Mi primera colonia, Chispas.

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Pastinaca
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Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Pastinaca » 26 Oct 2013 16:00

Con este chispeante título (badum-tssss) daré comienzo a una serie de batallitas del abuelo Cebolleta, en la que relataré esos pequeños debutares en la vida, unas veces entrañables y otras traumáticos, pero siempre entretenidos de escribir y espero que de leer.

Por supuesto, está abierto a todas sus aportaciones personales. Ahoguémonos todos en este engrudo de nostalgia.
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Pastinaca
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Pastinaca » 26 Oct 2013 16:03

Mi primera experiencia culinaria

Tenía yo nueve o diez años y una profunda inquietud: sentía que me estaban engañando. Lo que era harto desagradable.

A esas edades, ya había tenido tiempo de aprender que todo era muy caro. Me lo recordaba mi madre cada vez que me negaba una solicitud de compra: "no, Pastinaca, que es muy caro". Y me lo refrescaba mi padre cuando me tocaba ser asistente único a una de sus ponencias sobre gastos mensuales de Casa Pastináquez, en las que se ponía de manifiesto lo poco que quedaba de su modesto salario de administrativo, tras ajustar cuentas con unas señoras muy perversas llamadas Hipoteca, Letra del Coche, Comunidad y compañía. Nutrida compañía.

Al menos, los productos caros solían valerlo. Un huevo Kinder, aparte de estar bueno de vicio, traía un fantástico artilugio para montar primero y jugar después. Doble diversión. Aunque, a veces, la sorpresa que contenía el estuchito amarillo era una estúpida figura para coleccionar. Ni montar ni jugar. ¿A quién coño podía gustarle algo así?

Parafilias aparte, vayamos al meollo de la cuestión: las bolsas de patatas fritas ni siquiera valían su precio. Después de un casi infinito número de lamentos y pucheros varios, mi madre accedía a soltar las treinta y cinco pesetas de rigor, ¡35 pesetas por una puta bolsa de patatas fritas! ¡Estaban locos! Y cuando la abrías, ¡tachán! ¡No llenaban ni la mitad del envase!

Para mi mente infantil --y no negaré que también para la actual-- esta desconcertante realidad sólo podía obedecer a dos motivos: el primero, que las patatas fritas fueran un producto de lujo. La colonia buena que veía a la entrada de El Corte Inglés (donde siempre olía muy bien y las dependientas eran muy guapas) venía en frascos diminutos y costaba una burrada. Números de cuatro cifras, en algunos casos.

Sin embargo, las patatas formaban pieza clave de la alimentación en casa, que era terreno vedado para casi todo artículo de lujo (luego explicaré el "casi"). Teoría descartada. Así pues, por terrible que fuera la segunda explicación, no había lugar para dudas: se trataba de un fraude.

Una estafa en toda regla al pueblo español. ¿Cómo era posible que el Rey y Felipe González lo permitieran? Debían de estar ocupados en otros menesteres o, peor aún, el lobby de los envasadores de patatas fritas los habría untao. Seguro que Matutano y compañía podían disparar misiles nucleares, si se les antojaba.

Había que hacer algo. Insumisión y autoconsumo, sí. La mafia de los envasadores de patatas fritas tenía un punto débil y yo lo había descubierto: la lista de ingredientes. El mismo resquicio que convertía en baladí obtener la famosa fórmula secreta de la Coca-Cola: sólo había que leérsela. Por eso la escribían tan pequeñita: para que nadie lo supiera. Pero yo disponía de las supergafas de pasta barata, correctoras de mis setenta y cuatro dioptrías por ojo, con las que podía clasificar los culos de los electrones en respingones y planos. Nada, por subatómico que fuere, escapaba a mi aguda visión de cerca.

"Patatas, aceite de oliva y sal", rezaba en una esquina de la bolsa. Todo eso lo tenía a mi alcance. También figuraban en la lista conservantes, acidulantes y otras cosas raras acabadas en "antes", que no pude encontrar por más que registré todos los cajones y armarios de la cocina. Bueno, habría que prescindir de ellos.

He de reconocer, sin embargo, que no me habría atrevido a dar mi primer paso en el arte gastronómico de no ser por el otro elemento que, junto a la bolsa estándar de patatas fritas, tenía difícil encaje en la estructura del Universo: el robot de cocina.

Imagen
Versión moderna de Agapito

El robot, al que en adelante llamaré "Agapito", era un artilugio francamente inquietante. Lo primero que llamaba la atención era su complejidad. Tenía docenas de accesorios y partes que montar y desmontar, lo que lo convertiría en objeto de mi adoración hasta el día que llegó el ZX Spectrum. Y ese grado de refinamiento tecnológico tendría que llevar aparejada una desafortunada propiedad: la de ser caro. No hacía falta que curioseara por ahí, caía por su propio peso.

Por si no fuera bastante sorprendente la presencia de un aparato valioso en Casa Pastináquez, lo que convertía la circunstancia en paranormal era que no se usaba. El destino de Agapito era permanecer guardado en un armario alto, supongo que para protegerlo de mí o a mí de él. ¿Cuál habría sido su origen y su propósito? ¿Un regalo de un hombre desconocido a mi madre? ¿Un regalo de una mujer desconocida a mi padre? O posibilidades aún más inverosímiles, como un regalo de mi padre a mi madre o viceversa.

En cualquier caso, era intolerable. Había que sacar provecho de tan costoso invento y la situación no podía ser más propicia. Doble combo: doblegábamos a la industria mafiosa de los envasadores de patatas fritas y amortizábamos la inversión en Agapito.


Manos a la obra: después de media hora de combate con el cuchillo y varios dedos cortados, pude lograr el objetivo de pelar una patata. Naturalmente, su tamaño original se vio reducido a menos de la mitad, así que hubo que repetir el sacrificio con una de sus compañeras. Obtenida la materia prima (concepto que nos habían enseñado en Sociales esa misma semana), llegó el turno de Agapito. La operación fue más decepcionante de lo esperado, por su sencillez y agilidad: con un escándalo de mil demonios, la cuchilla especial de Agapito para hacer lonchas se tragó las dos patatas en un santiamén, dejando en la cubeta el resultado esperado. Habría invertido bastante menos tiempo haciéndolo directamente con el cuchillo (pues acto seguido había que limpiar a Agapito y volverlo a almacenar), pero qué coño: ese toque de glamour no me lo iba a quitar nadie.

Llegó el turno de la sartén y el aceite, y con ellos el fallo. Sin ser consciente aún de su existencia, servidor de ustedes ya estaba iluminado por la Santa Cofradía del Puño Cerrado. Madre cocinaba con aceite y, una vez finalizada la fritanga, lo guardaba en un tarrito para reutilizarlo otro día. Conclusión inapelable: el aceite era caro. Por tanto, se imponía usar la menor cantidad posible. Unas cuantas gotas, lo justo para cubrir el expediente, que no el fondo de la sartén.

Quince cerillas después, logré encender un fogón. Por supuesto, el más grande. Sólo quedaba poner la sartén con su contenido y esperar. ¿Quién dijo que esto era complicado?

Al poco tiempo, aquello comenzó a echar humo de forma incontrolada. ¿Tan poco tardaba en freírse? Una vez apagado el fuego, ventilada la cocina y disipada la humareda, pude acercarme a contemplar el resultado de mi primera experiencia como cocinero: unas rodajas de una inclasificable materia ennegrecida. Que, por supuesto, me comí tras echar sal a posteriori (pues me acordé de repente), mientras en el aire flotaban las risas demoníacas de los mandamases de la industria patatera: "¿Qué creías, pequeño rapaz, que un mequetrefe como tú iba a hacer tambalear nuestro imperio de poder? ¡Ah, imberbe, llora como proletario lo que no pudiste obtener como chef! ¡Treinta y cinco pesetas, treinta y cinco pesetas, treinta y cinco pesetas...!"
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Mado » 26 Oct 2013 16:13

:lol: :lol: :lol: :lol:

Muy bueno Pasti :lol: .
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Dae » 26 Oct 2013 16:21

:lol: :lol: :lol:

Mi primera experiencia como peluquera.

Yo soy la mayor, y la mayor siempre ha tenido que asumir más primeras experiencias que los otros hermanos, que van aprendiendo de ti. Así que bañaba a mis hermanos, o les enseñaba a leer, les daba la merienda y llegó un momento en que se hizo patente la necesidad de contar el pelo a mi hermano de cuatro años que lucía unas greñas ya bastante imponentes.

Así que yo que tenía diez años y era muy decidida, me hice con una tijera afilada sólo lo justo y un peine.
Yo lo había visto hacer y no podía ser tan complicado, lo peor es mantener a un niño de cuatro años mucho rato quieto, pero mi hermano siempre fue un bendito y lo planté en una silla en la cocina y sentado sobre una cazuela vuelta para que me quedara más a altura, le coloqué una toalla en los hombros y empecé a cortar. Un poco por aquí, un poco por allá, las patillas y voilá.

Me quedó bastante aparente, pero claro, existe un contubernio judeo masónico para que nadie se pueda inmiscuir en los lobbys peluqueros y eso hace que las escaleras aparezcan, que se note na patilla más corta que otra y todo eso.

En esas llegó mi madre a casa y se echó las manos a la cabeza. Mi castigo: acompañar a mi hermano al barbero y que le arreglasen el estropicio lo mejor posible aunque fuera rapándolo. Mi madre no podía ir porque tenía que trabajar. Y allí me fui con mi hermano y el dinero en la cartera.

El barbero podía haberse dedicado a arreglar el estropicio, pero no, el tío quería hacer sangre y no hacía más que intentar sonsacarme: y esto quién lo ha hecho?? Pero menuda faena?? Pero quién ha sido???
Yo callaba, que era niña pero no tonta e imaginaba que si dijera que había sido yo me caería una chapa. Pero el hombre insistía e insistía, así que al final se lo tuve que decir: Ha sido mi hermana pequeña, que se ha creído que es peluquera...

Comprendan que lo hice en defensa propia. :huys:

Aquella tierna experiencia truncó la gran carrera de la que podría haber sido la Llongueras femenina de este país.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Palomedes » 26 Oct 2013 16:27

El secreto para la elaboración de las chips yo lo coloco al mismo nivel que el la de fabricación de los Stradivarius. ¿Quién no ha tratado de emularlas con resultados más que discretos?
La vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Mado » 26 Oct 2013 16:40

Ay que bueno, Dae, me has recordado algo similar que hice yo cuando era pre-adolescente. Le enjuagué el pelo con agua oxigenada a una de mis hermanas pequeñas. Quedó monísima, no se porqué mi madre se puso echa un basilisco.

Creo que ya os conté mi otra experiencia con tintes para el pelo, esta vez practicando conmigo misma. La cosa terminó con el rapado al cero de una quinceañera demasiado avanzada para su época :lol: .

Después, durante un tiempo que estuve interna practiqué mucho mas, pero ya debía de haber adquirido cierta pericia porque nadie se quejó ni puso el grito en el cielo. Al contrario, aún tengo fotos de compañeras con mis originales cortes de pelo y se las ve bien guapas.

A pesar de todo eso no salí peluquera. Las tijeras me gustaban mas para cortar otras cosas. No, no eran presupuestos, porque ahí si que no había nada que recortar :lol: .
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Pastinaca » 28 Oct 2013 13:02

Mi primer carnet de conducir

Para la mayoría de las personas, sacarse el carnet está ligado a una época feliz; aunque los exámenes en sí mismos, también para un amplio porcentaje de la población, se asocien a una variada gama de sentimientos entre el disgusto y el trauma profundo.

Para mí, no. Me lo saqué bajo presión.

Corría el año 1994 y servidor de ustedes tenía 20 años. Aunque era algo que tenía que llegar tarde o temprano, la retirada de mi pensión temporal de invalidez (lesión de espalda) nos pilló a contrapié tanto a mi madre, separada desde hacía dos años, como a mí. Se impuso volver al mercado laboral que, para alguien sin cualificación como yo, sólo ofrecía tres opciones: hostelería, comerciales y transporte urgente.

Después de haber pasado una de las peores épocas de mi vida como camarero a los 16, me había propuesto no volver jamás al ramo hostelero e hice, por consiguiente, el correspondiente juramiento subido a una loma, en una puesta de sol y mientras la cámara se alejaba con un fondo musical cinematográfico. Ante semejante despliegue artístico, no había forma de romper la promesa.

La opción comercial era aún más descartable: con mis nulas habilidades sociales y de palabra, no habría podido vender una cantimplora de agua fresca a un grupo de beduinos sedientos. Por eliminación, mi destino estaba en la mensajería urgente, concretamente en su vertiente más económica: la de moto. Tenía que sacarme en carnet a la mayor brevedad posible.


Vertiente económica, entre otras cosas, porque el "A" se podía sacar por libre sin demasiados quebraderos de cabeza. De hecho, el trámite más engorroso era acudir a la infausta Jefatura de Tráfico de la madrileña calle Arturo Soria, desde la que partían colas que, en el mejor de los casos, llegaban hasta el Puente de San Fernando. Si había epidemia de gripe y por tanto de bajas funcionariales, había que irse casi hasta Alcalá de Henares para apropiarse de un sitio en la fila. La cual era invariablemente peinada por no menos de dos docenas de comerciales a sueldo de las correspondientes gestorías, clínicas de certificados médicos y talleres de fabricación de matrículas que rodeaban el edificio público como buitres leonados ante un cadáver de ñu.

Lo primero era el examen teórico. Para eso, recurrí al terríblemente eficaz método de estudio de las "flashcards", que resultó ser un completo éxito. Pedí a mi vecino que desempolvara su viejo Commodore 128 y me lo prestara, bastándome un par de semanas para hacer el programa de flashcards en BASIC, introducir todo el temario del Código de Circulación en una "base de datos" y, luego, hacer lo propio en mi cabeza. Sólo cometí un par de fallos leves.


El práctico fue otro cantar. Tráfico permitía ir por libre, pero a condición de que alguien con carnet acompañara al candidato. Para ello, recurrí a uno de mis mejores amigos del Instituto; quien, pese a todo lo ocurrido, siguió y sigue siéndolo. Lo llamaremos "Tato".

Era pleno invierno y teníamos que levantarnos a unas horas intempestivas para encontrar aparcamiento razonablemente cerca de la tienda de alquiler de motocicletas de la calle Conde Duque, que, en aquellos tiempos, ejercía su labor en régimen de monopolio de facto en la Capital. Y bien que lo cobraba, por supuesto.

Una vez soltado alquiler y fianza por anticipado, tocaba morirse literalmente de frío hasta Móstoles, en una perezosa Vespa 125. Imagínense ese pequeño hierro de ocho o nueve caballos cargando con dos mastuerzos de metro ochenta --y sus toneladas de ropa adicionales-- en mitad de la criminal hora punta madrileña.

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El Circuito Infernal, cuya mera visión provoca sudores fríos en buena parte de los que tenemos carnet de moto. Curiosamente, a mí se me daba perfecta la prueba que a la mayoría de la gente se le atraganta: la C, el paso por la tabla estrecha.


Lo de las pistas de tráfico mostoleñas fue aún más surrealista. Después de presentar los papeles, nos fuimos a un espacio vacío a 500 m del Circuito Infernal. Palabras casi textuales de Tato: "no sé cuándo te van a llamar. Puede ser dentro de un minuto o en dos horas. En ese lapso indefinido de tiempo, tienes que aprender a conducir en moto. Yo me quedaré allí en las oficinas, atento a tu nombre. Si te llaman, saldré gritando o haciendo gestos. Espero que no nos jodan por saltarnos el turno o algo así".

Con esa incertidumbre y mi sistema nervioso central aún más desquiciado, me puse a intentar domar la fierecilla. Por supuesto, me cai al suelo una vez, haciendo un abollón en el guardabarros o aleta delantera. Mientras levantaba del suelo el sorprendentemente pesado vehículo, vi la fianza irse volando en forma de dos o tres billetes de 5000 con sus alitas, como en los tebeos, mientras por mis mejillas resbalaban los correspondientes lagrimones.

Me llegó el turno y, según Tato, no lo hice mal. Puse el pie en el suelo en la primera prueba, pero eso sólo constituía falta leve. Mas a la postre me suspendieron porque, al parecer, rocé uno de los conos de la penúltima prueba. Vuelta a Madrid, discusión inútil con el de la tienda de Conde Duque (para intentar recuperar, al menos, parte de la fianza) y a casa con la frustración.

De ahí lo de "surrealista". Con un poco de suerte, se podía aprender a manejar una moto en media hora, aprobar el examen y montarse inmediatamente en un bicharraco de 160 caballos capaz de rozar los 300 km/h. Si se poseía ya el carnet de coche, no había lugar a la "ele" y su limitación de 80 el primer año. Para qué negarlo, tampoco había lugar en los demás casos.


Tenía una oportunidad extra, dos semanas más tarde. Mientras tanto, ya me había llegado mi propia moto, una Vespa 200 de 1985 que adquirí por 30 000 pesetas. Con ella me fui --ilegalmente, claro-- a la réplica del Circuito Infernal que había en mi ciudad dormitorio. Allí dominé la cuestión con facilidad, aunque había un vicio oculto que me pasó inadvertido: mi Vespa tenía el embrague tan destensado que provocaba que, aunque apretara a fondo la manilla, la moto siguiera avanzando.

Esto suponía una ayuda y, en cierto modo, una trampa evidente: se podía olvidar uno de la mano del embrague y concentrarse en los demás retos, puesto que la moto avanzaba siempre a la velocidad justa para avanzar y mantener el equilibrio. Desgraciadamente, Tráfico obligaba a hacer el examen libre con una moto de alquiler. Quizá era precisamente para evitar estos truquillos.


Pasaron los días y llegó de nuevo la noche sin dormir, amanecer a un par de grados, despertar a Tato y marchar a Móstoles City. Dos semanas antes nos habíamos percatado que, al lado de las pistas, había un pequeño negocio de alquiler de motos, mucho más barato que el de Conde Duque (cosa que no tenía mucho mérito: lo difícil es que hubiera sido más caro). Gran idea y gran error.

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El Circuito Infernal no era tanto una prueba de habilidad ciclística como de templanza y aplomo. Estaba el circuito en sí y un pequeño edificio acristalado donde se alojaban, en invierno, tanto los examinadores como los candidatos. En verano, la gente prefería sestear en unas gradas dispuestas al efecto.

El horror psicológico era el mismo en ambos casos. Después de que te nombraran y tras lograr reducir las pulsaciones por minuto del corazón a una cifra por debajo de 200, tocaba subir a la Vespa de los cojones y colocarte en la línea de salida, a la espera de que saliera una orden ininteligible por los vetustos altavoces.

Mientras tanto, un batallón de tíos sobradísimos, de ésos que antes de obtener el carnet ya son capaces de conducir una 500 de carreras con los pies y tumbados en el asiento mientras se hacen una Torre de Pisa con palillos, y de batir el récord de vuelta del Jarama en tales circunstancias, te están mirando con unas intenciones más que evidentes: descojonarse de ti.

En realidad, no: a esas alturas, están hasta los huevos de ver meteduras de pata, caídas y torpezas varias, que tienen gracia las dos o tres primeras veces. A partir de ese momento, se concentran en lo suyo: cigarritos, porritos, anécdotas de la mili... Pero cuando estás ahí parado, completamente solo, helándote bajo el tímido sol de enero, esperando a que suene el "BXSKXVPWFBRSTSTEZCOMENZARSSSGTTS" a tus espaldas, lo que imaginas es que hay cuarenta pares de ojos atentísimos tras ese cristal tintado, dándose pequeños codazos entre sí, esperando a que sueltes el embrague violentamente, la Vespa se encabrite, salgáis despedidos ella hacia Cuatro Vientos y tú a Navalcarnero, y se puedan desternillar como jamás lo han hecho en su puta vida, ni siquiera fumados.

En tales relajantes circunstancias, volví a afrontar el Circuito Infernal. E inmediatamente comprendí el problema del embrague. Si mi propia Vespa era un viejo caballo indolente, aquella 125 alquilada era un bisonte salvaje hasta el culo de cocaína. Su embrague y su cambio eran tan cabrones, que no llegué ni a los quince segundos de participación: no había forma de saber si tenía la primera, la segunda o el punto muerto engranados, y saltaba de unas posiciones a otras por cuenta propia. Pie a tierra una vez. Pie a tierra una segunda vez. Nervios desquiciados, cordura definitivamente perdida y, por último, moto calada y al suelo. Por fortuna, pude retenerla para que el aterrizaje fuera suave y no dejara marca. A Tato casi le dio una apoplejía.


Al salir de Móstoles, ya tenía claro que no iba a volver a molestarlo más, aunque no sabía cómo. Mientras tanto, tocaba renovar papeles: Junta Provincial de Arturo Soria, colas medidas en años-luz, comerciales moscones, [s]impuesto revolucionario[/s] tasas adicionales... todo sutilmente diseñado para que te congratules con la belleza del Universo.


Más prácticas al margen de la ley, corregido ya el embrague de mi Vespa y consciente de que mis prácticas anteriores habían sido una gilipollez: sólo me había faltado ponerme dos ruedecitas extras a los lados, como a las bicis de los niños pequeños.

Ya había articulado mi siguiente estrategia: llegaría a Móstoles e intentaría "alquilar" la Vespa a cualquier otro de los candidatos. Tan sólo me bastaron dos intentos para encontrar a una pareja de polis locales, siendo ella la que se examinaba, que accedieron gustosamente a dejarme su montura. Creo que meterse mi billete de cinco mil al bolsillo lo hicieron con mayor gusto aún.

Y lo conseguí, ¡sí! Uno de esos pequeños momentos de felicidad, dándole vueltas a ese tríptico rosa con mi horrible foto grapada en una esquina.


Sólo tarde cinco días en firmar mi primer contrato en una mensajería de Tetuán y seis en pegarme la hostia en la calle Principe de Vergara (frenar con una Vespa mientras pasas por encima de una plancha de acero mojada a 70 km/h no es la mejor de las ideas), pero ya les he dado suficiente coñazo por hoy.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Katharo » 28 Oct 2013 14:04

lo del carnet me ha recordado cuando me expulsaron del curso de carnet de camión. Aún me descojono cuando recuerdo la escena. Los arrestados formábamos justo enfrente de la cantina de oficiales, y a hay viene el teniente de trasportes todo borrachón (como casi siempre) a pasar lista a los arrestados y disponer la tarea pertinente. Cuando escucha mi nombre se le enciende la bombilla y me recuerda de algo, me pregunta si estoy en el curso y cuando le digo que si, empieza a contorsionarse y ponerse rojo mientras grita que no quiere drogadictos (una noche el oficial de guardia nos reventó una partida de cartas nocturna en la que había alcohol, y algún que otro porro y nos cayeron 14 días de arresto por ello); por un momento pensé en pedirle por favor si podía separarse un poco pk apestaba a vino pero fui listo y no dije nada, solo intentaba no reírme en su cara. En fin, cuando mando romper filas nos descojonamos; lo malo de esos arrestos era que entrabas en una dinámica de la que era complicado salir, recuerdo que la tarea habitual en otoño era barrer las hojas de los putos álamos, menuda gilipollez, por eso en lugar de eso lo normal era ir a la cantina y tal...
Joder, no recuerdo el nombre de ese teniente...pobre hombre.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor eLeyeLe » 28 Oct 2013 15:51

Mi carnet de conducir, el único que tengo, me costo sangre. Literalmente, vaya.
Mi padre daba la brasa con que teníamos que sacarnos el carnet, pero como estudiábamos fuera de casa, en vacaciones nunca veíamos el momento, entre otras razones porque en vacaciones siempre teníamos que estudiar y porque teníamos un elenco de amistades con carnet y coche que desmotivaba bastante. Hablo en plural porque mi hermana y yo nos llevamos un año y hacíamos el mismo curso, la misma vida casi... Además, en mi casa sólo había un coche, a parte del de mi padre INTOCABLE, y siendo cinco hermanos la probabilidad de que me tocara a mi conducir era cero.
Total, que el verano de tercero nos sacamos el teórico, mi hermana también el práctico pero yo me había pasado el verano preparando la Micro y eso pesaba mucho, ella se dejo la Micro para febrero y yo deje el práctico para Navidades...y en Navidades, la primera clase me estrelle con el coche de la autoescuela, así que enseguida me colgaron el cartel de candidata a renovar papeles porque esta no aprueba el 8 de enero... Sólo tenía una oportunidad, si no aprobaba ese día tenía que renovar papeles para verano y yo, la verdad, estaba un poco hasta el moño de tener medio carnet. Además, tenía un examen el día 9, fui con el tiempo justo a suspender y salir corriendo a coger el autobús a Granada para examinarme de una de las Farmas.
Bueno, pues me acuerdo perfectamente de que cuando me llamaron salí como los que van al patíbulo, abrí la puerta del coche con tal decisión que me di en la cabeza y me abrí una buena brecha en la ceja...me apreté con la mano de derecha la sangre mientras daba al contacto...y el coche se caló con un elegante salto, como correspondía puesto que la capulla anterior me había dejado una marcha metida.
- A ver, un minutito...dije con pinta de loca, seguro. Y me limpie la ceja con la manga de la cazadora, puse punto muerto, y salí...- quiere que aparque o algo?- le pregunte al examinador... Y notaba el churrete de sangre por la sien...
Y me dijo que no, no, vuelva al punto de salida.
Pero me aprobó. Me dijo que me veía muy resuelta.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Pastinaca » 01 Nov 2013 15:23

Qué delicado el hombre. Anda que dijo: "vaya usted un momento a la enfermería, que la esperamos".

Aunque intuyo que prefiere usted el aprobado a los modales.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Pastinaca » 01 Nov 2013 15:37

Mi primera operación quirúrgica

Aviso previo: este escrito contiene detalles escabrosos para los hombres que lo lean, así como algo escatológicos para el público en general. Un poquito nada más, ¿eh? Incluso Gloria podrá leerlo sin que le entren deseos de atizarme. Pese a lo cual, me atizará.

Los más atentos habrán deducido, del disclaimer anterior, que el operado fui yo y la víctima principal mi minipene, a la que llamaremos "Alubia" de aquí en adelante. En femenino, además.

Imagen
Alubia a escala 1:1

Desde bien temprano, quedó claro que a Alubia le habíamos comprado un jersey de cuello alto varias tallas más pequeño de lo recomendable. Consecuencia: quitarle el jersey era tan complicado como arrebatarle la gorra al cantante de AC/DC, que todos sospechábamos que iba a rosca. De haber vislumbrado los posteriores acontecimientos, el tema se habría dado por zanjado; pero mis padres creían, como era lógico, que iba a tener una vida sexual razonablemente activa y normal. Lo que anticipaba determinados contratiempos que exigían una actuación preventiva.

Además, para qué negarlo, ahí dentro no entraba el aire y los gérmenes campaban a sus anchas, organizando partidas de cinquillo y cursos intensivos de macramé a escala microscópica. La palabra que define este tipo de asentamiento bacteriano apareció hace unas semanas en Iniciados, cortesía de Zero, y habrá que repetirla: esmegma. El vulgarismo de bar da más pistas acerca de su carácter nauseabundo: "requesón". Descapullar a Alubia provocaba el éxodo de toda la población de aves en diez kilómetros a la redonda. Y los ornitólogos locales ya nos habían llamado la atención.

Así pues, aproximadamente cuando cumplía la primera década de existencia, me tocó debutar en la consulta del urólogo. El dictamen no se hizo esperar, con dos palabras terribles pronunciadas a lo Darth Vader, desde el interior de una oscura máscara resistente a las armas químico-bacteriológicas: fimosis y quirófano.

Glups.


El centro hospitalario ya acojonaba por sí solo. Uno, en su ingenuidad, esperaba un edificio de aspecto más o menos moderno como La Paz o el Ramón y Cajal. Aquella mole de trazas victorianas, cuyo nombre y localización he olvidado, traía ecos de operaciones efectuadas sin anestesia, heridos de guerra agonizando en atestadas habitaciones de altos techos y sacerdotes dando los últimos sacramentos a frenético ritmo. Todo muy tranquilizador. La terrorífica consulta del practicante, en comparación, daba tanto miedo como los monstruos de Barrio Sésamo.

Para "aliviar" un poco el alarmante estado de mi sistema nervioso, nos citaron para después de comer y no se pronunció mi nombre hasta pasada la puesta del Sol. Durante la espera comprendí el drama de los condenados a muerte que aguardan durante años, sin saber si el día siguiente será El Día. Estuve tentado varias veces a levantarme del asiento de plástico y gritar a pleno pulmón: "¡Joder, metédmela en una picadora de carne si es preciso, pero hacedlo ya o perderé lo poco que me resta de cordura!".

Finalmente, el sacerdote, el juez y el celador hicieron acto de presencia en la sala de espera y, después de intentar en vano capturar a mi corazón, que había saltado de mi pecho para salir corriendo por el pasillo, me condujeron solemnemente al patíbulo, que se alzaba en forma de camilla bajo un foco de potencia similar a los del Santiago Bernabéu. Siguiendo con el catálogo de ingenuidades cruelmente mancillado, en vez de un ceñudo y canoso cirujano, encorbatado y con pulcros zapatos negros asomando bajo su bata, me encontré a un sujeto de treinta y tantos años, con uniforme verde de manga corta y visiblemente molesto, dada la avanzada hora de la tarde.

"Ayudante" y cabreado. Aquello iba a ser una carnicería.


Ahondando en el cúmulo de sensaciones desagradables, a la incertidumbre y al acojonamiento se añadió el robo de mi dignidad: no me dejaron en ropa interior para proporcionarme un batín ligero con el nombre del hospital bordado en un lateral. No, aquello fue a lo bestia: quítate la chaqueta, bájate los pantalones y los calzoncillos y túmbate ahí boca arriba. Con botines y todo.

Más o menos en el momento en el que me embardurnaban de ombligo a rodillas con Betadine congelado, Alubia descubrió de qué iba la función y a quién habían otorgado el papel principal. No se lo pensó dos veces: aprovechando sus reducidas dimensiones, escapó a la bolsa escrotal y colocó delante a la pareja de machacas que eran mis testículos, con adusto gesto y agresivo ademán, para finalmente hallar cobijo y parapeto en las profundidades de mi hueso pélvico, aferrada al punto G. Lo cual constituía un problemón, dado que aún no se sabía de su existencia. Complicado es luchar contra lo desconocido.

El cirujano no trató de disimular su enfado ante este nuevo contratiempo. La mera visión de ese individuo con barba de tres días, armado de jeringuillas y bisturíes y jurando en esperanto, con mi entrepierna a su plena disposición, complicó aún más el panorama: la autoconfianza de mis huevos duró menos que una bolsita de cannabis a la puerta de un colegio. Empujándose el uno al otro, corrieron en dirección a mi garganta, con tan mala suerte que quedaron atascados en el estrechamiento del pubis, bloqueando la salida. Para sacar a Alubia de su búnker había que llamar a los S.W.A.T. u Hombres de Harrelson, que es como los conocíamos por estas latitudes.


La enfermera veterana que asistía la operación se mostró algo más comprensiva y, después de instar al carnicero a que dejara de blandir sus afilados metales e invitarle a que saliera a tomar un cortado de máquina, se acercó al cabecero de la camilla:

--¿Cómo te llamas, hijo mío?
--Pa-pastinaca.
--Muy bien, Pasnitaca. Sabes que te sobra pellejito en la colita, ¿verdad?
--Sí.
--Y que tenemos que cortarlo, pero sabes no te va a doler nada, ¿sí?
--Sí.
--Y sabes que esta operación, Paniscata, es vital para que el transcurso de tu devenir sexual se torne exitoso y resulte posible proporcionar la semillita de veintitrés cromosomas que, a la postre, transmita la herencia genética de tus ancestros a las generaciones venideras y afiance la gloria de tu linaje familiar, ¿cierto?
--Noséquécojoneshadicho pero sí.
--Ahora, Tapiocaca, tenemos que lograr que tu colita se haga grande. Porque se hace grande, ¿no?

Me ruboricé levemente. Ella sonrió.

--A ver, ¿qué chica de la tele te gusta? ¿Jane Fonda? ¿Farrah Fawcett?
--No.
--¿Silvia Marsó? ¿Eva Nasarre? ¿"Bea", la de Verano Azul?
--No. No. No.
--¿Norma Duval? ¿Susana Estrada? ¿Ginger Lynn?
--No. No. ¿"Yinyerlín"?
--Alguna chica hará que tu colita se haga grande, Panishostias.

Mi rostro adquirió un tinte rojo tomate. Tanto por la confesión que iba a admitir, como por el hecho de que aludiera de forma tan repipi a lo que era una mera erección.

--Brooke Shields con calcetines largos a rayas.
--No te oigo, cariño.
--Brooke Shields con calcetines largos a rayas.
--Harrybelafonte, hijo mío: si no hablas más alto, no podremos hacer que tu colita se haga grande y no podrás macharte a casa con todas estas jeringuillas que te voy a regalar por portante tan bien. Así que dímelo alto y claro.
--Brooke Shields con calcetines largos a rayas.

Imagen

Me daba una vergüenza terrible admitir que tenía una absurda pero profunda fijación por las chicas guapas con calcetines por encima de la rodilla, fetichismo que he conservado hasta hoy con plena intensidad. Mientras los técnicos de Pantone Inc. se aprestaban a tomar una muestra de mis mejillas para registar su Rojo Intenso y Apasionado Que-te-cagas, yo rememoraba la imagen que, desde hacía unas semanas, turbaba mis noches de otoño. Fugazmente, durante un programa de televisión, había aparecido la reseña de una película; o quizá de un libro, qué sabía yo: nada menos que Brooke Shields, la chica más bonita del planeta, con un vestidito blanco y unos grandiosos leotardos a rayas rojas y negras. Aún no tenía edad para masturbarme, pero sí para sufrir un priapismo contumaz que, si bien en circunstancias normales merecería apenas un par de comentarios jocosos sobre tiendas de campaña matinales, se convertiría en un serio problema a partir de esa noche, durante el período de postoperatorio.

--¿Bruksqué?

La suerte se convirtió en mi aliada y, en el cajón inferior de la mesilla de uno de los celadores, apareció un recorte de Interviú con la fotito de marras. Llevados la señorita Escudos y sus leotardos a mi presencia y puestos ante mis desorbitados ojos, se descadenó en mi interior un torrente químico de proporciones oceánicas. Mis cuatro litros de sangre fueron llamados a combate y se dirigieron en presta formación a convertir a Alubia en el suburbano de Hong-Kong en hora punta; de tal forma que, durante unos instantes, se me conoció como el John Holmes de Chamartín. Lamentablemente, la falta de riego sanguíneo en mi cerebro me hizo perder temporalmente la consciencia y no pude disfrutar, por primera y única ocasión en mi vida, de la sensación de tener una polla de dimensiones decentes.

Mis testículos recibieron un impacto tal que, incluso hoy en día, desconocen qué fue lo que les propinó semejante hostia. Alubia salió disparada y se irguió cual Empire State Building, enorme y orgullosa, provocando vítores y aplausos en la concurrencia. Incluso el cirujano, que se asomaba desde fuera con el café en el vasito de plástico, exclamó un "¡Coñó!" de estupefacción. Sí, con acento en la última O.

Por supuesto, el fenómeno fue efímero, pero duró las suficientes décimas de segundo como para que las enfermeras corrieran raudas a amarrar a Alubia antes de que volviera a minimizarse. Consciente del engaño al que había sido sometida, fue presa de la desesperación:

--¡Abusonas! ¡Fascistas! ¡Hijas de puta! ¡Ya podréis conmigo! ¡Pezqueñines no, gracias: debéis dejarnos crecer! --todo ello, mientras se retorcía y escupía orines a sus captoras.

Intentando pasar desapercibido en mitad del tumulto, yo iba escondiendo la cabeza entre los hombros, como si también necesitara una circuncisión a lo Luis XVI. No me sirvió de nada. Unos segundos antes de ser amordazada y sedada, Alubia reparó en mí y lanzó su terrible maldición:

--¡Y tú, Iscariote! ¡Juro por lo más sagrado, por la turgencia de mis cuerpos cavernosos, que jamás sabrás en qué dirección saldrá el chorro de pis!

Y a fe que la promesa se cumplió, atándome de por vida a una fregona y un cubo con lejía en cada visita al urinario.


La intervención, como pueden suponer ustedes, transcurrió sin novedad dado que era más sencilla que el mecanismo de un timbre de bici. El cirujano era a su vez anestesista y fue, inicialmente, demasiado parco en la administración de las inyecciones, por lo que me propinó varios cortes en vivo que sólo mis desesperados ruegos lograron detener.

El postoperatorio sólo trajo una consecuencia positiva: ser eximido de la clase de gimnasia. Los días pasaron largos y tediosos en compañía de Black, nuestro perro raza dobermann que, hacía un año, había pasado por un trance similar: en su caso, le cortaron orejas y rabo. Porque, a fin de cuentas, pasear a un perro asesino era casi lo único que me estaba permitido, dado que la televisión había quedado terminantemente prohibida. Cualquier erección, por leve que fuera, podría hacer saltar todos los puntos y convertir los tajazos sin anestesia del quirófano en una caricia, en comparación.

Finalmente, al cabo de unos días, los vendajes fueron retirados y Alubia quedó con un aspecto aún más ridículamente pequeño. Pero más limpia y limpiable, eso sí. Hasta olía bien. Aparte de la maldición de las meadas fuera de tiesto, jamás volvió a dirigirme la palabra y nuestra relación ha estado marcada por la indiferencia. Sobre todo desde que, en una de las sesiones de pajas del instituto (cada uno la suya, "sin mariconadas" que diría Torrente), fuera calificada como "la polla más fea de todo Primero".

Es lo que tienen las prisas.
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Palomedes
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Palomedes » 01 Nov 2013 16:00

Fimosis y esmegma... Creo que alguien va a experimentar intensos orgasmos.

:adora: ¡Premio Rafa Nadal de Novela ya! :adora:
La vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan.
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Cotton
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Cotton » 01 Nov 2013 16:30

-clapping Eso, eso, lo le propongo como Ganador de Mucorelatos
"No te acerques a una cabra por delante, a un caballo por detrás y a un tonto por ningún lado"
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Lía » 01 Nov 2013 16:30

Es genial. -clapping
Quién quiere un príncipe pudiendo elegir al mendigo. :be:
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Pastinaca » 01 Nov 2013 16:32

Cotton escribió:Mucorelatos

XD
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Cotton » 01 Nov 2013 16:47

:venti:
"No te acerques a una cabra por delante, a un caballo por detrás y a un tonto por ningún lado"
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Dae » 01 Nov 2013 17:54

:lol: :lol: :lol:

Ay qué jartá a reir, pobre Pasti :lol:
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor greta » 01 Nov 2013 20:07

:lol:

Genial relato. Un diez Mister Pasti; con su permiso me lo guardo.
:adora:
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Pastinaca » 01 Nov 2013 20:20

Muchas gracias a todos.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Mado » 01 Nov 2013 20:40

Me ha encantado :lol:

Tengo que preguntarle a mi parejo cómo fue lo suyo, porque también él está circuncidado y jamas me ha hablado de ello. Aunque lo mas probable es que no se acuerde de nada -grin
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Re: Mi primera colonia, Chispas.e se pone

Mensajepor eLeyeLe » 01 Nov 2013 22:12

A mi también me parece genial.

Por cierto, la referencia a Holmes me ha hecho recordar que un caño viví en una residencia femenina de monjas y tenía un galápago, le puse Jhon Holmes porque con tanta fémina me pareció lo mejor. Cuando la monja entraba al cuarto, siempre le pedíamos hermana, salude a Jhon Holmes, no ve lo contento que se pone al verla, si parece que se crece y todo... Y cuando salía nos descojonabamos.



Por sí alguien no lo sabe, es un actor porno muy muy bien dotado, por entonces circulaba una foto en la que el aparato le rodeaba el muslo...sin fotoshop, que creo que aún no se había inventado!
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Catalina » 01 Nov 2013 22:58

jajjjajajajjajajajjajajajajaj ayyyyyy Pastinaca hijo, te has superado, casi me meo encima de la risa... :lol: :lol: :lol: :lol:


Me puedo quedar con esta parte?? :adora:
--¿Cómo te llamas, hijo mío?
--Pa-pastinaca.
--Muy bien, Pasnitaca. Sabes que te sobra pellejito en la colita, ¿verdad?
--Sí.
--Y que tenemos que cortarlo, pero sabes no te va a doler nada, ¿sí?
--Sí.
--Y sabes que esta operación, Paniscata, es vital para que el transcurso de tu devenir sexual se torne exitoso y resulte posible proporcionar la semillita de veintitrés cromosomas que, a la postre, transmita la herencia genética de tus ancestros a las generaciones venideras y afiance la gloria de tu linaje familiar, ¿cierto?
--Noséquécojoneshadicho pero sí.
--Ahora, Tapiocaca, tenemos que lograr que tu colita se haga grande. Porque se hace grande, ¿no?

Me ruboricé levemente. Ella sonrió.

--A ver, ¿qué chica de la tele te gusta? ¿Jane Fonda? ¿Farrah Fawcett?
--No.
--¿Silvia Marsó? ¿Eva Nasarre? ¿"Bea", la de Verano Azul?
--No. No. No.
--¿Norma Duval? ¿Susana Estrada? ¿Ginger Lynn?
--No. No. ¿"Yinyerlín"?
--Alguna chica hará que tu colita se haga grande, Panishostias.


El tema de la circuncisión me fascina, gracias por hacerme tan feliz tonight :lol:
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Telémaco » 01 Nov 2013 23:01

Realmente es muy bueno. Gracias por compartirlo. :lol: :lol:
Que el dinero no da la felicidad, que el sexo estropea la amistad y que no hay mal que por bien no venga lo dijo todo el mismo imbécil.
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Pastinaca
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Pastinaca » 01 Nov 2013 23:09

Hostia. Un elogio de Catalina. Hacía mí.

Señoras y señores: recojan sus bártulos, echen un último polvete, pónganse guapos y prepárense para la implosión del Universo.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Don Vito » 01 Nov 2013 23:11

¿Es como un pedo hacia dentro?
Ohú!!

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