieron para atenderlo...y dejó una moneda de cobre, diciendo:

-Esta es la propina por el trato de la semana pasada y la de la semana pasada, por el trato de hoy.


El trato que des, es el que vas a recibir...
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Mensajepor EcoEco » 14 Dic 2010 09:19

LA VERDADERA VIDA VIVIDA.


Habí­a una vez un hombre que peregrinaba por el mundo fijándose en aquello que veí­a. Un dí­a llegó al pueblo de Camille. Antes de entrar en el ví­o un camino que le llamó la atención por el hecho de que estaba cubierto de árboles y flores. Cogió aquel desví­o y llegó a una valla de madera que tení­a una puerta de bronce entreabierta, como invitándole a enterrar.

El hombre traspasó el umbral y empezó a andar lentamente entre unas piedras blancas que estaban distribuidas entre los árboles como por azar. Era el cementerio del pueblo. Se agachó para mirar una inscripción y leyó: Abdul tarek vivió ocho años, seis meses, dos semanas y tres dí­as. El hombre sintió pena por el niño muerto tan joven y, con curiosidad, fue leyendo las lápidas de alrededor. Cuál fue su sorpresa, al darse cuenta de que la persona que habí­a vivido más tiempo de las que allí­ estaban enterradas, sólo habí­a vivido once años.

Terriblemente abatido se sentó a la salida del cementerio y mientras reflexionaba sobre qué extraño suceso o desgracia podrí­a haber sido la causa de la muerte de tantos niños, un viejo se dirigió hacia el preguntándole qué le pasaba. El peregrino le hizo la pregunta que lo inquietaba: ¿qué pasó en este pueblo? ¿por qué tantos niños están enterrados en este lugar? ¿cuál es la terrible maldición que habéis sufrido?

Serénece buen hombre, dijo el viejo. No existe tal maldición. Lo que sucede es que en nuestra comunidad, cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalaba una libreta como ésta que yo llevo colgada al cuello. A partir de esa edad, cada vez que uno gozaba intensamente de alguna cosa vive un momento especial o intenso, siente amor, paz o felicidad, anota en el cuaderno esta vivencia indicando lo que siente y cuánto tiempo dura. Así­ lo vamos haciendo todos y, cuando morimos, se suma el tiempo vivido con plenitud de sentido y conciencia por de esta persona y, se anota en su lápida. éste es amigo mí­o el único y verdadero tiempo vivido.
<img src='http://img834.imageshack.us/img834/1513/dedo1.jpg'><br />
<br />
<B>Sólo partiendo de nuestra libertad interior seremos capaces de dar un amor que libere y crear vínculos que unan, en lugar de cadenas que aprisionen.</B>
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Mensajepor Ayla » 14 Dic 2010 22:12

SEMBRAR DíTILES.

En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba el viejo Eliahu de rodillas, a un costado de algunas palmeras datileras.

Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis a abrevar sus camellos y vio a Eliahu transpirando, mientras parecí­a cavar en la arena.

- ¿Qué tal anciano? La paz sea contigo.
- Contigo, contestó Eliahu sin dejar su tarea.
- ¿Qué haces aquí­, con esta temperatura, y esa pala en las manos?
- Siembro, contestó el viejo.
- ¿Qué siembras aquí­, Eliahu?
- Dátiles, respondió Eliahu mientras señalaba a su alrededor el palmar.
- ¡Dátiles!, repitió el recién llegado muy sorprendido.
- El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo.
- Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor.
- No, debo terminar la siembra. Luego si quieres, beberemos.

- Dime, amigo: ¿cuántos años tienes?
- Setenta.
- Mira, amigo, los datileros tardan más de cincuenta años en crecer.
- Recién después de ser palmeras adultas estan en condiciones de dar frutos.
- Yo no estoy deseándote el mal y lo sabes, ojalá vivas hasta los ciento un años.
- Pero tú sabes que difí­cilmente puedas llegar a cosechar algo de lo que hoy siembras.
- Deja eso y ven conmigo.

- Mira, Hakim, yo comí­ los dátiles que otro sembró.
- Otro que tampoco soñó con probar esos dátiles.
- Yo siembro hoy, para que otros puedan comer mañana los dátiles que hoy planto.
- Aunque solo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.

- Me has dado una gran lección, Eliahu.
- Déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me diste.
- Diciendo esto, Hakim le puso en la mano al viejo una bolsa de cuero.
- Te agradezco tus monedas, amigo.
- Ya ves, a veces pasa esto …
- Tu me pronosticabas que no llegarí­a a cosechar lo que sembrara.
- Parecí­a cierto y sin embargo, mira ya coseché una bolsa de monedas.
- Y además la gratitud de un amigo.

Maestro: todos los dí­as debemos de sembrar algo, sin importar si vemos los frutos o no.

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Última edición por Ayla el 25 Abr 2012 09:40, editado 2 veces en total.
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Mensajepor Sol » 20 Dic 2010 18:18

El Erudito

Mulla Nasrudin consiguió trabajo de barquero. Cierto dí­a, transportando a un erudito, el hombre le pregunta:

-¿Conoce usted la gramática?

-No, en absoluto – responde Nasrudin.

- Bueno permí­tame decirle que ha perdido usted la mitad de su vida – replica con desdén el erudito.

Poco después, el viento comienza a soplar y la barca esta a punto de ser tragada por las olas. Justo antes de irse a pique, el Mulla pregunta a su pasajero:

- ¿Sabe usted nadar?

- ¡No! – contesta, aterrorizado, el erudito.

- Bueno, ¡permí­tame decirle que ha perdido usted toda su vida!

Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños.
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Mensajepor Ayla » 25 Ene 2011 18:36

EL MíS IDIOTA.

Nasrudin iba todos los dí­as a pedir limosna en el mercado y a la gente le encantaba tomarle el pelo a Nasrudin con el siguiente truco: le mostraban dos monedas, una valiendo diez veces más que la otra. La gracia era que Nasrudin siempre escogí­a la de menor valor.

La historia se hizo conocida por todo el condado. Dí­a tras dí­a grupos de hombres y mujeres le mostraban las dos monedas, y Nasrudin siempre se quedaba con la de menor valor. Hasta que apareció un señor generoso, cansado de ver a Nasrudin siendo ridiculizado de aquella manera.

Lo llamó a un rincón de la plaza y le dijo:
- Siempre que te ofrezcan dos monedas, escoge la de mayor valor.
- Así­ tendrás más dinero y no serás considerado un idiota por los demás.
- Usted parece tener razón – respondió Nasrudin.
- Pero si yo elijo la moneda mayor, la gente va a dejar de ofrecerme dinero para probar que soy más idiota que ellos. Usted no se imagina la cantidad de dinero que ya gané usando este truco.

Maestro: No hay nada malo en hacerse pasar por tonto si en realidad se está siendo inteligente.
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Mensajepor 25Nv » 25 Ene 2011 20:45

"Muchas veces ocurren cosas en nuestra vida a las que reaccionamos según nuestra percepción".
Este texto es muy esclarecedor del tema.


Percepciones

El afecto deforma nuestra percepción: éste era un tema en el que insistí­a el Maestro una y otra vez. Y los discí­pulos tuvieron la oportunidad de verlo ejemplificado cuando oyeron cómo el Maestro preguntaba a una madre:

- ¿Cómo está tu hija?
- ¿Mi hija? ¡No sabes la suerte que ha tenido! Se casó con un hombre maravillosos que le ha regalado un coche, le compra todas las joyas que quiere y le ha dado un montón de sirvientes. Incluso le lleva el desayuno a la cama y le permite levantarse a la hora que quiera. ¡Un verdadero encanto de hombre!

- ¿Y su hijo?
- ¡Ese es otro cantar...! ¡Menuda aprovechadora le ha caí­do en suerte...! El pobre le ha regalado un coche, la ha cubierto de joyas y ha puesto a su servicio no sé cuantos criados... ¡Y ella se queda en la cama hasta el mediodí­a! ¡Ni siquiera se levanta para prepararle el desayuno...!

Anthony de Melo
<br />
Hay una maravillosa ley de la naturaleza que dice que las tres cosas qué más anhelamos – Felicidad, Libertad y Tranquilidad.
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Mensajepor Ayla » 09 Feb 2011 22:09

SABER COMUNICARSE.

Un Sultán soñó que habí­a perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño.

El sabio dijo:
- ¡Qué desgracia, Mi Señor!
- Cada diente caí­do representa la pérdida de un pariente de vuestra Majestad

.. y el sultán gritó enfurecido:
- ¡Qué insolencia!
- ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa?
- ¡Fuera de aquí­! ¡Que le den cien latigazos!

Más tarde el sultán ordenó que le trajesen a otro sabio para aconsejarle sobre lo que habí­a soñado. Este, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo:
- ¡Excelso Señor!
- Gran felicidad os ha sido reservada.
- El sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes.

Se iluminó el semblante del Sultán con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro al sabio.

Cuando éste salí­a del palacio, uno de los cortesanos le dijo sorprendido:
- ¡No es posible!
- La interpretación que has hecho del sueño es la misma que el primer sabio.
- No entiendo porque al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro.

El segundo sabio respondió:
- Amigo mí­o, todo depende de la forma en que se dice.

Maestro: Uno de los grandes desafí­os de la humanidad es aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura ciertamente será aceptada con agrado.
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Re: Cuentos sufí­es

Mensajepor Ayla » 24 May 2011 18:30

TODO PASA.

Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte:
- Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.
Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrí­an haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total... Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podí­an encontrar nada.
El rey tení­a un anciano sirviente que también habí­a sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentí­a un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste le dijo:
- No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un mí­stico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje - el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey- Pero no lo leas -le dijo- mantenlo escondido en el anillo. íbrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.
Ese momento no tardó en llegar. El paí­s fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguí­an. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no habí­a salida: enfrente habí­a un precipicio y un profundo valle; caer por él serí­a el fin. Y no podí­a volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podí­a escuchar el trotar de los caballos.
No podí­a seguir hacia delante y no habí­a ningún otro camino...
De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí­ encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso: Simplemente decí­a: "ESTO TAMBIÉN PASARí". Mientras leí­a "esto también pasará" sintió que se cerní­a sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguí­an debí­an haberse perdido en el bosque, o debí­an haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos. El rey se sentí­a profundamente agradecido al sirviente y al mí­stico desconocido.
Aquellas palabras habí­an resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el dí­a que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes... y él se sentí­a muy orgulloso de sí­ mismo.
El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo: Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.
- ¿Qué quieres decir? -preguntó el rey-. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida.
- Escucha -dijo el anciano- este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas; también es para situaciones placenteras.
No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero.
El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: "Esto también pasará", y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, porque el orgullo, el ego, habí­a desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Se habí­a iluminado. Entonces el anciano le dijo:
- Recuerda que todo pasa. Ninguna cosa ni ninguna emoción son permanentes. Como el dí­a y la noche, hay momentos de alegrí­a y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.
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Re: Cuentos sufí­es

Mensajepor Ayla » 03 Abr 2012 22:47

[align=center]LA PAZ PERFECTA

En cierta ocasión, un rey, mediante decreto emanado de su autoridad, decidió otorgar un generoso premio a aquel artista que lograra retratar en una pintura la imagen de la paz perfecta. Numerosos artistas acudieron al concurso real, y de las cien pinturas que se habían presentado, finalmente el rey seleccionó a dos de ellas y de las cuales solo una se haría acreedora del codiciado premio y ostentaría el honor de haber retratado la paz perfecta.


La primera de ellas retrataba a un bello y apacible lago sobre el cual se reflejaban perfectamente la silueta de las montañas cercanas bajo un cielo diáfano y celeste. Los jueces que habían asistido a la elección del soberano creyeron que ésta sería la ganadora.


La segunda pintura retrataba igualmente a algunas montañas pero, a diferencia de la primera, éstas eran escarpadas y sus contornos tortuosos y agudos. El cielo no era diáfano sino que se encontraba densamente cubierto de oscuras nubes de las cuales caía una intensa tempestad en medio de rayos y truenos. Cuando el rey comenzó a escudriñar la pintura, pudo descubrir en un pequeño arbusto la presencia de un nido en el cual un ave se encontraba muy calma empollando su cría sin inquietarse siquiera por la tempestad.


El rey seleccionó a esta pintura y le otorgó a su autor el premio acordado y el alto honor de haber retratado la paz perfecta.


Uno de los jueces, sorprendido por la elección del rey, quiso saber cuál era el fundamento de su decisión ya que, según la opinión común, ningún elemento de aquel cuadro parecía sugerir la imagen de la paz perfecta.


El rey reflexionó de este modo:


"La paz perfecta no depende de las circunstancias exteriores, sino de nuestro corazón que aún, en circunstancias extremas y difíciles es capaz de permanecer sosegado y apacible”.


¿No es ésta acaso la paz perfecta?[/align]
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Re: Cuentos sufí­es

Mensajepor Ayla » 20 Jun 2012 22:00

Una diferencia vital

Le preguntaron una vez a Uwais el sufí:
- ¿Qué has conseguido gracias a la iluminación?
- Cuando me despierto por las mañanas, me siento como un hombre que no está seguro de vivir hasta la noche.
- Pero esto, ¿no lo saben todos los hombres?
- Sí lo saben; pero no todos lo sienten.
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Re: Cuentos sufí­es

Mensajepor luciana22 » 10 Jul 2012 03:10

es una filosofia de la que no habia escuchado hablar nunca. Me encanta haber podido leer todo esto aca.

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