Sudor de piedra

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sergio32
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Sudor de piedra

Mensajepor sergio32 » 24 Abr 2009 22:26

Dieta pobre en calorías. Guerras de baja intensidad. Orgasmos sin placer. Matrimonios sin boda... Cantantes sin voz. Espías sin secretos. Frutas sin olor. Recuerdos sin memoria... ¿Es que nos hemos vuelto locos? Miro a mi alrededor y es como si hubiese reaparecido al cabo de cien años muerto. La gente que se casa, lo hace con separación de bienes y a veces incluso con separación de cuerpos. Los soldados que ganaron la batalla lloran más que los desdichados que la perdieron. La última vez que me relacioné con una mujer bastante más joven que yo, me dijo que las cosas no eran como antes y que la masculinidad y los instintos cotizaban a la baja, de modo que si quería acostarme con ella antes tendría que demostrarle que no la deseaba. Ni mis pasiones eran las suyas, ni mis cantantes tenían sitio en su lista. Para ella, cualquier cosa que hubiese ocurrido la semana anterior pertenecía prácticamente al siglo XIX. Tampoco tenía interés en mi cultura gastronómica. “No me gusta comer cosas que salpiquen”, me dijo. Le extrañó que no fuese bisexual. “¿Qué hay de tu lado femenino? ¿Es que no te tienta la maternidad?”. Me estaba acorralando. “Tendrías que sentir en tu interior una paridad intersexual, un debate entre tu lado masculino y tu larvada feminidad”, me advirtió, “a no ser que seas un enfermo, quiero decir, uno de esos hombres antiguos que se excitan pensando en las mujeres”. Traté de salir del apuro: “Bueno, a veces doblo la ropa al desnudarme”. “Te falta debate... debate interior, quiero decir. Probablemente tienes una dieta pobre en vegetales. Tienes que luchar contra la embrutecedora pulsión de la masculinidad. Partir un carro de leña en dos horas no dice gran cosa de un hombre. Tendrías que sustituir la coraza por el delantal. ¿Acaso no has sentido nunca la carencia de esa falsa debilidad femenina que tanto ha hecho ultimamente por la redención del hombre?”. Creí ver algo de luz y me lancé de cabeza hacia ella, sin importarme que pudiese tratarse del resplandor de un balazo: “Verás, me vistieron de azul al nacer. En mi mundo había niños y niñas que con el tiempo se convertían en hombres y mujeres. Hasta éramos distintas maneras de mear. Por los misterios de su metabolismo hasta te diría que la mierda de las niñas era rosa. Cada uno tenía su propia fisiología, sus instintos, y actuaba en consecuencia. Los chicos no compartían con sus hermanas el neceser del afeitado ni ellas se depilaban en presencia de sus hermanos. Los hombres éramos como perros y podíamos excitarnos con el esqueleto de cualquier mujer. Estas cosas ahora no se llevan y no está bien visto reconocerlas sin aceptar al instante la condena y sin meter la cabeza debajo de la guillotina, pero así era mi mundo y en cierto modo así soy yo. Si no me interrumpes con tu jodida homilía homeopática, te diré algo más: Eramos tan masculinos y tan vulgares que incluso podíamos excitarnos con el escaparate de una ferretería. Tan masculinos y tan vulgares, amiga mía, que a veces hacíamos daño al tratar de evitarlo. Un hombre producía semen hasta seis meses después de muerto y si alguien te pegaba un tiro y eras un tipo normal, generalmente solo perdías la sangre que te sobraba. Huíamos de lo que no fuese un vicio, un pecado o una simple imprudencia. Un hombre podía curarse a dentelladas la lepra de su propia cara. De mujer a mujer, te ruego que no me interrumpas. ¿Sabes quien era Burt Lancaster? Te hablo de cine, de auténtico cine, del cine que dejaba mejor sabor de boca que las palomitas de maíz. Burt Lancaster era un tipo muy ancho y muy masculino al que tenían que rodarle las espaldas en cinemascope. Aquellos tipos del cine cumplían cuarenta años al poco de nacer y trataban con mucho tacto sus cadáveres por temor a resucitarlos con las incisiones de la autopsia . En las huellas de de Burt Lancaster en el Paseo de la Fama caben cuatro veces las manos de Jude Law, ese muñeco de parafina que de espaldas tanto recuerda a Goldie Hawn. Así eran los hombres de entonces, amiga mía, de hace unos cuantos años, de cuando incluso Joan Crawford tenía que pensar en el Pato Donald para evitar las erecciones. Yo he vivido siempre al día y con arreglo a mis emociones, con una especie de prisa calmosa, convencido de lo absurdo que sería esperar a que estuviese de moda el futuro. Caso de ver venir la muerte, solo me preocuparía encontrar tierra de mi talla. ¿Has visto alguna vez “Perdición”?. Tendrías que renunciar un par de horas al videojuego intersexual y sentarte a verla. ¿Sabes, muchacha?, fíjate entonces en Barbara Stanwyck. Porque en la sonrisa perversa y corrediza de Barbara Stanwyck filmó Billy Wilder la cremallera de los pantalones de Fred Mc Murray. ¿Sabes quien era ese tal Mc Murray? Pues ese tal Mc Murray era el tipo que en “Perdición” pretendía desafiar la sagacidad de Edward G. Robinson. Y antes de que pagues de hombre a hombre tu puta copa y me devuelvas de un plumazo al siglo XIX, te diré que Edward G. Robinson era aquel tipo duro en cuyo rostro incluso era de piedra el sudor”. Zanjamos el asunto y nos dimos la espalda en la barra del bar. Al poco rato ella le preguntó por el baño al barman. Y el barman me miró de soslayo y con disimulada pillería, como si fuese a decirle que en aquel bar todavía no habían inaugurado el retrete para los dibujos animados.

Jose Luis Alvite
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Mensajepor Sol » 24 Abr 2009 23:34

Ya no me da tiempo hoy a leer esto hoy, queda pendiente, pero me ha sorprendido gratamente ver tu post Sergio32. :D .
Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños.
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Mensajepor Ayla » 29 Abr 2009 11:48

Alvite un gran narrador, un genio de la metáfora y de la ironia, me gustaban mucho las crónicas del Savoy cuando era fosfora de Carlos Herrera.

Bienvenido por estos lares Sergio32!
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Mensajepor Ayla » 17 May 2009 22:31

Almas con blusa.

Jamás me interesó la vida privada de la gente y puedo asegurar que ya hace muchos años que la biografía de cualquier persona me parece menos interesante que sus planes para dentro de media hora. En mi relación con las mujeres siempre le di más importancia a sus ojos que a su documentación y por lo que se refiere a los hombres, su ocupación profesional, sus estudios o su genealogía, me dicen menos de ellos que su manera de fumar, su aplomo o sus sueños. Me gusta escuchar y participo en las conversaciones sóolo cuando estoy seguro de haber elegido bien la compañía. Mi olfato me dice que las personas más interesantes no son necesariamente aquellas que gozan de prestigio social, salen fotografiadas en los periódicos o tienen en el portal una reluciente placa de bronce en la que se mezclan con absoluto descaro su profesión de ginecólogo y el cinemascope de su soberbia. Siempre he procurado alejarme del hombre de éxito tanto como del hombre seguro de sí mismo, del primero, porque las vidas sin fisuras me aburren tanto como los coches automáticos, y del otro, porque la autoestima sólo tiene algún atractivo literario a medida que se pierde, del mismo modo que el dinero produce placer únicamente en el caso de que se gaste. También recelo del tipo que se presenta a si mismo como "un hombre de una sola pieza", entre otras razones, porque de una sola pieza son también los dictadores, los idiotas y las lápidas de los sepulcros. Encuentro más interesantes a los hombres indecisos, seguramente porque no hay una sola decisión cuyo acierto no sea el inteligente resultado de una duda, y también porque la vida me ha demostrado que la solución de un problema produce a menudo más insatisfacción que el problema mismo. He seguido ese criterio en mis viajes y no creo que me haya ido nada mal. No sé si os conté alguna vez que gracias a las confusas explicaciones que me dio un paisano al que le pregunté en Salamanca por donde se iba a Cuenca, perderme por el camino me supuso la suerte de conocer Lisboa. Nunca caí en la tentación de comprarme unas cadenas para el coche. Mi manera de viajar las hace innecesarias. Ruedo sin objetivos y sin planes, me detengo si me canso o tengo sed; y si es invierno y alta montaña, no me importa instalarme allí donde me haya detenido la nieve. En una ocasión me perdí al volante del coche en la lazada de carreteras casi intransitables de unas montañas en las que incluso se habría desorientado el mapa, pero no le di importancia porque me había echado al camino sin conocer mi destino. Siempre me hizo ilusión la idea de perderme de madrugada en cualquier paraje sin datos y no conocer mi paradero hasta comprar por la mañana en alguna ciudad el periódico local. Lo mismo me ocurre con las personas. Entablo conversación sin esperar nada, despreocupado de lo que pueda sobrevenir, y me conformo luego con lo que haya sucedido. Es muy agradable que te ocurran cosas buenas con las que no contabas, aún sabiendo que pueda tratarse de un éxito fortuito y efímero, acaso el premio incobrable de un sorteo sin fondos. No importa. Vale la pena volcarse a cambio de nada. Si te equivocas de mujer, lo que cuenta es que ella te abrace aunque sólo sea para consolarte de la desgracia de haberos conocido. Lo que puedas saber de una persona raras veces te resultará tan agradable como lo que supongas de ella. La imaginación me ha salvado de muchos chascos, sobre todo en mis relaciones sentimentales. Una interesada bruma literaria me ha ayudado siempre a encubrir mis errores. Me he llevado unos cuantos chascos por haber desmenuzado el alma de las mujeres. Ahora sé que si hubiese sido listo, me habría limitado a desabrocharles la blusa. Aquellos fracasos me sirvieron también para comprender que los seres humanos somos una mezcla de fisiología y de sueños, y que en consecuencia, con excepción de la última fila del cine, donde más se sabe de una mujer es en su autopsia.


Jose Luis Alvite.

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