Mi primera colonia, Chispas.

Radio patio funcionando. ¿Cómo son los foreros?¿A qué saben, a que huelen, qué les gusta, que odian? Para hablar de nosotros mismos, mismamente
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Gloria » 05 Nov 2013 14:55

Bueno, quizá eso miedo no, pero incómodo sí, para qué están las escaleritas? Además no me gusta ir en barca, ni en los chismes esos a pedales con toboganes que se alquilan por horas en las playas, y jamás he ido a un parque acuático, ni creo que lo haga.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Gloria » 05 Nov 2013 15:26

Thor nillo escribió:Qué bien suena eso del Cine Doré. No sé donde está, nunca fui.


El Cine Doré.

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Su cafetería.

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Y la librería especializada en cine, que comparte espacio con la cafetería.

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Es un sitio al que me gusta mucho ir.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Thor nillo » 05 Nov 2013 17:36

Sí que es chulo, sí.


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El brillante, no es lo mesmo, no.

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Además de los zarajos, hay estas otras románticas especialidades. Nada mejor que unos calamares con Kepchup antes de ir a los toros con la novia al tendido de sol, que torea el juli.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Pastinaca » 14 Dic 2013 19:13

Mi primera risa inoportuna

No es necesario ser muy sagaz, y me consta que ustedes lo son, para anticipar que esta vivencia está metida aquí con un calzador tamaño Yao Ming. Para cuando uno ha alcanzado la cuarta década de existencia, imprimir el historial de ataques de risa inapropiados agotaría cualquier cartucho de impresora: en aquel examen, en aquel funeral, la primera vez que se vio un pene... es lo traumático y lo maravilloso de esas carcajadas contenidas: aprovechan la peor oportunidad para salir en estampida.

Si lo incluyo en "Mi primera colonia: Chispas" es porque, de lo contrario, tendré que recurrir a los dos sobreros. Así le doy continuidad a este hilo sin hacer descender apreciablemente el listón de calidad.


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Situémonos. Durante un año estuve trabajando como conductor en una campa de vehículos de importación. Desde que llegan en barco hasta que parten a los correspondientes concesionarios, estos coches han de pasar por una serie de procesos. Para lo cual, han de ser conducidos de un sitio a otro. Por si ustedes creían que su flamante coche nuevo tenía "cero kilómetros".

Voy a usar terminología militar para hacer esto más comprensible: los trabajadores de campa nos dividíamos en escuadras de entre cinco y ocho hombres a mando de un cabo, que era quien manejaba la furgoneta correspondiente. Cada escuadra realizaba sus propias misiones a lo largo del día: llevar cuarenta Volvos a donde los camiones portacoches, trasladar cinco Opel con golpes al taller de pintura, etc. Cada soldadito agarraba el vehículo que el cabo señalaba, lo llevaba al sitio correspondiente y esperaba a que la furgoneta lo recogiera para, junto a los demás, marchar a por el siguiente automóvil.

Dirigiendo las operaciones a pie de tierra estaba el sargento Basilio, que no es que resultara simplemente feo: era la reencarnación humana de cierto extraterrestre comegatos que se hizo famoso en una telecomedia estadounidense ochentera. No voy a completar la información para no dar demasiadas referencias; pero, si aún con eso no caen, tomen enlace.


Aquel día parecía uno de tantos. A media mañana, estábamos con la labor rutinaria de mover unos Honda, algo muy agradecido dado que a los coches japoneses sólo había que meterles el manual en castellano en la guantera y pista. Nada que ver con los cascajos estadounidenses, rumanos o indios, que necesitaban unos ligeros retoques estéticos para ser presentables ante un posible comprador. Y por su bien que se quedara en "posible".

Acabado de aparcar el octavo japo, me dispuse a observar la cópula de unos dicharacheros batracios al otro lado del vallado metálico, mientras esperaba la llegada de nuestra furgo. Tardó bastante: quince largos minutos. Cuando apareció por una de las "calles", comprendí la razón: al volante no se encontraba nuestro cabo Víctor, sino Basilio. A veces, el sargento "fusionaba" temporalmente su propia escuadra con otra, para supervisar alguna operación logística de extrema importancia o simplemente porque le salía de los cojones. Aquella mañana nos tocó a nosotros.

Así que ahí estaba nuestra furgo de nueve plazas abarrotada con catorce tíos. Pero no de forma uniforme: la butaca doble al lado de Basilio permanecía vacía, mientras atrás se había encajado todo el mundo de manera berberechil. Nadie quería ponerse al lado del sargento. No es que fuera mala persona, pero carecía por completo de sentido del humor.

Naturalmente, en cuanto paró a mi lado intenté meterme atrás pero no hubo forma, incluso embistiendo con todas mis ganas: terminaba siendo despedido cual cáscara de pipa impregnada en babas. Y es que las leyes de la física son inexorables y no tienen compasión de los pobres soldaditos rasos. Así que no tuve más remedio que abrir la portezuela del copiloto y sentarme delante, bien pegadito a la puerta para que la distancia que me separaba del sargento Basilio no fuera inferior a cuatro o cinco años-luz.

La sobrecargada furgoneta Citroën se puso en marcha perezosamente, en medio de un profundo y sobrecogedor silencio. Nuestras escuadras solían estar llenas de vida, con bromas, chascarrillos, comentarios deportivos, anécdotas sexuales convenientemente exageradas... menos cuando Basilio entraba en escena, que quedaban reducidas a algún carraspeo esporádico.

Al doblar por la calle nueve y escuchar por enésima vez el hostión que el sargento le metía a la segunda marcha, tuve un horrible presentimiento. ¿Estábamos todos o todavía faltaba algún compañero por recoger? De ser así y para hacerle sitio, tendría yo que trasladar mi culo en dirección izquierda para aposentarlo... al lado del culo de Basilio. Sólo de imaginarlo me entraron escalofríos.

Escalofríos que se transformaron en un horror helado al aparecer una paticorta figura detrás de un monovolumen Hyundai: nada menos que Esteban. Era él el que faltaba por recoger. El hijo de puta de Esteban, que siempre estaba riéndose del sargento y de su cara --naturalmente, cuando no estaba cerca-- y, lo que es peor, tratando de comprometer a los demás en su presencia. Ya me la lió en una ocasión en la que el Gran Feo estaba a nuestro lado dando unas instrucciones al cabo Víctor con el sol de cara y adoptando unas expresiones faciales indescriptibles: el cabronazo de Esteban comenzó a reírse disimuladamente y yo me las vi y me las deseé para aguantarme.


La situación era crítica. Esteban caminaba distraído en nuestra dirección. Iba a querer subirse a la furgoneta, obligándome a moverme. Dejándome a mí entre él y el sargento. Una bomba de relojería. ¿Qué podía hacer? ¿Fingir un ataque al corazón? ¿Fingir una cagalera? ¿No fingirlos y simplemente sufrirlos, acontecimientos bastante probables dadas las circunstancias? ¿Abrir la guantera y, con las pelusas de mierda, los clips, los CD de Camela, los guantes mugrosos y todos de la mano izquierda, y los recibos caducados del seguro, armar y hacer estallar una bomba nuclear?

Ya no había tiempo. Esteban había abierto la puerta y me miraba con expresión de "¿qué cojones te pasa, Pasti? ¿Te mueves o nos tiramos el resto del día aquí?". Como medida desesperada, pensé en bajarme e invitar a Esteban a ocupar el asiento central. Pero un insospechado y repelente atisbo de compasión se apoderó de mí. Habría sido un desplante demasiado evidente. Como ya he dicho, el sargento no era mal tío. Quizá ni siquiera en su casa lo querían. A lo mejor sus únicos amigos los tenía aquí, en el trabajo.

Suspiré, quizá por última vez y, encomendándome a todos los dioses que lograba recordar, trasladé mi osamenta al asiento contiguo. Esteban me cerró la escapatoria al lado derecho y allí arrancamos los tres hombro contra hombro, mientras detrás se acomodaban pie contra mejilla, glúteo contra tobillo y oreja contra testículo.

El tormento dio comienzo. Primera. Segunda, con sus pertinentes rascado y "cagoenDios". Tercera. El silencio era cada vez más denso: de haber encendido alguien un mechero, habríamos saltado por los aires. Segunda. Doblar una calle secundaria. Tercera. Yo trababa de respirar lenta y profundamente: aspirar... espirar... aspirar... espirar... De momento, mis tripas se hallaban en calma. Procuraba no pensar en el sargento que tenía a mi lado, en sus negras y encrespadas cejas y en ese bulbo que portaba por nariz. Esteban, por suerte, parecía no responder a la sugerente invitación al cachondeo: miraba por la ventanilla en dirección a las montañas, mientras meditaba profundamente acerca de la manera en la que iba a empotrar su nuevo subwoofer Cerwin Vega de dos mil vatios en el maletero de su Cupra tuneado.

Parecía que iba a salir indemne del trance. Cinco minutos más y llegaríamos a nuestro destino. Las "fusiones" solían durar pocos viajes y, en cualquier caso, sólo había una posibilidad entre dieciséis de tener que volver a ocupar el Sitio Maldito. Un poquito más y estaría a salvo.


Siempre que el sargento no se pusiera a cantar.


Porque si le daba por arrancarse con los cánticos rituales de la tierra, se desencadenaría el Apocalipsis. ¿Es necesario que les revele qué pasó a continuación?

Mañanitas de febrero, son mañanitas con niebla;
si te acercas al olivo, te mojarás la chaqueta.
Que no salgas, que no salgas, hoy de tu casa que nieva.
No te quites del fogón, no dejes no la chimenea.


La aterciopelada voz del sargento Basilio dibujó trazos de tabaco negro y vino Don Simón en el aire matinal del puerto, provocando la apresurada huida de una bandada de sorprendidas gaviotas. Yo cerré los ojos y apreté los párpados como el condenado que ha escuchado el "fuego" del pelotón de ejecución. Ahí, en la oscuridad, pude sentir como Esteban me daba tres disimulados codazos en el michelín derecho. Sí, hijo de la grandísima puta, ya sé que el feo está cantando y que te lo vas a pasar de miedo.

No vayáis mozos al prado, que está mojada la hierba.
Malos se hallan los campos y hay barro en la carretera.
En invierno por la tarde, cuando llueve y cuando nieva,
a los portales del pueblo, se van a jugar las viejas.


Al llegar a las "viejas", los botecitos de nuestra butaca crecieron en ritmo e intensidad: Esteban se estaba ya descojonando, aunque aún conseguía ahogar los sonidos en la manga de su abrigo reflectante. Mis párpados ya se habían fusionado de tanto apretar, así que continué con los puños. Detrás, alguien tosía disimuladamente. Debajo de la tos se adivinaba la risa, pero el sargento continuaba con la tonadilla:

Salid mozitas al baile, a lucir vuestros vestidos
porque después de casadas, no faltarán los suspiros


La sangre goteaba lentamente de mis puños, puesto que las uñas ya las tenía clavadas hasta la media luna. Mis tripas pugnaban por arrancar como un viejo avión a hélices, pistonazo a pistonazo, mientras mis músculos abdominales trataban de contenerlas como policías impotentes ante una horda de quinceañeras locas por la llegada de Justin Bieber.

Vengo de los toros, he bebido vino,

Y no hacía falta jurarlo: flotaba en el ambiente. Otra risa ahogada detrás.

traigo una botella, traigo una botella, para mis amigos.

Esteban comenzaba a retorcerse en el asiento. Por mi parte, intentaba pensar en algo triste, en algo tremendo, en el Holocausto, en las purgas stalinistas, en mi historial sentimental, en la discografía del dúo Pimpinella. Pero ya era muy tarde: iba a estallar de un momento a otro.

Y de repente, Deus ex machina, llegó el cabo Jacinto con su habitual pachorra, se situó en paralelo a nosotros y se puso a informar al sargento no sé qué de unos Chrysler. Yo aproveché para soltar el aire y hundir profundamente el puño ensangrentado en las tripas de Esteban; cosa que me dolió mucho más que a él, puesto que siguió retorciéndose de forma aún más violenta. Cabrón.

Finalmente, Basilio cedió el mando del equipo a Víctor y se fue, murmurando blasfemias, a ver qué había pasado con un coche que llevaban una mañana entera buscando. Bendito sea el disléxico que lo aparcó en la plaza A1010 en vez de la A0101.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Lía » 14 Dic 2013 21:58

:lol:

Eres tremendo. :be:

Mañana me voy al monte, si hago una foto bonita... :wink:
Quién quiere un príncipe pudiendo elegir al mendigo. :be:
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Dae » 14 Dic 2013 22:09

Me he tronchado leyéndolo. :lol:
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Thor nillo » 15 Dic 2013 10:07

Pues yo creía que iba a pasar algo. ¡Que al final no hay risa!¡Llega el cabo jacinto….¿Y la risa qué?

Este Pastinaca es como Dostoievski. En 250 páginas que llevo todavía no ha pasado nada. Está muy bien, pero….¿?
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Pastinaca » 15 Dic 2013 10:13

La risa llega cuando se benefician al hipopótamo. Pero hay que saber leer entre líneas.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Katharo » 15 Dic 2013 12:07

Pastinaca escribió:Mi primera risa inoportuna

No es necesario ser muy sagaz, y me consta que ustedes lo son, para anticipar que esta vivencia está metida aquí con un calzador tamaño Yao Ming. Para cuando uno ha alcanzado la cuarta década de existencia, imprimir el historial de ataques de risa inapropiados agotaría cualquier cartucho de impresora: en aquel examen, en aquel funeral, la primera vez que se vio un pene... es lo traumático y lo maravilloso de esas carcajadas contenidas: aprovechan la peor oportunidad para salir en estampida.

Si lo incluyo en "Mi primera colonia: Chispas" es porque, de lo contrario, tendré que recurrir a los dos sobreros. Así le doy continuidad a este hilo sin hacer descender apreciablemente el listón de calidad.


Imagen

Situémonos. Durante un año estuve trabajando como conductor en una campa de vehículos de importación. Desde que llegan en barco hasta que parten a los correspondientes concesionarios, estos coches han de pasar por una serie de procesos. Para lo cual, han de ser conducidos de un sitio a otro. Por si ustedes creían que su flamante coche nuevo tenía "cero kilómetros".

Voy a usar terminología militar para hacer esto más comprensible: los trabajadores de campa nos dividíamos en escuadras de entre cinco y ocho hombres a mando de un cabo, que era quien manejaba la furgoneta correspondiente. Cada escuadra realizaba sus propias misiones a lo largo del día: llevar cuarenta Volvos a donde los camiones portacoches, trasladar cinco Opel con golpes al taller de pintura, etc. Cada soldadito agarraba el vehículo que el cabo señalaba, lo llevaba al sitio correspondiente y esperaba a que la furgoneta lo recogiera para, junto a los demás, marchar a por el siguiente automóvil.

Dirigiendo las operaciones a pie de tierra estaba el sargento Basilio, que no es que resultara simplemente feo: era la reencarnación humana de cierto extraterrestre comegatos que se hizo famoso en una telecomedia estadounidense ochentera. No voy a completar la información para no dar demasiadas referencias; pero, si aún con eso no caen, tomen enlace.


Aquel día parecía uno de tantos. A media mañana, estábamos con la labor rutinaria de mover unos Honda, algo muy agradecido dado que a los coches japoneses sólo había que meterles el manual en castellano en la guantera y pista. Nada que ver con los cascajos estadounidenses, rumanos o indios, que necesitaban unos ligeros retoques estéticos para ser presentables ante un posible comprador. Y por su bien que se quedara en "posible".

Acabado de aparcar el octavo japo, me dispuse a observar la cópula de unos dicharacheros batracios al otro lado del vallado metálico, mientras esperaba la llegada de nuestra furgo. Tardó bastante: quince largos minutos. Cuando apareció por una de las "calles", comprendí la razón: al volante no se encontraba nuestro cabo Víctor, sino Basilio. A veces, el sargento "fusionaba" temporalmente su propia escuadra con otra, para supervisar alguna operación logística de extrema importancia o simplemente porque le salía de los cojones. Aquella mañana nos tocó a nosotros.

Así que ahí estaba nuestra furgo de nueve plazas abarrotada con catorce tíos. Pero no de forma uniforme: la butaca doble al lado de Basilio permanecía vacía, mientras atrás se había encajado todo el mundo de manera berberechil. Nadie quería ponerse al lado del sargento. No es que fuera mala persona, pero carecía por completo de sentido del humor.

Naturalmente, en cuanto paró a mi lado intenté meterme atrás pero no hubo forma, incluso embistiendo con todas mis ganas: terminaba siendo despedido cual cáscara de pipa impregnada en babas. Y es que las leyes de la física son inexorables y no tienen compasión de los pobres soldaditos rasos. Así que no tuve más remedio que abrir la portezuela del copiloto y sentarme delante, bien pegadito a la puerta para que la distancia que me separaba del sargento Basilio no fuera inferior a cuatro o cinco años-luz.

La sobrecargada furgoneta Citroën se puso en marcha perezosamente, en medio de un profundo y sobrecogedor silencio. Nuestras escuadras solían estar llenas de vida, con bromas, chascarrillos, comentarios deportivos, anécdotas sexuales convenientemente exageradas... menos cuando Basilio entraba en escena, que quedaban reducidas a algún carraspeo esporádico.

Al doblar por la calle nueve y escuchar por enésima vez el hostión que el sargento le metía a la segunda marcha, tuve un horrible presentimiento. ¿Estábamos todos o todavía faltaba algún compañero por recoger? De ser así y para hacerle sitio, tendría yo que trasladar mi culo en dirección izquierda para aposentarlo... al lado del culo de Basilio. Sólo de imaginarlo me entraron escalofríos.

Escalofríos que se transformaron en un horror helado al aparecer una paticorta figura detrás de un monovolumen Hyundai: nada menos que Esteban. Era él el que faltaba por recoger. El hijo de puta de Esteban, que siempre estaba riéndose del sargento y de su cara --naturalmente, cuando no estaba cerca-- y, lo que es peor, tratando de comprometer a los demás en su presencia. Ya me la lió en una ocasión en la que el Gran Feo estaba a nuestro lado dando unas instrucciones al cabo Víctor con el sol de cara y adoptando unas expresiones faciales indescriptibles: el cabronazo de Esteban comenzó a reírse disimuladamente y yo me las vi y me las deseé para aguantarme.


La situación era crítica. Esteban caminaba distraído en nuestra dirección. Iba a querer subirse a la furgoneta, obligándome a moverme. Dejándome a mí entre él y el sargento. Una bomba de relojería. ¿Qué podía hacer? ¿Fingir un ataque al corazón? ¿Fingir una cagalera? ¿No fingirlos y simplemente sufrirlos, acontecimientos bastante probables dadas las circunstancias? ¿Abrir la guantera y, con las pelusas de mierda, los clips, los CD de Camela, los guantes mugrosos y todos de la mano izquierda, y los recibos caducados del seguro, armar y hacer estallar una bomba nuclear?

Ya no había tiempo. Esteban había abierto la puerta y me miraba con expresión de "¿qué cojones te pasa, Pasti? ¿Te mueves o nos tiramos el resto del día aquí?". Como medida desesperada, pensé en bajarme e invitar a Esteban a ocupar el asiento central. Pero un insospechado y repelente atisbo de compasión se apoderó de mí. Habría sido un desplante demasiado evidente. Como ya he dicho, el sargento no era mal tío. Quizá ni siquiera en su casa lo querían. A lo mejor sus únicos amigos los tenía aquí, en el trabajo.

Suspiré, quizá por última vez y, encomendándome a todos los dioses que lograba recordar, trasladé mi osamenta al asiento contiguo. Esteban me cerró la escapatoria al lado derecho y allí arrancamos los tres hombro contra hombro, mientras detrás se acomodaban pie contra mejilla, glúteo contra tobillo y oreja contra testículo.

El tormento dio comienzo. Primera. Segunda, con sus pertinentes rascado y "cagoenDios". Tercera. El silencio era cada vez más denso: de haber encendido alguien un mechero, habríamos saltado por los aires. Segunda. Doblar una calle secundaria. Tercera. Yo trababa de respirar lenta y profundamente: aspirar... espirar... aspirar... espirar... De momento, mis tripas se hallaban en calma. Procuraba no pensar en el sargento que tenía a mi lado, en sus negras y encrespadas cejas y en ese bulbo que portaba por nariz. Esteban, por suerte, parecía no responder a la sugerente invitación al cachondeo: miraba por la ventanilla en dirección a las montañas, mientras meditaba profundamente acerca de la manera en la que iba a empotrar su nuevo subwoofer Cerwin Vega de dos mil vatios en el maletero de su Cupra tuneado.

Parecía que iba a salir indemne del trance. Cinco minutos más y llegaríamos a nuestro destino. Las "fusiones" solían durar pocos viajes y, en cualquier caso, sólo había una posibilidad entre dieciséis de tener que volver a ocupar el Sitio Maldito. Un poquito más y estaría a salvo.


Siempre que el sargento no se pusiera a cantar.


Porque si le daba por arrancarse con los cánticos rituales de la tierra, se desencadenaría el Apocalipsis. ¿Es necesario que les revele qué pasó a continuación?

Mañanitas de febrero, son mañanitas con niebla;
si te acercas al olivo, te mojarás la chaqueta.
Que no salgas, que no salgas, hoy de tu casa que nieva.
No te quites del fogón, no dejes no la chimenea.


La aterciopelada voz del sargento Basilio dibujó trazos de tabaco negro y vino Don Simón en el aire matinal del puerto, provocando la apresurada huida de una bandada de sorprendidas gaviotas. Yo cerré los ojos y apreté los párpados como el condenado que ha escuchado el "fuego" del pelotón de ejecución. Ahí, en la oscuridad, pude sentir como Esteban me daba tres disimulados codazos en el michelín derecho. Sí, hijo de la grandísima puta, ya sé que el feo está cantando y que te lo vas a pasar de miedo.

No vayáis mozos al prado, que está mojada la hierba.
Malos se hallan los campos y hay barro en la carretera.
En invierno por la tarde, cuando llueve y cuando nieva,
a los portales del pueblo, se van a jugar las viejas.


Al llegar a las "viejas", los botecitos de nuestra butaca crecieron en ritmo e intensidad: Esteban se estaba ya descojonando, aunque aún conseguía ahogar los sonidos en la manga de su abrigo reflectante. Mis párpados ya se habían fusionado de tanto apretar, así que continué con los puños. Detrás, alguien tosía disimuladamente. Debajo de la tos se adivinaba la risa, pero el sargento continuaba con la tonadilla:

Salid mozitas al baile, a lucir vuestros vestidos
porque después de casadas, no faltarán los suspiros


La sangre goteaba lentamente de mis puños, puesto que las uñas ya las tenía clavadas hasta la media luna. Mis tripas pugnaban por arrancar como un viejo avión a hélices, pistonazo a pistonazo, mientras mis músculos abdominales trataban de contenerlas como policías impotentes ante una horda de quinceañeras locas por la llegada de Justin Bieber.

Vengo de los toros, he bebido vino,

Y no hacía falta jurarlo: flotaba en el ambiente. Otra risa ahogada detrás.

traigo una botella, traigo una botella, para mis amigos.

Esteban comenzaba a retorcerse en el asiento. Por mi parte, intentaba pensar en algo triste, en algo tremendo, en el Holocausto, en las purgas stalinistas, en mi historial sentimental, en la discografía del dúo Pimpinella. Pero ya era muy tarde: iba a estallar de un momento a otro.

Y de repente, Deus ex machina, llegó el cabo Jacinto con su habitual pachorra, se situó en paralelo a nosotros y se puso a informar al sargento no sé qué de unos Chrysler. Yo aproveché para soltar el aire y hundir profundamente el puño ensangrentado en las tripas de Esteban; cosa que me dolió mucho más que a él, puesto que siguió retorciéndose de forma aún más violenta. Cabrón.

Finalmente, Basilio cedió el mando del equipo a Víctor y se fue, murmurando blasfemias, a ver qué había pasado con un coche que llevaban una mañana entera buscando. Bendito sea el disléxico que lo aparcó en la plaza A1010 en vez de la A0101.

Resumen por favor. :blin
"Libertad sin Socialismo es privilegio e injusticia y Socialismo sin libertad es esclavitud y brutalidad". M.A.B.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Pastinaca » 15 Dic 2013 12:11

El asesino es el mayordomo y yo soy tu padre, Luke.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Katharo » 15 Dic 2013 12:13

Pastinaca escribió:El asesino es el mayordomo y yo soy tu padre, Luke.
jajajajaja :blin
"Libertad sin Socialismo es privilegio e injusticia y Socialismo sin libertad es esclavitud y brutalidad". M.A.B.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Gloria » 15 Dic 2013 12:15

Coño, Luke, qué recuerdos...
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Dae » 29 Dic 2013 11:17

Mi primer beso.

No sé si se podrá contar como el primer beso. El primer beso con un chico y en serio, fue un beso robado, que no lo robé yo, que me lo robaron a mí.
Resulta que mi mundo transcurría rodeado de chicas, amigas en la escalera, amigas en el colegio que era sólo de chicas, compañeras de trabajo en el restaurante de mi madre...
Las oportunidades de conocer chicos no eran muchas, aún así los conocía claro, pero de lejos, no con la intimidad suficiente para robar besos, aunque tampoco sé si me hubiera atrevido a robar alguno. Porque la verdad es que yo no me veía como para que nadie deseara robarme uno a mí, o siquiera compartirlo de buen grado.
El caso es que en un verano en Galicia sí habíamos tenido mi hermana y yo un amigo que era un fresco, pero aquel en lugar de ser romántico y ansiar besos buscaba toqueteos más carnales, siempre quería jugar a los médicos y su especialidad era operar de apéndice, primero nos metía una piedra en las bragas y luego metía la mano para buscarla mientras nos hacía tumbarnos y estarnos quietas, una primero y otra después, pero él tendría nueve años y nosotras siete y ocho, así que tampoco le sacábamos mucho interés a juegos tan lascivos, pero nunca le dió por besarnos. Él quería ser cirujano.

Luego en mi adolescencia tuve que empezar a trabajar en el restaurante de mis padres y ahí empecé a tratar con más gente, no sólo chicas, allí me pilló el desarrollo y me convertí en mujer antes de darme cuenta. Tendría yo a la sazón quince años cuando era ya una jovencita de la misma altura que ahora y con los mismos atributos que ahora, muy romántica, tímida y vergonzosa y con unas ideas sobre el amor que no correspondían mucho quizás con la realidad.
Yo andaría sorbiendo los mocos por algún mozo, si hiciera memoria podría recordar cual, pero no es de lo que yo venía a hablarles.
Una noche estaba yo en el restaurante y había habido una despedida de soltero, había muchas por aquellos entonces, quizás la gente se casaba mucho o quizás eran muy expresivos para las despedidas. Eran chicos jóvenes, desde dieciocho hasta treinta años, no sé si serían de algún centro de trabajo, no lo recuerdo.
El restaurante de mis padres tenía un aro con unos cortinones a la puerta para que el aire al abrir la puerta de la calle no golpeara de repente a los comensales. Eran unos cortinones de terciopelo granates, como el de un escenario de un cine antiguo, cuando se abría para dejar paso a la pantalla.
De hecho este también se abría así y se recogía con unos cordones dorados cuando uno quería ventilar, o no había nadie sentado, y se cerraba cuando bajaba la temperatura.
Detrás de uno de los laterales estaba el guardarropa, donde se colocaban los abrigos de las señoras, los chaquetones de los señores.
El cortinón creaba un espacio de intimidad, que daba paso al hueco del guardarropa. A veces se nos colaba alguien en el guardarropa queriendo salir a la calle y sinceramente nunca me expliqué muy bien cómo se podían perder en cuatro metros cuadrados. Pero se ve que la noche les confundía.
Ese día estaba yo buscando un abrigo de pieles de la señora de la mesa diez que se marchaban, y a la vez salían los de la despedida de soltero, les sentía pasar por delante del cortinón, y esperé, porque el espacio era reducido para pasar todos, cuando sentí que disminuía el tráfico aparté mi cortina y a la vez entró en el círculo uno de los muchachos jóvenes de la despedida. Llevaba el pelo un poco largo, como se llevaba entonces y era el más joven de la mesa. Habíamos cambiado algunas miradas de esas de "si yo quisiera y tú te dejaras" pero sin ir más allá, casi nos chocamos, el abrigo de piel entre ambos. Nos quedamos parados, y ninguno reculó. Yo por la sorpresa, él no sé por qué, el caso es que bajé los ojos y no le vi venir, me agarró de la nuca y me atrajo a él a la vez que él se acercaba. Posó sus labios sobre los míos, entreabiertos, no un beso casto pero tampoco un beso con lengua de los que ahogan. Yo sentía su aliento en mi boca y pensaba a la par que tenía que empujarle, abofetearle, indignarme, rechazarle, pero las piernas me flaqueaban y la verdad, tampoco me apetecía hacerlo.
Así que le devolví el beso, no porque no me lo quisiera quedar, sino porque quería darle lo mismo que él me daba a mí.

Nos separó que la cortina se abrió y apareció una de las camareras, que dió un gritito al ver la escena.

Él me soltó, me sonrío muy de cerca, de hecho yo sólo le ví sonreir con los ojos. Y acariciándome la mejilla se fue.

Mi compañera me cogió el abrigo, dijo algo como que la de la mesa diez se estaba impacientando y yo me quedé recostada contra la pared del ropero mientras recuperaba el control de mis piernas.

Al salir, mi compañera me dijo en un susurro: - Se te ha quedado cara de tonta...

Yo le dije: - No...

Y ella me interrumpió: No te preocupes, no se lo diré a tu madre.

Nunca le volví a ver, no sé cómo se llamaba, ni a que se dedicaba, ni si él recuerda el beso -seguro que no- pero nunca he olvidado aquel beso. El beso que puso fin a mi niñez.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Gloria » 29 Dic 2013 11:20

Yo no recuerdo mi primer beso.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Dae » 29 Dic 2013 11:33

:dragon :dragon :dragon
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Gloria » 29 Dic 2013 11:50

Pero me acuerdo de otros, no es para tanto. -grin
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Pastinaca » 29 Dic 2013 11:58

Siempre he sentido sana envidia por los "alfa" capaces de hacer algo así.

Al ver a Dae aquí, he corrido a por un café y un segundo desayuno, para disfrutar el relato como se merece. Y no ha decepcionado.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Jaguar » 29 Dic 2013 12:02

Una historia muy bonita y emotiva, Dae, como casi todo cuanto escribes :be:

Yo tampoco recuerdo ahora mi primer beso, la verdad. Tengo la mente un tanto confusa al respecto, aunque sé que debió ser entre 7º y 8º de EGB, que era cuando empecé a tontear con las chicas y lo de besarse con ellas se hizo habitual. Pero ya digo, no recuerdo el primero de todos.

Sí que recuerdo el primer polvo, que tenía yo 15 añitos, pero no me apetece ahora ponerme a contarlo. Además, fue con una vecina de donde yo vivía, una mujer que debía tener por aquel entonces más de 40 años, así que mejor me callo, porque tras algunas cosas que he leído en otro hilo, quizá alguien se escandalice y piense que fui objeto de algún tipo de abuso sexual, cuando nada más lejos de la verdad: lo que me enseñó aquella señora no tiene precio y le estaré eternamente agradecido.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Dae » 29 Dic 2013 12:05

Pastinaca escribió:
Al ver a Dae aquí, he corrido a por un café y un segundo desayuno, para disfrutar el relato como se merece. Y no ha decepcionado.



Yo te robaría un beso a ti. :chuc:
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Dae » 29 Dic 2013 12:06

Jaguar escribió:Una historia muy bonita y emotiva, Dae, como casi todo cuanto escribes :be:

.


Sisisi, mejor deja pasar unos días para contar algo así. :chuc:
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Pastinaca » 29 Dic 2013 12:08

Yo lo di con casi treinta años y no tuvo nada de especial: me estaban enseñando. Además y por desgracia, las bocas humanas me dan algo que se sitúa entre el recelo y el asco.

Por eso no escribiré ninguna historia al respecto.

Gracias, Dae. ¿Va a haber más en los próximos días? ¡Sí, sí, sí!
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Dae » 29 Dic 2013 12:13

Besos robados o relatos? :lol:

Yo siempre fui muy asquerosita para todo, para beber por el vaso que había bebido otro, por ejemplo, mi madre de hecho desconfiaba de que alguna vez tuviera alguna relación que implicara ciertas guarradas, pero bueno... se ve que lo superé.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Pastinaca » 29 Dic 2013 12:18

Relatos. Lo de los besos robados me temo que, salvo que se inventen las ciberbocas USB para besarse a distancia, iba a ser complicado.
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Jaguar » 29 Dic 2013 12:19

Jajajaja, pues esto puede que os dé un poco de repelús, Dae y Pasti, pero en mi época en el insti era frecuente pasarnos los chicles mascados de boca a boca (eso sí, en mi caso al menos siempre chico-chica o viceversa) :lol:
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Re: Mi primera colonia, Chispas.

Mensajepor Dae » 29 Dic 2013 12:20

Jaguar escribió:Jajajaja, pues esto puede que os dé un poco de repelús, Dae y Pasti, pero en mi época en el insti era frecuente pasarnos los chicles mascados de boca a boca (eso sí, en mi caso al menos siempre chico-chica o viceversa) :lol:



Puaj. Me ha recordado el chiste de los enamorados besándose, él que tenía catarro y ella que se queja que le ha pasado el chicle. :lol:

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