Los barcos

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Sol
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Los barcos

Mensajepor Sol » 25 Ene 2006 12:43

Los barcos

De la Imaginación al Papel. El tránsito es difícil, es un mar peligroso. La distancia parece breve a primera vista, y sin embargo qué largo viaje es, y qué perjudicial a veces para los barcos que lo emprenden.
El primer perjuicio procede de la extremadamente frágil naturaleza de las mercancías que transportan los barcos. En los mercados de la Imaginación, las más abundantes y mejores cosas están fabricadas de finísimo cristal y cerámica transparente, y aún con toda la atención del mundo muchas se rompen por el camino, y muchas se rompen al ser desembarcadas en tierra firme. Cualquiera de estos daños es irreparable, porque es impensable que el barco vuelva atrás y cargue cosas idénticas. No hay posibilidad de hallar el mismo almacén que las vendió. Los mercados de la Imaginación tienen almacenes grandes y lujosos, pero no de longeva duración. Sus transacciones son breves, liquidan sus mercancías rápidamente y se disuelven enseguida. Es muy extraño que un barco encuentre el regresar los mismos exportadores con las mismas especies.
Otro perjuicio procede de la capacidad de los barcos. Zarpan de los prósperos puertos completamente cargados y luego, cuando se encuentran en alta mar, se ven obligados a arrojar por la borda una parte del cargamento para salvar el conjunto. De modo que casi ningún barco consigue traer íntegros todos los tesoros que cargó. Lo rechazado son, por supuesto, bienes de menor valor, pero alguna vez ocurre que los marineros, en su extrema premura, cometen errores y arrojan al mar objetos preciosos.
En el momento de arribar al cándido puerto de papel son necesarios nuevos sacrificios. Llegan los oficiales de la aduana y examinan un artículo y piensan si deben permitir su descarga; se niegan a permitir desembarcar tal otro artículo; y de ciertas mercancías solo admiten una pequeña cantidad. Tiene sus propias leyes el lugar. No todas las mercancías tienen entrada libre y está rigurosamente prohibido el contrabando. Se impide la importación de vinos, porque las tierras de las que proceden los barcos producen vinos y espirituosos de uvas que cría y madura una temperatura en extremo generosa. Estas bebidas no las quieren en absoluto los oficiales de la aduana. Son demasiado embriagadoras. No son aptas para todas las cabezas. Por otra parte, hay una compañía en el lugar que detenta el monopolio de los vinos. Produce vinos con el color del vino y el sabor del agua, y puedes beber de ellos todo el día sin marearse un ápice. Es una antigua compañía. Goza de gran consideración, y sus acciones están siempre sobrevaloradas.
Pero aun así, démonos por satisfechos cuando los barcos entran en el puerto, aun con todos estos sacrificios. Porque, en fin, el número de enseres deteriorados o eliminados durante el viaje se limita con extremo celo y atención. Además, las leyes del lugar y el reglamento aduanero son, sí, tiránicos en muchos aspectos, pero no completamente excluyentes, y gran parte del cargamento logra desembarcar. Los oficiales de la aduana no son infalibles, y muchos de los artículos prohibidos pasan dentro de cajas fraudulentas, cuye etiqueta dice una cosa y dentro llevan otra, y se introducen algunos buenos vinos para los simposios selectos.
Lamentable, lamentable es otra cosa. Es cuando pasan algunos barcos enormes, con ornamentos de coral y mástiles de ébano, llenos de tesoros que ni siquiera se acercan al puerto, bien porque toda su mercancía esta prohibida, bien porque el puerto no tiene suficiente calado para acogerlos. Y continúan su travesía. Un viento favorable sopla sobre las velas de seda, el sol lustra el esplendor de su dorada proa, y se alejan magnífica y serenamente, se alejan para siempre de nosotros y de nuestro mezquino puerto.
Por suerte son infrecuentes estos barcos. Solo dos o tres vemos a lo largo de nuestra vida. Y los olvidamos enseguida. Cuanto más deslumbrante era la visión, tanto más rápido es nuestro olvido. Y cuando ya han pasado algunos años, si algún día – mientras estamos sentados indolentes viendo la luz y escuchando el silencio - por casualidad regresan a nuestro oído interior, ciertas estrofas entusiastas, no las reconocemos al principio y nos torturamos la memoria para recordar dónde las habíamos oído antes. Tras ingente esfuerzo se despierta el viejo recuerdo y nos acordamos que estas estrofas son del canto que entonaban los marineros, hermosos como héroes de Ilíada, cuando pasaban los grandes barcos divinos que avanzaban rumbo a – quién sabe donde.

C. P. Cavafis (+ Alejandría 1863, *


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Mensajepor Clix » 27 Ene 2006 12:09

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