¿Olvidar o no olvidar?

Radio patio funcionando. ¿Cómo son los foreros?¿A qué saben, a que huelen, qué les gusta, que odian? Para hablar de nosotros mismos, mismamente
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Jaguar
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¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Jaguar » 07 Feb 2013 20:10

Acostumbra a decirse que la memoria es selectiva y que, como tal, tiende con el tiempo a achicar por el desagüe del olvido, a modo depurativo, aquellos recuerdos que de alguna forma u otra pudieran resultar perniciosos.

No digo que no sea así en parte, pero entiendo que dicho vaciado casi nunca suele ser completo, sino que, por el contrario, quedan siempre, aunque sea en lo más recóndito de la memoria, allí donde las telarañas cuelgan como siniestros custodios, los recuerdos más amargos, aquellos que conforman pesares y aflicciones, los que se alimentan de las más tristes vivencias, de aciagas consternaciones, de desagradables encuentros y escabrosos desencuentros, de penas y congojas crueles; allá permanecen, presos de la memoria, encerrados en sus sombrías celdas, esas que el propio cerebro configura mediante oxidados barrotes; allá subsisten, siempre al acecho, insidiosos, arteros, dañinos, solapados, prestos a saltar como resortes a la primera ocasión propicia que se les presente, preparados en todo momento para descargar el deletéreo veneno que de ellos rezuma. Son recuerdos que jamás habríamos querido volver a evocar, pero que sin embargo permanecen, desoída que fue la orden de olvido que nuestra voluntad quiso inútilmente empeñarse en impartir. Y de este modo, con un rechinar de goznes herrumbrosos, se abren las celdas donde estaban latentes y a su través escapan los malditos para lastimarnos el alma, furiosos, abominables, inmisericordes recuerdos.

Y es que por más que los creamos exilados para siempre, su destierro únicamente es transitorio. De ahí que vuelvan. Vuelven, sí, vuelven para que mediante ellos revivamos aquellos hechos que en su momento los gestaron: un amor imposible, una amistad malograda, una ofensa imperdonable, una traición ruin, un ridículo espantoso, un accidente espeluznante, un corazón roto, una irreparable pérdida…, sombras y espectros que, conforme a su oscura materia, quisimos deportar para siempre a ese firmamento lóbrego que fragua el olvido, empleando a mayor abundamiento plúmbeos lastres que favorecieran su hundimiento en los abismos más profundos de la mente, allí donde nunca más pudieran volver a atormentarnos.... Pero es esa una misión que a la postre suele devenir estéril… Demasiado poderosos son esos recuerdos, tanto que a la menor ocasión se amotinan para escapar de sus herrumbrosas mazmorras y subir de nuevo a la superficie, a la luz de la conciencia, allí donde saben que causan daño, donde sus raucas voces vienen a dar cuenta de que somos humanos y, por lo tanto, frágiles, proclives a los padecimientos, inclinados a cometer errores una y otra vez, a menudo repetidos, como si no fuésemos nunca capaces de ver la piedra donde habremos de tropezar. Y así, por mucho que queramos y todo el empeño del mundo pongamos en olvidar, los recuerdos, que tienen vida propia, se rebelan para impedirnos hacerlo.

Recuerdos malhadados. Recuerdos que hacen que el alma se rompa en lágrimas y que de la carne abierta brote la sangre. Recuerdos que portan dolor y nos inundan de rabia. Recuerdos que nos encolerizan y nos compelen a clamar contra el destino, a tildarlo de injusto y pernicioso, como si el destino mantuviese una deuda pendiente con nosotros y pretendiéramos saldarla de una vez por todas... Pero no hay ninguna deuda. El destino es neutral, a lo sumo caprichoso, pero no se endeuda con nadie. No hay deudas, por tanto, que reclamar, sólo hay presente y futuro, y un barco en el que navegar, ese cuyo timón hemos de gobernar con destreza para que nos conduzca a buen puerto, el barco de nuestras propias vidas.

Quizá en esa travesía sea bueno no dar la orden de olvido, permitir que los recuerdos, aun malencarados, se conviertan en nuestros aliados y no en nuestros enemigos, enfrentarnos a ellos y engullir su hiel para que a la postre se cierren las heridas que los generaron. Quizá sea bueno desatar las hostilidades y librar una batalla interna donde de las bajas pueda nacer la esperanza, donde tras asumir los errores cometidos se logre que las heridas cicatricen para siempre, donde los recuerdos pierdan su fiereza y se vuelvan dóciles como corderos. Asumir errores, avanzar, crecer... Quizá sea ese el proceso... Tal vez, sólo tal vez.

Entonces, ¿qué? ¿Olvidar o no olvidar? Como diría aquel inglés que tanto escribió: That is the question
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Estela » 07 Feb 2013 20:20

A veces un recuerdo es la excusa para seguir viviendo.

Magnífico texto, don Jaguar.

:rosa:
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor lo tio pep » 07 Feb 2013 21:07

No le conocía yo esta faceta. Coincido con estela que es un muy buen texto. En cuanto a si es mejor olvidar o no olvidar, la verdad es que no me importa, lo que interesa es que no se nos escape aquello que debemos recordar, y lo otro tranquilos, si es preciso rememorarlo la misma mente posee mecanismos para hacerlo.
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor eLeyeLe » 07 Feb 2013 21:46

Olvidar es terapéutico. Me encantaria olvidar algunos episodios, incluso hago como que no me acuerdo... Lamentablemente, en mi modesta opinión, la mente tiene especial empeño en que recordemos lo doloroso...no se, igual es una defensa por aquello de escarmentar, pero es una de esas putadas de la evolución de la conducta: nuestra necesidad de olvidar va más rápida que los mecanismos cerebrales de borrado.

Su texto está muy bien estructurado, pero plantea una opción que no es posible: olvidar o no olvidar es algo que no depende de nuestra voluntad como usted muy bien dice. La cuestión que plantearía Shakespeare seria RECORDAR o NO RECORDAR?
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Gloria » 07 Feb 2013 21:50

Ya sabes, Jaguar, que a veces lo de olvidar no es un acto voluntario, los psicólogos lo llaman disociar. Tampoco, de manera consciente, se puede evitar que esos recuerdos florezcan, y, de nuevo los psicólogos, llaman a esto "flashbacks". Con lo cual lo de olvidar sería terapéutico, y el resurgir de lo olvidado se convertiría de nuevo en tortura.

Pero me da a mí que tú andabas literaturizando la cuestión y que entonces, mis disquisiciones al respecto, ni vienen a cuento ni tienen cabida. :wink:
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Gloria » 07 Feb 2013 21:52

O simplemente, eLeyeLe asumir y tirar p´alante, o quedarse rumiando las miserias, ¿no?
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Plácido » 07 Feb 2013 22:24

Para bien o para mal tengo muy buena memoria.
Además, considero, a lo mejor equivocadamente, que es una memoria que plasma bastante bien la realidad, por lo que no edulcoro, aumento o minimizo, casi nada de lo vivido.
Con lo que, por lo general, aprendo a convivir con los buenos y los malos recuerdos. Todos son parte de mi vida y no hay forma de separarlos ni seleccionarlos ni.... por supuesto, olvidarlos.
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor eLeyeLe » 07 Feb 2013 22:33

Florisea escribió:O simplemente, eLeyeLe asumir y tirar p´alante, o quedarse rumiando las miserias, ¿no?



Si, claro, eso en los grandes momentos pragmáticos de mi vida... :vistori:

Lo malo es que en los peores momentos te lastran y, por mucho que los tenga en el estante de las experiencias de aprendizaje, se auto instalan en mis narices...
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Estela » 07 Feb 2013 22:52

Plácido escribió:Para bien o para mal tengo muy buena memoria.
Además, considero, a lo mejor equivocadamente, que es una memoria que plasma bastante bien la realidad, por lo que no edulcoro, aumento o minimizo, casi nada de lo vivido.
Con lo que, por lo general, aprendo a convivir con los buenos y los malos recuerdos. Todos son parte de mi vida y no hay forma de separarlos ni seleccionarlos ni.... por supuesto, olvidarlos.


Yo sí que he conseguido olvidar alguna cosa, puede hacerse porque yo lo he conseguido, alguna vez he intentado capturar alguna cosa de aquello que quise olvidar y no lo he conseguido, no quedan imágenes, ni palabras, sé que hubo algo, pero no está. Otras cosas se encargó el subconsciente de que las olvidara y me alegro de que haya sido así.

:rosa:
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Plácido » 07 Feb 2013 23:00

Estela escribió:Yo sí que he conseguido olvidar alguna cosa, puede hacerse porque yo lo he conseguido, alguna vez he intentado capturar alguna cosa de aquello que quise olvidar y no lo he conseguido, no quedan imágenes, ni palabras, sé que hubo algo, pero no está. Otras cosas se encargó el subconsciente de que las olvidara y me alegro de que haya sido así.

:rosa:


Bueno, mas que olvidar, algunas las tengo ahí, apartadas, sin removerlas en demasía.
Pero están, lo se.... con todo lujo de detalles.

Por cierto, si algún día voy al cielo y me encuentro con alguien con quien he compartido algún momento de la vida, me gustaría comparar los recuerdos y a ver como nos quedó grabado un mismo momento.
Sería una buena comparativa. Porque esa es otra.... La óptica de cada uno :dunce
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Estela » 07 Feb 2013 23:09

Plácido escribió:
Estela escribió:Yo sí que he conseguido olvidar alguna cosa, puede hacerse porque yo lo he conseguido, alguna vez he intentado capturar alguna cosa de aquello que quise olvidar y no lo he conseguido, no quedan imágenes, ni palabras, sé que hubo algo, pero no está. Otras cosas se encargó el subconsciente de que las olvidara y me alegro de que haya sido así.

:rosa:


Bueno, mas que olvidar, algunas las tengo ahí, apartadas, sin removerlas en demasía.
Pero están, lo se.... con todo lujo de detalles.

Por cierto, si algún día voy al cielo y me encuentro con alguien con quien he compartido algún momento de la vida, me gustaría comparar los recuerdos y a ver como nos quedó grabado un mismo momento.
Sería una buena comparativa. Porque esa es otra.... La óptica de cada uno :dunce


Si está ahí y las puedes recordar con todo lujo de detalles, entonces no has olvidado, Plácido. Yo sí, hay alguna cosa que quise olvidar y no hay absolutamente nada; alguna vez he querido saber por qué quise olvidar con tanta vehemencia y no puedo encontrar nada y no sé qué pasó en realidad. Y lo quiero recuperar para verlo con la perspectiva de los años pasados, para saber si fue tan malo en realidad, y no puedo.

Sí, estaría bien confrontar esos momentos vividos, pero quizá nos llevaríamos una desilusión.

:rosa:
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Plácido » 07 Feb 2013 23:18

Estela escribió:Si está ahí y las puedes recordar con todo lujo de detalles, entonces no has olvidado, Plácido. Yo sí, hay alguna cosa que quise olvidar y no hay absolutamente nada; alguna vez he querido saber por qué quise olvidar con tanta vehemencia y no puedo encontrar nada y no sé qué pasó en realidad. Y lo quiero recuperar para verlo con la perspectiva de los años pasados, para saber si fue tan malo en realidad, y no puedo.

Sí, estaría bien confrontar esos momentos vividos, pero quizá nos llevaríamos una desilusión.

:rosa:


Bueno. A mi eso me puede pasar con alguna cosa de la niñez. Unos trazos sueltos que no consigo hilvanar del todo o unos olores o sensaciones que se pierden en el origen mismo de la memoria.
Ahora bien. Eso que cuentas me parece muy extraño... A no ser que sean cosas sin importancia, cosa que dudo, y que me resultan verdaderamente llamativas.
Olvidar con vehemencia.... Joer. Que voluntad.
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Don Vito » 07 Feb 2013 23:19

Quien olvida está condenado a cometer el mismo error una y otra vez.
Quien no olvida puede amargar o amargarse su existencia y la de los demás.

No hay que olvidar y si perdonar... simplemente, para poder vivir en paz con uno mismo y dejar en paz a los demás.
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Estela » 07 Feb 2013 23:34

Corleone escribió:Quien olvida está condenado a cometer el mismo error una y otra vez.
Quien no olvida puede amargar o amargarse su existencia y la de los demás.

No hay que olvidar y si perdonar... simplemente, para poder vivir en paz con uno mismo y dejar en paz a los demás.


No se crea, don Corle, que incluso sin olvidar caemos siempre en lo mismo. Una y otra vez.

Creo que perdonar implica olvidar. Sin olvido queda rencor e impide perdonar, pero bueno, igual no es así.

Buenas noches :be:

:rosa:
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Don Vito » 07 Feb 2013 23:50

Si se cae en lo mismo es porque uno o una no desea aprender y prefiere lo malo conocido pero, en líneas generales, lo equitativo es no olvidar y aprender uno/a de sus errores para no cometer los mismos en un futuro. Eso si, cometerá otros... y la vida sigue.

Buenas noches Doña Estela... que descanse.
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Jaguar » 08 Feb 2013 00:30

Muy interesantes sus respuestas. Deduzco que existe cierto afán predominante por olvidar los malos recuerdos. Eso podría parecer en principio lógico. Ahora bien, de ser posible, lo cierto es que la capacidad de aprendizaje se vería muy mermada, pues no en vano pocas cosas hay más aleccionadoras que los errores y fracasos, los cuales acostumbran a ser por regla general los que originan tales males recuerdos.

Por otra parte y en tanto no lleguen a inventar la máquina del olvido, ésta es una facultad que escapa en gran medida a nuestra voluntad, por mucho que nos podamos dar golpes en la cabeza para ver si los malos recuerdos salen por algún agujero que nos hagamos al efecto.

No sé, está claro que hay infinidad de personas que no son capaces de superar ciertos episodios de su pasado, generalmente rupturas sentimentales o desengaños de ese estilo, por lo que se pasan la vida enganchados al pasado. Yo, en cambio, sigo decantándome por hacer frente a dicho pasado y a los recuerdos que lo mantienen vivo para, una vez derrotados, ponerlos de nuestro lado.
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Wilde » 08 Feb 2013 08:32

El famoso mnemonista ruso Shereshevski recordaba cada minuto de su vida, era capaz de memorizar con rapidez tanto fórmulas matemáticas complejas y números de más de 100 dígitos, como largas series de sílabas sin sentido. Incluso podría repetir en orden inverso todo estas listas. Sin embargo, no le daba mucha importancia a estas prodigiosas cualidades hasta que entró en contacto con el famoso neuropsicólogo A. R. Luria, quien no consiguió encontrar límites a su memoria. Shereshevski trabajaba de periodista y nunca tomaba notas por complejo que fuera el artículo que debía publicar.

Esta extraordinaria capacidad de recordar, anhelada por muchos, también tenía su cara negativa, pues Shereshevski no era capaz de olvidar, de borrar de su mente las experiencias y sensaciones experimentadas. Un estornudo mientras memorizaba también lo registraba y aparecía al recordar, aunque como un borrón o una nube de vapor. Su misma voz llegaba en algunos casos a ser también un borrón. Al formar las imágenes visuales de forma tan viva, le resultaba difícil reconocer a una persona si había cambiado algo su aspecto físico. Su dificultad o incapacidad para olvidar también le hizo sufrir, al experimentar informaciones que deseaba borrar, aunque en parte lo solucionó imaginando que lo que no quería recordar estaba escrito en una pizarra que borraba de vez en cuando, o en un papel que arrojaba al fuego.

Jaguar escribió:está claro que hay infinidad de personas que no son capaces de superar ciertos episodios de su pasado, generalmente rupturas sentimentales o desengaños de ese estilo, por lo que se pasan la vida enganchados al pasado.

Cuando se trata de heridas sentimentales, creo que lo ideal sería cicatrizarlas olvidando o dejando pasar las emociones producidas (ira, tristeza, vergüenza,...). Si nos quedamos enganchados a una de estas emociones, seguimos vinculados, de alguna manera, al sujeto que las produjo. Distinto es intentar reflexionar y aprender de los errores que cometí yo en esa relación, para evitar volver a repetirlos en cuanto tenga la ocasión.
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor lo tio pep » 08 Feb 2013 09:32

Un problema que suelen tener los que no olvidan nada, es una incapacidad de relatar nada separando lo importante de lo accesorio, siendo un auténtico latazo escucharles la menor anécdota. A esto debemos añadir la dificultad de hacer segundas lecturas de una película, libro o música porque les queda demasiado grabada la primera sensación, al no reorganizar su pensamiento mediante el borrado y asentamiento de lo esencial, difícilmente pueden revivir una sensación de distinta manera; pero también causa cierta angustia si lo logran, pues los sentimientos dispares tienen un referente de igual intensidad. Así que sin lugar a dudas es mejor tener una capacidad de olvido equilibrada.
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Gloria » 08 Feb 2013 10:04

Delicado seguro que nos recordaría la historia de "Funes el memorioso".

[align=justify]Jorge Luis Borges
(1899–1986)


Funes El Memorioso
(Artificios, 1944;
Ficciones, 1944)





Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y .vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro mínutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.
Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en.la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.
No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latin. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, “del día siete de febrero del año ochenta y cuatro”, ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, “había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó”, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario “para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín”. Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, j por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat. y la obra de Plinio:
El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El “Saturno” zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.
En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigésimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más dificil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como 1a vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoría, señor, es como vacíadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos in—mortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando..
Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, 1a caldera, Napoleón, Agustín vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie marca; las últimas muy complicadas... Yo traté explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario sistema numeración. Le dije decir 365 tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis no existe en los “números” El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.
Locke, siglo XVII, postuló (y reprobó) idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucios y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar
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1942
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Plácido » 08 Feb 2013 16:50

lo tio pep escribió:Un problema que suelen tener los que no olvidan nada, es una incapacidad de relatar nada separando lo importante de lo accesorio, siendo un auténtico latazo escucharles la menor anécdota. A esto debemos añadir la dificultad de hacer segundas lecturas de una película, libro o música porque les queda demasiado grabada la primera sensación, al no reorganizar su pensamiento mediante el borrado y asentamiento de lo esencial, difícilmente pueden revivir una sensación de distinta manera; pero también causa cierta angustia si lo logran, pues los sentimientos dispares tienen un referente de igual intensidad. Así que sin lugar a dudas es mejor tener una capacidad de olvido equilibrada.


Interesante apreciación... Ahora bien, basada en que el exceso de información apabulla el cerebro humano, cuestión esta que pongo en duda, aunque ciertamente alguna diferencia debe existir entre quien no olvida o quien lo hace fácilmente.
Así bien es verdad que, por ejemplo, un narrador científico y milimétrico (véase en la CF a Arthur C. Clarke) jamás tendrá la prosa de un Bradbury, mas poético, o la épica de Tolkien, cuya imaginación desbordante, tenía, eso sí, una increible arquitectura para la cual era necesaria una excelente memoria.

Resumiendo: Quizás admito que una persona con memoria deje menos sitio a la imaginería, ahora bien, sus capacidades serán cuando menos, igual de interesantes, en el capítulo del realismo :dunce. Parte esta importante para quien guste de vivir aquí y ahora.... :dunce

Joer, que carallo he escrito?
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Plácido » 08 Feb 2013 17:04

Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.


Este relato de Borges ahonda en lo mismo... Que el exceso produce defectos.

Lo que, repito, pongo en duda
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Yushka » 09 Feb 2013 01:51

No creo que se olvidan las cosas que realmente nos han afectado de alguna manera. Simplemente con el tiempo dejan de doler. Y a uno se le olvida recordarlas. Pasa el tiempo y un día te das cuenta que hace eones que no has vuelto pensar en ello a pesar de que en su día creíste morir. Y cuando te acuerdas te das cuenta que es algo tan lejano que ya no tiene ninguna importancia. No sé si es eso lo que se llama perdonar.
No todos los hogares deben tener un perro, pero todos los perros deben tener un hogar. No compres, adopta. Los amigos no se compran.
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor pipiola » 09 Feb 2013 11:08

Estoy con Yushka, el mejor aliado para olvidar las malas experiencias es el tiempo. El dolor se mitiga, los rencores se aplacan y aquello que tanto nos hirió parece menos importante de lo que fué en su día, aunque no creo que signifique que hayamos perdonado a quien nos hizo daño, solo que ya no nos duele su ofensa cómo entonces.
Hace años pasé una etapa muy mala a nivel personal. Cuando aquello termino deseaba con todas mis fuerzas olvidarla, incluso llegué a pensar lo maravilloso que sería que hubiera una forma quirúrgica de sacarme esos recuerdos que tanto me hacian sufrir del cerebro, una especie de lobotomía selectiva...evidentemente no fué posible, pero descubrí que la única manera de que me dolieran menos era enterrandolos bajo una montaña de nuevos buenos recuerdos.
Así que, para mí la mejor manera de olvidar lo malo que hemos vivido es esa; buscar vivencias positivas cada día.
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor Estela » 09 Feb 2013 11:11

Es que es la única manera de sobrevivir en esos casos, pipiola. Lo malo es si no tienes ganas de buscar.

:rosa:
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Re: ¿Olvidar o no olvidar?

Mensajepor pipiola » 09 Feb 2013 11:50

Estela escribió:Es que es la única manera de sobrevivir en esos casos, pipiola. Lo malo es si no tienes ganas de buscar.

:rosa:


Pues la buscas! todo menos rendirte y dejar que el pasado arruine tu presente, Estela.

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