Jodida Pero Contenta.

Radio patio funcionando. ¿Cómo son los foreros?¿A qué saben, a que huelen, qué les gusta, que odian? Para hablar de nosotros mismos, mismamente
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Mensajepor Gloria » 24 May 2013 21:55

CICATRICES DE GUERRA


A veces
cuando me emborracho
las palabras me traen a casa
en un viejo triciclo de madera

Y lejos de quitarme los zapatos
y acostarme
como ocurre en estos casos
me dejan tirado en el jardín
lleno de hormigas
y con la cara pegada
al foco del alumbrado

“Eso te pasa por escribir malos poemas”
me dicen
y se marchan cantando y riendo
abrazadas
a mi última cerveza


Mario Meléndez.
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Re: JPC

Mensajepor Gloria » 24 May 2013 22:00

A batallas de amor, campo de plumas

José Manuel Caballero Bonald

Ningún vestigio tan inconsolable
como el que deja un cuerpo
entre las sábanas
y más
cuando la lasitud de la memoria
ocupa un espacio mayor
del que razonablemente le corresponde.

Linda el amanecer con la almohada
y algo jadea cerca, acaso un último
estertor adherido
a la carne, la otra vez adversaria
emanación del tedio estacionándose
entre los utensilios de la noche.

Despierta, ya es de día, mira
los restos del naufragio
bruscamente esparcidos
en la vidriosa linde del insomnio.

Sólo es un pacto a veces, una tregua
ungida de sudor, la extenuante
reconstrucción del sitio
donde estuvo asediado el taciturno
material del deseo.

Rastros
hostiles reptan entre un cúmulo
de trofeos y escorias, amortiguan
la inerme acometida de los cuerpos.
A batallas de amor campo de plumas.
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Mensajepor Gloria » 24 May 2013 23:55

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Mensajepor Gloria » 25 May 2013 00:18

Jinete sin nombre

[align=justify]Se busca a jinete "sin nombre" por todo el norte de México.




Se dice que es un hombre desalmado, harto, un prófugo peligroso, pero, más que todo, desdichado. Además de haber cometido conocidas y desconocidas faltas a la moral, en los últimos meses comenzó a sufrir de tristitia, padecimiento que solamente aflige a los descalzos penitentes o a mendigantes de claustros de antaño. El último achaque lo llevó a la desesperación y se dice que se metió en un rancho en Sinaloa de donde se robó un hermoso caballo negro azabache. Otras personas cuentan que no se lo robó sino más bien lo recobró porque ese era su caballo. En todo caso, los vecinos de las aldeas aledañas juran haberlo visto correr el potro por los montes; algunos piensan que se dirigía y otros juran que se alejaba de Concordia, el pueblo de donde según dicen es oriundo.




Tiempo después un viejo constató haberle permitido aguar el caballo en propiedad suya que era, cerca del valle de Ayutla, donde el mismo testigo ocular tuvo la oportunidad de conversar con el prófugo. Según don Eulalio Granados, el susodicho jinete parecía estar desquiciado y confundido, pero que a pesar de las limitaciones del habla llegó el momento en que le preguntó lo siguiente:

—¿Por dónde tengo que aventarme para llegar a Talpa?

El viejo, don Eulalio, que conocía todas esas partes le había dicho que ese pueblo ya no existía.

—¿Para qué quiere ir a ese pueblo? —le preguntó el viejo Eulalio.

—Tal vez en Talpa me alivio… —contestó el jinete, y luego calló un momento para después solo repetir varias veces—:

Tal vez me alivio en Talpa…




Al acercarse a la alberca donde el caballo se aguaba, al viejo Eulalio le temblaron las rodillas porque el potro chorreaba sangre por el hocico. Seguramente este desgraciado le ha dado una madriza, pensó don Eulalio, para que el pobre jaco siguiera correteando. Pero no se atrevió a indagar más, solamente le preguntó lo que le pasaba al caballo.




El viejo contó que el fugitivo se había puesto a llorar y que seguramente el caballo en verdad era de él porque respondía al nombre de Zata, y que el dicho hombre le repetía y repetía no saber por qué el Zata sangraba por el hocico, que pobrecito el Zata…

—Ya no lo corra —le dijo don Eulalio, se va a desangrar el pobre.

Y eso fue lo único que hablaron. El hombre se fue en cuanto el Zata dejó de tragar. Primero no lo montó, le iba hablando y sobando por el camino, pero bajo el sol del valle no se aguanta andar mucho a pie. Desde lejos don Eulalio lo vio montar al Zata de nuevo. El fugitivo dio un pujido de pecho y el Zata que sale volado como un corcel del diantre.

La última vez que se supo del jinete sin nombre y el Zata fue porque un fotógrafo vio la figura completa, se cree que era más bien una silueta —jinete, caballo y pájaros— frente a un lago. El fugitivo estaba sentado, quizá descansando después de larga travesía, afilando algo que en la oscuridad bien podría ser una daga o un lapicero, quién sabe, ambos palillos son peligrosos en todo caso. Luego se confirmó que su caballo negro azabache sufría el mismo maleficio de siempre, le chorreaba sangre por el hocico, asimismo como le chorreaban las lágrimas al pobre desdichado que ya había dejado de andar en fuga por los montes de Sinaloa y los valles de Jalisco, para que el Zata al fin descansara.




Dicen que ese caballo era una sombra veloz en la noche. Demasiado animal para tan poco trashumante.
[/align]


(León Leiva Gallardo)
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Mensajepor Gloria » 25 May 2013 00:26

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Mensajepor Gloria » 25 May 2013 00:27

En eso consiste

Al fin y al cabo.

Ser humano.

En no excluir nada ,

Ni una estrella,

Ni un ruiseñor,

Ni una sola lágrima


(Charles K. Williams)
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Mensajepor Gloria » 25 May 2013 00:29

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Mensajepor Gloria » 25 May 2013 00:31

Batalló con sombras y salio airosa de ello, desde entonces se implicó en las cosas del vivir
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Mensajepor Gloria » 25 May 2013 00:33

[bbvideo=560,340]http://www.youtube.com/watch?v=E4kc0Aby2vA&feature=player_embedded#![/bbvideo]
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Mensajepor Gloria » 25 May 2013 00:35

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Mensajepor Gloria » 25 May 2013 00:37

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Mensajepor Gloria » 26 May 2013 18:48

Caperucita Roja

Charles Perrault

[align=justify]Había una vez una niñita en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera visto; su madre estaba enloquecida con ella y su abuela mucho más todavía. Esta buena mujer le había mandado hacer una caperucita roja y le sentaba tanto que todos la llamaban Caperucita Roja.
Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le dijo.

-Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma; llévale una torta y este tarrito de mantequilla.

Caperucita Roja partió en seguida a ver a su abuela que vivía en otro pueblo. Al pasar por un bosque, se encontró con el compadre lobo, que tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió porque unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó a dónde iba. La pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse a hablar con un lobo, le dijo:

-Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

-¿Vive muy lejos? -le dijo el lobo.

-¡Oh, sí! -dijo Caperucita Roja-, más allá del molino que se ve allá lejos, en la primera casita del pueblo.

-Pues bien -dijo el lobo-, yo también quiero ir a verla; yo iré por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.

El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela; golpea: Toc, toc.

-¿Quién es?

-Es su nieta, Caperucita Roja -dijo el lobo, disfrazando la voz-, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:

-Tira la aldaba y el cerrojo caerá.

El lobo tiró la aldaba, y la puerta se abrió. Se abalanzó sobre la buena mujer y la devoró en un santiamén, pues hacía más de tres días que no comía. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho de la abuela, esperando a Caperucita Roja quien, un rato después, llegó a golpear la puerta: Toc, toc.

-¿Quién es?

Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:

-Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:

-Tira la aldaba y el cerrojo caerá.

Caperucita Roja tiró la aldaba y la puerta se abrió. Viéndola entrar, el lobo le dijo, mientras se escondía en la cama bajo la frazada:

-Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo.

Caperucita Roja se desviste y se mete a la cama y quedó muy asombrada al ver la forma de su abuela en camisa de dormir. Ella le dijo:

-Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!

-Es para abrazarte mejor, hija mía.

-Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene!

-Es para correr mejor, hija mía.

Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene!

-Es para oírte mejor, hija mía.

-Abuela, ¡qué ojos tan grandes tiene!

-Es para verte mejor, hija mía.

-Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!

-¡Para comerte mejor!

Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió.



Moraleja

Aquí vemos que la adolescencia,
en especial las señoritas,
bien hechas, amables y bonitas
no deben a cualquiera oír con complacencia,
y no resulta causa de extrañeza
ver que muchas del lobo son la presa.
Y digo el lobo, pues bajo su envoltura
no todos son de igual calaña:
Los hay con no poca maña,
silenciosos, sin odio ni amargura,
que en secreto, pacientes, con dulzura
van a la siga de las damiselas
hasta las casas y en las callejuelas;
más, bien sabemos que los zalameros
entre todos los lobos ¡ay! son los más fieros.
[/align]

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Caperucita Roja

Hermanos Grimm

[align=justify]Había una vez una adorable niña que era querida por todo aquél que la conociera, pero sobre todo por su abuelita, y no quedaba nada que no le hubiera dado a la niña. Una vez le regaló una pequeña caperuza o gorrito de un color rojo, que le quedaba tan bien que ella nunca quería usar otra cosa, así que la empezaron a llamar Caperucita Roja. Un día su madre le dijo: “Ven, Caperucita Roja, aquí tengo un pastel y una botella de vino, llévaselas en esta canasta a tu abuelita que esta enfermita y débil y esto le ayudará. Vete ahora temprano, antes de que caliente el día, y en el camino, camina tranquila y con cuidado, no te apartes de la ruta, no vayas a caerte y se quiebre la botella y no quede nada para tu abuelita. Y cuando entres a su dormitorio no olvides decirle, “Buenos días”, ah, y no andes curioseando por todo el aposento.”

“No te preocupes, haré bien todo”, dijo Caperucita Roja, y tomó las cosas y se despidió cariñosamente. La abuelita vivía en el bosque, como a un kilómetro de su casa. Y no más había entrado Caperucita Roja en el bosque, siempre dentro del sendero, cuando se encontró con un lobo. Caperucita Roja no sabía que esa criatura pudiera hacer algún daño, y no tuvo ningún temor hacia él. “Buenos días, Caperucita Roja,” dijo el lobo. “Buenos días, amable lobo.” - “¿Adonde vas tan temprano, Caperucita Roja?” - “A casa de mi abuelita.” - “¿Y qué llevas en esa canasta?” - “Pastel y vino. Ayer fue día de hornear, así que mi pobre abuelita enferma va a tener algo bueno para fortalecerse.” - “¿Y adonde vive tu abuelita, Caperucita Roja?” - “Como a medio kilómetro más adentro en el bosque. Su casa está bajo tres grandes robles, al lado de unos avellanos. Seguramente ya los habrás visto,” contestó inocentemente Caperucita Roja. El lobo se dijo en silencio a sí mismo: “¡Qué criatura tan tierna! qué buen bocadito - y será más sabroso que esa viejita. Así que debo actuar con delicadeza para obtener a ambas fácilmente.” Entonces acompañó a Caperucita Roja un pequeño tramo del camino y luego le dijo: “Mira Caperucita Roja, que lindas flores se ven por allá, ¿por qué no vas y recoges algunas? Y yo creo también que no te has dado cuenta de lo dulce que cantan los pajaritos. Es que vas tan apurada en el camino como si fueras para la escuela, mientras que todo el bosque está lleno de maravillas.”

Caperucita Roja levantó sus ojos, y cuando vio los rayos del sol danzando aquí y allá entre los árboles, y vio las bellas flores y el canto de los pájaros, pensó: “Supongo que podría llevarle unas de estas flores frescas a mi abuelita y que le encantarán. Además, aún es muy temprano y no habrá problema si me atraso un poquito, siempre llegaré a buena hora.” Y así, ella se salió del camino y se fue a cortar flores. Y cuando cortaba una, veía otra más bonita, y otra y otra, y sin darse cuenta se fue adentrando en el bosque. Mientras tanto el lobo aprovechó el tiempo y corrió directo a la casa de la abuelita y tocó a la puerta. “¿Quién es?” preguntó la abuelita. “Caperucita Roja,” contestó el lobo. “Traigo pastel y vino. Ábreme, por favor.” - “Mueve la cerradura y abre tú,” gritó la abuelita, “estoy muy débil y no me puedo levantar.” El lobo movió la cerradura, abrió la puerta, y sin decir una palabra más, se fue directo a la cama de la abuelita y de un bocado se la tragó. Y enseguida se puso ropa de ella, se colocó un gorro, se metió en la cama y cerró las cortinas.

Mientras tanto, Caperucita Roja se había quedado colectando flores, y cuando vio que tenía tantas que ya no podía llevar más, se acordó de su abuelita y se puso en camino hacia ella. Cuando llegó, se sorprendió al encontrar la puerta abierta, y al entrar a la casa, sintió tan extraño presentimiento que se dijo para sí misma: “¡Oh Dios! que incómoda me siento hoy, y otras veces que me ha gustado tanto estar con abuelita.” Entonces gritó: “¡Buenos días!”, pero no hubo respuesta, así que fue al dormitorio y abrió las cortinas. Allí parecía estar la abuelita con su gorro cubriéndole toda la cara, y con una apariencia muy extraña. “¡!Oh, abuelita!” dijo, “qué orejas tan grandes que tienes.” - “Es para oírte mejor, mi niña,” fue la respuesta. “Pero abuelita, qué ojos tan grandes que tienes.” - “Son para verte mejor, querida.” - “Pero abuelita, qué brazos tan grandes que tienes.” - “Para abrazarte mejor.” - “Y qué boca tan grande que tienes.” - “Para comerte mejor.” Y no había terminado de decir lo anterior, cuando de un salto salió de la cama y se tragó también a Caperucita Roja.

Entonces el lobo decidió hacer una siesta y se volvió a tirar en la cama, y una vez dormido empezó a roncar fuertemente. Un cazador que por casualidad pasaba en ese momento por allí, escuchó los fuertes ronquidos y pensó, ¡Cómo ronca esa viejita! Voy a ver si necesita alguna ayuda. Entonces ingresó al dormitorio, y cuando se acercó a la cama vio al lobo tirado allí. “¡Así que te encuentro aquí, viejo pecador!” dijo él.”¡Hacía tiempo que te buscaba!” Y ya se disponía a disparar su arma contra él, cuando pensó que el lobo podría haber devorado a la viejita y que aún podría ser salvada, por lo que decidió no disparar. En su lugar tomó unas tijeras y empezó a cortar el vientre del lobo durmiente. En cuanto había hecho dos cortes, vio brillar una gorrita roja, entonces hizo dos cortes más y la pequeña Caperucita Roja salió rapidísimo, gritando: “¡Qué asustada que estuve, qué oscuro que está ahí dentro del lobo!”, y enseguida salió también la abuelita, vivita, pero que casi no podía respirar. Rápidamente, Caperucita Roja trajo muchas piedras con las que llenaron el vientre del lobo. Y cuando el lobo despertó, quiso correr e irse lejos, pero las piedras estaban tan pesadas que no soportó el esfuerzo y cayó muerto.

Las tres personas se sintieron felices. El cazador le quitó la piel al lobo y se la llevó a su casa. La abuelita comió el pastel y bebió el vino que le trajo Caperucita Roja y se reanimó. Pero Caperucita Roja solamente pensó: “Mientras viva, nunca me retiraré del sendero para internarme en el bosque, cosa que mi madre me había ya prohibido hacer.”

También se dice que otra vez que Caperucita Roja llevaba pasteles a la abuelita, otro lobo le habló, y trató de hacer que se saliera del sendero. Sin embargo Caperucita Roja ya estaba a la defensiva, y siguió directo en su camino. Al llegar, le contó a su abuelita que se había encontrado con otro lobo y que la había saludado con “buenos días”, pero con una mirada tan sospechosa, que si no hubiera sido porque ella estaba en la vía pública, de seguro que se la hubiera tragado. “Bueno,” dijo la abuelita, “cerraremos bien la puerta, de modo que no pueda ingresar.” Luego, al cabo de un rato, llegó el lobo y tocó a la puerta y gritó: “¡Abre abuelita que soy Caperucita Roja y te traigo unos pasteles!” Pero ellas callaron y no abrieron la puerta, así que aquel hocicón se puso a dar vueltas alrededor de la casa y de último saltó sobre el techo y se sentó a esperar que Caperucita Roja regresara a su casa al atardecer para entonces saltar sobre ella y devorarla en la oscuridad. Pero la abuelita conocía muy bien sus malas intenciones. Al frente de la casa había una gran olla, así que le dijo a la niña: “Mira Caperucita Roja, ayer hice algunas ricas salsas, por lo que trae con agua la cubeta en las que las cociné, a la olla que está afuera.” Y llenaron la gran olla a su máximo, agregando deliciosos condimentos. Y empezaron aquellos deliciosos aromas a llegar a la nariz del lobo, y empezó a aspirar y a caminar hacia aquel exquisito olor. Y caminó hasta llegar a la orilla del techo y estiró tanto su cabeza que resbaló y cayó de bruces exactamente al centro de la olla hirviente, ahogándose y cocinándose inmediatamente. Y Caperucita Roja retornó segura a su casa y en adelante siempre se cuidó de no caer en las trampas de los que buscan hacer daño.[/align]


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Mensajepor Pedritus » 26 May 2013 19:02

A mí esa ilustración del lobo como abuela de Caperucita de Doré me evoca, a saber por qué, a Rubalcaba.
Il n´y a pas d´amour heureux.
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Mensajepor Gloria » 26 May 2013 19:08

Ah, no, aquí no.

¿Rubalcaba? ¿Cuálo?
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Mensajepor Gloria » 26 May 2013 19:08

Lo que tienes que haces es decirme si prefieres el cuento maravilloso o el de advertencia, ná más!! :zombi:
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Mensajepor Gloria » 26 May 2013 19:09

Ay, calla, pensé que esto lo había puesto en el otro post, en el de los cuentos, me he liado...

Bueno, pero da igual.
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Mensajepor Gloria » 26 May 2013 19:17

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Mensajepor Gloria » 26 May 2013 22:09

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Mensajepor Gloria » 27 May 2013 08:06

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Mensajepor Gloria » 27 May 2013 22:36

Reme Remedios.

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Mensajepor Gloria » 28 May 2013 17:42

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Mensajepor Gloria » 28 May 2013 17:51

[bbvideo=560,340]http://www.youtube.com/watch?v=DuChDwHfeqI[/bbvideo]

Cecilia Afonso Esteves

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Mensajepor Gloria » 28 May 2013 21:18

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Mensajepor Gloria » 28 May 2013 21:20

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Mensajepor Gloria » 28 May 2013 21:20

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