Uff, dijo él...

Relatos eróticos, sexo duro, blandito, raro, rarito,... aprovechemos que somos adultos.(Menores de 18 años, prohibida la entrada. Hala a dormir) Sexo.
yanotoy-22
Traviesa
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Uff, dijo él...

Mensajepor yanotoy-22 » 04 May 2006 23:03

Historia de un amor.

Ahora me da igual, me importa bien poco; mejor aun, me la suda todo lo sucedido. Agua pasada no mueve molino, que dicen no sé dónde. Lo único que quiero ver, otra vez, los cielos de color pipermín y las estrellas como centellean dentro de la cueva de sus ojos. Pero esta vez, si me está permitido, me gustaría inundarla de blanco. Por que todo junto comienza a cansarme un poco, cosa que sorprende si tenemos en cuenta que soy un hombre sumamente paciente, pero es que esta historia es una historia inmemorial, que empieza cuando yo era aun joven y la besaba tiernamente, dentro del descapotable alquilado que el cochero había parado justo a una isla de luz, cerca de la mansión neoclásica (de un neoclásico tardío) donde habíamos de amarnos tanto. Ella era (ella es) una diosa nórdica, una rosa tierna como el vuelo de la abubilla, suave como un recién nacido, traviesa como un conejo de bosque. Os digo esto a riesgo de parecer ridículo, pero es que esta es la historia apasionada de una amor ardiente que nos encendía mientras entrábamos en la mansión, que era de una tía mía, medio loca y miope, que tuvo que exiliarse por razones bastante oscuras las cuales no conviene ahora rememorar. Subimos las escaleras con prisa, como se supone que ha de subirlas aquellos que, enamorados, han decidido aligerar orgásmicamente el escozor del alma. Seré breve: atravesamos estancias y pasillos y llegamos a la gran habitación, la de la cama alta, con doseles barrocos totalmente fuera de lugar. Balcón allá (abrimos las cortinas, anhelando que la luz nos inundase de gozo), las montañas y los prados (de tonalidades botticellianas) nos ofrecía el silencio del universo veraniego (entre otras cosas, porque cuando todo esto sucedía era verano). Empecé a desnudarla lentamente (con impedimentos y algún que otro gemido, la despojé de las dos faldas, el miriñaque, las fajas, las medias, las enaguas y todas las diademas de la cabeza, los zapatos) para poder contemplar su cuerpo blanquísimo, lácteo. Ella bajaba las pestañas negras, y se hubiese sonrojado si el maquillaje no se lo hubiese impedido, así pues, el esfuerzo era inútil. Los pezones eran oscuros y los senos pequeños, y dejaban ver con una indolencia muy propia de una dama de alta clase social, que se resguardaba mientras yo me desnudaba rápidamente. Las botas fue lo que mas me costó de quitar, sobretodo por los nudos que había en los cordones. Ella mientras tanto, preguntó donde estaba la toilette. Cuando volvió, envuelta en una camisa de dormir rosada, de seda china, que había sido de una abuela mía, francesa de Orleáns) yo me deshacía finalmente de la bota y la lazaba ruidosamente contra el muro. Después de quitarme los calzoncillos y la camiseta fue cosa de pocos minutos. Le acaricié las mejillas, le besé las orejas, y le susurré dulces palabras. Parecía perdida en una duda de pregón, pero por fin se giró y me miró a los ojos, bien al fondo y me besó en los labios con una falta de experiencia que me hizo sonreír. Pequeña, pensé mientras le decía amor mío y le mordía la oreja y le besaba el cuello... Entonces llamaron a la puerta en un largo y prolongado timbre. Me miró. La miré. Ejem dije mientras me levantaba, vuelvo enseguida amor. Ella (toda discreción) apartó la vista para no verme el pene en erección. Vestido con quimono, bajé a abrir: el cochero me devolvía el sombrero de la señora que había olvidado en el asiento. Tuve que subir al despacho a buscar algunas monedas, que tuve que meter en los bolsillos del vergonzoso cochero. Cerrada la puerta de un golpe, volví a la habitación. Ella me esperaba, anhelante. Dijo mi nombre dos veces y me pidió que la abrazase , que mi cuerpo le diese calor. Púdica, cubría aun su entrepierna con unas bragas blancas, con puntillas, que le quité dulcemente. El interior estaba húmedo, y el aroma a flujo vaginal me llegaba a la pituitara. Amor, le decia, mientras comenzaba a besarle los senos, erectos de hacía un rato. Le cogí la mano y se la coloqué sobre el pene, que lo sentí caliente, y al tiempo que ella profirió un oh! que se le ahogó en la garganta. Toscamente retiraba la piel para intentar acariciarme el glande, de soslayo observaba el Polifemo amenazador. El flujo chorreaba ya por las blancas sábanas. Con cuidado, le separé las piernas sin que obtuviese ningún tipo de resistencia. El interior de los labios era una caverna pegajosa que se contraía en movimientos incontrolados. Palomita mía, le dije mientras avanzaba el prepucio por la obertura chupadora. Justo en aquel momento, vuelven a llamar a la puerta. Me cago en Dios! Se me escapó, y pensé en hacer como si no hubiese oido, pero golpeaban tan insistentemente que me hicieron temen que no echasen abajo la puerta. Igualmente decidí empujar la herramienta dentro de la vagina, Ella no obstante, me detuvo. Ves a abrir la puerta, dijo, a saber quien puede ser ahora. Medio desnudo bajé las escaleras: detrás de la puerta: un mocoso, gordito que me ofrecía la vida en firmes seguros y cómodos plazos a pagar en tantos meses como hiciesen falta. Supongo que el golpe de puerta le rompería la nariz. Arriba, ella retiró la mano en el momento en que me vio llegar. Amor, amor le dije mientras le besaba los dedos que olian a sexo. Apremiado, y sin mas preámbulos, forcé la obertura y el paraíso se hizo mio, me apoderé de el. Ella, los ojos medio entornados, se mordía los labios, abria la boca y dejaba ir algún oh!. Justo cuando empezábamos a movernos, el flujo chorreaba tanto que nos mojaba las piernas; y los pies, fríos y húmedos, se nos enganchaban en las sábanas. Me arañaba la espalda y decía sí con una veloz periodicidad de metrónomo. Entonces sonó el teléfono en la habitación contigua, maldecí aquellos inventos modernos, hijos del diablo. Como si oyese llover, decidí levantarme, pero ella me detuvo y me atenazó el pene con sus músculos vaginales. No, espera, dijo con un tono de voz bajísimo. Cómo?, le pedí (porque con el ruido de los rings del teléfono y aquella voz tan baja, no había oido nada). Ves, no puedo continuar si oigo tantos timbres, me bloqueo. Pensé que tenía razón, porque aquellos gritos metálicos en la habitación de al lado, yo tambien empezaba a bloquearme. Medio jodido, salí de entre sus piernas (el coño, al cerrarse hizo un blup y dejó ir una nueva descarga de flujo) y corrí hacia el teléfono, que no paraba. Dígame?, le dije a la trompetita negra y pedían por Gumersind Puigdengoles y Díaz de Valldecabres que, como todos ustedes harán bien de suponer que nada tiene que ver con mi tía loca, miope y exiliada. Se equivoca, señor, le dije no sé si antes o después de colgar. Sentado en la silla, me encendí un cigarrillo. Será mejor que me serene: estoy tan nervioso! Pero tiré el cigarrillo al suelo cuando aún no me había ni fumado la mitad y volví a la habitación. Has fumado, si mi amor, le respondí, temiendo que no le gustase mi aliento nicotínico. Me gusta el sabor del tabaco en tus labios, sonreí mordiéndolos, rabiosa y risueña. Pensé en darme prisa, no fuese el caso que viniesen de nuevo a interrumpirnos. Los campos, mas allá del balcón, se teñian de ocres y rojos cada atardecer. Habían dejado de ser botticelianos y ahora parecía mas bien un paisaje de Van Gogh. Querido, me dijo, quiero que estes conmigo. Si vuelven a molestarnos haremos como que no lo oímos, de acuerdo? Le propuse. No, dijo, eso no. I entonces me explicó una historia que me rompió el corazón: de pequeña me explicaba, una noche estando en la cama, durmiendo, y oí que llamaban a la puerta. Llamaban y llamaban cada vez mas fuerte. Me preguntaba porque mis padres no abrían. Con miedo, me levante y los busqué por toda la casa, pensando si no estarían muertos. Finalmente los encontré en la cama: luchando, riendo, tocándose y resoplando. Y no era que nadie llamaba a la puerta, era la cabecera de la cama que golpeaba en la pared donde estaba la imagen del Cristo de Lepanto. Desde entonces cuando oigo que llaman, necesito abrir las puertas, contestar al teléfono y no soporto ningún ring no atendido. Lo entiendes? Te entiendo perfectamente, debes sentirte angustiada cada vez que llaman, le aseguré mientras le acariciaba el seno derecho. En segundos, dejó ir mas flujo que de tan abundante ya corría por la cama y se acumulaba en el suelo de la habitación, formando un charquito poco profundo. Justo cuando el glande desaparecía dentro de la vulva, nos cayó encima una lluvia de rocas y tochos: el techo de la habitación se derrumbaba.
Arreglado el problema (pagada y expulsada de casa pues, la brigada de paletas y felices los dos: uno dentro del otro) recibí mientras una pareja de testigos de Jehová, empeñados en leerme pasajes de la biblia que me eran totalmente indiferentes. Aún no había subido nuevamente las escaleras, una chica vino a ofrecerme una espléndida gama de productos Avon. Dos minutos después de echarla fuera malhumoradamente, justo en el momento en que sentíamos las primeras vibraciones preorgásmicas, llamaron del aeropuerto (porque a estas alturas de la historia ya se habían inventado hasta los aeroplanos) y resulta que una prima segunda, hija de la tia loca, miope y exiliada, que se auto invitó a pasar quince días en mi casa (es decir en casa de su madre: la tía loca, miope y exiliada), y todo fueron desazones para intentar que no entrase dentro de la habitación amorosa. Pero a estas alturas del coito, la olor a flujo era tan intensa que se olía en toda la casa, y según como soplase el viento, por los pueblos y valles mas próximos de la comarca. Cuando comprendió que tipo de olor era aquel, la prima segunda se marchó ofendida e indignada (no sé si mas ofendida que indignada) de contar entre su distinguida parentela con el primo calavera, según dijo. No le dije ni adiós porque ya estaba otra vez dentro de la habitación, de la cual debía haber bajado para cumplir con el requisito militar (a la praxis: dos soldados y un cabo con orden de inmediata salida, bajo la acusación de deserción por no haberme presentado a cumplir mis obligaciones militares en tempo y forma, que había expirado el hacía mas de dos años) me hicieron marchar a la guerra del treinta y seis. Al volver, tuve que pagar recibos a una larga cola de acreedores, les contesté a medias e innecesariamente, una estúpida encuesta telefónica; y tuve que ir a La Bisbal a visitar a un pariente moribundo (y llegué tres horas después de haberlo enterrado). Ahora pues, infatigablemente subo otra vez la escalera, impregnada de esta olor que ya es permanente, presto a introducirme en ella, y ver los cielos de color pipermint y las estrellas que centellean dentro de la cueva de sus ojos (Tantas veces he tenido pesadillas cuando, al volver, ella ya no estaba!) Abro la puerta y gira los ojos y me sonríe, y me pide desde la cama. Querido abrázame fuerte, y desnudándome rápidamente de chaquetas, chalecos corbatas de duelo. Ah, si finísimo este coito que comenzamos hace ya tanto tiempo, cuando aun éramos jóvenes y nos besábamos entre el dosel, y erróneamente preveíamos que en una hora a lo sumo , nos dormiríamos dulcemente, agotados entre los abrazos y el sudor.

Quim Monzó, dedicada a Juan Brossa, que le dio la idea.
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Mensajepor Clix » 04 May 2006 23:56

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Última edición por Clix el 26 May 2006 17:55, editado 1 vez en total.
Vive y deja vivir

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Mensajepor abandono-89 » 05 May 2006 00:06

Ringgg Ringgg Ringgg

Sí, disculpe, espero no molestar... Sólo quería decirle que hay veces que follar se convierte en una tortura ¡¡La madre que pario altíotrenero!! :?

Por cierto, ¿no huele Ud. a sexo por quí?... ¿se está masturbando? :roll:


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Ally
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Mensajepor Ally » 05 May 2006 00:16

:wink: :bravo: :bravo:

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