Las ideas de Alvite

Avatar de Usuario
sergio32
Licenciado
Licenciado
Mensajes: 646
Registrado: 05 Abr 2007 00:00

Las ideas de Alvite

Mensajepor sergio32 » 27 Jun 2009 19:30

El burka

Por más que algunos intelectuales se empeñen en considerarlo un respetable e inofensivo distintivo cultural, el burka no sirve para otra cosa que para que la ropa de una mujer diga de ella menos que su mortaja. En aquellos países en los que el burka es de uso obligatorio, de una mujer no se sabe que lo es por su apariencia, sino por la omisión de su aspecto, del mismo modo que en la oscuridad de la cercanía de algunos osos se tiene noticia por su olor. Al integrismo islámico no le gusta la belleza femenina o prefiere restringirla al ámbito doméstico, donde recobra su esplendor siguiendo severas instrucciones nudistas en un asfixiante anonimato casi carcelario.

Supongo que esos intelectuales se muestran comprensivos con el burka sólo para que sus opiniones los mantengan a salvo de coincidir con la opinión mayoritaria, que es la del pueblo llano, ese ente tórrido, plural y marrullero al que los intelectuales minoritarios y pedantes prefieren sorprender e impresionar antes que caer en la vulgaridad de defenderlo, como si compartir las ideas de la gente corriente, en vez de un legítimo orgullo, supusiese una imperdonable ligereza.

A muchos de ellos la condena del burka probablemente les resultaría más fácil si no la hubiese puesto de actualidad Sarkozy al proponer su prohibición en territorio francés por considerar que en algunos casos la ideología de un hombre no es más que el pudridero de sus pensamientos. Serían más severos con el integrismo islámico si cayesen en la cuenta de que en cualquier museo iraní «La Venus del espejo» sólo podría ser colgada sin sacarla de su embalaje. Por lo que a mí respecta, el islam me merecerá más respeto cuando sus ulemas les reconozcan a las mujeres la misma libertad que en sus jardines tiene desde siempre el agua.

Jose Luis Alvite
Avatar de Usuario
Sol
Sabio
Sabio
Mensajes: 25513
Registrado: 20 Ene 2004 00:00

Mensajepor Sol » 28 Jun 2009 22:33

El burka es una prenda que les hacen ponerse para hacer saber a todo el mundo quien está por encima de ellas , quien es su dueño, no creo que tenga nada que ver con la cultura, es machismo puro y duro.
Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños.
Avatar de Usuario
sergio32
Licenciado
Licenciado
Mensajes: 646
Registrado: 05 Abr 2007 00:00

Mensajepor sergio32 » 12 Ago 2009 17:22

Ahora ya es demasiado tarde y siento en mi corazón, como una ronda
hospiciana, como una reata de tierra, las pisadas de un celador sin ojos. Me
dijo anoche mi querida M.P. que a un tipo como yo no es fácil quererle porque se
cierra con la hosca tenacidad con la que se sella un sepulcro. Algo parecido le
escuché hace años a una fulana: "Lo mío a tu lado, cielo, fue como haber tentado
la felicidad abrazando a un cactus". A veces pienso que a mi cuerpo le queda en
el escombro la luz justa para que la muerte encuentre a tiempo la salida. Me he
negado tanto a los demás, maldita sea, que el forense sólo encontrará mis
huellas dactilares en los forros de los bolsillos. Esta mañana desperté con la
sensación de haber enjuagado la boca con arena. Hace poco soñé que me estallaban
los pulmones y que por entre el vaho de la deflagración remontaban el vuelo dos
palomas rojas con las alas bañadas en goma arábiga. La presbicia empalaga mis
ojos, nena, y mis pies tienen la vista cansada. La vida dio de sí menos de lo
que esperaba. Ya no me conmueve el Dios plisado de las catedrales y no sé de un
solo bar en el que me sirvan la leche leche fucsia con la que soñé de niño.
La bajamar de Cambados es una mancha de morfina en una esquela. Creo que ya no
se me cumplirá el deseo de irme a cama con una mujer que se lave las ingles con
el agua de las verduras. En el puerperio de mi rostro cansado se drena un
cadáver sin papeles. Tengo el desalentador aspecto bactericida de alguien que
viniese de arreglar la cabeza en el peluquero del Holocausto. A veces de
madrugada tomo notas en "Corzo" y luego me parece haber hecho un enorme
esfuerzo, como si para aquel pequeño apunte hubiese mojado la pluma en un
tintero con lepra. Creo que me produce bostezos cerrar la boca. El día menos
pensado encontraré en el jarabe de la orina la piel del paladar. A tía Pepita un
cáncer de colon le perforó el útero y no dije nada por no ofender y para no
escandalizar, pero te juro, muchacho, que se me pasó por la cabeza que la
flemática petanca de aquel muñón oncológico fueron sus únicas relaciones
sexuales. ¡Dios Santo!, en su agonía, a tía Pepita le olía la boca como un
escape de grisú. Antes de sucumbir a la muerte, la pobre hizo de vientre una
manada de lodo y hurones. Y recordé mi infancia en Cambados, cuando tía Pepita
era un mausoleo de cretona en el tebeo de aquel paisaje en el que guiñaban sus
remos las traineras y hacia Barrantes cabían las peras en la uvas y los
albañiles deletreaban la taranta del tiempo con la relojería lenta de sus
badales. Luego pasó a mis espaldas la vida, muchacho, y ahora tengo la sensación
de haberme malogrado adivinando la marroquinería de las estrellas reflejadas en
la mirada cicatrizada de un muerto.
Ayla
Sabio
Sabio
Mensajes: 14948
Registrado: 30 Dic 2006 16:37

Mensajepor Ayla » 10 Jul 2010 20:30

Enfriar en caliente


Un hombre puede volverse violento y matar a otro hombre por culpa de una deuda, por el amor de una mujer o porque le pagan una interesante cantidad a cambio de hacerlo, pero hay ocasiones en las que no son el resentimiento o el dinero, sino el calor, lo que en última instancia precipita los acontecimientos y desemboca en un asesinato. El detective Fuller me dijo en una ocasión que muchos crímenes se habrían evitado si alguien abriese la ventana o conectase a tiempo un ventilador. Según él, un hombre sudado es más peligroso que un tipo recién salido de la ducha, del mismo modo que en un sofocante día de calor las mujeres más frías pierden la compostura, se derrumban y confiesan sus secretos más íntimos tan pronto en comisaría el detective sentado frente a ella en mangas de camisa le retira el abanico. «¿Por qué crees que era perverso Orson Welles? –me preguntó una noche en el Savoy–. Pues era perverso, muchacho, porque estaba grueso y sudaba demasiado. Le ocurría algo parecido al viejo Pavesse. Si se trataba de la vida de un hombre, jamás tomaba una decisión sin cerciorarse antes de que el calor ambiental fuese inferior a veinticuatro grados centígrados. Decía que el calor excesivo despierta los instintos, desata la lengua y merma la inteligencia. En eso estábamos de acuerdo el viejo Pavesse y yo. Ambos sabíamos por experiencia que a partir de cierta temperatura, lo único que funciona razonablemente bien son la sauna, el adulterio y las panaderías». He visto varias veces «Cayo Largo» y creo que la caldeada película de John Huston refuerza la idea del señor Pavesse de que el calor sofocante aumenta de manera considerable la tensión de cualquier disputa, produce obcecación, despierta la desconfianza y facilita las decisiones más terribles. Según el columnista Chester Newman, en todo el Hemisferio Norte sólo los ingleses han dado muestras de ese exquisito equilibrio emocional que a un hombre le permite enfriar en caliente y acatarrarse con su propio sudor. Recuerdo lo que nos dijo Lord Archibald a Ernie Loquasto y a mí con motivo de uno de nuestros encuentros estivales en Galicia: «Ahora ya no es lo mismo, pero cuando éramos un verdadero imperio, lo único que a un auténico caballero inglés le sudaba con el esfuerzo era su mayordomo».

José Luis Alvite

Qué mala es la calor.. Imagen
Avatar de Usuario
sergio32
Licenciado
Licenciado
Mensajes: 646
Registrado: 05 Abr 2007 00:00

Mensajepor sergio32 » 08 Nov 2010 14:24

Un recuerdo para este luchador del pueblo tristemente desaparecido hace pocos dias , el genial Alvite lo retrata muy bien

José Luis ALVITE

Marcelino «Camaño»
29 Octubre 10

Después de algunos años de discreto silencio, casi de ostracismo, acaba de morir Marcelino Camacho, que fue un luchador de los de antes, un tipo que no sólo se resistió a las tentaciones y al «glamour», sino que incluso consiguió el respeto general de los ciudadanos sin necesidad de sustituir las ideas por los gritos y sin anudarse al cuello la corbata. Muchos españoles ni siquiera saben quién fue este hombre y otros recuerdan vagamente que ejerció su liderazgo en un tiempo convulso en el que la comida manchaba de furia y hambre las camisas y aún existí­an los obreros. En los dí­as bautismales de la transición, fue uno de los tipos sin corbata que llegaron al Parlamento desde la calle, no desde la cátedra o desde el casino. Entonces a los estudiantes les gustaba mucho jaspearse con sindicalistas en las manifestaciones. Era de buen tono recorrer en manifestación las calles del brazo de aquellos tipos que olí­an a la grasa del taller y aún traí­an en sus manos el óxido de de los astilleros, el hollí­n de las minas en las pestañas y el fermento plural y fisiológico de las tabernas en el aliento. Fue un tiempo convulso, oscuro y al mismo tiempo esperanzado, dí­as de libros y de ferreterí­a, hacinadas tardes de proclama estudiantil y varapalo policial, en una España que intentaba deshacerse de su ropa marrón y establecer con garantí­as una democracia de arranque popular en la que los escaños estuviesen reservados al catedrático y a su barbero, al abogado y al reo, todos y a la vez, como resultado de una revolución sin vanidad y sin armas en la que el pensamiento importaba más que la ropa. Camacho fue uno de aquellos hombres grises y laborables que se sacrificaron por unas ideas que a la postre fueron abandonadas sin vergí¼enza en favor de la arrogancia, el precio y la apariencia. Acaba de morir y en una cadena de radio la becaria de turno le llamó Marcelino Camaño sin que nadie se molestase en corregir el error. Ya nadie recuerda a los héroes salidos del torno y de la gubia, de la mina y del astillero, aquellos tipos que escupí­an clavos y sudaban corcho. A Nicolás Redondo no le abrochaba bien la camisa y Marcelino Camacho se poní­a siempre un jersey de cuello vuelto que a mí­ no me extrañarí­a que oliese a humo y a leña, como los trapos de cocina. Eran otros tiempos, claro, y otro paí­s, aquella España en la que los tipos como Marcelino Camacho y Nicolás Redondo no entendí­an que para realizar su trabajo, un hombre, cualquier hombre, necesitase tener de chófer a alguien que no fuese su propia conciencia.

Volver a “Cine, Musica, Arte, Fotografía y todo lo de literatura que no encuentres allí.”

¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 0 invitados