Firmas / Articulos de Opinion

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esmorca
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Re: Firmas / Articulos de Opinion

Mensajepor esmorca » 11 Mar 2015 14:47




La Moncloa, un domingo de 2013. Pacharán en mano, Mariano Rajoy se fuma un puro mientras suenan Mocedades. Piensa: con la que hay liada, ¿cómo demonios voy a ganar otra vez las elecciones? Se va adormilando y se queda pipo en el sofá. Mariano sueña.

Su sueño: que emerja de golpe un partido de ultraizquierda con pasado bananero. Un líder con coleta setentera. De retórica suficiente para capitalizar el cabreo general y dividir a adversarios, pero insuficiente para convencer a la clase media. Tan pleno de márketing y mesianismo como vacío de realismo. Un imposible.

Lavapiés, ese mismo domingo de 2013. Caña en mano en el bar Achuri, Pablo Iglesias sopesa irse de IU mientras suenan Los Chikos del Maíz. Piensa: con la que hay liada, ¿y si monto un partido nuevo? Pablo sueña.

Su sueño: enfrentarse a un Gobierno derechón que ocupe todo el poder. Con un líder ausente y sesentón. Refractario a la retórica. Acuciado por la corrupción. Tan convencido de su electorado como ciego a los cadáveres sociales que deja por el camino. Un emperador gordo, desnudo y orgulloso de su desnudez. Otro imposible.

En efecto: Podemos parece tanto una criatura del PP como el PP parece una creación de Podemos. Juntos bailan un vals imbatible. Arriman cebolleta, se besan en la boca, se emborrachan del otro y se dan la mano como enamorados. Son, de algún modo, una misma cosa.

Como buenos amantes, se complementan a la perfección. El PP apela a un realismo que casi pide a sus votantes que le apoyen tapándose la nariz. Podemos llama a un idealismo cuasi religioso.


El PP tiene un líder tan desprovisto de carisma como Podemos lo contrario. Podemos promete el absoluto bien (Venezuela hasta tiene un Ministerio de la Felicidad), tanto como el PP garantiza el mal: la corrupción, el fin que justifica los medios.

Igual que hay odios que son otra forma de amor -el mítico manager de Elvis, encargando 1.000 chapas de 'Amo a Elvis' y 1.000 de 'Odio a Elvis'-, los extremos son demasiadas veces una misma cosa.

Pero vamos al meollo: ¿todo cambia o nada cambia? El mensaje del PP es el clásico conservador: en esencia, nada cambia ni puede cambiar. El mensaje de Podemos es justo el opuesto: todo cambia, y todo debe cambiar.

Parménides y Lampedusa se toman una caña. Parménides dice lo del río: es imposible bañarse en el mismo dos veces. Lampedusa enarca las cejas: ya, pero al final... No es más que un río, ¿no? Un río cualquiera, ¿no?

¿Cuál es verdad? La verdad es todo: todo cambia y nada cambia, dependiendo del momento y la mirada. Son dos caras de una misma moneda. ¿Cuál es la mentira? La mentira es la dicotomía, que sólo haya dos puertas. Lo falso es que haya una sola y asfixiante moneda que haya que tirar al alto a ver qué sale.

Porque si en algo tenemos experiencia los españoles es, precisamente, en dividir el mundo en dos, ¿no?



quico Alsedo
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Re: Firmas / Articulos de Opinion

Mensajepor esmorca » 24 Abr 2015 11:36

Publicado por Manuel de Lorenzo


La mediocridad —la cualidad de quien se encuentra en el medio— define a la mayoría. Es inapelable. Eliminando a los mejores y a los peores, quedamos todos los demás. El vulgar montón.

La mayoría, por lo tanto, es normal. Es común y corriente. Ni alta ni baja. Ni lista ni tonta. El individuo medio es más o menos como todos los demás, excluyendo —claro está— a quienes destacan por arriba o por abajo.

Y al individuo medio, como no podría ser de otro modo, le gustan las cosas que le gustan a la mayoría. Por lo general, cosas normales. Ni demasiado simplonas ni demasiado complejas. Ni demasiado apagadas ni demasiado estridentes. Es cierto que a veces lo mayoritario coincide con lo extraordinario, pero son casos contados que, para bien o para mal, entran dentro de lo probable y lo razonable.

El consumo de cultura, sin ir más lejos, es un buen ejemplo de ello. Salvo excepciones, los bestsellers no suelen caracterizarse por una altura intelectual de vértigo. Tampoco por lo contrario. Habitualmente son productos tan amenos como accesibles. Al alcance de la mayoría y de entidad suficiente como para no resultar anodinos. Los libros más vendidos, las canciones más radiadas… El mercado responde a la demanda del “gran público”, que se caracteriza por su medianía. Por hallarse en el extenso medio. Por coincidir, en cuanto a sus gustos, con casi todos los demás.

Sin embargo, en este juego de apariencias en el que vivimos, a nadie le gusta ser confundido con uno más. Al contrario, todos queremos sobresalir. Distanciarnos en la medida de lo posible de ese tipo tan soso y cargante que es el individuo medio. Y ya que hablamos de cultura, una forma eficaz de hacerlo es dar un par de toques de maquillaje a nuestros intereses y elevarlos así un pelín sobre los de la corriente y moliente masa. Que por algo somos menos iguales que el resto. Llevemos esto al extremo y descubriremos el apasionante mundo imaginario de los gafapastas.

El gafapasta medio —diablos, qué ironía— lucha con todas sus fuerzas por alejarse de los gustos e intereses culturales de la mayoría como si de un gato huyendo de una aspiradora encendida se tratase. Se coloca mecánicamente por encima de la media en cada confesión con tal de no ser considerado un mediocre, como todos. Lo comercial —ojo, ahora se llama mainstream— es poco menos que aceite hirviendo. El gafapasta es más inteligente que eso.

La fidelidad a este patrón de conducta, no obstante, produce una curiosa consecuencia que podríamos denominar, si os parece bien, como “el efecto Spielberg”. El gafapasta es un ser social que se rodea de otros gafapastas, y es inevitable que en su perenne exposición de filias sea preguntado acerca de intereses aún no mencionados. Normalmente estará encantado de satisfacer a sus interlocutores, pero a veces lo general encierra terribles particulares. Y es que puede darse el caso de que, en un tema concreto, sus gustos coincidan con los de la insustancial mayoría. Qué horror.

Un gafapasta, pues, no puede confesar que su director de cine favorito es Steven Spielberg. Aunque le parezca efectivamente el mejor, aunque sea capaz de defender exitosamente las bondades del estadounidense, debe morderse la lengua o los demás gafapastas pensarán que el pobre no sabe más. No valorarán la posibilidad de que tal vez sea un gran cinéfilo y que, a pesar de todo, Spielberg sea su director preferido. Directamente, darán por sentado que no entiende mucho más de cine que la mayoría y acto seguido lo estigmatizarán. El gafapasta es perfectamente consciente de ello y por eso menciona dos o tres directores con mucha menor aceptación en el mercado, lo que garantizará que en su pequeño círculo intelectualoide todos supongan que su cultura cinematográfica es elevadísima.

No obstante, entre las referencias artísticas, literarias y musicales de un gafapasta tampoco encontraremos títulos de una altura intelectual portentosa. La gran putada del mundo de la cultura es que, muchas veces, las obras más brillantes e inteligentes no gozan entre el gran público de la aceptación que merecen porque, sencillamente, son mucho menos accesibles. El promedio manda. Y esa es la razón de que también el gafapasta común las eluda. En primer lugar, no citará algo que no entiende porque probablemente su orgullo gafapastil le llevará a despreciar la obra en cuestión antes que aceptar la evidencia. Y por otro lado no quiere violentar al resto de gafapastas, que seguramente se sentirán insultados por quien impunemente se presenta ante sus ojos como alguien todavía mejor que ellos. Quien a hierro mata…

¿Dónde se encuentra entonces el refugio intelectual del gafapastismo? Muy sencillo. En un punto situado manifiestamente por encima de la media pero no tanto como para sentirse gilipollas. Su acervo cultural se nutre fundamentalmente de lo minoritario y en su defecto de lo marginal y sombrío, pero casi nunca por una cuestión de paladar sino de mera apariencia.

Sin embargo en este mundo tiene que haber de to’ y, a pesar de lo dicho, tal vez alguno de vosotros esté ahora mismo interesado en militar en tan selecta tribu. O lo que es peor, quizá algún día no os quede otro remedio que tratar con ellos y necesitéis conocer el terreno que pisan. ¿Cómo pasar desapercibido? ¿Cómo ser considerado un inofensivo gafapasta más? ¿Qué referentes debe uno mencionar para ser aceptado entre ellos o para no levantar sospechas? He aquí algunos consejos.

1. En lo atinente a la música, actualmente el gafapastismo y el indie —si es que tal cosa todavía tiene entidad propia— caminan de la mano.

Una simpática prolongación del “efecto Spielberg” es la que lleva al gafapasta a renegar de grupos que venera en el momento en que estos alcanzan cierta popularidad. Si le gustan a todo el mundo, no le pueden gustar a él. Por muy buenos que sean. Cualquier cosa con tal de no ser confundido con uno más del montón.

Si intentas ser uno de ellos, como mucho se te permitirá mentar a The Beatles o a Lou Reed siempre y cuando hayas dejado bien claro que te apasionan los cuatro primeros discos de Animal Collective. Ningunear a Joy Division por ser demasiado mainstream, recomendar el último disco de Half Japanese y criticar a todas las bandas del indie nacional desde El inquilino comunista te abrirá algunas puertas.

2. El cine es una de tus más importantes cartas de presentación, así que cúrratelo. Es imposible que tus interlocutores conozcan a la perfección la filmografía de todos los directores balcánicos de las últimas décadas, por ejemplo, y eso juega a tu favor.

Ni se te ocurra mencionar a fracasados como Martin Scorsese, Woody Allen o Stanley Kubrick porque los conoce todo el mundo. Lee un poco sobre Mondo Bobo de Goran Rušinović y preséntala como tu película favorita. Una referencia de soslayo a la obra Alexander Kluge dará empaque a tu opinión, y mencionar un par de cortos —nunca largometrajes— aplaudidos en algún festival independiente de renombre impedirá que nadie cuestione tu dominio de la materia, porque los demás gafapastas también se habrán informado sobre el tema. Hasta hace pocos meses, si no me equivoco, lo suyo era destacar algo llamado Lvoluten Osken.

En cuanto a actores, ni te lo pienses siquiera: John Malkovich es un caballo ganador. Tan pronto se embarca en un carísimo proyecto de Hollywood como participa en una producción independiente distribuida únicamente en el patio trasero de su casa. Además tiene su propia línea de ropa. Imbatible.

3. Si la cosa va de arte, el contemporáneo te viene que ni pintado, porque puedes estar hablando horas y horas sin tener ni pajolera idea. Evita a habituales como Damien Hirst o Frank Gehry, porque su estatus es ya el de verdaderas figuras del star system. Bastará con que memorices el nombre de algunas galerías de moda y a partir de ahí puedes inventártelo todo. Desde los datos biográficos del artista hasta su obra más destacada. ¡Qué más da, es arte contemporáneo! Aunque lo que se te ocurra sea una estupidez que no requeriría ni del más mínimo conocimiento técnico, tú sigue adelante. La actual confusión entre lo puramente estético y lo artístico lo permite todo siempre y cuando se te ocurra un título pomposo y aparentemente meditado. Desavenencia cognitiva entre lo figurado y lo real de Jan Kiefernholz. ¿Ven qué fácil? Me lo acabo de inventar, pero si lo suelto en medio de una conversación sobre arte contemporáneo, el gafapasta común asentirá y aplaudirá con convicción sus primeros trabajos.

4. La literatura es un arma poderosa en la mimetización con el gafapasta, pero al mismo tiempo nos puede dejar fuera de juego al menor descuido. Tanto por exceso como por defecto. Debemos permanecer siempre muy atentos a los márgenes del terreno en que se mueven con comodidad. Ni demasiado conocido, ni demasiado intelectual.

Al igual que en la música un gafapasta no destacaría jamás ni a U2 ni a Richard Wagner, en la conversación literaria debemos apartarnos tanto de los Pérez-Reverte de turno como de todos los posibles James Joyce. Nos delataríamos en seguida. El “efecto Spielberg” es clave y la calidad no debe nublar nuestro objetivo. Por ejemplo, Quevedo o García Márquez son tentadores, pero muy propios de la mayoría. Mentar a Borges es causar una estampida.

Es esencial mantener la cabeza fría y no olvidar que lo marginal es nuestra referencia, pero sin pasarse. La experiencia me dice que el quinteto más aceptado por el gafapastismo es el formado por Charles Bukowski, Jack Kerouac, J.D. Salinger, Arthur Rimbaud y John Kennedy Toole. Si se ven con suerte y quieren arriesgar, prueben con Oscar Wilde, pero a la mínima reacción de desconcierto o indignación aborten el intento y calmen a su interlocutor poniendo a caldo a Paulo Coelho. Da igual el motivo. Si se meten con Coelho, siempre tendrán ustedes razón.

5. El gafapasta no solo debe serlo, sino además parecerlo. Y para eso hay que ser muy moderno.

Te confesarás adicto a Apple y a Starbucks.

Si eres un chico, vestirás siempre con pantalón pitillo, y si puede ser, de vivos colores; las camisas, de cuadros, entalladas y por dentro; las camisetas, con eslóganes idiotas o iconos de videojuegos de los 80. Si eres una chica, el look Amélie siempre funciona; y si no, cómprate ropa en la tenducha más rara que encuentres y seguro que acertarás.

Independientemente de tu sexo, si tu peinado se parece al de Luis Piedrahita es que algo estás haciendo bien. En ellos, el bigote y el tupé son complementos capilares ideales.

No hagas demasiados ascos a los tatuajes y perfórate alguna parte del cuerpo. Que no se diga.

A todos los efectos, tu intención es irte a vivir a Londres antes o después, y de hecho lo has puesto por escrito en una chapa que llevas en la solapa. Pasarás allí una temporadita y entonces decidirás mudarte a Berlín, que es una ciudad menos cool pero mucho más seria, intelectual y europea.

Te importarán cosas como el Chi —que como cualquier gafapasta que se precie sabe, se escribe Qì—.

La comida japonesa ya se ha convertido en una opción demasiado mainstream para ti y por supuesto no bebes lo mismo que la gente normal, sino gintonics de la huerta y chupitos de Jägermeister.

Convertirse en el perfecto gafapasta, como veis, requiere un esfuerzo titánico, pero es el precio que deben pagar quienes necesitan distanciarse de ese tipo tan soso y cargante que es el individuo medio. Tan normal y tan corriente como otro cualquiera. Tan sumido en su normalidad que no se da cuenta de la terrible desgracia que es ser como la mayoría. Tan ajeno a su propia mediocridad que no le importa admitir que le gustan The Beatles, Quevedo o Steven Spielberg. Pobre… Pobre de aquel que se conforme con perderse en el vulgar montón, como uno más. Seguramente no sabe lo que hace. Pero si algún día se despierta y se da cuenta de lo necesario que es formar parte de una minoría para gozar del privilegio de no ser igual que los demás, aunque solo sea en apariencia, aquí seguirán estos consejos, esperándole. Estoy convencido de que será un buen merecedor de ellos.
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Re: Firmas / Articulos de Opinion

Mensajepor Telémaco » 21 May 2015 21:52

Imprescindible, como todo lo de este hombre:

http://internacional.elpais.com/interna ... 47011.html
Que el dinero no da la felicidad, que el sexo estropea la amistad y que no hay mal que por bien no venga lo dijo todo el mismo imbécil.
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Re: Firmas / Articulos de Opinion

Mensajepor Telémaco » 17 Oct 2015 10:23

Que el dinero no da la felicidad, que el sexo estropea la amistad y que no hay mal que por bien no venga lo dijo todo el mismo imbécil.

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