Una noche de tambores

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Cutxi3
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Una noche de tambores

Mensajepor Cutxi3 » 17 Abr 2008 17:48


UNA NOCHE DE TAMBORES

Esta historia le ocurrió a una de mis mejores amigas. Aunque nunca creí que ella fuese capaz de esto confieso que cuando me lo contó en medio de cervezas y cigarrillos lo disfruté. Espero que ustedes lo disfruten también.

Era una salida a la playa como cualquier otra. Estaba con sus amigas y los novios de algunas. Un paseo como cualquier otro, excepto por lo que iba a pasar. Carolina tenía en aquel entonces unos 19 años. Tenía novio, al cual quería mucho; delgada, blanquísima, no era alta y muy bonita. Un poco acomplejada de su pequeño busto.

Para este paseo dejó a su novio en la ciudad, en ocasiones él pecaba de ser aburrido y la excusa esta vez fue que tenía que entregar unos informes y demás. Bah! ¿Quién lo iba a necesitar? Cristina podía disfrutar de un viaje sin él. Fue un largo viaje en auto, estuvieron al menos unas 6 horas viajando a buena velocidad.; lo primero que hicieron al bajarse fue estirar las piernas.

Llegaron a la pensión, tomaron el cuarto que tenían reservado entre todos, desempacaron y no tardaron en terminar en la playa, bañándose, tomando sol y disfrutando en medio de una avalancha de alcohol y cigarrillos. Ella bebe y fuma al ritmo de cualquier hombre. A medida que se adentraba la tarde, supieron de mano de las mujeres negrísimas que venden todo tipo de comidas en la playa que esa noche habrían tambores. Las fiestas de un santo, parecen. Sin dudarlo, todos decidieron ir. Cristina adora bailar tambor, el ritmo le parece demasiado sexy. Aunque hija de portugueses, ella decía siempre que en su sangre tiene su negra “coleada”.

Ya en la noche, todos se acercaron al pueblo, uno de esos pequeños pueblos costeros de noches cálidas, de gente amable y profundas raíces africanas. Todos se aglomeraban en la plaza, luces por todos lados, la alegría reinaba en la atmósfera. Cuando llegó a su clímax, las puertas de la pequeña y blanca iglesia se abrieron, dejando salir la figura del santo y encendiendo la algarabía. Comenzó el estruendo de los tambores, y mientras ocurría la procesión, la gente en la plaza se reunía a bailar y disfrutar en medio de ella, cual pista de baile improvisada.

Cristina vestía poca ropa, llevaba la parte superior del bañador y una falda bastante corta. Su cabello castaño en infinidad de trenzas hacía un juego perfecto con sus ojos amarillos. Sólo un poco más de alcohol la hizo terminar de perder las inhibiciones que le quedaban. Fue al encuentro en unas de las ruedas que se formaban mientras bailaban, pasó entre las personas arrancando miradas a su paso y “saltó al ruedo” desplazando a la mujer que bailaba en el centro con un delgado muchacho.

Lo que venía no lo pudo anticipar. A los pocos momentos de sustituir a la mujer y bailar frenéticamente al ritmo de los tambores, llegó un muchacho de piel negrísima, alto, de silueta espectacular. Bailaron una y otra y otra vez, se las ingeniaban para quedar juntos. Su sensualidad era patente, sus movimientos más que sugerentes eran descarados. Las luces se fueron haciendo cada vez más tenues, las sombras de las personas que tenían a su alrededor hacían de las luces cada vez más lánguidas. Los minutos transcurridos se hicieron eternos, el calor cada vez era más intenso, el sudor los bañaba, la respiración entrecortada. El sonido de los tambores ensordecía y a un ritmo muy rápido parecían imitar el pulso de sus corazones.

Durante una de las pausas, salieron de allí, juntos. Ella se aproximó a un vendedor de cerveza, él la acompañó. Entablaron una pequeña conversación, sus sonrisas intentaban disimular lo nerviosos que estaban ambos ante la presencia del otro. Aunque hasta hace poco, ella admitió que era la nerviosa.

Comenzaron con las preguntas obligadas: “¿como te llamas?” “¿vienes de….?” “¿otra ronda?”. Se llamaba Miguel, era como de 1.80 de alto, piel oscurísima, ojos negros, de músculos definidos y una silueta deliciosa. Vestía sólo unos jeans. “Está buenísimo” decía. Se apartaron a un rincón alejado de la plaza, muy cercano a la playa donde el ruido y el alboroto no eran tan ensordecedores.

Entre cervezas y cervezas, llegó un punto donde resistirse era inútil. Ella tomó la iniciativa y lo besó. Ël hizo otro tanto y la sujetó por las piernas, y la cintura acercándose cada vez mas. Cristina palpaba con sus manos su cuerpo, explorándolo como si estuviese ciega… del deseo.

Comenzó por tocar su pecho y se excitaba sintiendo el relieve que hacían sus músculos con sus dedos, mientras sentía unas fuertes manos acariciando su espalda. Ella lo tomó por las caderas y lo instigaba a acercarse más y mas, su cuerpo pedía traspasar las barreras. Sus labios se separaron por un instante y ambos con la mirada ebria del placer, acordaron improvisadamente irse a un lugar más privado.

Caminaron rápidamente como si de niños traviesos se tratara. Una vez llegado al lugar, un malecón a pocos metros del mar; volvieron a los besos, con una respiración cada vez más entrecortada, como si se estuviese sofocando; sus manos se volvían cada vez más atrevidas, delatando el hambre que sentía su cuerpo; nadie la había hecho sentir así. Él subió una de sus manos, que estaban tocando sus piernas, se fue a sus carnosas nalgas y la levantó casi con facilidad. Imponente, como un rey africano, lograba la sumisión de ella en cada movimiento. La arrinconó, sentándola sobre una palmera casi horizontal, sus cuerpos ya estaban a la altura ideal para ir más allá.

Llegó el punto de no retorno cuando él desató con una habilidad inusitada su parte superior del bañador. Los tocaba, los palpaba con fuerza, apretándolos casi al punto de lastimarla, lo que la hacía querer sentir más. Luego sus labios carnosos fueron directo a sus rosados pezones, lamiéndolos, chupándolos y turnándose en ambos, cerciorándose que no hubiese un lugar en su cuerpo que escapase al placer.

Ella gemía, olvidándose de todo, perdiéndose en los labios y en el cuerpo de un desconocido. En la oscuridad se veían dos manchas retorciéndose: una muy clara y una muy oscura. Sus cuerpos contrastaban ante la poca luz de luna que llegaban a alcanzarlos. Ella lo apartó de sus pechos, buscaba besarlo otra vez, mientras se desataba la falda y acto seguido puso sus manos en las caderas de él tocando al principio su considerable bulto y sucumbiendo a la tentación metió las manos en su pantalón y lo manoseó hasta el cansancio.

Su gran instrumento estaba erecto, durísimo y presto a hacerla sentir como nadie. A los pocos instantes, ya tenía su pantalón desabrochado aunque sin caerse de lo ceñido que lo tenía a su cuerpo. La cargó, alzó sus caderas y con gran habilidad bajó lo que quedaba de su bañador, dejando al descubierto una hermosa y apretada vulva, delicadamente afeitada. Parecía que nadie la hubiese desflorado.

Poco después de pasar sus anchos y oscuros dedos por su raja, tomó su miembro y con una dulce ferocidad la penetró, sin delicadeza, sin rodeos, sólo gemidos de placer que pedían más y más acción. Ella lo rodeó con sus piernas al nivel de la cintura, mientras contorneaba su delgado cuerpo hacia adelante y hacia atrás, estando en el aire sujetándose no sólo de su cadera sino con ayuda de sus manos rodeando el cuello.

Así permanecieron por unos cuantos minutos, él la tomó por las piernas, liberándose de ellas para luego levantarla con fuerza y cambiar de posición. La hizo acomodarse precariamente sobre el tronco de la palmera, acostándola; para luego acercar su boca a su vagina, besando sus labios mayores ya húmedos de la excitación. Era muy hábil con la lengua, la sensación que le producía era comparable sólo a la penetración que acababa de tener.

Ya sin aguantar la tentación y dejándose llevar, lo apartó, se bajó de donde estaba y agachándose tomó su pene y se lo llevó a la boca. Según ella casi se asfixia de lo grande que era. Luego lo soltó para dejarse caer en el arenoso suelo. Él la siguió, y sin piedad alguna se dispuso nuevamente a perforar su pequeña abertura. Cada vez daba con más y más fuerza, más y más velocidad; se lo sacó, la tomó por la cintura y la hizo sentarse sobre su miembro, empalándola prácticamente. Besaba sus erectos pezones, abría su boca como si intentara tragarse sus senos por completo… y hasta parecía lograrlo. Luego la colocó nuevamente en la arena, estaba en cuatro patas y también la hizo gozar.

Mientras su vulva estaba invadida, con su dedo rozaba su ano, excitándola aún más y arrancando uno de los tantos orgasmos que tuvo en esa ocasión cuando terminó introduciendo uno de sus gruesos dedos. Luego la tomó por la cintura, rodeándola con los brazos, apretando su trasero y su vagina contra él, sintiendo una penetración como nunca, al punto de levantarla del suelo, apoyándose sólo en sus manos mientras él seguía de rodillas en el suelo. Con cada ángulo en que la follaba, ella descubría nuevos límites de placer, nuevas fronteras que jamás hubiese pensado en encontrar, una experiencia que nuca olvidará.

Aunque era activa sexualmente, nunca la habían hecho sentir así. “¡Es como si hubiese perdido la virginidad otra vez!”, decía. ¿Qué pasó después? Esa noche, llegó a la posada dando tumbos y caminando con la sensación de que todavía tenía un gran pene dentro, sentía que caminaba como un vaquero, con las piernas arqueadas. Durmió como nunca, exhausta y con una sonrisa.

No volvió a ver a Miguel durante el resto de su estancia, y con una sonrisa de niña muy mala me asegura que con o sin novio ella volverá como loca a bailar tambor… y esta vez será toda la noche.

Autor: Shaolin
Cuando señales a alguien con el dedo, recuerda que los otros tres te están señalando a tí.

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