Los origenes igualitarios y democráticos de la Castilla fernangonzaliana

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Los origenes igualitarios y democráticos de la Castilla fernangonzaliana

Mensajepor comandante cero » 16 Sep 2016 23:06

Como respuesta a algunos foreros, que parece que están obsesionados con Castilla, incluso se la imaginan con cuernos y rabo, he decidido, explicar la historia de sus orígenes y algunas de las importantes aportaciones que hizo la Castilla fernangonzaliana: El Fuero, los Jueces, con todo un sistema de derecho. Por otra se puede comprobar que en la formación de Castilla no intervino ningún exclusivismo de sangre, sino que es el resultado de la integración de la población residual de los días de Celtiberia y Roma y de la dominación visigoda; más la emigración de Sur, es decir mozárabe, a lo que hay que añadir un componente importantísimo: el FORAMONTANO. Es decir los procedentes de los valles del norte, astures, cántabros, vascos, e incluso gallegos. Pero el componente más importante evidentemente es el vasco. Finalmente pido perdón a los foreros por extenderme tanto, pero no es fácil resumir los tres tomos de la Historia del Condado de Castilla, de Fray Justo Pérez de Urbel, importante medievalista, aparte de las consultas de otros textos de Fray Valentín de la Cruz, cronista oficial (jubilado) de la provincia de Burgos, como de otro importante medievalista, Menéndez Pidal:

Castilla nació como nombre y como unidad administrativa, el 15 de septiembre del año 800. El acta que levantaron el abad Vitulo y su hermano el presbítero Ervigio, apenas tuvo resonancia. Por aquella fecha el mundo, la estrecha parcela del planeta que entonces merecía ese nombre, estaba pendiente de la marcha de Carlomagno sobre Roma, ciudad en la que esperaba ser ungido Emperador de Occidente por el papa León III. Castilla se acunaba en un riente valle norteño y, aquella noche, los hombres atrevidos que la habían engendrado tuvieron su primer sueño de libertad. El notario y sacerdote Lope había escrito, recogiendo el sentir de aquellos primeros foramontanos:

“De común acuerdo, alegres, y sin temer nuestra inexperiencia, oyendo a la Escritura, que dice: `dad lo terreno y adquirid lo celestial´ nosotros, oh Señor, te damos lo que de tu mano hemos recibido y te ofrecemos estos sacrosantos altares de los santos Emeterio y Celedonio, Martín y Esteban, el levita, y te entregamos y concedemos, y lo confirmamos por esta escritura de testamento, nuestras almas y nuestros cuerpos, con todas nuestras cosas, con las que ganamos y con las que hemos faenado, esto es: caballos, yeguas, bueyes, vacas, burros, ovejas, cabras, puercos, lechos, vestidos, casullas, libros, cálices, patenas, cruces, vajillas de plata, bronce y madera y todas nuestras presuras, que con la ayuda de Dios hemos ocupado, y sus tierras, en las cuales alzamos iglesias desde sus fundamentos, iniciamos los cultivos, plantamos, edificamos casas y almacenes, hórreos, lagares, cuadras, huertos, molinos, pomaradas, viñas y otros muchos árboles frutales”. (Cartulario de San Millán de la Cogolla).

Ciento veintinueve años después de este nacimiento, en cuyo embrión se advierten todas las características de la futura Castilla, aparece en la historia Fernán González. Es el día quinto de las calendas de febrero del año de la Era 967. Desde ese día, podemos asomarnos con certeza al alma de Castilla a través de su buen Conde.

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¿Cómo ha evolucionado y crecido aquella diminuta e inadvertida Castilla del año 800 en estas trece décadas? ¿Cuál es su situación y presencia en el día de su encuentro con Fernán González? Geográficamente, Castilla ha crecido; lenta e irreversiblemente los castellanos han ensanchado los breves linderos de su tierra primitiva. Estos versos de la cuaderna vía nos gritan la voluntad del crecimiento:

“Entonces era Castilla toda una alcaldía;
magüer que era pobre e de poca valía
nunca de buenos homes fue Castilla vacía;
de cuáles ellos fueron paresce hoy en día.
Varones castellanos este fue su cuidado:
de llegar su señor el más alto estado:
de una alcaldía pobre ficiéronla condado”


He citado los versos del Poema de Fernán González; pero, sus versos de la cuaderna vía, los mencionaré como ecos probables de una latente realidad. Pero aviso que la Castilla de 929, no está de acuerdo con el autor, que escribió su Poema en los años finales del siglo XIII. Al autor entusiasmado, le convenía ofrecer una imagen del su héroe, espectacular y meritoria. Le convenía un conquistador de tierras, un precursor de la Castilla de mar a mar que el poeta conocía.

“Cobrarás de la tierra una grande partida”
Profetiza el monje Pelayo al dictado del Mester de Clerecía, que halla en la expansión castellana una de las grandezas de Fernán González.
“Todos tres fueron buenos, mas Fernando el mejor,
ce quitó muy grandes tierras al moro Almanzor”


“Ensanchó en Castilla una muy gran partida”

No. Fernán González no cobró grandes partidas de tierra, ni ensanchó espectacularmente los linderos castellanos. Las tierras que entregó a su hijo García Fernández fueron cuantitativamente las mismas que él recibiera, ampliadas al sur al principio de su mandación, pero reducidas al oeste. No hay que buscar la grandeza fernangonzaliana en el ensanchamiento de fronteras, pero tampoco hay que aceptar la conocida estrofa:

“Entonces era Castilla un pequeño rincón,
era de castellanos Montes de Oca mojón,
e de la otra parte Fitero al fondón.
Moros tenían a Carazo en aquella sazón…”


Ese adverbio intemporal –entonces- tiene un sentido de evocación legendaria, de eco no definido. Pero sólo en parte cuenta la verdad. El pequeño rincón castellano era mayor que el reino de Navarra, y que los principados pirenaicos (Sobrarbe, Ribagorza, Aragón) y los condados catalanes. Castilla era un pequeño rincón si se compara con el futuro reino, abarcando más de la mitad de la península.

En aquella sazón no había moros en Carazo. A finales del siglo IX las vanguardias foramontanas se habían clavado en la orilla derecha del Arlanzón. Diego Porcelos funda Burgos (884) y Nuño Núñez restaura Castrojeriz; de esa forma la línea que posibilita el asiento de los colonizadores abarca desde “peñas arriba” (se refiere a la partición de La Montaña por las crestas de los montes en “Peñas arriba” y “Peñas abajo”, la franja costera) hasta el río donde, más adelante, acampará Mío Cid. Pero la lucha no cesa y se crea otra faja, como escudo protector, y entre finales del siglo IX y principios del X, nace la línea defensiva del Arlanza.

Entonces surge Lara. Se conocen los nombres de sus fundadores. Pero el combate continúa y un rosario de fortaleza asegura los campos recuperados por los castellanos.

Pero Gonzalo Fernández, el fundador de Lara y padre de una estirpe regia, sigue avanzando por el Este, al flanco de Gonzalo Téllez. Nuño Núñez empuja por el Oeste y los sarracenos caen en otro foso, en el del Duero. Los caudillos cristianos quieren entregar a la colonización plena las tierras entre el Arlanzón y el Arlanza y establecen en las orillas de aquel gran río las defensas. Los viejos anales señalan con regocijo la campaña del año 912, en aquel año los bastiones castellanos se robustecieron con nuevos nombres: Roa, Clunia, Aza y San Esteban. El Duero, pues, era la fortaleza castellana en la tercera década del siglo X.

El mar de los cántabros señalaba la frontera al Norte. Este noble pueblo era como la base se Castilla. Los cronicones lo denominan “la Patria”. Su suelo intacto de pies árabes en la parte de “peñas abajo”, era la última reserva de la expansión; si ésta fracasaba, siempre quedaba para la esperanza la “montaña”, la tierra áspera contra la que se habían estrellado romanos y visigodos y, hacía poco los árabes. El pasar los montes hacia la meseta, la audacia que ello significaba, había originado un nuevo tipo de conquistador: el FORAMONTANO.

La tierra que roza el mar entre Unquera y el Deva (las actuales Cantabria y Vizcaya) eran la frontera norte.

Al Este, Castilla se encontraba con el condado de Álava y con el reino de Navarra. Una boda hará que Castilla y Álava unan pronto sus destinos; pero, en la fecha a la que me refiero, esas mandaciones se distinguían perfectamente sin que sea fácil precisar los límites concretos. El Ebro servía de frontera, aunque la actual Rioja Baja era campo disputado por árabes y navarros. La sierra de la Demanda servía también de frontera; en sus recovecos vivían cristianos viejos, a los que ahora protegían los soldados de Lara. Desde Vinuesa, por Navaleno, la línea se descolgaba hasta Osma, ya al Sur de la tierra de los condados.

Por el Oeste, la frontera, más bien nominal, la marcaba el puerto de Piedras Luengas; Saldaña se sentía en la inercia castellana. El Carrión regaba los límites que si difuminaban luego por los campos góticos. Más abajo estaba Roa, en el extremo defensivo.

Estos eran, en el 929 los límites de Castilla. Ya entonces se podían señalar diversas regiones en aquella tierra de condados: una era la Castilla del mar, verde y montañosa; otra era la Castilla del páramo, abierta al cierzo; otra la Castilla serrana, intrincada y fría; otra era la Castilla mesetaria, generosa en trigales y viñedos. Pero no había tantos grupos castellanos como Castillas. En 929 el hombre castellano resaltaba por su diversidad, pero por otros motivos que los geográficos; en los primeros días de gobierno fernangonzaliano los castellanos eran distintos por su origen, por su sangre, aunque no en el ideal. Castilla estaba en proceso de formación y es necesario conocer los elementos formativos de su nacionalidad.

En la fundación de Castilla NO INTERVINO NINGÚN EXCLUSIVISMO DE SANGRE. Acaso haya que situar en este hecho la realidad democrática e igualitaria que tanto pondera hoy nuestro Estado. Castilla fue constituida por hombres de diversas procedencias, que, a su vez, se encontraron con elementos autóctonos de relativa importancia. Porque en la Castilla fernangonzaliana había población residual de los días de Celtiberia y Roma y de la dominación visigoda. Las devastaciones de Alfonso I, creando una tierra de nadie entre Asturias y Toledo, no debieron ser tan absolutas como dicen los viejos cronicones. De ahí que se pueden hallar aún hoy, tipos raciales celtíberos en ciertas comarcas vétero-castellanas. Ejemplos Cigüenza, Sasamón (victoria en celtíbero), Briviesca, Carazo (piedra).

La romanización fue relativa en la meseta. Clunia alcanzó, con Galba, la capitalidad del Imperio; pero el campo resultó menos permeabilizado. Así se comprenden nombres como Berberana (Villa de los Bárbaros), Cantabrana (Villa de los Cántabros), Montañana (Villa de los Montañeses), Bascuñana (Villa de los Bascones), etc. Para los godos, tampoco resultaron tentadoras estas comarcas. En la Castilla de Fernán González hay un Consortes, lugar que recuerda tal vez algunas tierras distribuidas entre los conquistadores godos. En arqueología existen valiosos testimonios de la presencia goda y muchos nombres de lugares de raíz visigótica. Pero no se sabe si estos nombres se impusieron en los tres siglos de nominación o en las décadas de la Reconquista. Según los eruditos, algunos nombres, personales como Villatomil, Villaldemiro (Villa de Teodomiro), Guímara (Villa de Guimaro), etc. se impusieron en la Reconquista; pero nombres colectivos como Villatoro y Revillagodos (Villa de los Godos) son anteriores al Guadalete.

Los elementos autóctonos de la Castilla naciente no eran despreciables y menos teniendo en cuenta al pueblo cántabro, libre e invicto al que sólo pudo hacer desaparecer como pueblo, el hecho de haberse convertido en crisol de una nueva Patria. “Castilla nace en Cantabria. En la zona montañosa comprendida entre el mar y el Alto Ebro –el país menos romanizado de España- antiguos pueblos vascocántabros, famosos en la antigüedad por sus luchas contra Roma, rebeldes al dominio visigodo, refractarios siempre a todo gobierno extranjero, rechazan a los musulmanes, al mismo tiempo que se oponen a las pretensiones imperiales del reino neogótico asturleonés. La milenaria tradición de estos pueblos, en conjunción con factores económicos y geográficos, determinan el carácter originario del estado castellano, único rincón en le Europa de aquellos tiempos –dice un eminente medievalista- en que la población fue libre, política y económicamente”.

Sobre los cántabros y restos de Celtiberia (bardulios, turmogidos, autrigones, etc.) y Roma, juntamente con las colonias marginadas de los godos, actuaron fuertes corrientes de inmigración que, al fundirse, fueron cuajando al pueblo castellano que acaudillaría Fernán González.

Una de las más claras fuentes de población manaba de las Asturias de Oviedo. Al reclamo de las franquicias y tierras más anchas que pregonaban los condes y los capitanes de fronteras, grupos numerosos de gentes dejaban sus estrechos valles norteños y hasta gallegos, para establecerse en estas zonas difíciles, pero prometedoras de pan y vino. De ahí la existencia de pueblos llamados Asturianos, Lebaniegos (de Liébana), La Gallega y Cuevagallegos.

Pero el tipo más valioso llegado de Asturias era el disconforme con la política de la monarquía neogoda. Castilla era una tierra nueva y alejada; el pernicioso centralismo de todos los tiempos no podía crecer en aquella parte periférica del reino. En consecuencia los espíritus libres, que pensaban que el “goticismo” instaurado no tenía porvenir, venían a Castilla trayendo una inquietud nueva en materia política y de derecho. La creciente enemiga al Fuero Juzgo (código legal visigodo), las novedades en materia de juicios y propiedad, reparto de tierras por la “presura” (se concedían tierras en propiedad al primero que la roturase), el sentido autónomo, la ausencia del alto clero y otros fenómenos, hace pensar en una especie de exiliados políticos que en esta parte podían realizar sus sueños de un nuevo Estado.

Del Sur, de la España irredenta, venia una fuerte corriente emigratoria. Al pueblo mozárabe, pasada la táctica de la prudencia de los primeros años, se le hacía cada día más difícil la existencia entre los árabes. Periódicamente estallaban verdaderas persecuciones contra los cristianos y se cortapisaban las libertades de que gozaban. Era un fenómeno de cada día la emigración al Norte. Comunidades enteras con sus reliquias y sus códices se establecieron junto a sus hermanos creyentes; familias y pueblos completos, reemprendieron aquí su nueva vida. Así tenemos los pueblos de Mozarbes Y Moarbes (Mozárabes), Granantera (Granadinos) e innumerables nombres de lugares de esa clara significación en las escrituras y geografía de la época.

En el tercio inferior del Arlanza se encuentra una densa colonización mozárabe, girando en torno a la abadía de San Pedro de Valeránica, uno de los escritorios más exquisitos de la Castilla condal. La repoblación del Arlanza coincide con la intensificación de la presencia mozárabe en Castilla, a raíz de la fundación de Burgos. Hasta entonces y durante una centuria, los cristianos del Sur se establecían el León, mejor defendidos. La puesta en cultivo del Arlanza inferior en la primera década del siglo X atrajo a comunidades sureñas, deseosas de vivir sus tradiciones en un entorno cristiano. Así llegaron los monjes de Valeránica, y otras colonias se establecieron en Tordómar (Torre de Agómar), Zalel, Retortillo y otros lugares de claro origen mozárabe. La ideología castellana de innovación de lo visigótico no fue obstáculo para el asentamiento de estas gentes, algunas de cuyas figuras, como Florencio, el monje (célebre calígrafo), encarnaron perfectamente la nueva mentalidad.

Ahora bien, ningún elemento humano tan numeroso como el vascón. Se puede decir que la Castilla condal es mayorazga de Vasconia. Este pueblo, orgullosamente inromanizado, había sido empujado hacia el mar desde sus viejísimas tierras del interior. Ahora vivía en unos valles húmedos, de cara al mar que acabarían enamorándole, y en unas condiciones durísimas, con nostalgia de tierras abiertas y soleadas.

“El vizcaino,
bien rico de manzanas, pobre de pan y vino”

dirá el Poema de Fernán González, haciéndose eco de la estrechura económica de la Vasconia de entonces.

Roma embridó el espíritu vascón de revancha, y los godos supieron mantenerlos también en raya militar. Pero la ocasión de volver a sus tierras ancestrales llegó en el siglo VIII. El hundimiento de la monarquía visigoda fue clave. El vasco se hizo FORAMONTANO. Se compenetró con los cántabros y los astures, con los neogodos y mozárabes y marchó hacia el Sur, llevando su lenguaje y sus brazos peleadores.

Es evidente, por la afinidad de los vascos con los iberos, que muchos nombres de los nuevos campos les resultaban familiares; pero a su paso, la toponimia resultó mayoritariamente euskera. Si desde el alto Ebro marcamos una línea hasta el Duero, por Aranda pasando la vertical por Burgos, veremos que parte de la Castilla condal que queda a nuestra derecha está saturada de vascones. Son muy frecuentes los lugares y pagos denominados Báscones o con sus derivados o compuestos como Basconcillos o Barbáscones (Barrio de Bascones).

La presencia vascona puede señalarse ya en el acta fundacional de San Miguel de Pedroso (759); algunas de las monjas firmantes de tan lejano documento tienen nombres de evidencia vasca. Junto a la misma ciudad de Burgos había una Villa Báscones; el 20 de julio del año 945 los vecinos del lugar acuerdan acogerse a la protección de la abadía de San Pedro de Cardeña y dictan un documento encabezado por sus nombres:

“Bajo el nombre de la indivisa Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo; lo que creemos con el corazón con los labios lo manifestamos. Todos nosotros vecinos de Villa Báscones: Galbarra, Galindo, Soliz, Gazo, Laztago, Fortunio, Apatiz, Ferrosanguiz, Galindo, García, Fortunio, García, Belazo, Manto, Sario, Jimeno, Fortunio, Gallopenzar, García, Jimeno, Galindo, Velasco, Ahardía, el hermano de Jimeno, Ferro, Aznar y otros muchos, juntamente con nuestras esposas y nuestros hijos, sin que nadie nos obligue o nos lo sugiera, sino de nuestra propia voluntad, para que nos beneficie en el siglo presente y sea una copiosa merced en el futuro, nos entregamos y donamos a ti, señor Iñigo, abad y a tus compañeros que contigo permanecen en el monasterio deseando la patria sobrenatural”…

La filología vascuence se espesa en las tierras orientales de la primitiva Castilla. Recorriendo, por ejemplo, el término municipal de Fresneda de la Sierra, se pueden encontrar hasta una cincuentena de topónimos euskeras (Gutia, Zualda, Fuete Uriana, Urraiza, Alcortas, Mendaño, Garsora, Mingardacho, Leturria, Ezcunubías, Alticumbea, Burgaiza, Zarzabala, Aisola, Ardubia, Azordia, Bazicarrena, Bagadia, Remendía, Úrcenas, Zarracalegua, Vizcarra, Urtaza, Orquiria, Bornucea, Zarracubía, Aizponda, Aizábala, Larrea, Zurucea…). Algunas palabras como Ur (agua) se hallan en todas sus derivaciones: Ura, Puentedura, Urrez, Urrilla, Urbión, etc.

El tema ha sido ampliamente estudiado por los eruditos que señalan, filológicamente la presencia concreta de alaveses y vizcaínos por sus desinencias dialectales. Tan eficaz resultó la presencia vascona en la formación de Castilla que es muy probable que caudillos como Fernán González hablaran, junto a un latín romanceado, algún dialecto euskera. Cuatro siglos más tarde, los jueces de Castilla seguían admitiendo, en estas partes los litigios y causas en este idioma.

Como Castilla no es hija de una etnia concreta, sino un ideal, no es extraño que hubiese también una leva participación de gentes extrañísimas: moros y judíos. Esto indica una tolerancia mayor de la que se cree dentro de las fronteras castellanas. Los judíos aparecen tempranamente en Castilla, y si no se puede, dada su especial idiosincrasia, hablar de fusión de raza, sí se puede afirmar su presencia y cooperación no sólo en los núcleos importantes, sino formando y poblando lugares exclusivos como Yudego (Judaico) Cebrecos (Hebreos). Algunos moros se incorporaron por conversión al catolicismo, por interés material o por política. En la corte de Fernán González, aparecen nombres mudéjares: los moros eran botín de guerra o, especialistas contratados para trabajos determinados. La geografía nos presenta nombres tan claros como Pinilla de los Moros, Castrillo de Muza (hoy Murcia), Zael, Torremoronta (Torre de los Moros, Mauregato (Moro Cautivo), etc.

Todas estas gentes que ha mencionado comenzaron a interesarse, a “cocerse” en el crisol de un ideal, a partir del 15 de septiembre del año 800, cuando al dictado del abad Vitulo, se escribe por primera vez en nombre de Castilla. La marcha fue lenta: cien años se tardó en recorrer la distancia entre el alto Ebro y el Duero. Varias generaciones dentro de la cortedad vital de la época, se habían transmitido la antorcha y cada una había puesto en la llama su propio aliento. Tras tanto empeño, Castilla tenía unos denominadores comunes, formaba un pueblo nuevo y distinto, en el que no había godo ni vascón, cántabro o mozárabe. Había un ideal común, cuya trama interesa conocer, porque él justifica este hecho de Castilla.
Antes, otra cuestión: ¿Cuántos eran los castellanos en 929? Sin duda, menos en número de los que hay habitan dentro de los límites primigenios: las endemias y el enemigo moro castigaban con dureza. La población estaba entonces muy diseminada, y en Castilla no había centros de la importancia de León, ni menos de Córdoba. Sin embargo, por esas fechas salen expediciones de colonizadores hacia otras regiones de la Península, incluyendo en Norte de Portugal. La toponimia nos habla de estas colonias con el nombre genérico de Castellanos.

El FORAMONTANO, el que salía del valle húmedo y se asentaba en la meseta o en el páramo, comenzaba siendo un valiente. Para hallar hombres de su categoría hay que pensar en todos aquellos que se han enfrentado con lo desconocido y lo peligroso al mismo tiempo. La meseta era tierra hollada por la caballería de las terribles “aceifas”. Córdoba tenía empeño en asfixiar a los “infieles” dentro de sus breñas; sus tropas, en algaras continuas vigilaban, destruían, mataban, cautivaban. No admitían ni cristos ni cristianos.

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Foramontanos, detalle del mural de Vela Zanetti, Arco Santa María Burgos

El FORAMONTANO luchaba con una mano y con la otra cultivaba su campo y alzaba su casa. Tenía que subsistir. Su mujer y sus hijos estaban junto a él. De esta doble tensión se derivó el poblado y el castillo. La suma y frecuencia de castillos dieron nombre a la tierra. Junto al soldado-colono aparecía el monje, también colono; iglesia, casa y castillo. Cada primavera se ocupaba una colina que inmediatamente se fortificaba. Luego se repartían las tierras abandonadas y se alzaba el humilde poblado con su iglesia, atendida por monjes. Después, a esperar el fruto de la vida, del trigo, del ganado… y el golpe del árabe. Así se ensanchó Castilla.

Estos hombres se movían impulsados por un instinto de libertad. El FORAMONTANO se convertía en ciudadano libre y se hacía una patria libre. Esta doble libertad se expresaba en dos palabras de uso común: RECONQUISTA Y FUERO. Reconquista no tiene solamente un sentido de recuperación de un bien perdido, sino de perfeccionamiento de ese mismo bien; no expresa sólo una recuperación material, de tierra, sino la construcción de un orden distinto y mejor. Para el FORAMONTANO, España era suya porque había sido de sus padres o abuelos, pero él no la quería tal como ellos la habían gozado o padecido, sino “suya”, ordenada y dominada por él, por su criterio y creencia. La patria recuperada debía depender de él, no del invasor árabe o franco –recuérdese la reacción contra Carlomagno-, ni tampoco del “señor”, ya fuera un conde de frontera o un rey teócrata.

El FORAMONTANO reclama para él, hombre que ha roto toda dependencia al pasar los puertos secos, y para su comunidad de hombres libres, un instrumento legal llamado FUERO. El fuero es antiquísimo en Castilla (el de Brañosera es del año 824) y es algo más que un pacto o un privilegio, más que prestación o una defensa, más que un derecho o una obligación. El fuero es el “clima” debido para el desarrollo de la personalidad individual y colectiva. Por eso había fuero para las villas y los señoríos, para los clérigos y para los vinateros, para los recién casados y para los soldados. Los FORAMONTANOS hicieron del fuero algo consustancial; era la exigencia de su libertad la que les había lanzado a la gran aventura. Pero hicieron algo más ; hallar las reglas del juego para que el fuero resultara igualmente justo y útil dentro de la comunidad.

Esta regla es la llamada democracia castellana, que tiene su más cabal expresión en el concejo o reunión de todos los hombres del lugar para tratar y resolver sus asuntos personales y colectivos. Concejo que siempre es abierto y a campana tañida, y al que se avocan negocios tan simples como el reparto de aguas o pastos y no tan simples como delimitar el término con otros lugares y encabezar los impuestos. A veces se llevan al concejo asuntos tan difíciles como pleitear con un abad o señor, elegir a éste en la behetría (población cuyos vecinos tenían derecho a elegir su señor). Pertenecer al concejo es ser vecino, tener casa abierta, ser apto para elegir y ser elegido, ser libre y responsable. El concejo, en los tiempos fernangonzalianos, se reúne en el pórtico de la iglesia; lo presiden los alcaldes, pero todos los vecinos tienen el derecho de preguntar y de ser respondidos. El concejo sustancia pleitos, prescribe ordenanzas, es la vida de la colectividad responsabilizada en todos y cada uno.

El concejo democrático y libre, generó inmediatamente otra gloriosa institución castellana: LOS JUECES. El autor del Poema de Fernán González antes de hablarnos de su héroe, se entretiene con los jueces y a uno de ellos, a Nuño Rasura, le hace ascendiente del protagonista. Los jueces expresaban el repudio castellano al centralismo administrativo representado entonces por la corte de León. Los jueces ahorraban al camino de León y los costos derivados; resolvían por el sistema de la “fazaña” y albedrío y daban al pueblo la sensación y la realidad de su propia independencia.

Todo un sistema de derecho nació en Castilla a impulsos de lo expedito, de lo verdadero y de lo sencillo. La “pressura” (título de propiedad sobre bienes abandonados por el enemigo); el “judicium levatum” (juicio urgente de apelación); el juramento colectivo, etcétera, son genialidades de un pueblo que había sacudido una doble opresión: la de su persona en el clasismo visigodo que perduraba tras los montes, y la Patria, parte de ella aún en manos africanas.

Hay un afán esencial en la Castilla que recibe Fernán González y que él aumentará: la fe católica. Sin ella no se concibe la ilusión de aquella vida, la perseverancia en las dificultades y la combativa intransigencia contra el invasor. Aquellos hombres vivían inmersos en una atmósfera de fe radicalizada. Todo lo impregnaba la creencia sobrenatural y no deber sorprendernos en una sociedad hija de los Concilios de Toledo. Los numerosísimos monjes son la expresión más clara de esta creencia y significaban con su inmediata presencia en la reconquista y colonización, el aliento sobrenatural de aquella épica empresa. No era Castilla un estado teocrático, pues apenas figura en ella el alto clero y las abadías no son ultrapoderosas.

Otra cosa que hay que destacar en la Castilla de las primeras décadas del siglo X: la dureza de la vida. En nuestra sociedad nos resulta difícil comprender la pobreza de aquellos tiempos, la psicosis de terror y la tensión en que vivían los hombres. A este temeroso ambiente contribuían una economía estrecha, a base de unas cosechas y ganados que mañana podían llevarse los árabes en una algara; las noticias de destrucciones, incendios y pillajes que circulaban continuamente y cuya comprobación conocían todos; la incertidumbre del mañana; le exigencia del “fonsado” (campamento) y de la hueste; la proximidad del años mil con sus infundados terrores bíblicos.

Toda hacía que el hombre se sintiera ciudadano pasajero, aunque al mismo tiempo debiera crear obras más largas que su propia vida. Tenía fe en la victoria final y en la derrota del Anticristo. Por eso es auténtico el dramatismo de estas estrofas del Poema:

“Muchas coitas pasaron nuestros antecesores,
muchos malos espantos e muchos malos sabores;
sufrieron frío e fambre, heladas e ardores;
estos vicios de agora entonce eran dolores…
Visquieron castellanos gran tiempo mala vida
en tierra muy angosta, de viandas muy fallida;
lacerados muy gran tiempo a la mayor medida,
veíanse en muy gran miedo con la gente descreída”


Se ha escrito alguna vez, con injusta manera, aquello de “Castella bellatrix”, Castilla guerreadora, como si ésta buscase la guerra por la guerra, como un pueblo de fortuna. Castilla era, en efecto guerreadora, vivía siempre con el arma a mano y mirada en el horizonte, pero no con un fin mercenario, sino como medio para alcanzar su existencia y sus fines. Castilla hubiera preferido el ruido de los molinos y de los rebaños al de las mesnadas y de las armas, pero la realidad le fue presentada de otra manera y como tal hubo de aceptarla. La bronquedad y la dureza eran sólo la apariencia de un corazón que soñaba con el hogar y el verso de los juglares. Cualquier castellano de aquellos días hubiera suscrito la confesión del Mío Cid:

“Por necesidad batallo
y, una vez puesto en la silla,
se va ensanchando Castilla
al trote de mi caballo…"
Última edición por comandante cero el 17 Sep 2016 19:23, editado 1 vez en total.
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lo tio pep
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Re: Los origenes igualitarios y democráticos de la Castilla fernangonzaliana

Mensajepor lo tio pep » 16 Sep 2016 23:44

Una historia muy romántica (como como movimiento filosófico) bonita y con bastante verdad; lo que no hay quien trague es que en una sociedad medieval, en lucha con un enemigo visceral, la nobleza no fuera expansiva manu militarti.
Por cierto ¿me puede justificar jurídicamente la separación de Castilla del reino leonés?

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