HIJOS DEL CELIBATO

POLgarci
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HIJOS DEL CELIBATO

Mensajepor POLgarci » 24 Nov 2014 18:14

Gracias y este libro esta a la venta, pero también se puede descarga gratuitamente en:
http://www.bubok.es/ Pablo Garcia Cabrero




En estos momentos se haya reunido las altas jerarquías de vaticano para estudiar el problema de Celibato y por casualidad tengo un libro que trata este problema a partir de una historia real.




HIJOS DEL CELIBATO
A. PABLO


PRÓLOGO



Se conoce por "Hombre Célibe". Al hombre soltero que se abstiene de toda actividad sexual. Esta forma de sobriedad, se sigue practicando a un en muchas creencias religiosas y se le conoce también por Celibato

El celibato, sin tener relación doctrinal con la iglesia católica, es considerado como una simple ley disciplinaria. Y los principios sobre los que se fundamenta la ley del celibato son: –(a) que el clero puede servir a Dios con más libertad y con un corazón integro
– (b) que siendo llamados para servir a Jesucristo, pueden abrazar la vida santa a partir del autodominio.

Esta doctrina no implica que el matrimonio no sea un estado de santidad, sino tan sólo que el celibato es un estado de mayor perfección.

Conforme la Iglesia medieval se hizo más poderosa, se desarrolló un modelo de ética que aportaba el castigo para el pecado y la recompensa de la inmortalidad para premiar la virtud. Las virtudes más importantes eran la humildad, la continencia, la benevolencia y la obediencia. Todas las acciones, tanto las buenas como las malas, fueron clasificadas por la Iglesia y se instauró un sistema de penitencia temporal como expiación de los pecados.

Las creencias éticas de la Iglesia medieval fueron recogidas en literatura en la Divina Comedia de Dance, que estaba influenciado por las filosofías de Plantón, Aristóteles y Santo Tomás de Aquino. En la sección de la Divina Comedia titulada “Infierno”, Dante clasifica el pecado bajo grandes epígrafes, cada uno de los cuales tenía varias subdivisiones. En un orden creciente de pecado coloco los pecados de incontinencia (sensual o emocional), de violencia o brutalidad, y de fraude o malicia (del intelecto). Las tres facultades del alma de Platón son repetidas así en su orden jerárquico original y los pecados son considerados como perversión de una u otra de las tres facultades.

En la historia de la ética hay tres modelos de conducta principales y cada uno de los cuales ha sido propuesto por la mayoría de las religiones monoteístas como el bien más elevado. La felicidad o placer, el deber, la virtud o la obligación y la perfección deben de ser, el más completo desarrollo de las potencialidades humanas. El advenimiento del cristianismo marcó una revolución en la ética, al introducir una concepción religiosa de lo bueno en el pensamiento occidental.

Según la idea cristiana, una persona es dependiente por entero de Dios y no puede alcanzar la bondad por medio de la voluntad o de la inteligencia, sino tan sólo con la ayuda de la gracia de Dios. El cristianismo desde un principio realzó como virtudes el ascetismo, el martirio, la fe, la misericordia, el perdón, el amor no erótico, que al contrario, los filósofos clásicos de la Grecia y Roma apenas habían considerado importantes.

En contesto de la ética cristiana y en sus reglas de oro; se pueden destacar lo siguiente:
–“Lo que quieras que los hombres te hagan a ti; házselo a ellos” (*1)
–“Amaras a tu prójimo como a ti mismo”. (*2) Y de manera más constante: “Más yo os digo: Amad à a vuestros enemigos, bendecid a los que os aborrecen y orad por los os maltratan y os persiguen”. (*3)
–“Dad al César lo que es del César y a dios lo que es de Dios”. (*4)

Se puede decir que en realidad la Iglesia buscó el poder terrenal y no el divino, obligando incluso por la fuerza más inhumana las reglas de una ética marcada por unas costumbres inquisitoriales. Para esto, no dudó en convencer a los demás de su justa moral.

Desde que el hombre vive en comunidad, todas las religiones se fundan, en una regulación moral de la conducta necesaria para el bienestar colectivo. La doctrina de la Iglesia es aprovechada por muchos, para seguir permitiéndose subyugar al pobre con buenas palabras y promesas de una mejor vida después de muerte. No dudando los distintos sistemas religiosos en establecer a veces de forma irracional, a los que violaban los tabúes religiosos o sus conductas. Imponiendo por la fuerza, los hábitos y costumbres, de leyes decretadas por sus líderes civiles o eclesiásticos.

No obstante, el verdadero pilar de la Iglesia sigue siendo el Celibato. La Iglesia sabe que los desequilibrios y caídas de las civilizaciones antiguas fueron por la falta de una rígida disciplina en sus sacerdotes y el miedo de la pérdida de poder, la lleva a seguir instalando una disciplina moral sobre la conducta de sus prelados.

La historia del celibato sacerdotal ha sido tempestuosa desde que se convirtió en ley para el clero de rito latino en el siglo VI. Juan Pablo II en su encíclica del 24 de junio de 1967, reafirmó la posición tradicional de la Iglesia, volviendo a recalcar con fuerza, de la necesidad de la doctrina del celibato eclesiástico. La cual provocó y se convirtió en una cuestión eclesiástica muy discutida.

La Iglesia católica se enfrentara próximamente, a una profunda revisión de sus principios temporales. Los escándalos sexuales del clero a lo largo de la historia, han sido innumerables. Es verdad que hasta ahora consiguió encubrir los abusos de sus instituciones. Pero este último siglo con el avance democrático y el progreso tecnológico de los medios de comunicación. Lograron poner en evidencia los valores morales de sus prelados.

El celibato del clero fue ya rechazado por los reformistas protestantes. Martín Lutero sirvió de ejemplo a sus seguidores casándose con una antigua monja y el matrimonio de este le siguió la de otros convirtiéndose en línea común para el resto de ellos, al separarse de la Iglesia católica.


(*1) = Santo Evangelio según San Mateo. Capítulo 7. Versículo 12.
(*2) =Antiguo Testamento. Libro Tercero de Moisés, llamado “Levítico”. Capítulo 19 versículos 18.
(*3) =San Mateo. Capítulo 5. Versículo 44.
(*4) =San Mateo Capítulo 22. Versículo 21.

No obstante, la Iglesia Católica, seguirá justificándose. Pues para ella según San Agustín la maldad intrínseca de la naturaleza humana, nos expone continuamente a las tentaciones del “diablo” en sus excesos carnales y justifica su doctrina moral cristiana sobre la castidad y el celibato.



CAPITULO I


Hoy para José Santos, finalizaba el curso universitario y como el año anterior por estas fechas volvería a pasar sus merecidas vacaciones de verano con su "familia". Más de seis meses habían transcurrido, desde que José abandonara Monte derramo, pueblo enclavado en el gran macizo montañoso de la demarcación de Orense. Provincia que hace parte de una de las cuatro que componen la actual Comunidad Autonómica Gallega

Contento estaba del año universitario, ya que había sido provechoso y el próximo curso debía de elegir entre la universidad de Santiago o la de Madrid; para finalizar sus estudios de Derecho. Por esto se detendría unos días en Zamora y discutiría los pormenores de su futuro con su tío y protector- el padre Francisco. Pues sin su ayuda económica de él, no hubiera sido posible seguir cursando sus estudios.

José Santos, a pie y sin dar ninguna importancia a su voluminosa maleta se dirigió a la estación con el fin de salir en el primer tren de la mañana. No cabe la menor duda que era un día muy especial; volver a ver la familia y amigos le producía en su interior un goce casi infantil.

Al amanecer ceso la lluvia y los faroles eléctricos de la ciudad de Salamanca, reflejaban sus luces en el adoquinado que cubría la casi totalidad de su plaza mayor y sus edificios en su mayoría centenarios se envejecían con la humedad. En sus calles desiertas, solo se oían los pasos de los primeros transeúntes y algún automóvil que en el silencio de la mañana. El ruido de sus motores, penetraba en las viviendas menospreciando los últimos deleites de un sueño tranquilo de sus habitantes. Poco después y según se acercaba a la estación, desgarraban aun más el silencio los silbidos de los primeros trenes que salían de Salamanca.

En las calles comenzaba el movimiento y los cierres de los establecimientos chirriaban su duro metal al abrir con fuerza su pasaje. Al fin se detuvo, ante las amplias escalinatas de la estación para expulsar el aire de sus pulmones después de una larga marcha. Santos no se detuvo largo tiempo y con esa energía juvenil que le caracterizaba subió de dos en dos la larga escalera para encontrarse de pronto en el sitio más céntrico de la estación.

El tren deja atrás la culta e histórica ciudad de Salamanca para avanzar por los campos secos de Castilla, deteniéndose en las estaciones de casi todos los pueblos importantes que encontraba a su paso. Y fue apenas una hora después que con un sol abrasador el tren se detuvo en Medina del Campo; uno de los nudos ferroviarios más importantes del norte de España. En la comarca abrigada de "Los Arribes del Duero" el clima es mediterráneo y el Duero recibe la mayor parte de las aguas de la provincia. Junto a éste, el río más destacado es sin duda el Tormes y su vegetación natural se acomoda a las condiciones generales de aridez y acidez de los suelos. Entre las especies arbóreas dominan las encinas, los robles y los castaños.

Al abandonar Medina del Campo, se percibe a lo lejos de nuevo, el río Tormes representado esta vez en el embalse de Almendra, que discurre tranquilamente formando parte de la frontera con la provincia de Salamanca.

Zamora es una provincia eminentemente agrícola, por eso muchos de sus campos están deforestados y no-solo de árboles sino de personas. Y esta provincia cuenta con una densidad de población de 20 hab/KLM y aún pervive la casa rural zamorana (adaptada al relieve y al clima). Su relieve escarpado y un clima frío y húmedo marcan unas tierras vaciadas por la emigración.

El tren al acercarse a la ciudad de Tordesillas encuentra más dificultad, en su ascendente marcha y esto permite observar este peculiar municipio perteneciente a la provincia de Valladolid. Esta ciudad a orillas del río Duero, es un importante centro comercial basado en la agricultura. Después el tren sin perder de vista el Duero vuelve a encontrarlo de nuevo y sin apenas detenerse las fértiles vegas cargadas de tradiciones e historia. Al entrar en la comarca de Toro, se divisa desde el tren la enorme fortaleza y bella colegiata de Santa María.

Con cierto retraso de la hora prevista y después de frenar ruidosamente el tren quedo parado en el andén central de la estación. Zamora es la capital de la provincia y su núcleo urbano no cuenta con más de 66.000 habitantes que viven sobre un círculo en forma de mesa cortada al sur por él río Duero. Donde se destaca entre todos los edificios, la catedral románica del 1178, con una cúpula bizantina. A la vez las iglesias de Santiago del Burgo, Santa María de la Orta, Santo Tomé, Santiago y la Magdalena, entre otras y todas ellas de estilo románico testimonian de la influencia de la Iglesia en España.

Mientras los rayos del sol ya iban perdiendo su inclinación vertical al esconderse en el horizonte. José, una vez en la capital siguió caminando hacia la catedral con su voluminosa maleta y fue después de atravesar el casco antiguo de la ciudad que se halló de frente a la imponente basílica de Zamora. Al presenciar esta imponente mole de piedra y alzar la vista, se destaca especialmente la estructura del cimborrio, una cúpula gallona da sobre pechinas de origen bizantino, decoración exterior de escamas en piedra y un anillo de ventanas que refleja al exterior la organización interior.


Comenzaba a anochecer, cuando decidió penetrar en el maravilloso templo con sus tres naves caracterizadas por su evolución hacia el gótico; que embellecen sus laterales cubiertos con bóvedas de aristas y el principal con una de medió cañón apuntalado. La puerta del rosario, en la fachada del crucero, es un interesante ejemplo de composición románica aunque con algún leve influjo oriental y de frente el altar mayor con su suelo de mármoles y sus capillas sombrías. Al hablar con verdad, nunca había imaginado tanta riqueza para una catedral de tan poca población.

La riqueza de la iglesia pensaba él, qué fue un mal para el arte si en un templo pobre se hubiera conservado la uniformidad de la fachada antigua. Pero cuando los arzobispos tenían once millones de la época y otros tantos de cabildo, al no saber qué hacer del dinero; se iniciaban obras, se construía con un arte tan decadente que parecían mamarrachos.

Cuando él penetró en el templo ya la luz del día comenzaba a esconderse por las naves, a la vez que el eco de sus pasos con el silencio resonaba con gran fuerza repartiéndose alterados por los recintos de las naves. Cuando de pronto un hombre tropezó con él cerca del altar mayor y al que José le pidió perdón pese que en al instante comprendió que por sus hábitos que la persona indicada era el sacristán de la catedral.

EL sacristán que se consideraba el guardián del templo después de observarle detenidamente y extrañado por su maleta con cara de pocos amigos y voz recia le dijo que el templo lo cerraría dentro de unos instantes.
–Buenas tardes, señor.
– ¿Busco al padre Francisco?

Con ojos claros, y acostumbrados a permanecer largas horas en la oscura catedral, el sacristán que parecía ahora más tranquilo volvió a observarlo. Pero esta vez con ciertas dudas y como si no pudiese creer en la semejanza de su rostro con el de su buen amigo el padre Francisco. No obstante, y con ese disimulo que había adquirido en sus largos años de profesión se convenció de su identidad con cierta incomodidad. Después como huyendo de la curiosidad que despertaba entre las beatas y clérigos su presencia en el templo, el sacristán le invitó a seguirle y su rostro rígido se fue animando con una sonrisa cariñosa.

No tardaron en atravesar la nave central, cuando a la derecha del altar mayor se abrió una puerta dando paso a un canónigo que extrañado saludó con cierta frialdad al sacristán y a continuación después de cruzar lo que para él era la sacristía se dirigieron a un jardín que se extendía a lo largo de los cuatro pórticos del claustro.


El frondoso jardín refrescaba la tarde calurosa de verano y los eclesiásticos concentrados en sus plegarias refrescaban a la vez sus cuerpos y almas. A su paso por los pórticos, con gran disimulo los sacerdotes levantaban la vista de sus misales para observarles disimulada mente y al avanzar hacia el fondo del claustro. Fue cuando unas palabras mal entendidas les hicieron retroceder.
– ¡Buenos días Manuel!

Un hombre en cuestión bajaba en ese momento los peldaños que conducía a la puerta de la vicaria, era de estatura alta, bien afeitado y vestía de negro. – ¡Valla, buenos días nos dé Dios - padre Francisco! Dijo el sacristán colocándose entre él y su acompañante. Asombrado el padre Francisco, miró con sus ojos claros que parecían brillar en él crepúsculo del claustro al visitante y su rostro rígido que parecía tomar la inmovilidad de una estatua se animó con una sonrisa cariñosa.
El sacristán se sintió extrañado y se llenó desconcierto al observar la sonrisa cariñosa que le había dirigido de nuevo al joven visitante. Por eso pensativo, no pudo por menos mirar sonriente la cara del joven y es cuando observo con más detalle que su rostro bronceado y sencillo, se aparejaba con sus bondadosos ojos azules, que a la vez debían de ser inteligentes y firmes. Después en su detenida observación quiso por simple curiosidad abrir el alma de aquel hombre, casi desconocido; pero lo que más le intrigaba era que en su rostro y físico había una semejanza extraordinaria al padre Francisco.

Ante la observación continua por parte del sacristán. El no tardo en comprender que su extrañeza se debía a la semejanza con el joven y su semblante se volvió de piedra. A la vez que se detuvo su corazón unos instantes; para después ante la evidencia palpitar de nuevo trémulo de alegría.
– ¡Gracias José, por no olvidar mi visita!
– ¿Cómo se le ocurre pensar en eso tío Francisco?
Molesto por la atrevida miradas del sacristán y la curiosidad de los clérigos, abrazó de nuevo a su sobrino con fuerza; para después con paso firme y cogido de su brazo se alejó del claustro.

Seguidamente atravesaron unas largas galerías que su final conducía a otro claustro más alto, donde tres pórticos de igual en longitud decoraban el claustro y a lo largo de las paredes recién jalbegadas abriese sin uniformidad las puertas de las claverías. A la vez y por encima del tejado del claustro se veían la segunda fila de viviendas que a su paso por ir la tarde oscureciendo los servidores del templo iban cerrando sus puertas y ventanas. Los lados del claustro que daban sobre el jardín se hallaban unas balaustras que servían de barandilla y varias pilastras sostenían la techumbre con viejas vigas de madera. Al acercarse a estas balaustradas se podía divisar con facilidad las copas puntiagudas de los centenarios cipreses del jardín y era en este piso superior donde vivían los clérigos.

Al entrar en la casa del padre Francisco, que era una de las mejores de las claverías. José Santos, descubrió que las paredes blancas del recibimiento con los años habían tomado un color moreno, aunque ellas al estar adornada con cuadros de santos y en el centro de la sala uno de tamaño mayor representaba la sagrada cena apenas se notaban su deterioro. No obstante, y pese a su continuo frotamiento los muebles de caoba por lo contrario ofrecían al salón la sensación de sombrío decaimiento. Una vez en el comedor y por una puerta que se hallaba escondida por una cortina de un color comido por el tiempo penetro su tío Francisco para dar órdenes a una mujer de edad avanzada y de aspecto tímido.

Poco después volvió su tío a reunirse con él y le dijo: – José, tú dirás lo que quieres cenar. - En la cocina toda esta listo, pero si quisieras algo especial María bajaría a la ciudad en busca de otros alimentos.
– ¡Bueno – José siéntate aquí!
Para después añadir dirigiéndose a la sirvienta: – ¿Sabes quién es éste?...
– ¿No? – Pues es el nieto de Ricardo y Asunción vecinos de Monte derramo donde pase más de diez años de mi vida. – ¡Muchacho saluda a la señora María que es como mi madre!
– ¿Conque el joven, es el hijo de Margarita de quien tanto me hablado usted? María se levantó y con lágrimas en los ojos, le abrazó con tan fuerte intensidad que él sonrió tristemente al no comprender el sentimiento intenso de María.

Con gran apetito José devoraba ante la extrañeza de ellos, las suculentas lentejas con carne que María le había servido, pero esta como arrepentida de su olvido, se apresuró a preguntarle:
– ¿Cómo está Margarita?
– ¿Aunque supongo que tu madre estará bien?... José antes de dar su respuesta miró con disimulo, al padre Francisco y quedó extrañado al observar como contraía la frente y sus ojos se pusieron vidriosos como si fuera a llorar.

Ante el silencio, y como aludida por la falta de respuesta por parte del joven, María continúo para seguir diciendo: – Bueno supongo que Margarita, estará hecha una hermosura.
– La última vez que la vi. – Me pareció una reina y que todos la confundían con la virgen de Guadalupe por su pelo largo y negro...
– ¿Dime –se casó por fin con el portugués o vive todavía con sus padres?
Ante la insistencia de María, y la mirada de enfado del padre Francisco, José Santos puso el gesto aun más sombrío que termino mirando a la sirvienta con cara de pocos amigos. Y ante la mirada dolorida del joven y el gesto sombrío del padre Francisco, María decidió callar y cabizbaja recogió los platos de la mesa para después mirándolos entristecida retirarse a la cocina.

Al alejarse María, José miró de frente a su tío decidido esa misma noche a hacerle una pregunta que llevaba preparando mucho tiempo sin osar formularla. Quería saber qué era de su madre y qué había ocurrido para dejarle sólo en casa de sus abuelos. – ¿Perdone tío, usted que es tan bueno me puede decir porque todos parecen temer hablar de mi madre?
–Hasta mi tía Inés, que es tan lenguaza y despelleja a todo el pueblo, calla cuando le pregunto algo de mi madre.
– Por favor tío, dígame.
– ¿Qué ocurrió con mi madre?

Al terminar su pregunta, de nuevo se ensombreció el rostro de su tío, que al oír a su sobrino sumido en la tristeza, intento eludir la respuesta con frases poco elocuentes.
– Cuando tengas más años, verás que tomar la vida demasiado seria es nocivo y estúpido...
– José, eres joven y tendrás que vivir acomodándote a las circunstancias.

José, exhalo un suspiro y se calló ante las palabras de su tío Francisco. ¿Qué podía hacer más que resignarse ante la alusiva respuesta de su tío? A veces, se preguntaba si debía adaptarse y seguir condenado a ignorar su pasado hasta el fin de sus días.



CAPÌTULO II


Al amanecer, María golpeó ligeramente con los nudillos la puerta despertando a José. – José, hijo mío, levántate que vamos a desayunar. Sin apenas poder conciliar el sueño, y como aturdido después de una noche, larga y agitada, se levanto y dirigiéndose a la ventana apartó sus visillos quedando pensativo al observar el brusco movimiento de los centenarios cipreses que el fuerte viento mimbreaba a su merced. – ¡Qué pena siento!... – ¡Qué pena!... Los cipreses son como yo, se mueven en la vida como juguetes del viento y, por más que intentan desafiar con su altura al cielo, no podrán nunca escapar de su capricho.

Después, permaneció entre las sabanas de colores que cubrían su lecho y suspirando recordó toda su vida, llegando a la conclusión, que para él siempre fue un callejón sin salida. En sus últimos catorce años, no tuvo nunca noticias de su madre y de siempre nunca supo quien fue su padre. La verdad es que nadie hasta ahora le dio solución a su existencia y su vida seguía siendo un misterio.

El misterio de su vida le parecía ahora cada vez más insoportable y no le quedaban más que dos soluciones: - olvidar todo, o enfadarse con todos y desgarrar el misterio que envolvía su pasado, sus pensamientos, sentimientos y su conciencia. – “¿Qué podía hacer? – ¡Posiblemente, ni lo uno ni lo otro!”.

Ante su retardo prolongado, María volvió a insistir que su desayuno estaba servido y sobreponiéndose a sus tristes recuerdos salió de su habitación encontrando a la sirvienta desayunando.
– Siéntate. Después, María le acerco un sillón de mimbre y le dijo: – ¡Hoy también hace viento!
– En efecto señora es el segundo día que sopla un fuerte y caluroso viento. – Bueno muchacho antes que se me olvide, tengo que decirte; que el padre Francisco salió temprano, y dijo que te esperaba en la sacristía lo más tarde a las doce de la mañana, pues al ser hoy domingo, celebran misa cantada. Después al no recibir respuesta, y observar su expresión preocupante y su fruncido entrecejo, María inquieta le preguntó: – ¿Qué te sucede hijo? -¡Cuéntame tus problemas!
– No, no puedo, no me entendería.
– ¿Por qué no?
– No creo que usted pueda darme mayor explicación, pero agradezco su preocupación.
– No creas tú que yo no lo siento, insistió María.
– ¡No obstante le pido, por favor que me cuentes tus penas!
– Si, no me queda otro remedio.
– ¡Ay, señora no sabe la pena que llevo dentro!
–Hubiera querido, no decirla nada. – ¿Pero por que guardarlo? Existía una fuerza que le decía que ella sabía algo de su pasado y la curiosidad le oprimía el pecho y la garganta.
– Usted que es tan buena.
– ¿puede decirme que ocurrió con mi madre?
– ¡Por favor! – ¡Dígame por qué todos callan cuando les pregunto! – ¿Qué pasó señora?...
El rostro de la anciana, no tardó en entristecerse, pero no obstante creyó que le debía una respuesta
– Hijo una gran desgracia y lo que nunca se había visto en Monte derramo, pues el diablo fue a hacer nido en la casa más honrada. Pero a quien le doy toda la culpa es a tu abuelo, que fue un buenazo y no vio el peligro que corría su hija... – ¿Hay, si tu abuelo hubiera sido otro? ...
– ¿Pero cómo fue, señora?
– ¿Qué pasó entre mi madre y el portugués?
– Al principio, tus abuelos la sermonearon más de cien veces a tu madre: – «No ves que es un señorito y que no es hombre para ti».
– «Además, hija no se sabe de su familia y probablemente sea un hombre dedicado al contrabando en la frontera». – ¡Hay de la pobre Margarita, que llena de amor, paseaba por el pueblo con aquel portugués sin importarle los comentarios de la gente! – En aquellos años, tu madre era muy bonita y su hermosura hacia hablar a todo el pueblo.
– ¿Pero bueno, señora? ¿Qué paso con mi madre?...
– Bueno yo solo sé, qué el novio portugués, un día desapareció sin despedirse, y tu madre pasaba las horas llorando desesperadamente por los rincones y poco después se desvanecieron los colores de su cara. Hasta yo mismo recuerdo que aquel portugués tan apuesto, que con el tiempo terminó por cegar a tus mismos abuelos con su noviazgo. Fue después, cuando el escándalo ya estaba dado, que fueron a pedirle ayuda al santo de tu tío Francisco. Él le acogió con todo cariño y sin protestar contra el concepto que la gente tenía de tu madre. Fue como un milagro, poco después dejo de llorar, percatándonos todos que poco a poco ella de nuevo volvía a vivir en santa tranquilidad. La verdad es que duro poco, pues meses más tarde los colores de su rostro volvieron a perderse. Después, tu madre salió embarazada y, quien sabe lo que ocurrió aquí. – ¡hay quien dice que siguió manteniendo relaciones con el portugués! Luego... nada hijo, sé de cierto; quien puede saber la verdad es Jesucristo y ella.

María, con una voz conmovida, después siguió comentando, que le partió el corazón al ver la situación de esa infeliz que durante cinco años, tuvo que soportar la vergüenza de ser madre soltera en el pueblo.
– ¡Hay hijo mío! – ¡También a mí me toco, limpiarte muchas veces los pañales! – Después, un día que el escándalo ya estaba casi olvidado y según dicen, se fue y hasta ahora no se sabe nada de ella. El santo de tu tío, se puso de un humor insoportable. – ¡Pobre Francisco! Muchas noches, lo sorprendí hablando solo por el patio de la Iglesia, con lágrimas en los ojos y tuvo que pasar más de un año para calmar momentáneamente sus penas.
– Y después de su huida, – ¿Qué ha sabido usted de mi madre?
– Bueno, se hablo al principio que se fue al extranjero, pues en esa época estaba en moda emigrar a Europa, dado que la situación económica en el país no era del todo buena. – ¡Después ni una palabra! Aunque tu tía Inés debe saber mucho de esto, dado que tu madre no dejó durante cierto tiempo de enviar dinero desde el extranjero. – ¡Y gracias a Dios, que sin ninguna necesidad, tu tío Francisco se intereso siempre por ti!

Al no encontrar ninguna respuesta, a sus inquietudes se dedico a contemplar con los ojos vacíos los techos descoloridos del salón, a la vez que se mantenía rígido y tieso, repiqueteando con los dedos el mantel. Después, sonriendo amargamente, alzo el vaso y bebió sin apenas abrir los dientes. A continuación se levantó, y mirando con ojos humedecidos a María, la beso en las mejillas para terminar diciendo: –No pienso preguntarla nada más.
– Haces bien hijo, la verdad es que no podría decirte mucho más. Márchate enseguida... – No vuelvas a pensar más, olvida todo esto y veras que desaparecerán tus penas. José sonrió con tristeza y precipitadamente dejó el salón.

Fatigado por la mala noche, salió del claustro y, apoyándose en la barandilla contemplo el jardín, para de nuevo decirse que el misterio de su vida parecía cada vez más impenetrable y su perseverante mal humor estaba ensombreciendo su juventud. Después un continuo repicar de campanas que anunciaba a los feligreses que la misa mayor estaba apuntó de comenzar, desvío de sus recuerdos la pena que sentía.

A las diez de la mañana empezó la misa y la Catedral se hallaba llena de candilejas y cirios y desde la puerta creyó divisar como una nube celeste moteada por minúsculas e infinitas estrellas iluminando bóveda del templo. No solo le asombro el templo con sus naves con su estilo románico tardío español con una evolución hacia el estilo gótico, si no, también su coro frente al altar mayor y su suelo de un deslumbrante brillo producido por el reflejo de las miles de candilejas que alumbraban el templo. ¡Nunca imaginó espectáculo de mayor grandeza, para una catedral de provincia! Después, respiró hondo y, haciendo un esfuerzo logro cambiar de expresión y adelantándose por uno de los pasillos laterales de la nave central se fue a colocar en los primeros bancos del altar mayor.

No tardo la misa en comenzar y lo más admirable fue el ir y venir de los canónigos arrastrando las negras colas y el solemne y ostentoso ceremonial del presbiterio. A la vez eran impresionantes los preludios del órgano, las nubes y el olor de los incensarios agitados por los monaguillos, que con su vestuario rojo y blanco parecían recrearse en el juego de sus movimientos y todo esto reconoce que hacía de la ceremonia un espectáculo inolvidable. A medida que avanzaba la misa, la ceremonia iba cada vez más cautivando por su majestuosidad, a la vez que los niños del coro, con sus diferentes entonos en sus cánticos. Excitaban los sentimientos religiosos, que se engrandecían más con el sonido especial del órgano, al formar un torrente de armonías que desbordaba las naves del templo; para terminar repercutiendo su eco, desde los mármoles del pavimento hasta los vértices de sus bóvedas.

Al sonar las campanillas de los monaguillos, los feligreses y canónigos se colocaban al unísono de rodillas y con la cabeza baja en signo de humillación emitían sus piadosas oraciones. Y él, al verse en presencia de tan gran majestuosidad también se inclinó de rodillas a la vez que se avergonzaba de la poca fe que le quedaba. Después, sin atreverse a levantar su cabeza, pensó en la grandeza de la iglesia que en ese momento pareció más gloriosa que nunca. ¡Qué admirable institución!... De un Dios hombre que llego de la nada a lo más alto y con los años se convirtió en un Dios omnipotente y temible... – ¿El Sumo Supremo siempre tenía razón? Y su dogma ensalzaba la humildad de todos ante su poder Divino, pero lo que más le dolía es de oírles siempre hablarle de rebaños y pastores que debían dirigir. Ellos eran los pastores, porque así lo quería su Omnipotencia. ¡Y hay del que intentara descarriarse!...

Aquel sentimiento tan intenso de fe, que enardecía a los demás, era incomprensible para él. La verdad es que él no quiso ser nunca diferente, pero siempre pensó que el hombre debía de buscar la felicidad únicamente en este mundo. Persuadido estaba que detrás de la muerte sólo existía la vida infinita de la materia, con sus innumerables combinaciones y al fin al caer en la tumba. – ¿La nada?

La vida era fea, con una fealdad triste en un mundo de desgraciados y de víctimas. Era como él imaginaba a su madre, una mujer pobre y de pueblo, criada a merced de los ricos como todas las mujeres nacidas bajo la pobreza y su hermosura dura un tiempo al mantenerse únicamente en pleno estallido de su juventud. La única verdad es que la hembra del pobre, dejara de ser hermosa si no huye de su clase y mismo si le era difícil recordar a su madre en plena maternidad; la imaginaba con cuerpo escuálido, sollozante y triste por los continuos reproches de la gente y no con esos labios y carrillos coloreados que las grandes señoras se pintan; sin embargo el imaginaba a su madre des colorida. Los poetas, mienten sobre el amor, cuando falsean de un modo exagerado su pureza envidiable. “¡No, no puedo olvidarla!
– ¡No sería un buen hijo, ni un hombre si la olvidara! – ¿Cómo voy a olvidarla ahora cuando toda mi vida he suplicado una limosna de su cariño?”

Un arreglado sonido de campanillas, volvió a la realidad sus pensamientos. Y después de observar que su tío Francisco se hallaba en ese momento de espaldas a los feligreses, pensó que aquello era imposible de soportar las dos horas que duraba la misa y decidió salir de la catedral en busca de aire puro.

Con la cabeza inclinada como si se sintiera avergonzado por sus actos, decidió abandonar los alrededores del templo. Dirigiéndose después a la plaza mayor donde un impresionante gentío invadía la plaza, atraído por su famoso concierto matinal. La plaza llena por una juventud alegre y bulliciosa se hallaba a la vez adornada con guirnaldas de vivos colores, pero fue al observar a la gente cuando quedo impresionado, traumatizado y desconcertado. Al sentir la alegría de una libertad merecida, después del tiempo pasado en el silencio de los claustros y claverías.

El contraste que acababa de recibir aquella mañana calurosa de julio y su ambiente excepcional. Experimentaron en él, una sensación de embriaguez y laxitud difícil de explicar. Es verdad que el aire se hallaba saturado de una irresponsable frivolidad moral y esta insensatez, que para la moral cristiana era innoble a él le dejaba indiferente sin ninguna necesidad de reflexionar mismo si apenas acababa de recibir en la Iglesia el impacto de su dogmática doctrina.

Sin ningún pudor, grupos de muchachas lucían sus hermosas piernas, al presumir con sus faldas ceñidas y por encima de la rodilla sus exuberantes traseros. A la vez que con sus blusas transparentes y ajustadas, daban vida a una juventud dispuesta a enardecer sus modulados senos. Las jóvenes no dudaban en cultivar su continua provocación del morbo, y mismo luego cuando son esposas, algunas no hacen ningún esfuerzo para ocultar su infidelidad. Eran tiempos en que el amor y los sentimientos nobles y sanos se estimaban una chabacanería; nadie amaba, pero todos ansiaban el sexo y como intoxicados recurrían a las modas más provocativas. Al establecerse el morbo como única regla.

A la vista de aquel espectáculo, José sin saber que responder a sus últimas alusiones. Se preguntaba qué pensaría de todo esto su tío Francisco, él tan humilde, sencillo y puritano. Estaba seguro que le avergonzaría y repugnaría la frivolidad de las nuevas generaciones y se plantearía con agudeza, que la Iglesia debía ejercer todo su poder por imponer su orden moral. Era a ella a la que correspondía con su influencia, acabar de una vez para siempre con ese maldito problema del sexo. Para eso Dios debía descuartizar con su poder y de la misma forma que lo hizo en Sodoma y Gomorra a esos inconscientes pecadores, que están llevando a la sociedad a su total destrucción.

Excitado por sus obscenos pensamientos, se pregunto si su tío no hubiese sido nunca sensible, a las tentaciones de la carne: – ¿Sería tan bueno como dicen, su tío Francisco?... – ¿Será verdad que no es un hombre como los demás? – ¡El Señor me perdonara, pero mismo en su aparente firmeza, sin la menor duda, él es un hombre - ni más ni menos como los otros!

También él, recuerda que en el transcurso de su vida y aunque acababa de cumplir los veinte años ya se había “enamorado” más de siete veces. Su primera vez fue Vicenta, la hija del veterinario de Monte derramo, que frecuentaba como él, el liceo de Orense y cada día los dos hacían el trayecto en el mismo autobús. Él recordaba bien esa época, cuando al anochecer, se paseaban por la Calle Mayor, para más tarde ir a pecar a orillas del río para buscar disimuladamente después los rincones más oscuros de su alameda. Tampoco había olvidado su último amor con una moza madura que trabajaba en la centralita de correos y cuando cerraba la trastienda se embelesaban en él más delicioso de los pecados.

Distraído en sus pensamientos no se dio cuenta que había cesado la música, pero el concierto debió de ser de categoría, pues cuando cesó de tocar la orquesta, vio como la gente abandonaba sus asientos con cierta pereza. Se estaba bien allí, pero al observar de nuevo con curiosidad a estas gentes indiferentes a ese Dios, que un día imaginaron unos cuantos judíos aprovechando la ignorancia de los haraposos mendigos en un rincón de Asia. Se dijo que si el espectáculo era diferente, él prefería a estas gentes con su alegría, sus contagiosas risas y sus ansias de devorar la vida. Que las nebulosas ilusiones de moral, que la Iglesia predica acerca del reino de Dios en la Tierra.

El fuerte sonido de dos campanadas, anunciando que la misa mayor estaba finalizando y esto hizo reflexionar a José al recordar que María le dijo que su tío le esperaba en la sacristía. Con paso firme se dirigió a la catedral y al penetrar en el templo se percató que la misa acababa de terminar. No obstante al avanzar por la nave central encontró dificultad al avanzar contra corriente con los fieles que sumisos aun en sus creencias abandonaban el templo y en el cruce del altar mayor se vio obligado a desviarse porque varias monjas con sus almidonadas tocas de rodillas rezaban sus oraciones. Estas, a la vez vigilaban con disimulo un grupo de niñas vestidas todas de la misma manera y lo único que se diferenciaba en ellas eran sus lazos de color rojo o azul. En la sacristía los monaguillos comentaban la majestuosidad de la misa, a la vez que con la ayuda de Manuel, el sacristán que le recibió el día anterior en el templo iba recogiendo y guardando los enseres de la misa. Para después, sobre una amplia y rectangular mesa, el sacristán y su tío con la ayuda de los monaguillos y varios canónigos ordenaban las vestiduras sagradas de la última ceremonia. La sacristía causó a José una impresión de extraña admiración al observar que las vestiduras eran portentosas y ante aquel extraño mundo de exuberante riqueza. Quedo asombrado al reconocer que él era un ser privilegiado entre muchos, dado que fácilmente la mayoría no llegaban a adivinar la existencia de tanta joya impresa en dichas vestiduras.

La vestimenta de la Iglesia Católica Romana, se rigen por un reglamento que comienza en las últimas rúbricas generales, que son preceptos para la orientación de los sacerdotes y la realización de los ritos sagrados que se encuentran sobre todo en el misal. En general los ropajes eclesiásticos católicos pueden dividirse en tres clases, que son:
–vestiduras de misa, las que llevan los diversos celebrantes de la misa.
–vestiduras episcopales, las que llevan los obispos y otros miembros de la jerarquía superior.
–vestiduras generales para los otros.

La vestidura de un sacerdote cuando está celebrando la misa, se compone de una casulla sagrada, bajo la cual lleva una estrecha banda llamada estola. Tanto la casulla como la estola son de color blanco, rojo, verde, morado o rosa, dependiendo de la estación del calendario de la Iglesia, de la festividad o del acontecimiento que se conmemore.

La vestidura de un obispo cuando está en el altar, se compone de una larga sotana de color negro o púrpura. En la cabeza llevan puesta la mitra (sombrero alto en forma de lengua) y en la mano se apoya sobre el largo báculo pastoral, símbolo de la autoridad que va ejercer sobre su rebaño, al igual que el cayado de pastor, aunque este sea más rústico y pequeño. Hasta hace poco tiempo, también llevaban por debajo de todas las demás vestiduras, la sotana larga hasta los pies. El color de la sotana varía según quien la lleve: - negra para un sacerdote, púrpura para un obispo y roja para un cardenal; solo el papa lleva sotana blanca. El birrete gorra cuadrada con tres estrías, hoy está fuera de uso y el solideo es un pequeño casquete redondo en color correspondiente al rango del usuario, que cuando se lleva en el templo solo se descubre en los momentos más solemnes de los cultos.

–Buenos días. Dijo José.
El padre Francisco, hizo una breve pausa, para después de incorporarse con una disimulada sonrisa y dar a entender que acogía feliz su llegada.
– ¿Quería preguntarte, que al principio de la misa te vi sentado en las primeras filas del templo y poco después, no volví a verte? – ¿Dónde te metiste?
–Bueno, tío el ruido ensordecedor del órgano, me hizo buscar sitio más atrás.

A José le pareció amable la pregunta por el tono de voz, pues poco después sin dar más importancia al asunto con una sonrisa obligada dijo: – es verdad José y yo sé que no es fácil. – La misa cantada son muchas horas. – ¡No, no yo sé que no es tan fácil! Para él, su ausencia parecía salvada; al observar que su tío ante el silencio y atención que les prestaban los monaguillos y especialmente el sacristán se las arreglo para cambiar la conversación.

–Sobrino. – ¡Me gustaría saber si estás dispuesto ayudarnos a recoger el vestuario! Y más tarde se le acerco para decirle con cierta naturalidad que siempre iba a respetar la integridad de su vida privada y fue verdad porqué siempre tuvo un gesto de atención hacia él y jamás le reprocho sus dudas religiosas mientras que los de su profesión y otros lo hicieron siempre.

– ¡José, me dará mucha pena cuando te vayas! – Bien sabes que estoy aquí para cuidarte y ayudarte en lo que haga falta. No importa que me hagas renegar algunas veces, yo te ayudare siempre. Era verdad todo eso, pero para él todo era confuso y reconocía que en ocasiones se disgustaba al no comprender nada. Le había cuidado desde que nació, le había tenido en sus brazos, le había enseñado a andar y pese a todo siempre él había rehuido.

Poco tardó su tío, en abandonar la sacristía, alegando una reunión con el obispo. Al despedirse su tío, los jóvenes canónigos así como el sacristán y los monaguillos, hicieron un gesto con la cabeza como muestras de simpatía. Con esa admiración que siempre estas gentes sencillas han demostrado a sus jerarquías por la labor apostillar y el prestigio que ejercen sobre ellos. Pues al parecer, el trabajo sencillo y eficaz de su tío, se había difundido con rapidez entre las personas más humildes y hasta los sirvientes del templo y canónigos se hacían lengua de su sabiduría.

No eran más de las dos de la tarde y aunque ya sentía hambre trató de satisfacer a su tío. – (¿Porqué no le iba agrada la idea de mostrarse servicial? – ¡Si el ayudar a recoge este precioso vestuario era para él una novedad!). Después se dedico a estudiar a uno por uno a la vez que trataba de comprender sus vidas y llego a la conclusión que todos le parecieron tener modales diferentes al proceder de diferentes capas de la sociedad. No obstante percibía que existía una agradable relación entre ellos y esto alegro al parecerle que estaban pasándoselo bien.

José, llego tarde a la comida y con la respiración alterada por haber caminado deprisa y al subir las escaleras vio que su tío impaciente le esperaba en la puerta de la vivienda que al oírle llegar con voz más bien disgustada ordenó que María comenzara a servir la paella. Su tío no estaba muy contento ni seguro que él hubiera hecho exactamente lo que se le había ordenado. Pero se mantuvo correcto al comprender que por su juventud mantenía criterios diferentes a su dogma y todo porque a él también le disgustaba la idea de aquel idealismo ortodoxo y exigente que en cierto modo seguía dictando Roma. María al contrario no dejo en ningún momento esa mirada cariñosa que la caracterizaba hacia él, aunque reconoce que ese día le pareció que pese a su aspecto lozano, se hallaba cansada.

Al quedarse solos los dos después de la comida, su tío le pidió salir a la terraza con el fin de discutir los pormenores de su futuro y una vez frente a él pudo percibir una breve sombra de tristeza en sus labios. Pero fue tan breve que pudo con facilidad fingir como que no lo había percibido. No obstante José creyó que la tristeza de su tío Francisco se debía solo a que él siempre tomaba muy en serio sus estudios y su educación.

José no tardo en adivinar que lo que le proponía su tío representaba un cambio de rumbo en sus vidas y no guardaba relación con nada de lo precedente. Al parecer, todo su futuro se hallaba escrito y bien planificado en la libreta que su tío había abierto sobre sus piernas y no había al respecto vuelta de hoja. José, conocía bien estas forma de imposición en el buen sentido de la palabra, con el sólo fin de disimular alzó los ojos al cielo y contemplo desde allí que entre nubes dispersas volaban media docena de cigüeñas que él envidió al observarlas su majestuoso vuelo y su ilimitada libertad. Después José, terminó mirando fijo a su tío y emitió un entrecortado suspiro como toda respuesta y sonriendo disolutamente agacho la cabeza para luego sonreír de nuevo a su tío. Si, así era a partir de entonces, José sabía que ya no volvería a cavilar en unos años. – No puedo menos que agradecerle de todo corazón ese sentimiento que usted tiene por mí y nunca olvidare lo que hace por mí…
–Nadie te pide que me agradezcas nada. – Dijo su tío Francisco entre dientes.
–Sí, sí. – Usted lo sabe y permítame que le sea franco. – Hace años que busco el momento de agradecerle todo lo que hace usted por mí, fue usted muy bueno con migo y fue también el sólo que tuvo la bondad de no dejarme mientras que mi madre me abandonó. – ¡Ay, tío, si supiera lo que sufro! Al oír estas palabras, su tío se levanto de pronto y abrazándole rápidamente, le dijo: – ¡qué pena siento!… – ¡Qué pena!…Después, su tío le miró con ojos humedecidos y con voz temblona volvió a decirle que todos en este mundo sufrimos y no importa que duela mismo si tú tienes razón...
– ¡Perdónala, es tú madre! – Tú madre fue buena. – No lo olvides nunca José. – Y un día comprenderás que la tentación de la carne, conlleva con facilidad al pecado y tu madre fue víctima de su primera locura de amor.

Después, su tío Francisco guardó silencio de nuevo y en su mirada perdida entre los tejados del templo podía adivinarse que su imaginación se hallaba desgarrando el denso velo de su pasado. Así era pues el recuerdo volvió a él como si aún estuviera en aquellas tardes y en aquellos brazos morenos sedoso y ardientes con los que recibía la primera fragancia en esa locura que conlleva al pecado de la carnal. Ella fue cayendo poco a poco enamorada de su personalidad, de sus años de experiencia y de su facilidad de palabra. Recuerda como si fuera hoy el sentir en su cuello el roce de sus finos brazos y sus labios ardorosos, aquel primer beso que le había despertado su primer libido. Después, fue colocando en su imaginación los tibios y suavizados contornos, de aquella carne tan deseada que deleitaba todo su ser, sin poder evitar el estallido de su joven virilidad. Nunca olvidaría, cuando ella y él, en tibio lecho y rodeados en la discreta oscuridad gozaban los delirios de sus más gratas emociones que tendría que guardarlo para siempre como él más profundo de los secretos. La verdad es que él no llegaba a comprender él por que se hallaba en pecando cuando en este mundo solo vive por el amor. Pero a él ese frío eterno de aquella cama le recordaba siempre su eterna promesa del celibato.

Tras estos agradables pero pecaminosos recuerdos, volvía a su voluntad de campesino tozudo que anulaba las exigencias de su sexo y que pese causarle horror. Reconocía que él, la había amado y que no llegaba a olvidarla. Pero aunque era consciente que su acto fue un sacrilegio y una mundana pasión él seguía siendo incapaz de olvidarla. Por otra parte le entusiasmaba pensar que formaba parte de una institución extendida por toda la Tierra que tiene en su poder las llaves del cielo y de las conciencias por eso siempre le habían enardecido las glorias de la Iglesia. Además, él era ambicioso y pensaba ir más lejos que un modesto curato de una simple parroquia.

Era el pasado que reaparecía con la presencia de su sobrino, para echarle en cara su infidelidad. La idea de ser un mal sacerdote y el sexo, habían creado en él una inacabable tormenta de amor, que desvanecía toda esperanza de tranquilidad.

Ante este conflicto, él se hallaba asustado por su porvenir y al no poder resistir más tiempo sus emociones se alejó por un instante a la terraza y cubriéndose los ojos con las manos. Lloro por los pecados cometidos y por aquel amor prohibido que iba acompañarle hasta su tumba.

Qué lejos estaba de adivinar José, la profunda tristeza de su tío al ir más lejos la realidad que su bondadosa imaginación. No obstante aunque le intrigo las constantes reflexiones en que se hallaba su tío, quiso preguntarle, pero quedó con la boca cerrada y sin atreverse a dar salida a sus palabras… Su destino era obedecer a esa voz cariñosa y dominadora que cultivaba su tío. Después lo abrazó y beso de nuevo en la mejilla, con esos besos tiernos que a él le parecieron propios de un padre siendo estos besos cariñosos, los que oscurecían su pensamiento, anulaban su voluntad y hacían temblar su cuerpo desde la cabeza hasta los talones. ¡Todo quedo olvidado, al caer vencido bajo la caricia paternal de su tío!

De nuevo el silencio, que parecía ahora más profundo al no llegar los ruidos de la calle, al haber cesado los sonidos de cornetas y el redoblar de tambores. Entonces volvió acordarse de la fiesta de Zamora que en ese momento parecían estar terminando los actos oficiales, para después pasar al festejo popular que caracteriza a estas fiestas. A José la verdad no le molestaba estos sonidos, ya que su cese lo alejaba del mundo exterior y desde allí solo le quedaba observar los tristes tejados ennegrecidos del templo.

Su tío mientras tanto seguía hablando como un niño inquieto y sin querer sentarse iba de un lado a otro de la terraza, para terminar acentuando: – En Madrid terminaras tus estudios y después no te preocupes con una simple oposición trabajaras para la administración del Estado. A José no le llamo la atención el tono autoritario que su tío estaba usaba al proyectar su futuro, pero quedo un poco acomplejado al observar cómo mientras hablaba; le amenazaba con una mano entre severo y risueño, algo como si en el fondo de su pensamiento le hiciera cierta gracia, la falta de atención que él le dispensaba.
– No es necesario que se esfuerce, tío soy consciente de mis obligaciones y usted verá que sabré cumplir con mi deber.
–Lo sé José, siempre te creí un muchacho excelente. – ¡Tú, fuiste tan bueno, tan dulce, que de pequeño nos asombrabas a todos con tu buen corazón! – También te diré que durante unos años no nos veremos, dado que Roma necesita mis servicios; pero no por esto dejaremos de mantener una comunicación periódica con el fin de seguir de cerca tus estudios y problemas que pudieran surgir.

José sonrió con dulzura, como admirando la simplicidad de su tío y le dijo de nuevo: – Gracias tío por sus inquietudes y le escribiré a menudo. Después cuando creyó terminada la conversación y él ya se retiraba al fondo de la vivienda algunas palabras no comprendidas le hicieron retroceder. – ¿Qué dijo tío – que no le entendí?
– ¡Digo hijo, que tengas mucha suerte y que rezare por ti!

El silencio de la noche era profundo en este rincón de la catedral, que solo era roto de vez en cuando por el desagradable castañetear de las cigüeñas con sus picos. Luego se hecho sobre la cama y en poco tiempo quedo dormido, después de aquel día tan agitado en emociones. A la mañana siguiente se levanto pronto con el fin de no perder el tren.
– Como sabrá Tío Francisco, me queda una hora para la salida del tren y por eso vengo a despedirme de usted. Su tío sonríe con dulzura al admirar la simplicidad de su sobrino. Era un gesto que él bien conocía y que le hacía sentirse orgulloso de su persona.
– José, te deseo mucha suerte y no te preocupes de nada, ya que todo está bien planificado; pero si tuvieras algún problema no dejes de comunicármelo. Luego también con un fuerte abrazo se despidió de María que tenía los ojos enrojecidos, las facciones arrugadas, y la piel húmeda como si hubiese llorado mucho.

José andaba calle abajo, cuando María le llamo desde la puerta de la torre que conducía a las habitaciones del claustro alto, para que volviera a subir. – Adiós, hijo mío y Vuelve pronto a vernos. Lloraba de nuevo y abrazándose a José le dijo: – Toma y guarda bien estos ahorros de mi parte y entrégaselos a tus abuelos. José noto la entonación de cariño que había en la anciana, por él y su familia y no pudo por menos de abrazarla de nuevo. – ¡Adiós y gracias señora!
–De nada hijo, pero sobre todo no nos olvides y recuerda que tu tío Francisco solo vive por ti y no dejes como bien te dije de darles un fuerte abrazo y muchos recuerdos a tus abuelos.
-– ¡Adiós de nuevo y gracias señora!
– ¡Adiós - adiós hijo mío!





CAPÌTULO III





CAPÌTULO III
POLgarci
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Re: HIJOS DEL CELIBATO

Mensajepor POLgarci » 24 Nov 2014 18:37

GRACIAS Y SE SIGUE



CAPÌTULO III



De nuevo con su pesada maleta caminaba calle abajo y después de atravesar el antiguo casco amurallado que solo se accedía por siete puertas llegó con un cuarto de hora de avance a la salida prevista de su tren. Lejos iba quedando Zamora y su catedral del Siglo XII y al alejarse el tren sólo se destacaba su torre y su cimborrio.

El tren dejo atrás la capital para de nuevo abarcar con la vista la plana meseta de Castilla y al avanzar la mañana el habitual calor de la meseta sé hacia insoportable. Para pocas horas después el paisaje fue cambiando al penetrar en esa Galicia húmeda y perpetuamente verde. Pero era en sus continuos desniveles que desde del tren, se divisaban esos pequeños y encantadores valles; para después de atravesar varios túneles el tren chirriar sus frenos y detenerse en la estación de Ourense/Orense.

Esta ciudad en el noroeste de España, es a la vez capital de la provincia que lleva su mismo nombre y se halla situada en el centro de una región fundamentalmente agrícola aunque la actividad principal de la ciudad es de carácter administrativo. Sus manantiales de aguas ricas en azufre (donde toma su nombre) han sido utilizados desde los tiempos de romanos. Orense, como todas las capitales cuenta con una catedral románica con posteriores ampliaciones góticas, ambas del siglo XIII y un bonito puente sobre el río Miño.

Al salir de la estación, José dio un vistazo a la acera que dominaba el bulevar, y su primera impresión fue que como siempre se hallaba repleta de curiosos y todos ellos sentados en las terrazas de la media docena cafeterías que con disimulo observaban a los recién llegados. Mientras los vendedores ambulantes pregonaban con voz achicada sus productos de dudosa pertenencia. José siguió su marcha a lo largo del bulevar, mirando los diferentes escaparates de las tiendas sin prisa, dado que su autobús tenía su salida dos horas después de la llegada del tren.

Él conocía bien la estación de autobuses, porque en sus años pasados en el liceo de la capital, recorrió este trayecto habitualmente. Al subir al autobús, José reconoció a su amigo Juan Sánchez, un mocetón grave, de carácter áspero que estudiaba en Madrid. A Juan lo conocía muy bien dado que vivía muy cerca de sus abuelos y, además, lo había tratado desde muy niño. José se sentó a su lado y sin dejar de observar su rostro demacrado, intento preguntarle por su salud, a lo que Juan, evito responder a lo largo del trayecto.

Es verdad que los años trajeron a Juan modificaciones en su familia, pues su madre murió de repente. La encontraron tendida sobre un surco de sus tierras, con una herida en la cabeza, que achacaron a su padre y por lo que tuvo que estar largos años en la cárcel. El señor Juan que era como se le conocía, al parecer escribía a menudo a su hijo, desde la cárcel; pero su hijo no llegó nunca a perdonarle y se hablaba que Juan en Madrid gastaba los dineros de la familia en malas compañías.

Al recordar los problemas de otras familias en este periodo del pasado, José sonrió amargamente y se burlo de su pesimismo familiar. Todo el trayecto su amigo Juan tuvo una actitud poco comunicativa por lo que termino por hablar de cosas sin importancia y más tarde por otros amigos supo que Juan era un enfermo de Sífilis o de otra cosa peor.

Ante la falta de diálogo por parte de su amigo, José fijó su atención en el paisaje homogéneo, que con sus altiplanos de horizontes suaves, que forman lo fundamental de las unidades morfológicas de este terreno. El sur de la provincia está dominado por materiales como la cuarcita y la pizarra conformando una superficie muy rugosa y de apariencia serrana, culminando en la Serra de San Mamede que son los picos del mismo nombre a 1.618 metros alcanzando la mayor cota y Serra do Burgo a unos 1.200 metros hacia el este. Ambas se incluyen en ámbito de espacios protegidos y junto a estas dos unidades se desarrolla el sistema de afluentes que, en su descenso hacia los embalses de Norte, Edrada y Leboreiro drenan el altiplano. Por lo contrario, las tres cuartas partes del terreno forestal se concentra en la mitad meridional, más agreste y en cuyas cimas aparecen grandes extensiones de matorral. Siendo aquí, donde la conjunción y juegos de profundos valles encajados y fuertes elevaciones confieren al paisaje un mayor dinamismo, un aspecto más enérgico y contrastado. El cambio estacional en esta región es frecuente y entre las cumbres blancas invernales, la mayor variedad tonal son los verdes de la primavera y de verano. Después cerró los ojos, imaginándose entre los prados de alfalfa revolcándose a su capricho como cuando de niño jugaban volteándose en sus laderas y adormecido en sus infantiles sueños abrió sus ojos cuando el conductor anunciaba ya la llegada a Monte derramo.

Este término municipal, está situado entre los diez de mayor extensión de la provincia de Orense y entre la orografía de las Sierras Centais y el río Sil. Monte derramo, a lo largo y ancho de su municipio cuenta con 13 parroquias. Este municipio está rodeado de alta montaña y en su núcleo configurado se halla en torno a una gran plaza. Que es donde se halla el ayuntamiento, no obstante sus habitantes se trasladan habitualmente a la capital provincial, distante 45 kilómetros para la mayoría de los asuntos burocráticos y comerciales.

Al salir del viejo casco del pueblo, de pronto se halló frente a un extenso rosario de oscuras casuchas y a su derecha un viejo pescador como una momia acartonada parecía bailar, a causa del fuerte viento que zarandeaba su amplío impermeable amarillo. No obstante el viejo que parecía perder su vista en las rojizas aguas del río, sin importarle el viento terminó colocándose de cuclillas y sin dejar de chupar la pipa con fuerza sé hecha la gorra sobre la frente.

Había llovido fuerte en Monte derramo esa noche, y de las Serras de Mamede y do Burgo, el río Mao venia crecida aunque a lo lejos se debilitaban sus aguas al entrar en los embalses de Endrada y Leboreiro. Cerca de la entrada de la casa de sus abuelos, ya vio a su abuela Asunción recogiendo con voz recia los animales domésticos que se movían con libertad por el prado que rodeaba la vivienda. – ¿Eres tú, granujilla? – ¡No te esperábamos, pues pensamos que pasarías más tiempo con tu tío Francisco! – ¿Creo mocoso que lo que pasa es que no puedes pasarte de tus abuelos y sobre todo de tus amistades femeninas de Monte derramo? La abuela que miraba y admirada al mocetón de su nieto, después de su habitual fuerte abrazo, sonrío guiñando los ojos maliciosamente.


Era una satisfacción encontrarse de nuevo en su casa. ¡Cómo amaba él aquella buena familia que tantas veces le habían fortalecido en los momentos de desaliento! La abuela le pidió después que se sentara en el banco de piedra con ella para que le contara todos los pormenores de su instancia en la Universidad de Salamanca. El abuelo llegó poco después medio encorvado y sin dejar el veneno del tabaco entre sus labios y que estaba acabando con su precaria salud.

De su abuelo, después también hubo besos y abrazos. – ¡Vaya, vaya! ¡Qué sorpresa!… ¡Cuánto me alegro de verte de nuevo! Dijo secándose con el pañuelo sus lágrimas. Y poco después, no tardo en llegar la cariñosa vecina de al lado, de la que recibió con expresión infantil los dos besos sonoros que ella estaba habituado a darle. – ¡Cómo la quiere a usted este chico! – dijo su abuela.
–No puedo quejarme de su nieto, José es muy bueno… – Cada vez deben de estar ustedes más orgullosos de él… – ¡Qué guapo es! – Es el vivo retrato de su madre… – Pero por lo contrario de mi hijo Vicente; cada vez estoy más preocupada por él. Estas palabras debieron de halagar mucho a sus abuelos pues correspondieron a ellas con una prolongada sonrisa.
–Oiga usted, señora Ramona; tengo entendido por mi abuela, que Vicente le da muchos disgustos.
– Así es hijo, no solo él, sino muchos jóvenes del pueblo. – Ya iras hijo viéndolo con tus propios ojos; pero…  ¿qué quieren ustedes? Debe ser cosa de su edad, pues a la juventud de hoy dicen que hay que dejarla divertirse y todo pese a que están perdiendo ellos solos la salud. Después se limito a callar y su forzada sonrisa de extremada bondad, dibujaba en su rostro la ignorancia estúpida de una madre, que sigue admirando como parte de su ser, a un hijo que se halla a los límites de su perdición.
– Estoy muy triste, José, muy deprimida, estoy deseando que hables con él, a ver si me lo convences que quite esas compañías. José sonrió con un punto de amargura.
–No se preocupe, lo haré y la doy un beso señora Ramona. A estas palabras consoladoras, la señora sonrió también, no habló pero se acerco a él y se dejo besar.
–Señora estoy tan apenado como usted, en el autobús he visto a Juan Sánchez el de María, la que murió asesinada y me asustó mucho.
¡Ay, santo Dios! – ¿Qué habré hecho yo para tener que cargar con semejante cruz?
– ¿Sabes Hijo, que mi hija Elena, la que es más joven que tú, también se me droga?
Estos perros contrabandistas, nos los están matando a todos. Antes, los hijos de su madre, pasaban café y tabaco; pero ahora, los maricones, (perdona José) pasan la droga, ese veneno que nos los está matando. Y después llevándose las manos a los ojos, Ramona rompió a llorar con desconsuelo.

Al otro día por la tarde con el fin de abrazar su tía Irene, se acerco al pueblo; pero llevaba lloviendo todo el día y aquí el mejor refugió de la gente son los sopórtales de la plaza mayor. Su tía vive en un segundo piso y, desde los ventanales de su balcón domina a la perfección toda la plaza y pese a que no sabe latín, para todos tiene su propia letanía, pues desde su atalaya no se escapa bicho viviente de su acústico control y por eso José para sí mismo pensó: «Si, señor, yo creo que tampoco sabría hacer ni ir a ningún otro sitio. Además, todos los entierros pasan por la plaza y alguien tiene que llevar la cuenta de los muertos y si no quien va a contabilizar las vidas que el tiempo va segando y, además, si alguien quiere saber otras cosas ella siempre tiene una historia nueva que contar.
– Si ella no sabe leer ni escribir, pero lo adivina todo: los amores secretos, así como los desamores y sus consecuencias; nadie en Monte derramo escapaba de la vista de su atalaya ni de su insaciable sed de curiosear la vida de los demás».

De su tía reconoce que fue muy buena con él, y a la vez hacia un licor de café como nadie, como también unas rosquillas que te chupas los dedos: – ¿Tía usted piensa que va seguir lloviendo mucho tiempo?
– Sobrino no lo sé, pero a mí lo mismo me da ya que siempre estoy aquí encerrada, dado que tu tío siempre está en la taberna borracho y con ese dichoso fútbol. Aunque a mí también me gustaría que saliera el sol, no crees. – ¿Bueno José, no vendrás también a preguntarme por esa “señorita” que no sé cómo se llama y pese a que cada vez lo tengo en la punta de la lengua no llego a recordar su nombre?…
¡Si ahora me acuerdo, se llama Filomena!  (La que trabaja en la centralita de correo). – ¡Si José, yo lo sé todo! – ¡Esa mujer es una furgia! – Y después de ti, siempre hay otro y andan diciendo que va pegando ladillas a todos los mozos y estoy segura que algún portugués se ha ido bien servido, aunque eso yo sé que es un mal menor, ya que muchos de tus amigos han muerto o están enfermos del Sífilis o de algo peor.

– Vuelve con Vicenta la hija del veterinario, es buena chica y aunque no es muy guapa, tiene unas mamas capaces de dar leche a todo un colegio. ! También hay otra que me pregunta mucho por ti, que se llama Rosario, que aunque parece mujer precavida; se dice que ya de muy joven debió de ser igualmente dadivosa, hospitalaria, cachonda y amiga de parrandas y amores fáciles.

Llueve con cierta intensidad, sobre la plaza mayor de Monte derramo, pero su tía Irene sigue en su puesto de vigilancia. – José, desde aquí veo como a tus amigos van llegando uno a uno a la cafetería del tío Gamuxo y pienso que ellos no deben saber todavía que estas en el pueblo.
– Tía déjese usted de coñas, que a veces pienso que usted siempre está tirando puntadas y, además, lo hace muy bien.
–José, debes saber y ahora va en serio que el demonio anda suelto por este pueblo.
– ¿Tía cuantas veces tengo que decirla que el demonio no existe?
– Pues yo creo que sí, pues desde hace unos años los jóvenes están demacrados y por sus malos pasos la fatalidad está segando muchas vidas. Además, te voy a decir una cosa que todo el mundo sabe y que tú no porque no paras por aquí. Recuerdas, al hijo de la tía Margarita, el que jugaba de portero en el equipo de fútbol que se llamaba Venancio, pues murió de una sobre dosis de ese veneno que lo llaman coca y también su hermana la pobre de Lorena no durara mucho.
 Esa es la verdad, pero en fin yo creo que su familia hizo lo que pudo, al dejarla en un buen hospital y todo pagado. Al parecer es ella quien ha contaminado a casi todo el equipo, de una enfermedad que dicen que viene del extranjero y no sé como la llama; pero te aseguro que es mortal.  Antes las familias estaban muy unidas, pero mira esta familia donde misma otra de sus hermanas que no se parecía mucho a ella, terminó fumando porros y aceptando proposiciones al catre.

Buen sobrino, serán pocas las precauciones que tendrás que tomar y yo lo único que puedo hacer es rezar todas las tardes un rosario para que el Señor te ayude.
–No, no, descuida tía que yo ya estoy bien informado y, por tanto, atento a todas estas cosas.
– ¿Dónde aprendiste?
– ¡En la universidad, que es donde te preparan y te enseñan hacer frente a la vida!
–No obstante sobrino, serán siempre pocas las precauciones que tomes.
–Bueno tía dejemos esto, ya que a mí me preocupa otra cosa y por eso le diré que estuve hablando en Zamora con tío Francisco y con María la buena de su sirvienta.  ¡Y sabe y yo no estoy de acuerdo con lo que él tío dice que todas las madres van al cielo derechas/! Pero yo tía sigo interrogándome y le diré que no todas las madres son buenas y sobre todo las que abandonan a sus hijos.
– Tía, a mí me parece que no hablo latín, para que no se me entienda, no cree y, además, la buena de María me dijo que usted es la persona más adecuada para aclarar el misterio de mi madre.
– ¡Ay hijo, qué cruz me mandó Dios Nuestro Señor con los amores prohibidos de tú madre! ¡Pero a la vez yo pienso que si Dios lo quiso así, será porque no pudo escapar del embrujo del amor!
– ¿No la entiendo- tía?
– ¡Anda! ¿Y por qué lo ibas a entender? Hay muchas cosas que no se entienden sobrino, y ante eso no-queda más que aguantarse. Un día los justos recibirán su recompensa, mientras los “pecadores” caerán en la horrible caldera de Pedro Botero y, mismo yo, no creo que los servidores de la Iglesia que hayan pecado tengan las puertas abiertas del cielo.
– ¿Pero tía que quiere contarme con esto, sea usted más explícita?
– ¡Calma, calma!
No, no puedo hijo, cuando termines tus estudios te contare todo; ahora perdona no puedo y un día lo entenderás. Bueno José, vete con tus amigos y no olvides mis advertencias déjalos con sus problemas, tú tienes que hacer lo que tu madre y tu tío siempre quisieron de ti un hombre de provecho y estoy seguro que un día terminaras perdonándolos. Y no olvides sobrino que ellos te siguieran siempre queriendo.

En la plaza no dejaba de llover y José no tuvo que salir de los sopórtales para ganar la cafetería del tío Gamuxo. Al entrar en la cafetería detrás del mostrador se hallaba la esposa de Antonio Gamuxo, una mujer voluminosa con la obesidad blanduzca y el cutis enfermizo que se produce al habituar el organismo a una continua oscuridad y la asfixia del tabaco y a su lado su hija Teresa sirviendo a los clientes sin dejar de observarle con gran simpatía.
– Bienvenido José y un abrazo pues mi esposa y yo así como mi hija Teresa no dejamos de mentarlo. ¡Pero cómo siempre está usted tan ocupado con sus estudios!…
– ¡Vaya, vaya! – ¡Qué sorpresa! – ¡Cuánto me alegro de verlo dijo con una sonrisa y un beso sonoro la señora Matilde y fue en ese instante cuando notó en las dos mujeres cierta diferencia en el trato! Después se agotó el repertorio de frases halagadoras y al sentirse perturbadas las dos mujeres sin saber que decir volvieron a sus quehaceres.
Todas los días y al anochecer se reunían allí los amigos de él y, en sus tertulias terminaron por crear un equipo de fútbol a si como un peña de seguidores del equipo provincial y mismo si el Gamuxo quiso impedir siempre los porros en su establecimiento le fue imposible llegar a controlarlo.
– ¿Cuándo dejaran de fumar esa hierba, estos granujas? Gritaba cada vez que salía del fondo del café el señor Gamuxo. – ¿Qué les habré hecho yo para que vengan a desacreditarme el establecimiento? ¡Nada, un día tengo que sacarlos en medio de la plaza, ya que han están traicionado mi confianza!

¡José, no pudo más que reírse de la forma que él arbitró como le llamaban al tío Gamuxo reñía a sus amigos! Gamuxo, al ver como José reía, protesto de nuevo recordándole que él, guardaba buenas relaciones con ellos y que si no se cuidaba se perdería como ellos. – ¡Vaya asco!  ¡Como si este estudiante de poca monta hubiese asistido a cursos sobre la materia o conociera los problemas que estaba causando la dichosa droga!– ¡José, vete al carallo, no me digas que tu aun vives en otro mundo! Al fin, José, en vista de las continuas protestas de Gamuxo, decidió bajo la mirada, cariñosa de Teresa pasar a la sala donde se reunían sus amigos. Él sabía que Antonio Gamuxo le apreciaba como muchacho serio y estudioso pero, además, sabía que a José le tenían cierto respeto todos los jóvenes del equipo y eso le animaba a considerarle capaz de imponer cierta seriedad entre ellos.

Al entrar en la sala, saludo a todos, a la vez le alegro ver como la mayoría de sus amigos se levantaron para abrazarlo con gran simpatía y poco después la animación fue surgiendo de nuevo en la sala. Pero al fijarse en los rostros de sus amigos fue cuando reconoció que Gamuxo y su tía Inés, estaban lejos de saber en la situación calamitosa que se encontraban sus amigos. Estos en su mayoría se hallaban sentados en los cómodos sillones de la sala con los ojos perdidos en el techo como si se sintieran en el séptimo y eterno cielo o algo más allá de la gloria y mientras un olor pestoso a marihuana se extendía por la sala. Alguien le ofreció un canuto o un poco de “chocolate”, que era el argos que usaban ellos para denominar a estas drogas y a la vez se justificaba a legando que no hacía más mal que un simple cigarro. No obstante José, se negó en todo momento en aceptar dicho veneno.

Después se acerco su mejor amigo, que adormecía al fondo del salón y que no era otro que el hijo de Ramona la vecina de su abuela que le pregunto: – ¿Eres tú, José?
–Soy José, tu amigo.
Su amigo como si buscara su voz, entreabrió los ojos y miró como si una sombra se cruzara sobre el techo, a la vez que como un autómata era incapaz de controlar los movimientos de su cabeza por encima de su hombro. Era como si la figura de su amigo José, aun difusa tardara en llegarle.
– ¡Amigo Vicente!  ¿Sabes que sé té está muriendo de pena el corazón? Debes de pensar más en ti ya que té estas matando.  ¿Amigo, te pido que reflexiones y pienses más en tu situación?
–José, ya sé que vienes a contarme que Macario murió de una sobre dosis, y que Juan Sánchez está gravemente enfermo. Pero eso ya lo sé.
No te fijes tanto en los demás y no te apures por mí. Pues yo tengo guardado mi dolor en un sitio seguro y lo que deseo es que se apague mi corazón cuanto antes.
– ¡Vicente he venido a ayudarte!
–Entonces adiós José, dijo con desprecio Vicente. – No insistas, no te necesito. – ¿Por qué Vicente no dejas que te ayude en tu desconsuelo?
Dijo José intentando protegerle con sus brazos, a lo que Vicente con un brusco gesto le rechazo. –«Vicente buen amigo no dejes que se te apague el corazón; sé fuerte y no permitas que la pereza te destruya. Después vio como su amigo se alejaba con paso torpe, en busca de un sitio más tranquilo de la semi-oscuridad de la sala, mientras una música repetitiva y sin ninguna armonía sin más le traspasaba los témpanos. A la vez un grupo reducido de jóvenes, con vulgar torpeza bailaba sin ritmo ni concierto, a la vez que sujetaban en la mano un vaso repleto de alcohol y en sus bruscos movimientos una bola de luz de todos los colores que giraba en el centro de la sala hacia de ellos continuos y absurdos gestos. Luego quiso acercarse a Lorena, la hermana de Vicente; pero tuvo que esperar al estar ésta bailando abrazada a un hombre mayor que ella, a la vez que observaba que apenas los dos eran incapaces de tenerse de pie.

Sé hacía imposible soportar aquel zumbido, pero por desgracia la música seguía tocando sin ritmo ni concierto y ante esta situación sentía que la cabeza le explotaba. Poco después vio que Lorena caminaba con los pies descalzos por el pasillo a la vez que se tambaleaba y hablaba sola. José aprovechó la ocasión y se acerco lo más posible para poder hablarla en el oído, pero ella sacudió la cabeza y con una triste sonrisa le miró con cierto desprecio y le dijo: – Déjame tranquila que estoy cansada y tengo mucho sueño. Por todo esto con gran tristeza, José no pudo evitar que ella sin volver a levantar la cabeza se alejara cubriéndose la cara y sollozando.

José, quedo a la vez un instante meditando, con la cabeza caída y atento a su llamada; pero al ver que esto no sucedía, se acerco de nuevo y la dijo: – « ¡Hay, Lorena, lo preocupada que está tu madre por ti y tú lo arreglas todo llorando!». No hubo contestación a sus consejos, y ante las circunstancias, cruzó la puerta de la sala y sin despedirse de nadie salió a respirar aire fresco a la calle.

José sintió el olor agradable de la humedad de la lluvia y se asomó por ver como por los canalones de los tejados apretaba su lluvia para después más tranquila buscar los sumideros de la calle. Luego siguió caminando bajo su paraguas y como la lluvia no arreciaba recordó cuando su abuelo le explicaba que dependía del lado que llegaban las nubes, que así se calculaba el tiempo que iba a seguir lloviendo.

Serian más de las tres de la madrugada, cuando llego a su casa.
– ¿Quién es? –Pregunto con voz soñolienta el abuelo.
– ¡Ricardo, es José tu nieto! Su abuela Asunción se fue hacia la puerta de la cocina, para aparecer poco después con un par de huevos fritos con tomate y acercarse a él dijo: –Nos tenías preocupados por tu tardanza. – ¿Dónde estuviste? Pues vinieron a buscarte tres jóvenes y entre ellos, Vicenta la hija del veterinario.
–Abuela estuvo con tía Inés y después fui a ver a mis amigos a la cafetería y vengo desmoralizado. ¿Usted no sabe abuela lo que visto en esa cafetería?  ¿La verdad es que yo no me imaginaba en qué estado se hallaban mis amigos?  Le aseguro que yo estaba dispuesto a ayudarles, pero tendré que dejarlos porque ya es demasiado tarde.
– ¿Hijo que puedes hacer tu? Ellos se lo han buscado y te aseguro que se les a podrido el alma... ¿Lo que te digo es cierto?  ¿Y no me digas hijo lo contrario?

José se despertó tarde, murmurando algo que formaba parte de la pesadilla que soñado había tenido. Su nueva situación le había creado, un exacerbada angustia que después de todo lo que le había ocurrido en las últimas cuarenta y ocho horas y seguía preguntándose que era exactamente lo que podía hacer: «¿Habría llegado a juzgar muy severamente a sus amigos?». Pero poco a poco se fue tranquilizando y comprendió que había tantas preguntas a sus respuestas que decidió dejarlas en el aire.

Al día siguiente se levanto tarde y como tenía por costumbre los domingos se dirigió sin prisa a la plaza que era donde se centraba todas las actividades del pueblo y una vez allí como siempre se acerco a la cafetería de Gamuxo que se hallaba hasta los topes. El aperitivo era algo que los españoles sobre todo los días de fiesta no perdonaban y por eso con tanta clientela los camareros realizaban su trabajo entre chillonas voces. Con cierto disimulo y después de una rápida mirada se dirigió hacia la barra donde se hallaba Teresa atendiendo la caja.
Tengo que reconocer que ese día Teresa con una blusa de manga corta y un escote tan pronunciado que hacia visible el principio de sus voluminosos senos estaba radiante. La verdad es que nunca había visto nada tan deslumbrante como la belleza de sus pechos. – ¡Hola Teresa, como veras ha parado la lluvia! Teresa que había oído mal sus últimas palabras, se levantó e inclinó con cierta malicia su busto hacia él. – ¡Qué buena actriz era Teresa, sabia de su poder de seducción!
– ¿No me podrías servir una copa?
– ¡Para ti José, yo tengo todo lo que me pidas! Y le sonrío de nuevo con esa sonrisa que recogía todo lo que había de bueno en su interior para a él. José apoyo sus codos en el mostrador y perdiendo de nuevo su vista entre el exuberante escote le dijo: – ¡Pero en serio, no puedo creerte!  ¡Perdona Teresa, pero no he debido de entender!
–Eres un mirón, – exclamo divertida Teresa.
–Sólo estaba mirando tu blusa.
– ¿Es que no te gusta?
–Claro que me gusta. ¡Eres una muchacha muy bonita! ¿Pero porqué llevas tanto escote?
–Mis amigas dicen que ahora en España somos más libres y hay que estar a la moda. Explicó humildemente ella.
–Es una materia que no voy a dominar nunca bien, sobre todo si se trata de la mujer que me gusta.
– ¿No me digas José que estas celoso de que los hombres me miren?
José sonrió torpe e incapaz de hacer frente a su pregunta, guardo silencio a su pregunta; pero al no poder prolongarlo más tiempo, sin pensarlo más le soltó todo lo que llevaba dentro.
– ¡Teresa, estoy locamente enamorado de ti, por eso me he planteado ser tu novio! – ¿Qué piensas?

A Teresa a la vez que se le ilumino el rostro, exclamo mientras se retocaba su peinado: – ¡Caray! – ¿No sabes cuánto tiempo llevaba esperando esta declaración de tu parte?
– ¿Que quieres decir con eso?
–Pues lo que he dicho, que aceptó aunque a tus ojos parezca una joven muy moderna y excéntrica.
–La verdad Teresa, es que eres encantadora, al darme esta oportunidad.

Todo el mes de agosto, Teresa y José se vieron todas las noches, pero recuerda que una noche, se le apagó la voz hasta hundirse en su interior. Todo sucedió cuando sintió que se clavaba en su pecho el prieto sujetador que llevaba ella y ante tal situación ocurrió lo que tuvo que ocurrir. Pues la tenía tan cerca que dudo en besarla con tanta intensidad que casi no podía respirar; pero ante la dulzura sus labios siguió besándola. El beso fue tan prolongado que ella se fue doblando más y más hacia él que se asusto. Es verdad que no era esto nuevo para él, ya había sentido la pasión del amor en más ocasiones; pero ahora se sentía ahogado y sumido entre amor e incertidumbre. – ¿Qué maravilla es besar cuando sé está enamorado, pensó con respiración entrecortada? Luego al sentir la respiración jadeante de Teresa en su hombro, no pudo por menos de y estrecharla más fuertemente a la vez que la beso de nuevo, para des pues preguntarse:  « ¿Era esta una invitación o una indicación de que estaba dispuesta a todo?».

Ante esta apurada situación que se había creado, él poseído por una irracionalidad masculina se dijo que tal vez era él que tendría que dar el siguiente paso ya mientras su corazón le continuaba latiendo fuertemente, ella seguía respirando sofocada. Es verdad que era difícil poder controlar tal situación que le arrastraba a cometer una locura de la que un día podría arrepentirse: « ¿Santo cielo  debía de pensarlo antes de cometer una locura? Él no podía hechor en saco roto los consejos de su tía y, además, después de lo que había visto en su cafetería sobre las contagiosas y graves enfermedades derivadas de las drogas o como mal menor un embarazo prematuro. Después también se acordó de su madre e intentar frenar sus impulsos y no pasar a los actos. – ¿No, no podemos cometer una locura de la que tengamos más tarde que arrepentirnos?
– ¿Estas bromeando? Dijo Teresa, separándose bruscamente de él, al tiempo que intentaba relajarse: –Háblame de ti ahora. ¿Cuales son tus intenciones?
–Teresa, Sólo tengo una y es convertirme en un buen abogado.
Fue al escuchar las palabras de José que Teresa se dio cuenta que José no bromeaba que forzó una sonrisa.
–Me parece muy bien. ¿Pero y yo que cuento para ti  Nada o un simple pasa tiempo?
–No, no es eso. Pero si te pido que seamos prudentes. Al parecer son los hombres siempre más impulsivos que las mujeres, pero te pido Teresa que esperemos el momento en que mi situación sea mejor.
– ¡José, me parece que tú no eres sólo prudente sino que tienes miedo de mi vida privada, también té falta confianza y eso me da mucha pena! No, no hay necesidad de comprometer tu salud ni tu carrera y como creo que hablas en serio y tienes miedo dejemos las cosas como están. Después Teresa rompió a llorar y se fue alejando por el camino hasta perderse entre follaje de la alameda.

–«Pobre de ella. Se ha de haber sentido incomprendida y abandonada», se dijo luego José, al ver en el estado en que Teresa le había abandonado. «Nos hicimos la promesa de querernos mucho y a la primera dificultad, se acabo todo». Teresa era tan bonita, tan, digamos hermosa, que el no hacerla suya; no era más que la justificada causa que llevo a su madre a la irreparable situación en la que él se encontraba.

Él imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de su madre y de la nostalgia de sus abrazos y suspiros. Siempre la recordaba por sus continuos suspiros, por un hombre que nunca quiso dar su nombre. « ¿Quién será?» Volvió a preguntarse, mientras un rencor vivo iba ganado de nuevo sus sentimientos. ¡Qué pena sentía, al recordar a su madre! Siempre guardaba en el bolso de su camisa junto a su corazón la única fotografía de ella, que un día les robo a sus abuelos escondida en un armario y desde entonces la guarda como su mayor tesoro.

Después, se dio la vuelta y acelero el paso al percibir que una lluvia fina le calaba la piel, además, sólo quedaba él en la oscuridad de la noche el fino ruido de la lluvia que había terminado silenciando el murmullo de los grillos. Sin prisa, y calado hasta los huesos no quiso volver al pueblo y dirigió a su casa. – ¿Qué está haciendo abuela? – ¿Parece que está usted rezando?
–No, hijo, solamente estaba viendo llover. Su abuela le miró con aquellos ojos grises y apagados y como queriendo adivinar lo que había dentro de él. – ¿Qué te pasa José? Tu cuerpo esta mojado como si hubieras abrazado la lluvia.
– ¿Abuela, vengo triste y no sé quién puede ayudarme?
– ¡Bueno José, te diré que yo sólo puedo consolarte momentáneamente, pero en tus amoríos eres tú el único que puedes solucionarlo! – ¿Hijo, que puedo hacer yo más que rezarte un rosario?

Por la noche siguió lloviendo y sin poder dormir entretuvo su tristeza mirando caer la lluvia y los continuos relámpagos que iluminaban su cuarto y suspirando su tristeza terminó por oír una tras otra las horas del reloj de la iglesia. Hasta que por fin, la madrugada fue apagando sus recuerdos y sé quedó dormido.

Días después, por fin le llegaron los documentos para su admisión en la Universidad de Madrid y su fecha de presentación seria el 22 de septiembre. Una semana apenas le quedaba para preparar su viaje y por eso decidió ante todo despedirse de la familia y amigos. Las ocho de la noche serían cuando salió, para hacer la visita prometida a su tía Inés; pero como tenía que ir a la Plaza Mayor, aprovecharía también para despedirse de sus amigos en la cafetería de Gamuno.

Al llegar a los sopórtales de la plaza le sorprendió un importante grupo de chiquillos creando un ensordecedor e insoportable griterío. Eran los hijos de su tía, los cuatro hijos de Adeca la buñolera y los de Maronita Bucinos la mujer de Ricardo el aguacil. ¿De dónde habían salidos aquellos niños? Pero reconoció que eran la alegría y el estorbo del barrio a través de sus gamberradas cada vez más sonadas. Algunos llevaban entre sus labios, un cilindro de plástico imitando un cigarro encendido y en aquel murmullo ensordecedor dos chiquillos se le abrazaron al cuello para decirle: ¡Hola tío, somos tus sobrinos aunque no nos hallas reconocido! Con cierta alegría José quedo recopilando los años que separaban a sus sobrinos y admitió que no les había reconocido aunque sí con cierta que le causo alegría él volver a verlos así como sus actitudes abiertas y los tanteos de su fiereza.

El comedor de su tía Inés se hallaba situado al poniente, por eso estaba caldeado como un horno y en él se hallaba su tía Inés y una señora mayor que hilvanaban junto a la mesa a la vez que charlaban en voz alta a causa de la sordera avanzada de la señora en cuestión. Su tía al verle se levanto y la señora sorprendida por su presencia dejo también la costura. ¡Hombre! Dijo sonriendo su tía Inés sin dejar de abrazarle… – ¡Mire doña Villareño es mi sobrino José, el hijo de mi hermana Margarita!
¡Cuánta ternura brilló en los ojos de su tía al mirarlo, a la vez que él, la acariciaba con los suyos ya que siempre fue para él como una madre!

Turbado por la presencia y las continuas frases de ternura de doña Villareño y a quien poco conocía José término por no separar sus labios. A la vez que la miraba con la mima atención que se asemeja a la estupidez. Por último con esperanza de que cesaran sus besuqueos la dijo: ¡Señora…no me bese más, que no soy tan santo!
Después más tranquilo, disimuló observando el reloj de pared que era más viejo que el tiempo, pues su mecanismo parecía no tener más misión que ahuyentar las gordas y atrevidas moscas que se hacían cada vez más pesadas. Por lo contrario de las paredes colgaban cuadros modernos adquiridos sin la menor duda a bajo precio en algún mercado, así como retratos de sus tíos, hijos y de sus abuelos. Aunque no llegaba a comprender por qué no había ninguno de su madre, ni aquí ni en su casa de sus abuelos. Luego, volvió la vista para observar de nuevo a la señora Vilariño, que no tardó en preguntar a su tía por su hermana Margarita.
– ¿Inés sabes que sigo inquieta por lo que sucedió con tu hermana Margarita?
¿Señora, me puede decir por qué pregunta ahora por mi hermana?
– ¡No por nada, por simple curiosidad!
–Señora cuidado con lo que habla y le aconsejo que no haga ningún mal comentario sobre lo que ocurrió con mi hermana.
–Yo te juro Inés que no quería ser imprudente contigo. Dijo ella con los ojos húmedos por las lágrimas, a lo que después su tía ya más tranquila la miró con pena para decirla: –“Tonta”, no ha sido para tanto. Las mujeres lloramos por cualquier cosa, pero le pido que no vuelva a tocar el tema y tu José por favor siéntate aquí hasta que venga tu tío.

Su tío llegó a su casa como todos los días pasadas las nueve de la noche, fatigado, triste y pensativo. Al entrar le abrazó sin fuerza y soltando el bolso que llevaba la comida al trabajo, apoyó los codos en la mesa del comedor y se limitó a pedir que le sirvieran la cena. Para su tío, la sola ilusión existente, era el Deportivo de la Coruña su equipo de fútbol preferido y su único gozó era cuando ganaba su equipo y la bebida. Era el prototipo de hombre perfecto de la miseria disimulada. Después, José siguió por intervalos paseando su mirada por la mesa, en espera de una pregunta por parte de su tío que no llegaba; hasta que media hora después de llevar sentado, observó que se había producido un cambio perceptible entre sus tíos, ya que de pronto dejaron de hablar y esto a él le pareció como si se sintieran a disgusto con su presencia.

Luego José respiró hondo hizo un esfuerzo y dirigiéndose a su tía con el fin de lograr abrir de nuevo la conversación les dijo: –Resulta…–Bueno tíos, esta parte del verano llega a su fin y la semana que viene saldré para Madrid ya que ha sido aceptado mi ingreso en la Universidad y es por eso que vengo a despedirme de Uds.
–Me alegro de que todo vaya saliendo bien y, además, haces muy bien en tocar el asunto, porque Adolfito Mazo, el hijo de Merexildo el constructor, también ingresa en la universidad de Madrid.  ¿Te debes acordar de él, dado que fue al liceo contigo y más tarde siguió sus estudios en la universidad de Santiago? ¿Por qué no vas a verle?  ¡Tal vez pudierais llegar a un acuerdo en lo del viaje!

Al entrar en el café restaurante de Gamuxo, uno de pronto se halla en la mayor penumbra al estar cargado el local del humo del tabaco y de los refritos de las sabrosas comidas que llegaban de la cocina. La primera mirada de José fue directa al mostrador en busca de Teresa y no fue difícil encontrarla ya que acaparaba la mirada de todos por su belleza. Teresa no tardo en darle las gracias por su visita con esa sonrisa radiante de reconocimiento que la caracterizaba.
Durante un buen rato estuvo encantadora y muy atenta con él, pero cuando le dijo que venía a despedirse de ella porqué marchaba a Madrid; pasó a dejar de ser graciosa y a ser mordaz, para finalmente reprocharle que él hubiera desbaratado con su triste noticia todos sus planes. – ¿De verdad me quieres tanto? Pregunto José.
– ¡No sabes cuánto! ¡Te deseo terriblemente!  Mira vámonos ahora mismo a mi cuarto y te lo demostrare. José dejó escapar un pequeño suspiro entrecortado, y mismo si no pudo bien entender lo que le había dicho los gesto y el tono eran suficientes para llegarle la vibración de aquel enamorado gestó. Nunca le había pasado esto y su declaración le causaba tanta emoción y tan honda que reconocía que nunca hasta ahora lo había sentido.

No cabe la menor duda que era la mujer más bonita y atractiva que había conocido nunca. – ¡Teresa, yo también te deseo, pero no puede dar ese paso ya que los recuerdos de mi madre me lo impidieron y todo porque tú para mí no eres una mujer como las otras!
– ¡Eres muy romántico José! – ¿Pero qué puedo yo esperar de todo esto?
–Teresa, tú lo sabes bien. –respondió él con expresión grave.
Teresa, sin esperar la respuesta, miró fija a los ojos de José y recogiendo sus manos entre las suyas le dijo: – ¿No sé si podré esperar tu vuelta, sin hacer una locura y buscarte por todo Madrid? ¿Crees tú qué es eso lo que debería de hacer?  ¿Pero por favor te lo suplicó? Mientras tanto, no se te olvide escríbeme todos lodos días.

Si importarla la mirada atenta de los clientes, ella se puso a llorar en silencio, y ante tal situación José separó sus manos de ella y sin decirse nada se fue alejando hacia el fondo del establecimiento con el fin de despedir a sus amigos. No sin antes observar de reojo como a Teresa la era difícil contener su amargó llanto y por eso abandono el mostrador entre sollozos como podría ocurrir a toda mujer realmente enamorada.
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Re: HIJOS DEL CELIBATO

Mensajepor Pedritus » 29 Nov 2014 12:16

El celibato es una aberración.
Il n´y a pas d´amour heureux.
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Re: HIJOS DEL CELIBATO

Mensajepor Arthur Clennam » 29 Nov 2014 12:19

Pedritus escribió:El celibato es una aberración.


Que en algunos casos lleva a cometer otras aberraciones.
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Re: HIJOS DEL CELIBATO

Mensajepor Pedritus » 29 Nov 2014 12:35

En algunos que se sepa.
Luego está toda la parte sumergida del iceberg.
Il n´y a pas d´amour heureux.
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Re: HIJOS DEL CELIBATO

Mensajepor Fidalgo » 29 Nov 2014 12:39

Parece que en muchos, muchos.
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Re: HIJOS DEL CELIBATO

Mensajepor Pastinaca » 29 Nov 2014 15:29

Qué poco espirituales son ustedes.
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Re: HIJOS DEL CELIBATO

Mensajepor POLgarci » 07 Dic 2014 19:37

Gracis y se sigue

CAPÌTULO IV
Adolfito que era como todos le llamaban, no puso ninguna objeción de hacer juntos el viaje a Madrid en su automóvil. Se conocían desde niños, y desde entonces Adolfo no había cambiado, seguía siendo un joven extravertido y de una simpatía contagiosa. Reconocía era buena persona, como también su entusiasmo y las ansias de vivir, que se manifestaban en él con extraordinaria fuerza; pues vivía una juventud apasionada debida a su buena fortuna. – “O la de su padre - como él bien decía”.

A las ocho de la tarde entraron por la autovía de la Coruña, para después dirigirse por Puerta de Hierro a la Ciudad Universitaria. Pero al irse acercando a la capital y por ser domingo la circulación iba creciendo hasta terminar provocando largos atascos. No obstante, reconocía que el tiempo era hermoso, una tarde primorosa de finales de verano y don al ir acabándose la tarde el sol poco a poco iba oscureciendo su cielo azul.
Al llegar reconoce que fue Adolfito el que le ayudó a gestionar todos los pormenores de su admisión en la portería de la residencia universitaria, luego se despidió con la promesa de seguir siendo buenos amigos y le dio las señas de sus tíos en la calle Fuencarral que era donde él se hospedaría.
– ¡Adiós compañero y nos veremos en las aulas!

Días después todo entró en orden y la verdad es que se sentía satisfecho de su nueva situación. No podía quejarse de la residencia: -la comida era buena, la habitación amplia y limpia y una gran cordialidad reinaba entre los alumnos.

Pasaron varios meses sin que sufriese grandes alteraciones en su monótona vida que no fuera el roce de los codos de su chaqueta contra la mesa que le serbia para estudiar en su holgada habitación en la universidad. Era natural que fuese así, ya que se había hecho la idea que sus estudios eran lo más importante por el momento en su vida y lo único que le tranquilizaba. Era como si el tiempo que le quedaba para terminar su carrera, estaba marcado en rojo en su calendario. Y si todo iba bien, apenas le quedarían dos años y reconoce que ese día sería el hombre más feliz de tierra.

Bien se acordaba de Teresa, y de los días pasados con ella así como de sus besos y sus continuos alegres paseos y si es verdad que sus caricias habían sido tristes, desesperadas y algo semejante al desconsuelo. Ella le faltaba, y apesadumbrado se dirigió al amplio ventanal de su habitación, para observar los primeros copos de nieve del invierno que caían con insistencia sobre la vaguada del Manzanares. Pero después al observar atentamente el cielo gris cubierto de nubes, se irritó a un más ante su cada vez más desesperado amor por Teresa y además, su tristeza se hizo cada vez más insoportable al divisar que el horizonte se oscurecía impidiéndole ver con claridad la nevada y hermosa sierra de Nava-Cerrada.

Era raro el día que Adolfito Mazo, no le hablará de su don juanescas aventuras de las noches que pasaba con sus amigotes en este bullicioso Madrid que él llamaba “la Movida Madrileña” y de la que el siempre había huido. Bastaba con recordar su pasado y detenerse en los años de su infancia sin madre y sin más consuelo que el amor de sus abuelos. Estaba condenado a sufrir dado que su memoria siempre le hablaba de su existencia anterior; recuerdos que eran siempre confusos y disgregados en turbias lagunas.

Ante la insistencia de su amigo de pasar la Nochebuena con sus tíos, José terminó por aceptar y como él no conocía bien Madrid le pidió que lo llevara. Jacinto Mazo y Margarita Ridruejo, los tíos de Adolfito se sentían madrileños de pura cepa dado que él, a sus dieciocho años emigró a Madrid y las cosas le fueron bien.

Ese día también conoció a Rita, que era como la llamaba Adolfito a su última conquista. Rita era una muchacha alta y bien hecha, con las carnes muy blancas, el cabello negro, los ojos más bien verdes, aunque más bien pequeños y feos; Pero a la vez tenía un carácter resentido, mordaz, despechado, práctico y egoísta. Al parecer su padre tenía un negocio de alquiler de vestuarios, lo que le permitía en muchas ocasiones vestir con cierta extravagancia y esto la llevaba a veces hasta la pura bobería. “La Rita” trataba de casarse con él, pero sin demasiadas esperanzas de conseguirlo, dado el carácter alegre y despreocupado de su amigo.

Anastasio el padre de Rita y el tío de Adolfito, eran amigos de siempre y en su opinión era más estúpido que su hija aunque según todos era todo un experto en política. Pero la verdad es que era un pesado que sólo tenía en la cabeza conseguir doctrinar a todo aquel que tenia la paciencia de escucharle. Pero admite que hubo momentos en que estuvo por decirle claramente que él tenía las mismas ideas de sociedad que cualquier oportunista faccioso y sin haber sido renovadas por los últimos acontecimientos que se desarrollaban en la España “pro-franquista”. No obstante, al no haber nadie que tratara de sugerirle, terminó por aguarlos a toda la sobremesa.
Además, el padre Rita era un hombre barrigudo, de estatura más bien baja, calvo y sin faltarle el clásico bigote fascista. A la vez su nariz aguileña como su torcida boca, al sonreír daba la sensación de continua falsedad y además, a esto hay que añadirle su feo rostro que le hacía más desagradable todavía. Y para colmo a la vez Rita y su madre que estaban sentadas frente a él, terminaron por crearle una situación embarazosa por sus continuas miradas y preguntas sobre su persona

Durante toda la cena, Elvira la mujer de Anastasio y madre de Rita, no abrió la boca y casi no toco la comida no le quito el ojo de encima. Su mirada penetrante y grave, le hizo enrojecer en varias ocasiones y por ese motivo no tuvo coraje de protestar cuando el pesado de su marido no decía más que estupideces. Pero la verdad es que no hubiera servido de nada, porque en realidad no era más que un engreído pequeño burgués, sin más cultura que la asimilada por el adoctrinamiento del régimen franquista. No obstante, fue después que comprendió que estaba medio borracho como la mayoría de los varones el día de Nochebuena. En aquel momento reconoce que tuvo compasión de él, aunque con los años comprendió él porque todos ellos se cebaban políticamente en su persona como también aquellas miradas penetrantes y burlonas hacia él.

El silencio estuvo un buen rato en la sala y fue cuando comprendió que todos esperaban de él una respuesta a las continuas insinuaciones políticas que el energúmeno del padre de Rita repetía. La verdad es que no se sentía cansado de sus insinuaciones, lo que sí quería saber era el porqué de sus ataques políticos hacia su familia. Pero fue más tarde que comenzó a comprender que tanta insinuación estaba relacionada a que su madre tuvo que ver con los últimos acontecimientos políticos de la España Franquista.
– ¿Hijo qué piensas? -¿Por qué pones esa cara?…
–Estoy cansado qué todo el mundo me mienta y, además, me siento incapaz de guardar rencor a nadie. Pero reconocía que no era verdad ya que aquel misterio sobre su madre le iba poco a poco calando hasta el alma.
– ¡Vamos, vamos! – Dijo Margarita la tía de Alfonsito, que entre todos a él, le pareció la más simpática y humana.
– ¿Qué necesidad un día como hoy de llegar a esta situación?
–Perdóneme, pero a veces me parece imposible, seguir sin saber nada sobre mi madre. – «De ella sólo supe que tenía unas ideas precisas sobre los curas y la religión; pues según mis abuelos decía que eran cosas muy bonitas, pero que los ricos seguían siendo ricos y los pobres seguían siendo pobres». José dijo esto con un tono particular, como dando a entender que la conversación había sido en todo momento molesta para él, y mismo si alguno pensaba que él había perdido la cabeza, decidió no sonreír, mirarles fijo los ojos y decirles: – «Se ve que los nuevos ricos de ahora saben mejor rezar que los pobres de siempre».
Él pensaba que su madre llevaba razón sobre la religión, pese a que él sabía que había sido antes muy practicante. No obstante, como todo le había ido en los últimos años tan mal que la adversidad le había cambiado sus ideas y, además, estaba convencido que su madre era una rebelde con causa

Para él, estos nuevos ricos hablaban así de la situación política, sobre todo después de una noche copiosa de vino. Pero no cabe la menor duda que ignoraba todo lo concerniente de la horrible represión que el régimen había ocasionado a lo largo de los cuarenta años de lucha antifascista. Es verdad que cuarenta y siete años después de iniciarse la más feroz guerra civil española, y a los nueve meses justos de la muerte del dictador victorioso que durante casi medio siglo mantuvo al país sometido a su absoluto dictado personal. Por fin las dos Españas se pusieron de acuerdo y fueron capaces de hablar entre ellas sin puñales ni venganzas.

Por primera vez se diría que el lento deshielo de las brutales pasiones surgidas por la contienda civil había llegado su término. Por fin empezaba a dar los frutos la posible concordia nacional y vencedores y vencidos, gobierno y oposición hizo posible la concordia. Los unos salieron de las cárceles y los otros arriaron la insoportable soberbia del vencedor. Pero para estos energúmenos cargados de alcohol, les era difícil hablar después de cuarenta y siete años de dictadura de la “reconciliación-nacional”. Y además por eso los muy cerdos, continuaban entonando canciones bélicas y silenciando los fusilamientos y el exilio y cárceles de los otros.

Nostálgicos y desorientados del franquismo, eran estos fachorras, que todos los años desde que murió Franco asistían a todas las manifestaciones organizadas por los leales y nostálgicos en la plaza de Oriente y estaba seguro de que se preguntaban: « ¿Por qué y cómo el cambio se ha producido sin contar con ellos?». José los imaginaba, vestidos de azul oscuro, gritando en la Plaza de Oriente « ¡Traidores!– ¡Traidores!». – « ¡Las cosas no ocurren porqué sí!».

Después el padre de Rita, intento sin conseguirlo apoyarse en los hombros del tío de su amigo que a la vez también apenas se mantenía de pie: – « ¡Traidores! – ¡Ingratos!». Siguieron chillando los embriagados energúmenos hasta que el padre de Rita, mando callar a Jacinto a la vez que le dijo: –«Ya te dije hace tiempo que el Caudillo era irremplazable y que fue un regalo de Dios, porque con su ayuda España se liberó de la Internacional Marxista».

Con gran dificultad la madre de Rita consiguió sujetar a su marido que con voz gangosa, seguía repitiendo a su amigo Jacinto.
– «La muerte del almirante Carrero Blanco fue, sin querer la obra maestra de sus asesinos. Pues sin él la situación política en España giró 180° grados; dado que Carrero Blanco estaba llamado a ser el puente en la sucesión».
– ¡Compadre! Dijo Jacinto cortándole la palabra a su amigo, a la vez que se recostaba en los hombros de su mujer que sentada en la mesa, seguía con indiferencia los cantes y frases entrecortadas de su marido.
–Por último querido amigo le diré, que no fuimos capaces de propiciar un frente común franquista, en las fechas que Blas Piñar, Girón y Raimundo Fernández-Cuesta dirigían Fuerza Nueva. Además, tampoco fuimos capaces de comprender a Mariano Sánchez Civisa jefe de los Cristos Rey cuando declaraba la necesidad de la unión entre todos, mismo si había que usar la fuerza de nuevo.
A continuación Margarita, saco de la cómoda la Cruz de Hierro, medalla que le entregó el Gobierno Alemán por mi heroica conducta en la División Azul.

José, no pudo por menos que sonreír al ver como el tío de Alfonsito intentaba con gestos provocativos enseñarnos su medalla, para después, con el brazo en alto cantar él “Cara al Sol” – (el himno de la falange). A la que vez sus mujeres asustadas les pedían que se callaran por miedo a las posibles denuncias de los vecinos.
– «Sí Margarita, me callaré - las cosas han cambiado a peor»…

Dada la circunstancia y tras un momento de reflexión, José esta vez le pareció que debía de intervenir y responder mismo si su amigo le hacía señas con la cabeza para que no lo hiciera. No, no podía más y en aquel momento; quiso hacerles comprender que él no era indiferente a las continuas provocaciones contra él y su familia.
–« ¡Vivan los rojos!». –« ¡Viva la Reconciliación Nacional!». Que puso en práctica todas las corrientes políticas democráticas en el comunicado de siete condiciones que elaboro la reforma. –«¡Vivan los rojos!»: maoístas, comunistas, anarquistas, socialistas, sindicalistas de izquierda, demócratas cristianos, liberales, socialdemócratas y grupos nacionalistas, que fueron capaces de ponerse de acuerdo en un documento tan sereno, tan realista y tan realizable; que permitió a España respirar optimismo por una vez. Y sepan ustedes, que en esa problemática transformación política de nuestro país hacia la democracia, pienso que fue decisiva la contribución aportada por los “llamados rojos” en su pensamiento profundo humanista y liberal, un pensamiento crítico hacia las radicales posturas de la anterior sociedad totalitaria y fascista. –Señores, ustedes no saben lo hermoso que es la libertad, dado sus sentimientos conservadores y yo les pregunto: – Porque no son ustedes más inteligentes y hacen como el camaleón de Fraga Iribarne, nuestro paisano que ha creado el Partido Popular(PP.), un partido de ultra derecha capaz de organizar un fascismo camuflado.
– ¡Claro! Dijo con una rabia sorprenden, el padre de Rita. Ustedes lo que quieren es libertinaje como esos que pregonan la “Movida Madrileña” y que solo son una banda de maric… como Almodóvar y compañía. – ¡Pero se equivocan todos ellos nosotros, los patriotas, no permitiremos sus desmadreos!

José, no tardó en levantarse al comprender que la situación era insostenible y observar como todos guardaban un silencio sepulcral a la vez que le miraban con ojos fríos y desorbitados termino diciendo: –Quería decirles todavía algo. – ¡Ya no puedo más! –Quiero que sepan que si mi madre por lo que dicen fue una roja… –sus motivos tendría…

Después la madre de Rita, rompió el silencio alegando con una ironía que le pareció llegar hasta el fondo de su corazón. –Se ve que tienes mucha necesidad de tu madre.
–Sí, señora.
–Pues quiero decirte todavía algo más. – ¿Te has preguntado alguna vez, porque tu madre te abandonó y siempre te ocultaron el nombre de tu padre? –Bueno, de todos modos, es tu madre y madre sola hay una…
–Obra según tu conciencia.

La señora dijo estas palabras en un tono tan particular, que José comprendió que la velada había acabado y con voz apagada la dijo: –«Gracias señoras por sus amables palabras» y, sin sonreír la miro con desprecia a la cara y con voz entre cortada le pidió a su amigo que lo acompañara a la residencia.

Durante el regreso no hablaron ninguno de los dos, pese a que Alfonsito a la vez que conducía el automóvil continuaba afligido y mirándole de reojo. La verdad es que el silencio no le molestaba porque sentía que su amigo no compartía para nada las ideas de sus familiares y amigos. Por eso quiso demostrarle su agradecimiento por su invitación y decidió hablarle no sin antes respirar con placer el viento frió que soplaba en la cara - a través de la ventanilla abierta del automóvil.

Después su amigo al despedirse, le cogió por el brazo y le dijo en tono de conversación confidencial y apacible: –Se ve que no conoces bien a la gente mayor y por eso te disgustas con ellos. –Pero la verdad es que no ven más allá de sus propios intereses. –Tú debes comprender… y si estás preocupado por lo de tu madre, debes de obligar a tu familia a que te diga la verdad y quedaras para siempre más tranquilo… –Pues ni los amigos de mis tíos, ni ellos saben más que los rumores que corren por el pueblo.
–Estoy cansado de verdad. –Pero estimado amigo, si supieras el sentimiento que experimento en todo momento por ella: – un sentimiento de complicidad y de ternura, un sentimiento que va más allá del normal cariño de un hijo por su madre.
– ¿No sé si seré capaz de esperar a terminar mi carrera, ya estoy cansado de tanta mala lengua e insinuaciones continuas? – ¡Por que la quiero, yo la buscaré porqué soy un hombre que siempre cumple su palabra!




CAPÌTULOV
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Re: HIJOS DEL CELIBATO

Mensajepor POLgarci » 08 Dic 2014 18:58

Gracias y se sigue

CAPÌTULO V

Aquella mañana del mes de marzo fue la más alegre para José, pues acababa de recibir carta de Teresa donde le comunicaba que su tío la empleaba como dependienta en su cafetería situada muy cerca de la Plaza de Tirso de Molina. Esta noticia le puso contento porque a él, le quedaban casi dos años para terminar sus estudios y Teresa llevaba tiempo insistiendo en que no podía vivir sin él.

La verdad es que a él, también le faltaba Teresa; pues a excepción de algunas tardes que marchaba con sus libros a una casa de huéspedes cercana a la universidad, donde vivían algunos de sus compañeros de aula. El resto de su tiempo era una rutina no-acto para jóvenes enamorados como él. Algunas tardes iba a pasear por el Paseo de la Rosaleda, hermoso y apacible vergel, donde repasaba sus libros de texto. Pero su estado depresivo se desvanecía al atardecer cuando se acercaba a un café cercano donde se celebraban en alegres tertulias de estudiantes y entretenidos con conciertos de música de todos los gustos se le olvidaba todo.

Llevaba ya días contando las horas, pero bien recuerda que pese a no conocer bien la capital se decidió por coger el metro en la Moncloa, para después de hacer transbordo en Puerta del Sol dirigirse a la estación de Tirso de Molina. Pero fue al salir cuando quedó desconcertado y confuso ante el bullicio el multitudinario espectáculo que ofrecía la plaza al paso del carnaval. Al frente del cortejo marchaba un cabezudo de cartón de grandes dimensiones y detrás un enjambré de chiquillos gritando. –“¡No me conoces!… – ¡No me conoces!”… Detrás entre grandes risotadas, el grupo de muchachos cubiertos con caretas, que se le acercaron y entre gritos ensordecedores terminaron por inyectarle con una especie de cartucho una espuma pegajosa de colores en la cara y el abrigo.

No le fue difícil encontrar el bar cafetería, situada en el número 65 de la calle Atocha, pues a continuación se hallaba el Cine Monumental. Después y una vez en el interior, no tardó un camarero con cara de buenos amigos para pedirle que bebía.
–Una cerveza y a la vez vengo preguntando por Teresa Gamuxo.
–Siéntese usted joven. –Está usted en su casa, y además, sepa que me ha hablado tanto mi sobrina de usted que no me es difícil adivinar quién eres y pido que ya me considere como de la familia. Después se presentó como Ernesto Gamuxo y como tío de Teresa, le pasó la mano por los hombros, para después con unas palmaditas preceptoras terminar por satisfacer a José.

Fue aquel un periodo muy feliz de su vida, ya que casi todos los días se encontraba con Teresa y poco a poco fue olvidando sus perjuicios derivados de la situación moral que le causaban los recuerdos de su madre. Todo cambio para él y reconoce que terminaron por amarse allá de donde podían, en el cine o en él los jardines del retiro esperando la caída de la noche y mismo de pie en el rincón oscuro del portal. Hasta que una noche que la acompañó a su casa, acabaron por acostarse en el rellano de la escalera y fueron sorprendidos por el conserje del inmueble que salió despavorido sin llegar a reconocerlos. También se amaron, agazapados en las últimas filas del cine y lo que más le gustaba a Teresa era que la apretara fuerte en el metro y cuando la gente les empujaba. Por todo eso por el día, cuando no pensaba en los estudios en su imaginación, la sentía siempre a su lado con la mima ilusión de siempre dado que cada día que pasaba su pasión por ella era más intensa.

Porque el dinero de su tío y la beca apenas le llegaba, su nueva situación le llevo a pedir al tío de Teresa trabajo en el bar. Ernesto Gamuxo accedió con gran satisfacción y, sobre todo porque los sábados y domingos eran cuando el bar tenía más clientes y especialmente las mañanas del domingo. La verdad es que esto le permitió estar más cerca de ella y justo en ese momento en que su amor crecía día a día y, además, reconocía que aquel amor era el único lujo que tenia, haciéndole olvidar por instantes la tristeza que le causaba la ausencia de su familia y especialmente la de sus padres. No obstante, aquel dolor que por momentos parecía hacerle olvidar, no tardaba poco después en volver a clavarse con más fuerza en su alma.

Terminó, por hacer bien su trabajo de camarero y poco tiempo después con su esfuerzo y la ayuda de su compañero Jerónimo. Acabó por levantar la simpatía de los clientes habituales. Jerónimo Sánchez era de un pueblo de la provincia de Murcia y el hombre mejor del mundo pese a que todos le consideraban un hombre que no servía para nada. Tenía más de sesenta años y según él, procedía de una familia de Hidalgos. Pero la verdad es que nunca tuvo suerte ya que en sus mocedades había sido militar, pero por servir mal al ejército, pronto se vio forzado a dejar las armas. También había sido empleado de banca, pero cumplió mal y terminaron por echarlo. Hizo de acomodador del famoso cine Carretas, y al parecer careció de carácter para expulsar los homosexuales y prostitutas que trabajaban sus clientes en el patio de butacas y le hizo de nuevo perder su puesto. Se casó tarde y dice que su mujer acabó por abandonarle cansada de aquella vida de continuos fracasos. Pero lo que más le llamaba la atención a José, era que con ser viejo y cascado se miraba mucho en los grandes espejos del bar. Hasta que descubrió que con disimulo intentaba siempre tapar los grandes claros de la coronilla colocándose los cabellos que le venían ya flojos y pegajosos

A Teresa desde la caja no se la escapaba nada y no dejaba de reír con disimulo al observar como José con disimulo le hacía muecas por los andares de Jerónimo, por lo que no tardo en sugerirle.
– ¿De qué te ríes? – ¡No ves que es un buen hombre! … Jerónimo consciente de sus burlas cuando llegó a la barra, sin enfadarse y medio riendo la dijo: –No todos tenemos la suerte de conservarnos como Tú, que tienes veinte años y además estás muy hermosa.
Al parecer Jerónimo había sido un galanteador de primera y su acento madrileño y chulapón caía simpático a la gente. Pero la verdad es que sus aventuras no pasaron nunca de pura charla, porque en el fondo su timidez con las mujeres le impedía pasar a actos mayores.

Las relaciones con los tíos de Teresa, fueron en todo momento cordial, pues Teresa era para ellos como una hija y todo porque el matrimonio no-tenía hijos. Lorena que era como se llamaba su tía, guardaba su hermosura todavía intacta pese a sus más de cincuenta años ya que era de muy bien ver y con ese tipo fino que tanto abundaba en Madrid. La verdad es que ambos aran agradables, pero sufrían con los años la falta de progenitura; pero esto no les impedía ser corteses y respetuosos.

Él llevaba bien su carrera de Derecho y por eso la tía de Teresa repetía a todos sus clientes. Que su "sobrino" era un chico, extraordinario porque Dios le había dotado de talento y de buena figura. A José estos halagos no le gustaban y, además, le creaban una actitud más bien nerviosa, porque él se sentía sólo un hombre que al haber vivido huérfano de padres había sabido obtener una lección de su experiencia. El siempre comprendió que la vida no era un sueño y había que trabajar, ser prácticos y terminar por encima de todo sus estudios.

Empezó el verano y con él las vacaciones en la universidad, y por eso tuvo que dejar la residencia y alquilar un pequeño estudio cerca de la Glorieta de Atocha. No era lujoso, pero era limpio y comparado con las habitaciones de la residencia daba la sensación de una vida más grata y desahogada. Además, ahora en estas inolvidables tardes de verano podía pasear con ella, por ese hermoso Paseo del Prado tan cerca de la Glorieta de Atocha.

Todo ocurrió ese mismo verano y en una de esas tardes que paseaba por esta hermosa avenida, cuando sin ninguna malicia y respondiendo en todo momento a la idea que él tenía de las parejas normales y respetuosas. Pero reconoce que al acercarse a la Plaza de Atocha, que era donde se hallaba su estudio y pese a la situación como la de ellos donde la idea de casarse no entraba por el momento en sus proposiciones. Pensó que pese aquel sentimiento de poseerla prohibido aun para ellos, hubiera tenido solución sin la sombra de su madre que le hacía estar excluido de un mundo de completa y alegre felicidad. No obstante, José tras un momento de duda no pudo por menos que insinuarla: – ¿Sabes Teresa que debíamos podemos subir a mi estudio? – ¡Y no me contradigas porque sé que tú tienes muchas ganas de conocerlo! La verdad es que ella estaba tan enamorada ese día que le beso en la calle sin reparar que obstaculizaban la acera y fue tal la sensación que creyó como si en su entorno la gente diera vuelta a su alrededor y a la vez tuvieran la tierra encima y el cielo abajó.

Teresa quedó sorprendida de la limpieza de la pequeña habitación, así como del acogedor comedor acoplado con una cocina americana, donde una sola y original lámpara iluminaba las dos piezas. Pero lo que más la sorprendió fue la limpieza y el orden de las cosas: –José, nos casaremos cuando termines tus estudios y tengamos bastante para comprar un mejor apartamento. –Digo esto porque no me cabe la menor duda de que los dos pensamos lo mismo. – ¿Sabes lo que debíamos hacer dentro de unos días? – ¿hablar con mis tíos y plantearles que estamos dispuestos a vivir juntos y sabes tendrán que aceptar y reconocerlo a la fuerza? – Pero por supuesto, les hablaremos a la vez de nuestro futuro matrimonio. José escucha atentó sus palabras y sin osar contradecirla porque la verdad él en esos momentos pensaba como ella.

Esa noche fue con Teresa a la cama por primera vez y recuerda muy bien cada instante de ella. Fue muy feliz y nunca olvidaría los delirios de esa noche y su creciente frenesí. El acto del amor le pareció del todo natural; ya que el placer físico no le causo la sensación de un acto prohibido. Y mismo si no era la primera vez que se entregaban al amor, esa noche amó a Teresa incluso con más fuerza y pasión que nunca. Así fue pues esa noche la beso mil veces la acaricio todo su cuerpo, estrecho entre sus brazos hasta casi asfixiarla y pese a su pudor femenil ella también termino con la misma pasión.

Después cuando los deseos parecían acabarse y se encontraban medio extenuados. Los dos quedaron abrazados y pensativos pero, además, ella quedó callada por el temor a que José; que ahora que había apagado su sed amorosa, dejara de pensar como antes. Pero poco a poco fue calmando sus dudas al oír en su oreja, dulces frases persuasivas y con la clara intención de continuar amándose siempre. Estas acariciadoras frases, la dejaron más tranquila y sus dudas fueron desapareciendo al estar convencida de una vez para siempre. ¡Qué José la amaba en todo momento y cuanto un hombre puede amar a una mujer!

Aquel mismo mes Teresa después de convencer a sus tíos y con la promesa de ocultar a sus padres la decisión tomada por ellos se fue a vivir al apartamento de José. Sus tíos que la querían mucho, terminaron por aceptarlo al estar habituados a la manera de vivir en la capital; donde el concubinato después de la democracia se iba imponiendo como un hecho normal. Pero sus tíos no eran sus padres y Teresa comprendía muy bien que el triunfo de estas ideas, no eran compartidas todavía por sus padres. Al principio pensó que hubiera debido contar con sus padres de todo lo ocurrido, pero no tuvo valor. Pues sus padres hubieran sentido más dolor que alegría y todo a que no obstante le tenían a una gran estima a José.

Así la vida se puso de nuevo en marcha, pero esta vez junto a Teresa que parecía muy feliz. También para él, comenzó una nueva vida y pese al recuerdo continuo de su madre intentaba esconder sus sentimientos al no querer mortificarla. Y, por otro lado, se daba cuenta que las dudas que tenia de sus padres, antes de hacerla sufrir debía de averiguarlas él y todo a que ella de vez en cuando notaba que a él se le escapaba algún gesto en su continuo sufrimiento.



CAPÌTULO VI
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Re: HIJOS DEL CELIBATO

Mensajepor POLgarci » 08 Dic 2014 19:01

Gracias y se sigue


CAPÌTULO VI
Pensaba en su porvenir, su tío y protector tenía razón: –«la vida no es un juego» y ahora que de nuevo comenzaba el curso universitario debía cambiar de método. Se acabaron las salidas nocturnas y a excepción de los sábados y domingos que ayudaría a los tíos de Teresa en el bar, trabajaría duro en sus estudios; pues no dejaba de reconocer que en el amor que Teresa le tenía, había mucha admiración. ÉL sabía que Teresa le adoraba como a un ser superior y diferente de sus amigos y por eso debía seguir enamorándola. Esto no era imposible y el momento de realizar sus sueños, se hallaba cerca. «Pues para Teresa él era un pedazo de cielo que descolgaba hasta ella en forma de poesía y por eso debía terminar sus estudios con el fin de que ella siga admirándole y amando al mismo tiempo.– ¡No, no podía perder su convicción seria atroz el no ver un día conseguido sus ilusiones!».

En la concentrada calma de su nueva existencia, reconoce que terminó por sentirse satisfecho, al considerar tristes los meses del invierno. Mientras tanto Teresa, sin dejar de trabajar se revelaba como una excelente ama de casa y los pucheros aprendidos del bar de sus tíos y padres y que a él le preparaba le daba nuevo vigor a su cuerpo y alma. Teresa por su parte, también experimentaba los beneficios de la nueva existencia la mostrase alegre y sólo de tarde en tarde se acordaba de sus padres por el temor del: « ¡Qué dirían de ella!»…

Pasaron los días, pasaron los meses y Teresa lo mismo que él continuó experimentando las mismas emocione, pese a la rutina diaria, sin sobresaltos, monótona, reposada y sin ningún cambió aparente. Diariamente hacían los mismos gestos, pero esta existencia común no turbaba sus sentimientos. Como todos los días a las doce de la noche José, como un clavo se dirigía a la cafetería, y después de saludar a los tíos de Teresa y a su buen amigo Jerónimo, que siempre le entretenía con algún chascarrillo bajaban del brazo como dos enamorados la calle Atocha hasta su confortable estudio.

José reconoce que se sentía perdido entre tantos capítulos y artículos jurídicos recopilados en su escritorio. Hasta entonces había sido relativamente fácil, pero ahora que se acercaba el día de los exámenes y la hora de la verdad; todo su afán era decisivo para poder terminar con éxito sus estudios y como todo tiene término en la vida también llego esa mañana tan temida como deseada. La verdad es que no sentía predilección por la carrera de Derecho, pero su tío se empeñó en que así fuera; pues en España, todo el que no sabe a qué dedicarse y tenga ilusiones políticas debe hacerse abogado. Es verdad que es difícil explicar esto, pero siempre fue así.

Para José, sus estudios habían representado muchos años de labor monótona y desesperante. Pero a sus veinticuatro años José era ya abogado y todo porque no tuvo que hacer el servicio militar al salir (excedente de cupo) en el sorteo que él ejército realizó a sus veintiún años y ahora era ya la hora de buscar un trabajo adecuado a sus cualidades. No obstante, reconocía que la influencia de su “tío Francisco” podría servirle, dado que su tío adoraba los libros de leyes y conocía a mucha gente y aunque en la actualidad, se hallaba en Italia desempeñando los asuntos de jurisprudencia del Vaticano. De él recibía correspondencia y en su última carta le comunicaba que pasaría unos días en Madrid con el propósito de abrazarle y ocuparse de su futuro trabajo. También reconocía que le debía mucho a su madre ya que siempre escucho que era una mujer apasionada con mucho tesón y con una disposición a lo extraordinario y lo maravilloso.

La vida eclesiástica de ahora es muy distinta de lo que fue antes y a su llegada al aeropuerto de Barajas le costó reconocer de pronto a su tío. No obstante, José lo encontró casi lo mismo que cuando se separó de él en Zamora. Pasaba ya de los cincuenta y cinco años, pero se mantenía ágil de cuerpo, erguido y el rostro aun sonrosado y fresco. De este viaje de Roma, lo que más le sorprendió del canónigo, después de largos años sin salir de Zamora, fue su elegancia y su fuerte personalidad favorecida posiblemente por un carácter de continua sonrisa juvenil. No parecía el mismo sin aquellas sotanas de seda que su sirvienta María conservaba siempre limpias y brillantes. Iba ahora en traje civil, vestido de un negro que le hacía más elegante y señorial. –Llevó esto, explico a su sobrino al ver su admiración, para pasar desapercibido. –Aquí en España, las cosas han cambiado y no interesa que la administración socialista, siga pensando que la Iglesia, no ha evolucionado de su criticada Ortodoxia.

Era curioso como el tiempo transforma los países y los hombres, pero el bueno de su tío se imaginaba todavía que en España, las cosas no habían cambiado lo suficiente, cuando en realidad las nuevas generaciones pasaban por alto todo el oscuro pasado. Al observarlo de nuevo José creyó, haber vuelto a la adolescencia viendo a su tío, que si bien se mantenía sonriente y bondadoso, seguía tan incrédulo de los cambios experimentados políticamente en España. Para él su tío seguía siendo de esas personas que por pereza o por resignados sentimientos religiosos, se creen en la obligación de sacrificar las necesidades legítimas de la madre naturaleza. A su tío, lo único que le interesaba era todo lo que supone trabajo y voluntad; sin embargo, él, lo que más valoraba en esta vida eran aquellos hombres que tiene un ideal político-social y procuran realizarlo.

Por lo mucho que su sobrino hablaba de ella, su curiosidad por conocerla. Hasta su casa en Roma y por mediación de sus amistades en Madrid le habían insinuado ya sobre la conducta que José llevaba y sabía también quien el trabajo detrás de la barra de un bar de ella. Pero claro su sobrino se justificaba a legando que la vida en España no era como él se imaginaba y que habían cambiado tanto las cosas que todo estaba permitido. No obstante, ante pese a la franqueza de su sobrino, él seguía pensando que todo era un pretexto de la gente aunque su modernismo lo llamaran con toda normalidad modas. Pero al fin y al cavo la vida era así, y si ella según todos era joven y hermosa, a nadie le hacía daño pese a su conducta chocante de vivir juntos. Él como tutor, para tranquilidad de su propia conciencia se mostraba seguro y tranquilo porque sabía que al fin los dos acabarían casándose. No iba a asustarse como un clérigo tímido por los amoríos de dos personas jóvenes que, además, sabían ocultar su concubinato con discreción. Debía de cerrar los ojos ya que el pecado en una gran ciudad como Madrid no escandalizaba como en los pueblos.

Apenas cinco días después de su llegada a Madrid, su tío Francisco le cito de nuevo pero esta vez en la puerta del Buen Retiro, con el fin de conocer a Teresa personalmente. Los tres entraron en aquel esplendoroso jardín vegetal, que su tío llamaba el pulmón de Madrid. –«Sí que es guapa– se decía interiormente el padre Francisco – Y mucho más de lo que él se imaginaba… ¡Y, además, parece muy educada!». La verdad es que la encontró idéntica a como José la había descrito, quedando a la vez impresionado por su sonrisa continua como de su sencillez. También la encontró culta al interesarse continuamente sobre Italia, Roma y El Vaticano. Por eso de ella no se hizo preguntas, ya que gracias a las revelaciones continuas de su sobrino creía conocerla perfectamente.

Hay que reconocer que las emociones de Teresa fueron de una alegría casi infantil y un deseo de vivo de correr entre estos árboles urbanos y centenarios que señoreaban este bien llamado jardín de Madrid. Aquella naturaleza hermosa, aunque castigada por los miles de visitantes, despertaba en su interior instintos de salir corriendo para perderse entre sus innumerables calles, plazas y hasta los bosques de espeso follaje. Después comprendió que debía de frenar sus jóvenes impulsos al observar que las gentes paseaban muy bien arregladas, con buenos modales y con una perfecta respecto al medioambiente.

Ya más tranquila la invitación del tío de José a sentarse en la terraza de un bar que dominaba el pequeño y encantador estanque situado en el centro del parque. Después y una vez acomodados en sus sillas quedaron largo rato observando a su alrededor la prefabricada y hermosa naturaleza.
– Teresa – ¿Le gusta su trabajo? Pregunto el padre Francisco.
– ¿No sé por qué me pregunta eso? – No obstante le diré que sí ya que sólo conocí esa forma de trabajo y todo porque mis padres como bien sabe José viven de un bar café en la Plaza Mayor en Monte derramo. – Es verdad que nunca se vive contenta de lo que una tiene… – Pero no me quejo y estoy feliz con el amor de mi familia y de su sobrino. –Sepa, además, usted que no se necesita sufrir ni complicarse la vida, ni la mía ni de la persono que vivan con armonía para ser feliz.

Ante las impertinentes preguntas de su tío y al observar que tenia la misma manía que todos de concentrar la atención en un asunto único. José intento cambiar de conversación, al acordarse repentinamente de María la domestica de su tío y le pregunto: – ¿Qué es de María? – ¿Está todavía a su servicio? Su tío puso el rostro triste al recordar a su fiel sirvienta, pero no tardo en contarle que María había muerto pocos meses antes de su viaje a Roma. Luego hizo una pausa para seguir afirmándonos su intenso dolor por ella, aunque en realidad para él no era la única amargura intensa que perturbaba su vida…
–Todos morimos –comento su tío melancólicamente. Para después torpemente con balbuceos y palabras incompletas, seguir hablando de una segunda persona que él consideraba como algo que le pertenecía pero que seguía ausente en su vida. Ante esta misteriosa afirmación y al observar que los dos fruncían la frente su tío tomó de nuevo fuerzas para dar un salto penoso en su memoria y darle a entender sin mencionar persona que durante el resto de su vida un ser muy querido por él seguiría sufriendo su mismo y desdichado problema.
–Todo sea por el bien de Dios. – ¿Qué es eso, comparado con lo que Cristo padeció por nosotros? ¡Pero reconocía a la vez que todo lo que ambos estaban sufriendo era injusto! Luego se detuvo bruscamente por temor de que su natural y expansiva franqueza le llevase sin querer a una revelación indiscreta.

Mientras Teresa de manera muy clara al oír las últimas palabras del canónigo, dejó por su instinto femenino el silencio y paso de pronto a cortar las lamentaciones del eclesiástico y entre la sonrisa dio un cambio de conversación.
–Don. Francisco, no sufra usted más y acatemos de Dios sus misterios divinos designios que al fin y al cabo siempre son para nuestro bien.
–Hija mía– dijo el padre Francisco con cierta tristeza en su rostro– Una de las enfermedades del alma que nos hace a todos perdernos, es la ambición, el afán de engrandecernos a costa del sufrimiento de nuestros semejantes. –Mis sentimientos personales, no existen y, yo siempre intente sacrificar mi vida privada a fin de conseguir la grandeza Universal de la Iglesia Católica. –Mi vida entera la he dedicado a la noble empresa de defender la “Justicia Divina”. –Pero el trabajo es tan enorme, que tal vez no llegue a superarlo… Ambos le miraron y comprobaron que el semblante del sacerdote no expresaba desilusión alguna, pero a pesar de intentar contener sus lágrimas no pudo evitar que dos de ellas rodaran por sus mejillas.

Después ya menos excitado hizo gestos de tranquilidad y arqueando las cejas sonriendo como hombre habituado a superar sus debilidades dijo: – José, mis obligaciones en Roma son múltiples, pero a pesar de todo y con gran satisfacción pasaré unos días con vosotros. –Esto me permitirá ayudar a encauzar tu porvenir y, a la vez os deseó suerte y felicidad y rezaré para que seáis capaces de defenderos de este mundo que vive hechizado e inconsciente ante el pecado...

Reflexionaba Teresa sobre aquellas sabias palabras, fijando a la vez sus ojos en el rostro de José y la verdad es que le dio pena al observar la situación en que se hallaba “su marido”. Vio como sus labios vacilaban entre la sonrisa y la tristeza, para después no decir nada. Teresa quiso adivinar sus pensamientos, al observar que José desde que su tío comenzó hablar, había concentrado toda su atención para intentar a comprender como ella lo que su tío quería decir. Estaba segura de que su marido pese a su gran interés en comprender lo que en realidad entristecía la vida de su protector; no llegaba bien descifrar como ella los problemas reales de su tío.

La verdad es que José permaneció silencioso largo tiempo mirando fijamente a su protector, a la vez que sonreía por vencer su curiosidad. No obstante, en su silencio y con gran rapidez desfilaron con ironía la misteriosa y triste Historia de la Iglesia que su tío, intentaba ocultar. – «Pues como bien dicen ellos: –Hacer lo que nosotros os decimos y no lo que nosotros hacemos». Los escándalos de la Iglesia, de antes y ahora, son incalculables… –No me dirá usted, se decía en su interior que no hubo papas acusados públicamente de abominaciones tan extendidas en aquella época. –Como fue el caso de Julio Segundo, eterno enemigo de los Orgias, o también como Alejandro Sexto, con sus innumerables hijos naturales. –Además en aquellas épocas estuvieron interesados en desarrollar los mimos bacanales y vicios de la época griega y romana.

Después, sin dejar de mirar a su tío Francisco, siguió reflexionando como si los arboles y las plantas floridas que le rodeaban no formasen parte de su entorno. Y se dijo que si su tío descubriera sus pensamientos; se justificaría diciendo, que no todo lo que hizo la Iglesia fue malo, mismo si les echan en cara Alejandro Sexto… “¿Qué tuvieron hijos bastardos?”. También les tuvieron otros pontífices de Roma, y mismo muchos simples sacerdotes, canónigos, prelados que pecaron como los papas. Pero no hay que quitar mérito y reconocer que algunos de sus hijos fueron personalidades enérgicas, ardorosas e inteligentes que siguieron sirviendo la causa de Dios en la tierra.

Es verdad, que la Iglesia, perdura y perdurara aunque pierda clientes y estoy convencido que no obstante, la Iglesia a través de sus máximos representantes un día sabrá pedir perdón por quemar vivo a Giordano Bruno hace 400 años. O por simplemente decir que la tierra gira en torno al Sol y mismo aprobará las teorías de Darwin sobre él origen y evolución de la especie. Así como también los crímenes de la Santa Inquisición y por qué no de su colaboración con el fascismo Internacional. – ¿Pero qué puede hacer su tío, un canónigo que sólo intenta mistificar su entera tranquilidad de su conciencia?”…
– ¡Pero él no era su tío, él era laico y podía decir lo que realmente pensaba sin importarle ningún criterio sagrado! Después, José pensó que no merecía la pena deshojar los misterios de unos seres que habían dejado de existir hace ya más de mil años… ¿Y al fin y al cabo que le importaban a él, estos “Tabúes Históricos” protegidos desde siempre por todos los políticos de turno en el poder? Ya más tranquilo, José volvió a suspirar al comprender que no hay más remedio que como decía siempre su tío había que conformarse con la “Santa Voluntad Divina” y, además, como llegaba a descifrar las palabras poco coherentes de su tío decidió callar.

Serian las cinco de la tarde, cuando los tres ganaron de nuevo la Puerta de Alcalá. Pero como su tío tenía que ir desde allí hasta la calle Princesa y detenerse a preguntar por no conocer bien Madrid. Se dirigió al metro más cercano para apearse en la Plaza de España y después acompañarle por la amplia calle de la Princesa hasta dar con el arzobispado de la capital.
No dejaba de ser digno de admiración, el poder que todavía en esos años poseía la iglesia; pues a los pocos días de su permanencia en Madrid, su tío ya había solucionado todos los pormenores relativos a su empleo que sería en el Ministerio de Trabajo y con más precisiones en el departamento de Asuntos Sociales. Y apenas dos días después le volvió a invitar de nuevo a comer; pero esta vez en los salones del Episcopado donde su tío siguió mostrando repetido interés por su futuro dado que posiblemente tardaría mucho tiempo en verlo de nuevo.

Dentro de los salones del Episcopado de la capital, José se sintió nervioso y no tuvo por menos de recordar cuando la última vez que visito a su tío en la catedral de Zamora cuando no fue capaz de resistir a su misa cantada. José, temía que su tío se lanzara de nuevo en su tema favorito, del que su tío Francisco era incapaz de poner difícilmente punto final a la defensa y justificación de la Iglesia. Pero se dijo que como era el último día que pasaría con su tío en Madrid, debía y podía hacer un esfuerzo
–Vámonos al jardín tío, que aquí dentro parece faltarme aire en los pulmones y quiero que hablemos algunas cosas sobre Teresa. Una vez en el jardín, José a provecho para dar salida relato sobre ciertas preguntas indiscretas de su tío. Pero él habló de ella, sin balbuceos y con decisión y, además, encontrando las palabras apropiadas a cada instante.
–Tío entre nosotros debe existir una franqueza absoluta y que usted siempre fue como un padre para mí…
–Ahórrate esfuerzos y palabras rebuscadas y dime toda la verdad: – ¿Te sientes enamorado de ella?
José no mostró indecisión a la pregunta seca y directa de su tío y su respuesta fue de una total sinceridad.
–Sí, tío le amo desde el primer día y la amaré siempre y a mi pasión se une un intenso agradecimiento, pues ella me hizo conocer la felicidad como también me dio el cariño que siempre me falto de mis padres y gracias a su amor soy un hombre feliz. Calló José un momento, y al seguir notando en sus ojos la expresión interrogante de su tío; con una expresión irónica, no tardó en decirle que ahora solo le faltaba el saber más sobre sus padres y sobre todo encontrar a su madre al precio que sea.
– ¿Tío, usted no cree que esto es un castigo que me impone la vida?
–Créame, yo he hecho todo lo posible por alegrar mi vida, pero le aseguro no llego a olvidar a mi madre…
–Además, le aseguro que es la pura verdad y le diré además tío Francisco.
– « ¿Qué no comprendo que les hice yo a mis padres para permitirse tal castigó y además con esa inhumana insolencia al abandonarme cuando tanta falta me hacían?»…

A los continuos interrogantes de José, su tío Francisco se mostró indeciso y silencioso. Pero le dolía observar en los ojos de su sobrino el continuo e interrogante deseo de una explicación por parte suya.
– Yo también, José he sufrido y sufro por la falta de caricias, de cierta persona y he pensado muchas veces en mi futuro y en el de los demás… – ¿No creas que para mí la vida es de color de rosas, muchos años he pensado abandonarlo todo y recorrer el camino más fácil? –Pero un día hice una promesa al Divino y tengo que cumplirla… – ¿También sé que las tentaciones son cada día más fuertes… y, además, quién podrá decir un día los recuerdos tenaces no me impulsen a buscarla con toda clase de abdicaciones y bajezas?…–Bueno no hagas caso de lo que he dicho. – ¿Cómo podría yo revelarme contra él Sumo Supremo?

Hubo un largo silencio y al no encontrar las palabras apropiadas y temer que sus palabras no tuvieran el calor de la sinceridad terminó por bajar la cabeza y balbucir con voz sorda palabras inaudibles. Luego siguió añadiendo con un acento más triste todavía, repetidas excusas por la imposibilidad de darle una respuesta sincera. Después José indeciso ante la situación creada, decidió marcharse; pero su tío con el aire de protector que le caracterizaba, decidió romper su silencio y seguir dándole consejos sobre su trabajo como si nada hubiese pasado.
–Querido sobrino, tú eres aun joven, y ahora que empiezas tu carrera puedes disponer de tiempo para dedicarte en buscar a tu madre y la persona más indicada es tu tía Inés. José acogió fríamente dichas insinuaciones; pero al fin quedó más tranquilo al preguntarse si verdaderamente su tío no conocía nada sobre sus padres.

Su tío ante su continua preocupación volvió a cogerle del brazo y con una cortesía digna de su persona le invitó a ganar de nuevo los salones del palacio Episcopal con el fin de dar por terminada la conversación. Todas las salas del palacio parecían salones de museo, no quedaba un palmo de pared en donde no hubiese un adorno y, además, el comedor era majestuoso y por primera vez asistió a un envidioso banquete. Las paredes del comedor desaparecían debajo grandes tapices y cuadros representando, Vírgenes o Cristos moribundo alternando con “Venus desnudas”.
– Como veras José, Venus ya no era solamente la diosa del amor: – La iglesia también sabe apreciar además de la belleza del alma, la de los cuerpos y Venus era un ejemplo al servir de símbolo a la belleza la razón y la dulzura del vivir. Para su tío todo esto era un verdadero orgullo y miraba a su sobrino como esperando una respuesta a tanta grandeza, pero de él, no recibió más que una restringida sonrisa. Pues estos objetos vistosos e incoherentes a José, al mismo tiempo que iba descubriéndolos sólo le despertaban el recuerdo de cuando los españoles marcharon hace siglos a América con la triste excusa de evangelizar los indios. Pero en realidad el sólo fin era expoliar y asesinar a millones de pobres indígenas. La “Leyenda Negra Española” es entre otras, la prueba que oscurece la verdadera belleza del alma.

Entorno a la larga mesa del salón comedor del Episcopado, se fueron sentando más de quince invitados y el sencillo y disciplinado protocolo de la Iglesia se observó en todo momento. Para José la mayoría de los clérigos y prelados, allí sentados le inspiraban una indiferencia total, al ser figuras que pertenecen a otro mundo. Estos tristes personajes se envuelven en un mundo mitológico y cargados de una simple falsa poesía. Los sacrificios que dichos dogmas, son compensados por una existencia llena de otros privilegios, que la mayoría de las gentes carecerán el resto de su vida. Es ese mundo seguro de porvenir, que les proyecta sobre un mundo de luz misteriosa en que aparecen envueltos, en espera de esa pobre ilusión en la de un día y después de la muerte podrán entrar en ese inventado paraíso terrenal.

Después de comer salieron a la calle dejando atrás el palacio Episcopal y al alejarse observaron como el choque frontal del Sol, creaba láminas brillantes de acero enrojeciendo sus grandes ventanales, mientras que la capital en ese momento vivía en un apretado y continuo movimiento. Millones de seres, se agitaban en sus calles y José pensó que en su existencia la mayoría gravita en infinidad de graves problemas con la exigencia del tiempo y el número de ellos. La gran mayoría de estas personas jamás las conoceremos, por eso no nos inspiran más que indiferencia. De modo que cuando los observamos, nos son indiferentes y no nos causan ni pena ni alegría; al convertirse en figuras que no pertenecen a nuestro mundo. Y sonreía con tristeza, al pensar que dentro de cincuenta años, la mayoría de nosotros seriamos suplantados por otros.

Al día siguiente, su tío dejaría Madrid para incorporarse de nuevo a su trabajo en Roma y como había prometido le entregó unas cartas para unos señores de Madrid que le ayudarían y aconsejarían en su nueva situación. Una de las personas a quien estaba recomendado era el propio, Joaquín Ruiz-Giménez dirigente reconocido de Democracia Cristiana como también otra para López Rodó, máximo dirigente del todo poderoso Opus-Dei. Él último era Juan Pedrosa, director del departamento de asuntos sociales del Ministerio de Trabajo y de Asuntos Sociales. ¿Qué extraño todo este sacrificio por parte de su tío? Pero reconocía que todo lo que por él estaba haciendo era digno de la máxima gratitud

Para José había llegado la hora de la verdad, así como el tiempo de cuando se entretenía en ver las cosas por la parte risueña y en la de hacer combinaciones fáciles. Con la ayuda de su tío el camino trazado parecía llano y pensó que se le abrirían voluntariamente unas puertas que sin su tío hubieran sido difíciles de abrir y reconocía que por el momento todo iba perfectamente bien. Pero tan metido estaba en sus pensamientos, que apenas escuchaba los consejos que le daba su tío, hasta al fin que tuvo que estrecharle el hombro para que volviera a escucharlo.

La tarde era hija de las famosas canículas de Madrid, muy calurosa y, además, no corría una pizca de aire. Al llegar a la Plaza de España, se sentaron frente a las estatuas del Quijote y Sancho-Panza, donde una chiquillería quinceañera creaba un bullicio ensordecedor. Pero lo que más les extrañó fue que fueran las chicas las que más jaleo metieran.

A las siete, cuando el sol se aleja hacia el poniente y sin apenas haber cambiado palabras siguieron como abobados el juego de los muchachos. Estos, uno detrás del otro iban colocándose en caballete sin llegar a tocar con las manos en el suelo, mientras los demás saltaban todos por encima para luego volverse ellos mismo a colocarse en la misma posición. Pero lo que menos le gustaba a su tío era ver que las chicas actuaban sin ningún pudor femenino. Dado que estos chiquillos en el fondo le habían ofendido en sus ideales y al no poder disimular su malestar no tardo en levantarse. Y ante este brusco gesto de su tío; José quedó sorprendido, pero no se atrevió a decir nada.
–Me resulta difícil separarme de ti – pero debo regresar al Episcopado.
–Sobrino me tendrás al corriente de todo lo que suceda y además de lo bueno como de lo malo.

Después aparto sus manos de sus hombros y al mirarle vio que realmente estaba llorando. Ante tan confusa situación José quedó tan perplejo e intimidado que no supo que decir. Pero al verle de pie, la cabeza inclinada y con sus cabellos grises le pareció más viejo y le dio mucha pena.
–Adiós– Adiós tío.
– ¡Adiós José y qué el señor te ilumine!
Después no dijo nada, pero asintió con la cabeza y pudo ver a su tío que al separase reprimía de nuevo sus lagrimas.







CAPÌTULO VII
POLgarci
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Re: HIJOS DEL CELIBATO

Mensajepor POLgarci » 13 Dic 2014 14:08

Gracias y sigue




CAPÌTULO VII


Vivían muy cerca de la estación de Atocha y desde la ventana de su cocina-salón se veían a través del profundo terraplén los trenes cargados de viajeros que llegaban a la ciudad lo que les hacia recordar con frecuencia la distancia que les separaba de su pueblo. Por eso y cada vez que el sonido de la locomotora penetraba en el pequeño estudio les parecía que eran ellos que efectuaban el viaje.

Por todo eso Teresa se las arregló para poder disponer de tres semanas de permiso que coincidían, además, con las fiestas patronales de Monte derramo que son el 15 de agosto en honor de nuestra Señora de la Asunción. Pero la fiesta que más cabe destacar es la de Vilar de Barrio en honor al principal producto de patata. Esta fiesta tiene lugar todos los años a principios de octubre y después de recogida la cosecha.

Aquella tarde el cielo estaba gris y soplaba un viento húmedo y en su continua marcha él tren fue dejando atrás la gran ciudad con su irrespirable y brumoso aire en horizonte. Para después perder de vista también la sierra de Guadarrama y unas horas más tarde ante ellos se desplegaba los vastos horizontes de la meseta Castellana. Hasta que cuando eran ya casi las nueve de la noche entraban en la estación, donde una docena de taxistas esperaban en sus coches a los posibles clientes.

Aunque en Madrid el concubinato se consideraba ya una moda, en Monte derramo las gentes seguían siendo indiferentes a las modas al haber dejado todavía las costumbres anteriores de la dictadura. Por eso todo lo habían organizado de antemano y por eso a la familia y la gente había que darles esa satisfacción de un simple noviazgo. Pero la realidad fue otra, dado que con los padres de Teresa las precauciones fueron innecesarias. Sus tíos de Madrid, sin que ellos lo supieran les habían puesto al corriente y pese a que los padres de Teresa aprobaban dicha unión para ellos las cosas no cambiaban en lo que se refiere a compartir la misma habitación. A José en esos momentos le pareció que sus aspiraciones a casarse y formar una familia le parecía poder ser satisfechas, pero a la vez no veía la necesidad de precipitarse.

A sus abuelos no les dijo nada, porque temía y con razón que ellos no comprendieran que se juntara con una mujer. A los pobres como ellos hay que dejarles sus costumbres, respetarlos y no turbar sus escasas alegrías. A su tía Inés si le diría la verdad, pues ella estaba convencida de la rectitud y honestidad de su conducta. Pero su sorpresa fue al entrar en el bar de los padres de Teresa y al recibir los primeros sinceros abrazos de sus padres cuando comprendió al instante que el señor Gamuxo estaba al corriente de todo. Después, su esposa Matilde y Teresa salieron de la cocina y colocaron sobre la mesa con cierta solemnidad una suculenta cena.

Pero reconoce que pese a las continuas miradas maliciosas de los padres de Teresa, reconoce que por haber pasado el día sin probar bocado, los dos comieron con buen apetito. – ¿José, tú quieres decirme algo y no te atreves? – dijo Antonio Gamuxo en dialecto de la región.
–Así es, señor Antonio. Pero al igual que todos los tímidos que dudan o vacilan antes de lanzarse José ya una vez tranquilo con seguridad y rudeza le respondió: – Sí, tengo que decirle algo que además es muy importante. –Les hemos engañado y no sabíamos cómo decirles que su hija y yo vivimos en concubinato.
– ¿Cómo dices que se llama esa chorrada moderna de vivir juntos?
– ¿Por qué se burla de nosotros, cuando sabemos que usted nos quiere tanto?
– ¡Burlarme! Exclamo Gamuxo con cierta tristeza. –Por lo contrario nosotros conocemos desde hace tiempo vuestra situación. – ¿cómo dices que se llama? – ¡Bueno es una broma!
–Pero en una palabra que os acostáis juntos y nada más. –Pero entérate de una vez, tú eres hasta que no te cases para los del pueblo el pretendiente de Teresa. – ¿Os imagináis que todos los del pueblo lo supiera, sería el cachondeo padre y todo porque estos analfabetos pueblerinos son unos ignorantes y unos cotillas?...

Su carácter acostumbrado a la sonrisa obligada de los clientes le hacía siempre simpático, erizado de malicias que en él se manifestaban en mil punzadas y a veces en bromas nada ligeras. Por eso a José, estas últimas afirmaciones le hicieron reír como algo inesperado y gracioso, al estar convencido de la sinceridad de sus palabras. Después se despidió de los padres de Teresa con fuertes abrazos y apretones de manos, pero su madre al no parecerla bastante sus besuqueos, termino por llamarle - hijo de mi corazón”. Pero fue después ya una vez solos que José puso el gesto triste, al comprender que esa noche dormirían cada una con su familia.
–No puede ser, José de otra manera. – ¿No comprendes que no estamos casados y no puede continuar esto así? – ¿O cambiamos que es lo que más nos convendría o de lo contrario cada uno a su casa? – ¿No es verdad cariño?

José acogió estas palabras con un cierto estilo, al comprender que contra lo imposible nada pueden los hombres. Esta noche por lo menos, cada uno con los suyos, pues esto terminara arreglándose. Mientras hablaba su pensamiento vagaba hacia sus antiguos amigos del fútbol y le preocupaba la situación en la que les había dejado antes de irse a Madrid. Pero al mirar de un lado a otro del bar, no encontró como otras veces esa juventud dinámica e inquieta que llenaba el local y tras una breve vacilación de hombre humano e inquieto llamo a su futuro suegro con el fin de una clara información.

– ¿Señor Antonio? –volvió a preguntar José, al continuar mirando con extrañeza él vació en que se hallaba el establecimiento. Antonio Gamuxo movió la cabeza y pregunto con cierta sorpresa si él no estaba al corriente de la situación. Los pocos clientes así como Teresa y su madre ante su insistente pregunta quedaron en silencio con el fin de aprovechar el ambiente tranquilo y así las palabras sonaran más agudas. Pero su voz sonó triste y con el gesto de hombre dolorido bajando la cabeza dijo: –Te acuerdas de aquellos tiempos cuando llegamos a ser campeones de tercera regional pues todo se fue al carajo y ya no queda nada. –Juan Sánchez murió de esa enfermedad que llaman el sida, así como Vicente el hijo de la señora Ramona y su hermana Elena, están en el hospital de Santiago de Compostela. –También el pobre de Jacinto, el hijo del boticario, si ese que jugaba de delantero; que además creo que no durara mucho y todo pese a que sus padres le llevaron a las mejores clínicas de España. –También Venancio el que quería ser cura y que no salía de la Iglesia; que tú bien conoces, también murió de esa mortal enfermedad y no hablemos de los demás que casi todos están tocados por la droga. – Bueno todos moriremos de una manera o de otra; unos en futuras guerras, en las irreparables enfermedades, en los accidentes y otros buscándoselo ellos mismo. –Pero la verdad es que yo no sé si hay en realidad una regla fija y si para esta enfermedad existen posibilidades de evitarla.

La noticia que venía de darle de sus amigos, fue para José un golpe terrible y precisamente en el momento en que él se hallaba en la más feliz situación de espíritu que un joven puede tener. Salió del establecimiento cuando ya eran las diez de la noche y sobre el recio pavimento de la plaza, llovía sin cesar. Pero no obstante, la plaza de Monte derramo tan bulliciosa otras veces, hoy los sopórtales se hallaban despoblados y tristes. Aun le parecía ver los jóvenes formando corros alrededor de los sopórtales a la vez que con su griterío ensordecedor daban vida a la plaza, pero eran otros tiempos. Se acordaba también de aquellos días cuando las mozas en grupos paseaban y los mozos lanzaban frases amorosas y ellas valiéndose de los chiquillos les entregaban doblados papeles escritos donde se les recordaba la cita como siempre en la alameda del río.

Cuando José llamó a la puerta, su abuela le abrió llena de emoción y como él siempre recordaba. A ella su nieto le pareció como una especie de dios y siempre lo recibía con esa cariñosa sonrisa de siempre. Pero esa noche José tardó algo en responder a sus dulces palabras de ese ser que él tanto quería y que siempre le cuido como una madre.
– ¡Ven hijo y siéntate aquí conmigo para que pueda verte de cerca, ya que sabes que cada día pierdo más la vista! Le dijo con dulzura su abuela.

Él se acercó, se sentó a su lado y colocando su cabeza en sus rodillas, le acaricio largamente y mientras afuera débil las últimas gotas de lluvia ya sonaban más débiles. A su abuelo no le despertaron pues según su abuela los años no le perdonaban y no cabe la menor duda que el tiempo como para todos era su peor enemigo.

Al día siguiente se levantó tarde y lo primero que hizo fue buscar a su abuelo y que lo encontró como siempre sentado en la mesa que se hallaba bajo de parral. El abuelo trenzaba con maestría un cesto de mimbre, pero al verlo se levantó con cierta vivacidad para besarlo a la vez que le dijo:
– ¡Hijo mío, que satisfacción nos diste el día que nos anunciaste el fin de tu carrera! Había en su mirar tanta bondad e interés, que José no pudo por menos de felicitarse interiormente de la suerte de tener unos abuelos tan buenos. Su abuelo vivía una existencia ruda y su única satisfacción personal era la pesca tradicional a la caña. La verdad es que en el arte de lanzar la línea era un maestro y José se sentía orgulloso de él. No-sólo porque fuera su abuelo, si no porque él era el mejor y su habitual tenacidad había llegado a apasionarle. Para su abuelo era un arte, el saber enviar lo más lejos posible el cebo y esa mañana aunque amaneció lluviosa, el abuelo le propuso ir a pescar porque para él era un placer ver como su nieto había superado su destreza en esta modalidad de lanzar lo más lejos la línea.

Como un niño con zapatos nuevos, el abuelo mientras él desayunaba preparó con el cariño de siempre los enseres de la pesca. Al despedirse, su abuela les pidió que sobre todo se acercaran a la Iglesia Monasterial de Santa María a la que su abuela por su torpeza al andar hacia tiempo que no entraba. En esta Iglesia fue donde su tío Francisco pasó sus primeros años de su carrera eclesiástica. Esta monumental Iglesia se halla muy cerca de la Ribeira Sacra, y entre los numerosos edificios que la jalonan, está el conjunto de la Iglesia parroquial y el monasterio de Santa María de Monte derramo. Todos ellos presidiendo la gran plaza que destacan sobre el extenso altiplano de suaves horizontes, ofreciendo un aspecto exterior pulcro, sobrio y de líneas depuradas.

Es verdad que para su abuelo por su torpe al andar fue una verdadera osadía, pero estaba tan contento de ir con su nieto a la pesca que no demostró en ningún momento síntomas de fatiga. El paisaje es sin la menor duda de una gran belleza, pues se trata de un área bien definida, no sólo por la altitud sino también por su orografía. Las tres cuartas partes del terreno forestal se concentra mayoritariamente en la mitad meridional más agreste, en cuyas cimas aparecen grandes extensiones de matorral y es donde por los materiales aluviales de las márgenes del río Mao y afluentes, que se concentra la escasa superficie cultivada y los pastos.

Su abuelo muy devoto de la santa, al llegar a la puerta, sin esperarlo ni descansar se quitó la boina y se precipitó en el interior de la Iglesia. La fachada de la Iglesia, plana y sin torres, posee una concepción arquitectónica sencilla y equilibrada y precedida por un pequeño ario. El cuerpo central está franqueado por pares de pilastras estriadas, encima de las cuales sé allá el arco y sobre el tímpano de la fachada, una hornacina entre dos pares de pilastras alberga la imagen de la Santa María. Al penetrar en el interior, se perfilan los tramos de las tres naves que están determinados por pilares monumentales que ostentan pilastras estriadas. Por encima de él corre una cornisa que le sirve de arranque a la bóveda central y además las naves laterales están formadas por tramos cuadrados con bóvedas de crucería.

José quedó sólo y hasta sus oídos llegó el sonido arrullador de unos palomos que se escondían en los arcos cortando las largas pausas de silencio. Hasta que los repiqueteos de una campanilla, hicieron a las gentes que se arrodillaran o se pusieran de pie. El interior de la Iglesia estaba casi lleno, pero José al poco tiempo de penetrar en el templo experimentó cierta necesidad de respirar el aire del exterior. Poco después comenzaron a desfilar los hombres y detrás las fieles mujeres vestidas de negro, que con una inclinación de cabeza le saludaban como si le conocieran de siempre, para después murmurar entre ellas los pormenores de su persona. Aún quedaban gentes dentro y entre ellos su abuelo que salió acompañado del sacristán y que el bien conocía.

El sacristán, vivía permanentemente en las viviendas reservadas a sus servidores. Y el recuerdo de su tío, volvió a José cuando observó que el sacristán al hablar con su abuelo no dejaba de mirarlo, a lo que José no pudo menos de preguntarle.
– ¿Por favor, Usted conoció a mi tío Francisco? El sacristán quedó pensativo al escuchar su pregunta que él creyó indiscreta, pero no tardó en acoger esta demanda con una sonrisa bondadosa y tras un gesto expresivo el sacristán ayudó a su memoria y respondió que sí. Después agito sus manos al mismo tiempo que elevaba los ojos al campanario de la Iglesia, para decir: –Yo no sé bien con certeza, porque de esto hace ya más de veinte años, pero si puedo decirte que tu tío fue un santo. Y lo que si bien recuerdo, es lamentar a tu tío el embarazo de tu madre y eso sí que fue una pena…
El sacristán quedó de nuevo pensativo como intentando coordinar sus recuerdos sobre estos años que le llegaban difusos a su memoria, pero al fin volvió a decir. –Realmente tu madre, era una muñeca blanca e ingenua que podía gustar a los hombres… –Pero tu tío, al juzgar por su propia sensibilidad, no pudo comprender que tu madre inspirara pasiones hasta el extremo de quedar embarazada. Y la verdad fue que todos creímos, que un joven Portugués no-mal parecido la hechizó hasta tal punto de crear el drama.

Las duras declaraciones del sacristán y el al no querer entrar en detalles le dio mucha pena dado que él no le había dado ninguna solución a sus constantes preguntas. Por lo que determino dejar la conversación y pedirle a su abuelo, que no articulaba palabra seguir su marcha hacia él rió.

El sacristán permaneció bajo las arcadas, viendo cómo José y el abuelo se alejaban afligidos y confusos por sus últimas palabras. Mientras iban llegando a toda prisa nuevos grupos de feligreses precipitados por el último toque de las campanas, anunciando la próxima misa. El paisaje que enmarca el edificio es magnífico y ofrece a los visitantes desde su plaza uno de los mayores alicientes de la comarca. Como es entre otras la vista panorámica del río Mao, en su ambiente natural todavía bien conservado.

Nunca había hablado de su madre a su abuelo; pero al verlo tan afligido y triste por las palabras del sacristán, intento hablar de la pesca como la salida más fácil a tan delicada situación. Su abuelo como el bien decía conocía bien su río y a pesar de que el cielo amaneció nublado él estaba convencido que «iban a hacer buenas presas». Luego cuando José parecía inquieto contemplando el cielo amenazador, su abuelo que permanecía observando la corriente del río y las posibilidades de donde colocar las cañas le dijo que con un cielo oscuro los peces se acercaban más a la superficie.

Obligado a la inercia de la pesca y pese a que su abuelo parecía no fatigarse y feliz como un niño esperando la codiciada pieza. José incapaz de olvidar las insinuaciones del sacristán no pudo por menos volver a preguntar a su abuelo, si su tío Francisco era hijo de un hermano de él o por lo contrario de un hermano de la abuela. Su abuelo en bebido en sus quehaceres y no espera su pregunta después de una larga reflexión con voz torpe le dijo: – “Hijo, tu abuela Matilde, no tuvo hermanos pero según dice el padre Francisco es hijo de un pariente lejano de ella”. Después guardo silencio cómo si no pensara, o no deseara seguir hablando de algo que le apenaba. Luego se fue tranquilizado ante la esperanza, que en cualquier momento su hija iba a presentarse para llenarle de nuevo la alegría de su casa. Para José, la respuesta de su abuelo seguía siendo confusa y ante esta abrumadora tristeza que su madre le seguía causando. Pensó que iría a buscarla mismo hasta el fin del mundo si hiciera falta.

¡Plácido día aquel, que ya no volvería arrepentirse para su abuelo!… La Verdad es que sus abuelos no llegaron al verano siguiente, como tampoco volvieron a ver a su hija Margarita. Y si además, añadimos los años que no perdonan y como también la enfermedad de la vejez que fue la que acabó con sus días. No obstante, reconoce que el noviazgo de José y Teresa, hizo muy felices a sus abuelos y sonreían halagados de los elogios que él hacía de su prometida.

A mediodía. José, dejo a sus abuelos en su siesta cotidiana y se dirigió por las estrechas callejuelas de Monte derramo hacia la plaza Mayor y a su llegada encontró a Teresa a la puerta del bar conversando con una antigua amiga. Mientras en el interior ese día un nutrido grupo de clientes veía la televisión y con griterío ensordecedor se lamentaban de la derrota del Club Deportivo de la Coruña. Él equipó favorito de todos los gallegos.

José se unió a las dos mujeres, y mientras hablaba vio salir del bar a su tío que de mal humor por la pérdida de su equipo preferido de fútbol y su exceso de alcohol no llego a percibirle. Pero no le dijo nada, pues su tío era un caso perdido y era con la vívida y el fútbol que olvidaba sus problemas. Pero reconoce que su tía Inés le seguía queriendo a su manera; cosas más raras se ven todos los días.

Todas las tardes José comía en el bar de los padres de Teresa, y terminó siendo como una obligación si quería ver contenta a la señora Matilde, pero en las veladas en la terraza del bar terminaban por parte de ella siempre con la misma pregunta. – ¿Cuándo os casáis? … ¿Por qué cada día alargáis más la fecha? – ¿Ya no es para todos los santos pero esperamos que será para Navidad y luego un día nos diréis que es para la Pascua? José sentía rabia y disgusto por esas repetitivas palabras; pero en cierto modo, sus padres llevaban razón. Era la verdad, pero tenían que comprenderle, que él no-tenía nada y sus abuelos no podían ayudarles. El padre de Teresa, que parecía medio dormido, al oír hablar de dinero; abrió sus grandes ojos, para decir: – ¿Perdona que es lo que has dicho? – Hijos no hablen más.
– ¿Cuánto dinero necesitas?

El señor Gamuxo insistió todavía de modo parecido, una y más veces; pero José no se dejó convencer. Estaba ya harto del deseo continuo por parte de la familia de Teresa, de la necesidad de casarse y formar una familia. Y él por lo contrario estaba firmemente decidido a no dejarse seducir ni por razones “del qué dirán” ni por el dinero. Lo haría, pero no antes de que su situación económica lo permitiera, les guste o no les guste y pese a que esos días tuvieran que dormir separados.

Aquella noche durmió mal y paso la mañana nerviosa pensando en la precipitada necesidad que los padres de Teresa tenían por casarles por la Iglesia. A la vez por la obsesión continua de su tía, de no quererle desvelar el paradero de su madre. Su imaginación, unas veces pintaba de colores vivos y otras no las dificultades en que su tía colocaba a su madre. Pero la angustia ante su misterio, le hacía sospechar de antemano que no sería nada fácil encontrarla y esa tarde después de una mañana de pesca poco fructuosa decidió de nuevo visitar a su tía Inés.

La encontró como siempre, cosiendo a máquina junto al ventanal que domina la Plaza Mayor.
– ¡Tía, me he comprometido!… Era curioso, pero José adivina que su tía no estaba al corriente, pues de pronto arrugó todo el rostro con una mezcla de contrariedad y alegría. – ¿Y con quién?
–Con la hija de Antonio Gamuxo.
– ¿El del bar restaurante de la plaza?
José quiso añadir algún otro detalle, pero no tuvo tiempo ya que su tía paró la máquina, soltó la silla y lo abrazo diciéndole que era una buena elección para después preguntarle: – ¿Y cuándo os casáis?
–Tía, nos casaremos en cuanto tengamos bastante para comprar una adecuada vivienda.
–No sabes José, lo que me alegro de verte y pensaba cuando vendrías a verme, al ver que varias veces pasabas por la plaza sin subir.
–Tía, necesito hablar con usted de mi madre, pero esta vez no como antes. Mis estudios están terminados, tengo trabajo me voy a casar pero sigo viviendo atormentado y es usted la sola que al parecer puede decirme la verdad. –Tía, por favor, todos los días, no dejo de pensar en mi madre. – Yo tía, a ella la perdono, porque ella no fue mala y alguien la engaño miserablemente hasta hacer de ella un ser repleto por dentro de demonios y, la verdad, es que nadie fue capaz de sacarla de su terrible tristeza.
– El tío Francisco me decía últimamente, que ella debería de haberle escuchado, cuando él decía: –«Que el camino de las cosas buenas, estaban llenas de luz y el camino de las cosas malas solo conducía a la más completa oscuridad».
– Pero yo la pregunto: – ¿Usted cree que el tío Francisco no pudo ayudarla más de lo que hizo? –Yo siempre he pensado que eso de quitarse de encima los problemas con facilidad, no es humano y con mi madre así fue. –Por eso yo le pido que me diga. – ¿De quién fue la culpa y la verdadera responsabilidad de cada uno de ustedes? – ¿A menos que en definitiva la culpa la tuvo esta sociedad tan fea en que vivimos o por lo contrario, fue de ella sola?... – ¿Espero que usted tía me dé una respuesta de una vez para siempre?

–José hijo mío, tus abuelos no comprendieron nunca por qué Dios les castigó tanto al darles una hija de ese modo, cuando en su familia, desde siempre y hasta ahora toda su gente vivió con el temor de Dios. –Todos fueron obedientes y nadie se rebeló en contra de las tradiciones medievales de esta tierra. –Ella se fue sin saber el dolor que nos causaba, a tus abuelos, a mí y así como a tío Francisco que vivió y vivirá el resto de su vida con la máxima tristeza, pues desde entonces no ha vuelto a ser el mismo. Mira hijo, yo no tuve suerte con mi marido pero yo vivo mi pena en el silencio y sin que se me pase por la cabeza abandonar mi familia.

Su tía Inés, después de mencionar a su marido, guardo silencio como si temiera una respuesta agresiva de él, que en el comedor mal iluminado soplaba tumbado en un tresillo no muy lejos de la televisión que seguía marchando sin voz apenas. José, no dijo nada a su tía pese a que notó que la respiración forzada de su tío era algo extraña, como si estuviera entre sueños o más bien como si fingiera los ruidos que produce el sueño. No obstante, su tía al creerle dormido decidió contarle los pormenores del pasado de su madre.

–Hijo aunque tenga fama de cotilla, te diré que nunca quise contar a nadie su pasado y todo porque prometí a tu madre de no contarte nada hasta que acabases tu carrera. Ese recuerdo de nuevo té a seguro que me trae la pena muy grande y cuando yo ya creía haberla borrado de mi mente bienes tú recordármelo. No obstante, sobrino are un esfuerzo intentaré contártelo tal y como fue.

–Tu madre era muy bonita y su belleza llamaba la atención así como su rebosada salud y simpatía. Y para mi todo comenzó cuando una mañana la encontré cuando salía de la Iglesia de Santa María, muy apesadumbrada y al verla luego llorar con honda pena me recargue en un pilar de los sopórtales de la plaza se abrazó para decirme: –¿hermana porque no me ha tragado la tierra? – ¿Qué vine yo hacer a este mundo? –Hermana ya nadie me hará caso y yo seré un estorbo en todas partes, para siempre y en todas partes. Después ya más tranquila, me contó que había estado en la parroquia de Santa María, donde hizo confesión general con tu tío Francisco y que éste a pesar de sus ruegos le había negado la absolución.
– ¿Qué te pasa hermana?
–Bueno, te diré la verdad pues es imposible guardarla más tiempo…
« ¡Hermana, estoy embarazada!».
– ¿Y de quien?
–Perdona no puedo decírtelo.
– ¿Te das cuenta de lo que has hecho? –Ese hombre de quien no quieres mencionar su nombre ha destruido tu vida y tú se lo has consentido.
– ¿Qué se puede esperar ya de ti?
– ¿Inés qué has hecho de tu pureza?
–Quiero convencerme que eres buena y eres mi hermana, pero no basta con ser buena ya que el pecado ha acabado contigo.
– No obstante José, tu madre después supe que tuvo la absolución de tu tío como si con este gesto de piedad, él buscara en su sombra la defensa de sus creencias.

¿Cómo no iba a pensar que lo que su tía le contaba, fuese más que la pura verdad? –Pero tía, ya no puedo más y pese a todo lo que usted me dice tengo que seguir buscándola ya que no, no puedo olvidarla. –Tía sepa que sus recuerdos siguen siendo cada vez más profundo y mismo si hace mucho tiempo que no la veo yo sigo recordado como hoy a aquellos años cuando de niño yo dormía abrazado a ella. Si tía ella siempre me mecía y yo siento todavía la palpitación de su corazón y sus suspiros… –Y le aseguro que pese al mucho tiempo transcurrido sigo sintiendo una pena inmensa y todo porque yo sé que mi madre fue buena. – ¿Verdad tía?
– ¡José! -Más no puedo contarte; pero te diré que yo también te cuide cuando tu madre se fue. –Si José yo también te tuve en mis brazos y te ayude cuando crecías. –Por eso hijo, déjame abrazarte y consolarte a pesar de mi propia amargura.

Después de un ligero silencio de su tía; una voz fuerte y gangosa, se oyó detrás del sillón que se hallaba al fondo del salón. Era un grito de un hombre cargado de alcohol: –« ¿Inés porque mientes?». Y de pronto sin apenas poderse sujetar, se levantó su tío y se dirigió a ellos con paso inseguro. – ¿Ya está bien, Inés? – ¿No, no lo entiendo, el pobre se siente desolado y tu una vez más no quieres decirle la verdad? –No, carallo la cona, no, no quiero. – ¡Ya bastante calle y quiero que le digas la verdad!
–Inés, te estoy oyendo y da gusto la letanía llena de mansedad que bienes usando y no puedo callar más al saber que lleváis la misma sangre.


–Bueno, tu tía, no cuenta que también ella anduvo enamorada de un portugués que gastaba un carallo descomunal que se hizo famoso en todo el contorno y del que él sentía orgulloso como el cura de Santa María del que ya saldrá su historia cuando llegue su día. –Los hombres no somos ninguno como manda Dios y, además, no tenemos que andar con disimulos, ni con hipocresías religiosas y tú sabes bien que hasta los curas se les engorda el carallo. – ¿Además, qué culpa tienen los curas, si a ellas no les dejan en paz? –Y te diré también que para mí todas las mujeres son iguales, pues cuando se les humedece la cona no respetan a nadie.

– De tu madre dicen que si fue un portugués, pero yo no lo creo, tu madre era muy creyente y en esa época no salía de la parroquia de Santa María. Los curas no pueden tener hijos para escapar del pecado, pero no pueden evitar que cuando están confesando a las mujeres, se comience a observar raros movimientos por debajo la sotana. – Tu tía Inés también tuvo un novio militar, que según ella hizo carrera en él ejercito; pero la verdad es que no llego más que a cabo, al perder su vida en una escaramuza con los moros en Sidi-ifni y todavía lo llora.
–Mira Inés, deja de mentir que a veces pienso que no estás bien de la cabeza y, dale a tu sobrino esa maleta de cartas que guardas en el armario y no se hable más de este asunto.

Al guardar silencio su tío, él al igual que su tía al quedar sin saliva en la garganta e incapaces de gesticular palabra, pero esto no impidió que ella tras una corta pausa le dijera.
– ¿Por qué no te vas a la mierda, te escupes en la cara y vuelves cuando se te halla pasado la borrachera?
– ¿Qué dices?
– ¿Borracho yo, tu-ru-ru?…
– ¡Y, además, debes saber que a mí se me pasa mañana y a ti la mala leche no te las quitas nunca!

– ¿Sobrino, no crees que yo también tuve mala suerte con este hombre?
–Y sabes sobrino tu tío, me trae más alcohol cada día que pasa, pero en fin.
– ¿qué puedo yo hacer?

Después su tío se dirigió a la puerta que daba a la calle, se detuvo torpemente, para después dirigir a su tía una sonrisa de desprecio y a la vez que se sacudía la cabeza con ambas manos se esfumó en la oscuridad sin cerrar la puerta. Su tía exhaló un fuerte suspiro y llevándose las manos a la cabeza se dejó caer en el sillón, para después terminar insinuando:
– ¿Qué puedo hacer?

El sentimiento que le inspiró a José su tío en ese momento, era algo especial, desconocido e incomprensible; pues para él no había habido jamás un roce sentimental, debido al comportamiento extraño con su familia. Además, en aquel momento le hizo recordar que a su tío siempre le embargo el deseo de ser diferente de los demás y pese a la indiferencia y poco trato que siempre existió entre ambos, para él su tío no fue más que un hombre vacío y egoísta.

A continuación, José se sentó frente a su tía y cruzando sus brazos, la miró con ojos de gran inquietud y la dijo. –Naturalmente, me preguntará usted por qué quería verla con tanta insistencia.-Pues porque ahora después de lo ocurrido, comprenderá que ha llegado el momento de entregarme esas cartas que hacía alusión su marido y me explique de una vez para siempre los pormenores de todo lo que sucedió a mi madre.

José siguió mirándola detenidamente en espera de una respuesta, cuando observo como ella lo miraba a la vez con lágrimas en los ojos, boca arqueada y los dedos temblorosos hasta que con voz firme le dijo.
– ¿Hijo, no me gusta tus modales?… Pero al ver que su sobrino cambiaba de expresión y pese a sus ojos húmedos y sombríos continuo hablando con voz pausada.
– Sobrino, hay momentos que no se olvidan y es verdad José que llevo recibiendo las cartas de tu madre desde hace más de dieciocho años, pero no vayas a creer que soy yo sola la responsable de todo esto.
–Pues debes saber que tus abuelos y mismo tu tío Francisco me pidieron hace tiempo que no te dijera nada hasta que terminases tu carrera. – ¿José, no estarás enfadado conmigo?
–Naturalmente que no, usted fue siempre como una madre y no puedo por menos de agradecerla de todo corazón ese sentimiento que siempre tuvo por mí.
– ¡Tanto mejor! Se dijo Inés, respirando fuertemente hasta hacerse mal.
– ¿No crees sobrino que es una locura lo que piensas hacer? – Tu madre nunca puso remite en sus cartas y solo en él canceló de los sobres se puede saber el país y la ciudad.
–Tía nadie le pide que se torture con sus recuerdos –dijo José entre dientes.

Poco a poco él corazón de Inés se fue calmando. Debía pensar como podía cambiar en esperanza las penas de su sobrino, sin hacerle sufrir.
–José, hace unos años me hubiese creído incapaz de explicarte nada, pero ha llegado el día que tú tanto esperabas.
– ¡Sí, sí! Y usted sabe bien que ha llegado ese día. –No obstante no hay pecado más dulce que el derroche de amor que siempre me dedicó.

José escuchaba a su tía mientras destapaba una caja de cartón donde aparecían más de cien sobres abiertos con delicadeza y reconoce que al verlos se emocionó con aquel descubrimiento que tanto significaba para él. Le latía el corazón y nunca recuerda haber sentido un momento tan intenso.
– ¡Siéntate aquí, José! Oye y presta atención a lo que te voy a decir sobre esa locura que quieres emprender. –Tu madre dejó, de escribir hace ya más de tres años y hasta la fecha no sé nada de ella.
–Tía no se preocupe por eso... –La encontraré, pues como usted sabe no hay nada fácil en esta vida, pero seré perseverante una y otra vez hasta encontrarla. Mi madre no murió, luego entonces la encontraré. – ¿Pobre de ella se ha tenido que sentir abandonada por todos? Al oír de nuevo gemir a su tía, José calló y quedo triste al ver como aquellos ojos grises y humedecidos, parecían adivinar que su sobrino estaba decidido a llevar a cabo su acción.

Después y como si hubiese retrocedido en el tiempo su tía le siguió contando: –Tu madre no pudo soportar los rumores que de ella corrían por el pueblo y pese a que yo creía que me había escuchado. –No pudo soportarlo. –Yo los oía, eran voces escondidas de la gente, pero voces claras como si lo hicieran aposta. –Si José murmullos que cada vez zumbaban más fuerte a mis oídos. –Ya ves como cambian las cosas, eran tiempos de la dictadura, hoy se drogan y mueren del SIDA, y todo es normal mismo esas comadres que despellejaron un día a tu madre, hoy les va castigando el Señor al ir muriendo uno tras otro sus hijos de esos venenos mortales.
–Yo sabía que tu madre, se había apuntado en la capital para irse al extranjero. – ¿La ilusión? Eso cuesta caro y a ella le costó lo que más quería en esta vida y termino pagando con creces esa deuda que la sociedad intransigente y totalitaria le exigía...– «Al separarla de su hijo para siempre». – ¿Cómo me iba yo a pensar que aquello fuera verdad?
–Pero conforme avanzaban los días, comprendí que la decisión de tu madre estaba ya tomada.

Esa noche volvió a sentirse mal al sucederse los sueños, por qué ese recordar intenso de tantas y tantas cosas. ¿Qué larga fue la noche? Las cartas que su tía le había entregado le tenían inquieto, pero pensó que una vez en Madrid y con la ayuda de Teresa, lograrían conocer las andadas de su madre por Europa. Pero tuvo que esperar a que las luces del día penetraran por las rendijas de su ventana, para por fin levantarse y sin despertar a sus abuelos para calmarse decidió con su caña buscar del río el emplazamiento más oportuno.

Había llegado el día de la fiesta, y para ellos quedó presente la necesidad de ayudar a los padres de Teresa en el bar en esos días tan señalados. En realidad José, disfrutaba al verla moverse con esa alegría que la caracterizaba; pese a no poder disimular sus continuos celos a lo largo del día. Naturalmente, él no dejaba evidenciar estos sentimientos, porque no quería mortificarla. Aunque de vez en cuando se le escapaba algún gesto de fastidio y aquella noche Teresa al apreciar su tensa situación le expresó el deseo de dormir juntos en su cuarto. Pero con el pretexto de que sus padres se darían cuenta de su presencia, cuando saliera por la mañana, le hizo desistir.

No obstante, no quiso aguarla la fiesta con sus sentimientos y, termino por convencerla para que en Madrid tuviera tiempo para satisfacer sus pasiones y abordar el problema de su madre.
Por lo demás, él seguía conservando intactas sus ideas de casarse y aunque no sería rápido terminarían como quería su familia con una boda por la Iglesia






CAPÌTULO VIII
POLgarci
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Re: HIJOS DEL CELIBATO

Mensajepor POLgarci » 16 Dic 2014 15:48

Gracias y sigue



CAPÌTULO VIII


Conforme el tren se iba alejando del centro de la ciudad. Sus casas viejas y alineadas en calles estrechas, daban paso a edificios de estilo moderno testimoniando del fabuloso desarrollo económico que últimamente experimentaba el país. Después la ciudad continuaba con otras calles más anchas y modernas que confluían después en plazas bien ajardinadas. Después cerró la noche y al amanecer una vez atravesada la meseta castellana el tren finalizó su trayecto en la capital. Luego al salir al exterior de la estación, José volvió admirar el espectáculo callejero que ofrecía la Plaza de Atocha con esa variedad de sus gentes continuamente renovadas.

Al día siguiente de su llegada a Madrid. Leyó la correspondencia y arrastrado por el entusiasmo de sus ilusiones rasgó los sobres sin ningún cuidado. Sus ojos brillaron de admiración ante la noticia que acababa de recibir; era la confirmación de su primer trabajo que seria, ni más ni menos que en las oficinas del Ministerio de Trabajo y de Asuntos Sociales. Sin embargo, reconocía que su nuevo empleo no mejoraba el estado de ánimo y todo debido a que seguía incapaz de dar solución al delicado problema que le causaba la ausencia de su madre.

La oficina que le designaron, daba a la calle y se hallaba en el último piso del Ministerio. Al hacerse cargo de su nuevo empleo, al primero que le presentaron fue el responsable del departamento que era un andaluz vigoroso y de aspecto marcial que llevaba prestando servicio en el departamento más de veinte años. Había sido alférez provisional en él ejército durante la guerra y esperaba jubilarse el próximo año. José al principio, creyó ser contemplado con una curiosidad no exenta de recelo, ya que todos sabían que era abogado y a la vez que el propio ministro se interesaba por su persona. Pero no obstante, él estaba convencido que pese a todo encontraría grandes dificultades a lo largo de su carrera. La situación que hallo en el departamento, confirmaba su convicción de que todos los hombres sin excepción padecemos el mismo instinto animal y todo a causa del castigo impuesto por el "Creador del Cielo y de la Tierra". Cuando en el paraíso terrenal desobedecieron la ley y comieron esa manzana prohibida... Por eso reconocía que todos éramos dignos de la mayor lastima y reconocía que ante tal situación sintió cierta inquietud e incertidumbre a lo desconocido.

Madrid iba cambiando de aspecto con la llegada de las Navidades y esta les causaba una gran alegría al ver que las cosas, no podía ir mejor. Por eso la decisión de sentar la fecha de la boda se imponía ya como una necesidad. Seria en la próxima primavera, ya que contaban con el crédito acordado por el Ministerio que les permitiría adquirir una vivienda subvencionada y no lejos de la Plaza de Embajadores.

A pesar de la felicidad y la alegría que reinaba en ese día navideño de 1986, José no podía remediar que le llegara cada vez con más fuerza el recuerdo de su madre. No llegaba resignarse y por las noches con la ayuda de Teresa releían detenidamente las cartas que su madre la había enviado periódicamente a su tía Inés. Y aunque los sobres carecían de remite, José estaba seguro poder situarla gracias a los índices dados por los matasellos. Al parecer su madre pasó más de tres años en Suiza, el primer año en Wil importante centro ferroviario, situado en el Cantón de Sankt Gallen y también en Winterthur importante ciudad industrial cerca de Zùrich que es a la vez capital del mismo Cantón. Otras estaban selladas en Ginebra, la otra ciudad más importante de Suiza y así como París durante un tiempo para después el mismo Madrid.

Para la pareja las cosas no podían ir mejor, por eso a fínales del mes de febrero salieron temprano por aquel Madrid tan bullicioso a comprar varias cosillas y a la vez visitar el piso que les había concedido el Ministerio. Los sábados por la mañana, los encantos de Madrid se multiplican al crecer la animación y el regocijo. No obstante, para José tal bullicio terminaba por aturdirle así como también le mareaba ese continuo movimiento de la gente.

Al llegar frente a un edificio de ladrillos rojos y de construcción reciente comprendieron que se trataba del número que les habían indicado. Y fue n joven con mono de trabajador y aspecto de norte-Africano el que les atendió y termino por acompañarles en el ascensor. Después Teresa apretó el botón, y al comenzar a subir reía como una niña haciéndole creer que nunca había sido miedoso y mucho menos de los ascensores. Después al salir del ascensor, sobre un rellano con una claridad deslumbrante se hallaban cuatro bonitas puertas de madera clara con los agarraderos de cobre brillante y donde el morito abrió una de ellas para luego con un revuelto lenguaje invitarles por un estrecho pasillo visitar el piso. El corredor estaba desnudo como el resto de la casa y nos pareció que el apartamento no debía de ser pequeño, al contabilizar no menos de cuatro dormitorios y además funcionaba la calefacción lo que aumentaba el olor de pintura y barnices.

Al entrar en el comedor Teresa, como una niña saltaba de alegría, porque a través de una amplia vidriera que ocupaba toda la pared, el sol invernal entraba caprichoso y cegador. Desde el amplio ventanal se divisaba Carabanchel bajo y parte del alto, así como la ermita de San Isidro labrador y el río Manzanares con su monumental campo de fútbol. Teresa sin importarle la presencia del morito, extendió sus brazos y con cierta elegancia comenzó a bailar sola tarareando un pasodoble, para después colgarse radiante de felicidad de él. Este sol tenía en verdad algo de lujoso y no pudo por menos de pensar que sólo las casas de los ricos podían tener un sol así.

Al quedarse solos, Teresa se desprendió de su abrigo y a José le pareció más hermosa a un que la nueva casa... Vestía un jersey rojo y una falda gris ceñida marcando sus lujuriantes redondeces. A lo que ella al verse admirada sonreía con altiva provocación además de movimientos peculiarmente femeninos. – ¡Qué feliz soy!… – ¡Qué contenta estoy!… – ¿José me encuentras hermosa?… – ¿Quieres que me desnude? Teresa cerró la puerta, se fue al rincón del ventanal y le dijo: – ¿José quieres que hagamos el amor aquí?
– ¡Sí tú quieres!

Se contemplaron después con ojos acariciadores y terminaron sonriéndose con el automatismo que da el amor. Ella después lo miró intensamente, y entornando los ojos, lo abrazó, le besó y al acabar de desnudarse sé hecho sobre él hasta completar el acto amoroso.

Ninguno de los dos pudo darse cuenta del tiempo, hasta que el morito golpeó la puerta de la vivienda y con el acento especial que les caracteriza les dijo: – ¿Hay qué Jode, es que ustedes se alimentan solo de amor? Después emprendieron los dos el camino de vuelta repasando en sus memorias los muebles y enseres necesarios para su nuevo hogar y arrastrados por el entusiasmo de sus ilusiones al pasar por una cervecería de la calle Embajadores el olor de los aperitivos les hizo recordar que era la hora de comer.


José aparentaba serenidad y confianza en su futuro y estaba convencido que su coraje terminaría influyendo en su porvenir. Este afán de progreso iba transformando paulatinamente sus ademanes y su lenguaje. Todo había sido fácil en sus primeros meses y estaba totalmente convencido que la estabilidad política que vivía el país. Le proporcionaría esa indiscutible y fulminante carrera que él tanto deseaba.

Por demás Madrid vive en un constante desarrollo, no solo político sino económico y que solo venia a perturbar los salvajes atentados de ETA. Ya que entre otros el 14 de agosto, un coche con más de cincuenta kilos de plástico y metralla explotó en la plaza de la República Dominicana de Madrid. El detonador tele comandado hizo explosión al paso de un autocar con cincuenta y ocho guardias civiles y esta violenta onda explosiva dio muerte a ocho guardias civiles y como a la vez unas cuarenta personas resultaran también heridas. Pero ya el mes anterior dos atentados contra la guardia civil hizo también dos muertos y dos heridos a San Sebastián.

Tampoco en el mundo las cosas iban mejor; pues un accidente en la central nuclear de Tchernobyl, situada al norte de Kiev hace cientos de víctimas y se produce el escape de radioactividad jamás conocido. Pero la noticia más dolorosa para José, fue la muerte improvista de su abuelo, en el mes de mayo, y dos meses después falleció también su abuela.

Las personas que se ama, se van deprisa y el respeto a la muerte sigue siendo el fruto de una “práctica arcaica”. Por eso era cada vez más difícil intentar salirse del hábito sin límites que ejercen las religiones a través de sus generaciones y estas costumbres y perjuicios siguen pesando como una losa en el hombre. Pero la realidad es que sus abuelos fueron la abnegación de sus padres como lo será un día de los suyos; víctimas inocentes de la madre naturaleza en su evolución. Con qué terror pensaba José del poder que ejerce en nuestras costumbres el miedo a la muerte, sometiéndonos imperativamente a la actual organización de los hombres. Pero si tenemos miedo a la muerte es porque a fuerza de vivir y de darle gran importancia a lo que vivimos olvidamos que todos venimos de la nada y como consecuencia la muerte es un problema sin solución.

José, sonrió con inmensa tristeza, a los gustos, los caprichos, las virtudes, los defectos, las afinidades y las repulsiones; todo heredado, toda obra de la voluntad de los poderosos, presentes y desaparecidos. La verdad es que ni él escapaba a los engaños e ilusiones que la sociedad borda para ocultarnos la dureza de su drama y él que se creía un hombre libre y poseedor de unos conocimientos modernos reconocía que tampoco podía escapar de sus costumbres arcaicas.

Este pensamiento le hizo recordar su situación presente, al ver el cuerpo sin vida de su abuela y la tumba donde su abuelo yacía. En este ambiente tenso, José recordó su madre ausente y al mirar por última vez el féretro de su abuela descender a la entraña de la tierra, miró a su alrededor, como queriendo percibir en el cementerio la silueta de su madre; pero su madre, no era más una silueta imaginaria perdida en la bruma que se esparcía por el horizonte. « ¿Cuánto hubieran dado ellos y su hija, por un último a dios?».

A fínales de mayo les entregaron la vivienda y los tíos de Teresa les compraron la mayoría de los muebles. Hacía tiempo que Teresa no le hablaba de la boda, pero al encontrar que la fecha se iba alargando, ella volvió a insistir de nuevo y para eso encontró José la solución más oportuna que era la de escribir dos líneas con la fecha de la boda a su tía y otra a los padres de Teresa. De los pormenores de la boda ellos se ocuparían de arreglarlo todo he incluido la parte financiera. Él a la vez no dudó en escribir a su tío Francisco, para que fuera él que los casara en la Iglesia de Santa María de Monte derramo. El día de la boda la fijaron para el 15 de agosto, pero apenas una semana después su tío le contestó con simples razones que le sería imposible asistir a la boda.

A primeros de agosto, Teresa y José regresaron al pueblo y ahora José no-tenía tiempo ni para pensar mucho ni para analizar sus sentimientos. Las preparaciones de la ceremonia, no le dejaban ni un minuto para quedarse a solas consigo mismo. Al visitar a su tía, creyó observar un movimiento de sorpresa; porque la boda se celebraba apenas meses del entierro de sus abuelos y pensó:
–Que tal vez explicándole la necesidad de legalizar su situación cuanto antes, era por lo que se veían obligados a adelantar la fecha.
–Lo sé todo… Me lo ha contado todo esta mañana tu futura mujer.
– ¿Y a usted qué la parece? Se atrevió a preguntar tímidamente José.
–Me parece muy bien–dijo su tía con radiante alegría, pues ya sabes sobrino que yo te cuidé y siempre he deseado lo mejor para ti. –¿Pero aclárame que es lo qué dice de la boda tu tío Francisco?
–No dice nada ya que le escribí y solo me dijo que le era imposible asistir a la ceremonia.
–Lo de tu tío me lo imaginaba como es, ya que nunca nos entendimos y como hemos estada muchos años sin vernos, me importo un bledo seguir sin verlo el resto de mi vida.
–Tía, no parece simpatizar mucho con él y todo pese a la ayuda que siempre me dispensó. Su tía Inés quedó pensativa y sonrío al recordar ciertas murmuraciones que corrían por el pueblo. Pero recuerda que ella había hecho voto de no tocar el resto de su vida el santo nombre del sacerdote.
– ¿De modo que debo casarme?–Insistió él.
– Bueno esa pregunta te la haces tú solo.

No obstante, José quedo satisfecho, al observar que su tía aprobaba su boda al adivinar en sus ojos y en su voz la alegría de un goce reprimido.
– ¡Otra cosa José! ¿Averiguaste algo más de las cartas que te entregué?
–Pues los primeros años tu tío me las leía, pero luego se enfadó y no quiso leer más.
–Bueno, para responder a su pregunta, le diré que Teresa y yo pensamos que la solución es el ir personalmente a Suiza y a partir de allí seguir sus pasos. – ¿Pero tía hay algo que me inquieta sobre las cartas, al comprobar que la tinta esta corrida como por gotas de lagrima?
– ¿Son de usted o de ella?
–Son de tu madre, ya que el amor de una madre por un hijo se convierte en una herida de muerte para toda una vida.
–José no olvides nunca que el dolor de una madre por un hijo, viene a ser como el de un animal herido y donde los demás siguen girando alrededor de su presa dispuestos a golpear de nuevo con sus garras.





CAPÌTULO IX
POLgarci
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Re: HIJOS DEL CELIBATO

Mensajepor POLgarci » 18 Dic 2014 11:52

cias y sigue


CAPÌTULO IX

Entraron en la Iglesia acompañados de los familiares y amigos, pasando delante del sacerdote que en el umbral de la puerta miraba con curiosidad y leve saludo a los contrayentes. En el interior dos filas de bancos relucientes por el uso y sobre los cuales se hallaban de pie la mayor parte de los invitados. La iglesia estaba casi llena y el silencio le molestaba al recordarle cuando en su niñez le sacaba desvanecido a la calle a causa de los olores insoportables de incienso y cera. ¡Qué derroche de cera! En toda la iglesia no quedaba ni un hueco donde no ardiesen cirios y el humo de la cera se unía al insoportable olor del incienso.
Para todos afortunadamente el cura no tardó en salir y colocarse en el centro del altar. Luego aprovechando una pausa de la ceremonia. José miró con disimulo a la madrina que no era otra que su tía Inés y le pareció que en sus ojos había algo muy idéntico al cariño de una madre. También Teresa y su suegro el señor Gamuxo designado por unanimidad padrino de la ceremonia; radiaban de felicidad y él a la vez al vagar su mirada con expresión de ternura por aquellos invitados le pareció que su felicidad era compartida por todos.

Por suerte para José la ceremonia fue relativamente corta y al finalizar de nuevo comenzaron a desfilar los invitados para esperarlos agrupados en la puerta. A su llegada con vivas a los novios, todos gritaron vivas a los novios a la vez que les deseaban suerte y felicidad, lanzaban puñados de arroz. Aquello resultaba interminable y le pareció como si estuviera besándole el pueblo entero. Pero lo que más le molestaba eran las mujeres cuando le dejaban en su carrillo el carmín de sus labios agrietados por el calor asfixiante del verano, aunque reconoce que al encontrase fuera del templo y en pleno sol, le era ya suficiente para sentirse feliz.

El banquete se celebró en los salones del restaurante de su suegro y fue una satisfacción para él ver reunidos en torno a su mesa a las personas que a lo largo de su vida compartirían sus alegrías y sus problemas. Fue de pronto y sin apenas haber comenzado el banquete un repiqueteo de tamboril hizo a los invitados salir precipitadamente a la plaza. La sorpresa para todos fue ver como un grupo de jóvenes vestidos con trajes regionales que se hallaban frente al restaurante dispuestos a ofrecerles un original espectáculo de danzas regionales. El grupo que formaba un círculo, se hallaba cerca de una banda de músicos; para después él gaitero con su peculiar instrumento de aire, soplar codiciosamente la bolsa de la gaita, hasta que un sonido dulzón acompañado del tamboril, creaba la clásica y popular danza Gallega.

Al sonar el tamboril, las mozas ataviadas con los trajes regionales cogidas por el talle, miraban con virtuosa hostilidad a los mozos que se pavoneaban en el centro de la plaza con las manos metidas en la faja. Seguía repiqueteando el tamboril, pero al sonar la gaita y en el momento preciso que las mozas con un brazo doblado sobre la cintura en forma de asa comenzaban a girar invitando a los mozos con elegancia. Las bailarinas no dudaban ni enrojecía; si no continuaba sus vueltas, esperando que el compañero apresurara el paso para colocarse frente a ella. Era sin duda el triunfo de la pasividad femenina, que sonreía ante la jactancia arrogante del sexo contrario, sabiendo que acabaría por rendirse a sus pies. Los bailarines sin duda con orgullo, reproducían en esta danza tradicional, los pasos inventados, posiblemente, por los primeros moradores celtas de la región.

La comida dio que hablar entre los invitados, pues para todos fue aquel un verdadero banquete de boda. Es verdad que su suegro, organizó todo sin dejar nada al azar y la presencia de su tía Inés sentada siempre a su lado le reconfortaba. ¡Cómo amaba a la hermana de su madre que tantas veces le había fortalecido en los momentos de desaliento!

En el banquete corrió la bebida y el único que mostraba seriedad era el cura que les casó. Después y cuando ya el banquete tocaba a su fin se les acerco su suegro con una ruborosa sonrisa, para indicándoles que el taxi que les conduciría a las puertas del mejor hotel de Orense les estaba esperando.




CAPÌTULO X




A los pocos días José se incorporo de nuevo al trabajo, mientras Teresa quedaba sola en casa viendo como se perseguían las horas muertas sentada detrás del ventanal. Desde allí su vista se perdía en el lejano extrarradio de los pueblos más cercanos a Madrid. Más allá con la llegada del otoño el cielo se oscurecía donde el horizonte se confunde con la tierra. Para ella el tiempo se contaba por las horas que mediaban entre la salida de José y su vuelta a casa, pero debido a su continuo aburrimiento Teresa no tardó en pedir a su marido y aunque fuera por las tardes ayudar a su tío como antes en el bar.

Más de un año había transcurrido desde que José le dijera en el altar a Teresa: – ¡Si quiero! Y la rutina más completa iba ganando su alma, quedando atrás los días de su espléndida boda y los pasodobles resonaban ya en su memoria como vagos sonidos en el tiempo. Teresa respetaba su silencio y le miraba como queriendo adivinar su pensamiento que se revolvía tras sus ojos tristes. Así transcurrían los días y los meses hasta que Teresa al llevar tiempo imaginándose el sufrimiento de su marido, pensó que era el momento de ofrecerle su ayuda. – ¡Pobre José!… – ¡Pobrecito mío!… Había tanta sinceridad en estas palabras de amor, que José cada vez más conmovido, se aproximó a ella y cerrando su cuerpo con sus brazos le pidió que le consolara con frases de afecto maternal.

Teresa se estremeció al ver la pasión con que su marido acentuaba sus palabras, aunque pensó que el tiempo se encargaría de curarle. No obstante reconoce que no pudo evitar que una llamarada salvaje de pasión pasara por sus ojos; cuando sintió la necesidad de sus ardorosos labios y aquella boca que buscaba la suya murmurando con apagado suspiro: – ¡Ayúdame, te necesito! ¡Quiero que me ayudes!

José sufría silenciosamente al ver que su esposa ante su obstinado comportamiento, no gesticulaba una sola palabra de reproche. Él estaba convencido que ella había adivinado su situación y se sentía feliz al admirar su resignación. Por todo eso, él no pudo más que sonreír al comprobar cómo sin reproches de nuevo ella le ofrecía su confianza.

Nada notable había ocurrido para él en aquellos últimos seis meses en el Ministerio, por eso su vida le parecía cada vez más monótona y aburrida. Pero todo cambió cuando el nuevo secretario del departamento, le designo subsecretario y hombre de confianza. Es verdad que hacia su carrera con lentitud; pero segura según los compañeros recelosos del Ministerio. En realidad, todo iba bien y al repasar su existencia él la resumía en pocas palabras: –Se había casado, Teresa era su mujer y Antonio Gamuxo su suegro. Una familia maravillosa y fervientes admiradores de su persona; pero seguía faltándole su madre. Por eso cada vez que intentaba despreciar su punzante memoria del pasado e intentaba cerrar sus ojos a sus dolorosos recuerdos. El amor por un lado y por otro su deber de hijo le impulsa con más fuerza la necesidad de buscarla aunque fuera al fin del mundo mismo.

José, iba ganando en importancia, al ocupar el segundo piso del edificio dejando atrás los años de la administración y el continuo tecleado de las maquinas de escribir. Los últimos meses transcurridos después de su denominación como subsecretario y las últimas elecciones generales fueron la causa de las grandes modificaciones en el ministerio. Estas se celebraron el 22 de junio y dieron el triunfo absoluto al partido Socialista que renovó el ministerio con gente joven. Por eso y su competencia en sus anteriores funciones le designaron un despacho frente al del Ministro.

Más de dos meses llevaba trabajando en el discurso del ministro y las peticiones y acuerdos a debatir en la conferencia de Ginebra de la OIT (Organización Internacional del Trabajo). Pero la sorpresa de José, fue al ver que días más tarde cuando se hallaba trabajando en su despacho, se incorporó sorprendido de su asiento al ver entrar al propio Ministro: –¿Qué desea? – ¿Qué ocurre? – Preguntó José con sorprendida extrañeza. El Ministro vaciló un momento ante su sorpresa, pero no tardó en pedirle que debido a la confianza que él depositaba en su persona, se ocupase de dicha conferencia y, además, como máximo responsable. Viajar a dicho país era algo que en su imaginación, había preparado durante mucho tiempo atrás. Por eso la confianza que el ministro le depositaba, para ocuparse de dicha delegación le permitiría poder viajar por el país durante cierto tiempo.

Había llegado el momento tan deseado y ante tal oportunidad, José temblaba como si fuese a realizar un delito por algo que no debía hacer y esta alegría le llenaba de inquietud y temor. Por su memoria pasó como una ráfaga de viento helado, una frase que en varias ocasiones había oído a muchas personas: –« ¡Tu madre te abandonó! Él lo sabia-sé dijo José. – Lo reconozco pero creo en ella y siento en mi interior su infinita ternura».

José, llego al aeropuerto de Kloten en Zùrich, un lunes del mes de mayo con un cielo de radiante pureza. Suiza con sus innumerables montañas, desde el avión uno se imagina un extenso océano de color verde, salpicado por pequeñas islas de azul claro que no eran otras que sus hermosos lagos distribuidos por todo el territorio. Zúrich, es el centro financiero mayor del mundo, dividido por un río y abrazado por un lago y su ciudad hoy moderna rodea una villa medieval con muchos encantos por descubrir.

Según cuenta el historiador, Francisco Lòpez-Seìvane. Los centuriones romanos, poco podían imaginar que defendían un puesto fronterizo, Turicum, al norte del imperio, que 2.000 años más tarde aquella diminuta elevación junto al río Limmat sería el corazón de uno de los centros financieros más importantes del mundo. Hasta bien entrada la edad media, Zùrich no tuvo consideración de ciudad, pero la fuerza de sus gremios de artesanos la llevó a establecer una constitución y una firme muralla que ha preservado su magnífico barrió hasta nuestros días. El taxista que le llevó del aeropuerto a Zùrich, era por cierto un suizo de origen catalán que todavía guardaba su acento y al hablar de gastronomía le pidió que le llevara a una de esas famosas chocolaterías de Zùrich. El chocolate Suizo se ha ganado fama mundial y por eso le invito a que le acompañara saborear ese magnífico menú matutino.

En un día soleado como aquel, Zùrich puede resultar, además, una ciudad más atractiva a un. La ciudad, con no más de 360.000 habitantes se halla rodeada de bosques y colinas y vive abrazada a un hermoso lago y a la vez un rió parte en dos la antigua villa medieval. El taxi al llegar a una hermosa avenida que bordea el lago, se detuvo frente al consulado Español. Como enviado oficial, le recibió el señor cónsul en persona que con una gran amabilidad en todo momento no dejó de atenderle, a la vez que le sirvió de cicerone en su visita posterior a la ciudad. Llegada la hora de comer, y Don Evaristo que era como se llamaba el cónsul, le invitó a degustar el plato típicamente local en la Bodega Española (Münstergasse 15), un popular restaurante establecido en 1892 que cuenta con más de 32.000 botellas de caldos españoles de los más excelentes. El menú se trataba de trocitos de ternera con champiñones y de una crema exquisita, seguido de una especie de tortilla de patatas sin huevo (rösti), que es uno de los acompañamientos más apreciados en este país.

Uno de los medios de transportes ideal en esta pequeña ciudad, aparte de las piernas, es el tranvía. Es rápido, limpio, silencioso y hasta en él invierno los asientos tienen calefacción. Vale la pena dedicarse un par de horas a perderse por las callejuelas perfectamente conservadas de este lado del río. Ya estamos al otro lado y en la famosa Banhoffstrasse, una de las arterias comerciales más importantes del mundo. Es una calle semi-peatonal donde sólo los tranvías se deslizan silenciosamente por los raíles que surcan se deslizan por esta calle lujosa de tiendas y sus escaparates lucen las más caras joyerías y boutiques del mundo.

Al día siguiente, José volvió de nuevo al consulado, pero esta vez, con el propósito de recabar información sobre Margarita Resinos y sin que en ningún momento el cónsul descubriera que se trataba de su madre. El Cónsul, al no llevar muchos años en la ciudad, pidió que subiera el Canciller por llevar más de veinte años ocupando el mismo puesto. El Canciller era un hombre de estatura media pero de un aspecto cadavérico que daban más ganas de hablar con el de su salud que de otra cosa. Don Ernesto como le llamaba familiarmente el señor cónsul se sentó con un fardo de carpetas en el hondo de la butaca, demasiado ancha para servir de marco a su exigua persona. Al ir examinando los documentos en su poder, José comprendió que la información no era buena, pues de sus labios enfermizos del canciller broto un temblor silencioso.
–Vamos a ver: – ¿qué pasa? –Cuente, Ernesto-cuente.

José sintió el mismo dolor como si de pronto una bala le hubiera atravesado el cuerpo, debido a que los gestos del canciller estaban acabando en un instante con todas sus ilusiones. Tardó el canciller tiempo en recobrar su tranquilidad, pero después organizar la carpeta no duda en leer la primera parte del documento que sostenía en sus manos temblorosas. Luego como si no le gustara lo que en el documento se reflejaba, cerró el expedienté y dio por finalizada su lectura: –Joven–dijo con gravedad desdeñosa–, esta señora o como se la quiera llamar; para romper la armonía y la paz en España, hizo parte de los llamados rojos o mejor dicho agentes extranjeros al servicio de la Unión Soviética.
–Ernesto - no se esfuerce, al joven le interesan poco sus simpatías por el anterior régimen y sus molestas afirmaciones y solo le atañe que usted le dé la documentación que tenga sobre esta señora ya que posiblemente quiere escribir un libro sobre su vida.
–Mire Ernesto, yo también conocí empleados del estado que de sus puestos de responsabilidad lucharon por la democracia y contra el franquismo y, sin embargo, no estaban pagados por el oro de Moscú. –Sabe Ernesto aquello ya se acabo y lo único que pido en esta vida a Dios es justicia para que los poderosos no se aprovechen del miedo e inocencia de las gentes.

El cónsul después de una corta pausa, pareció arrepentido de haber irritado al canciller y le hacía señas disimuladas para que no le contestara. No obstante José, desconcertado prefirió callar ante los elogios que a su madre y a los demás luchadores antifascistas que él cónsul venia de hacer. Días después comprendió mejor las insinuaciones del cónsul al informarle que desde sus años universitarios el señor cónsul militaba en el Partido Socialista Obrero Español. A él tampoco le extrañaba que el ejército de la miseria, en sus protestas y rebeldías, se dirigiesen contra los gobiernos dictadores y déspotas. Los desheredados, los infelices en su instinto de conservación habían adivinado dónde estaba la causa de sus males. Por lo contrario, ellos sólo conocieron la sociedad que tenía como base la deformada moral cristiana. Una moral que en tiempos remotos pudo ser oportuna, pero que había fracasado rotundamente con el avance de la vida moderna.

Serian las diez de la mañana del día siguiente, cuando José cogía el tren en esa enorme catedral de hierro que era la estación. Debido a su tradicional política de neutralidad, Suiza ha evitado los efectos desastrosos de las guerras europeas. Como resultado, los ferrocarriles así como las ciudades conservan su sabor tradicional y si a esto se le añade su extensión territorial, los trenes son magníficos y eficaces dando el mismo resultado que el metro de cualquier capital.

La distancia entre Wintertur y Zùrich no era de más de veinte kilometro según la información proporcionada en el consulado. El paisaje es magnífico, pero hay que levantar la vista si no se quiere tropezar antes con las innumerables fábricas y grandes almacenes que no nos abandonan de izquierda a derecha todo el trayecto. Pero lo que más llama la atención, es el ir y venir constante por los vagones, de soldados cargando en sus espaldas fusiles ametralladores y que en su mayoría se acercan a los cincuenta años.

Al parecer el servicio militar en Suiza es obligatorio para todos los varones entre los 20 y los 50 años de edad. Pero se presta en periodos relativamente muy cortos de entrenamiento. Suiza tiene un ejército profesional de 3.470 soldados y un número de reservistas que superan los 600.000 efectivos. Debido a que armas, uniformes y otros equipos se guardan en sus propias casas. Suiza puede movilizarse en 48 horas, si esto sucediera, las Fuerzas Armadas Suizas contarían con varios millones de personas. El conjunto de la población Suiza es de descendencia alpina, nórdica, o eslava y la composición étnica está definida generalmente por las comunidades lingüísticas. Debido a sus últimas emigraciones principales de grupos étnicos son: alemanes, franceses, italianos y últimamente de españoles y turcos entre otros.

A las diez y media él se apeó en la estación de Winterthur, que es un importante nudo ferroviario y sus industrias producen locomotoras, motores para los aviones y maquinaria para la industria textil. Su estación como la de todas las ciudades de la Confederación Helvética, y debido a su importante movimiento ferroviario es a la vez un centro comercial, donde miles de gentes, aprovechan para hacer sus compras y disfrutar de sus hermosos bares, cafeterías, restaurantes, hoteles y todo esto se halla alrededor de la estación. Ya me dijo el cónsul al salir que si quería hablar con españoles no tenía que salir del recinto de la estación

Sentado en una mesa de una de las cafeterías de la estación y después de escribir una larga carta a Teresa, donde le contaba todos los pormenores de su viaje y entrevistas. El canciller levaba razón, dado que pocos metros de su mesa oyó hablar en un perfecto castellano. Con disimulo intentó definir dichas personas y llego a la conclusión que se trataba de dos matrimonios que cualquiera de ellos aparentaba ya los sesenta años.
José les interrumpió: – ¿Perdón, ustedes son Españoles?
– ¡Bueno yo también lo soy! – ¿Por favor les podría hacer unas preguntas?
–Sí, si caballero, no faltaba más. Respondió, el hombre que lucía una barba blanca bien cuidada, a la vez que las dos mujeres le ofrecieron que se sentara y todo ello acompañado de una amable sonrisa.

Admirado por la simpatía en que los dos matrimonios le recibieron, José dando a su voz un tono suave a cada palabra les pregunto: –Ustedes quizá me pueden dar explicaciones sobre una mujer que trabajo en esta ciudad y que se llama Margarita Resinos. José mientras observaba una vez más los rostros sorprendidos de las mujeres, no se percata que el hombre de la barba blanca le miraba sorprendido para después preguntarle: – ¿Cómo dice que se llama?
–Margarita Resinos…
–Margarita. – ¿Y quién es ustedes- pregunto con voz fuerte?
–Soy su hijo - respondió José sin vacilar. Él hombre le miró con un aire de admiración y declaró: –No le creo, ella nunca hablo de su hijo, –dijo con franqueza. – ¿No le creo joven?–repitió sin alterarse y bajando la voz. – ¿Usted no será un periodista?
– ¡Si señor aunque no se lo crea soy su hijo! – ¿No, no está bien que usted dude de mi palabra? Respondió con dureza. –De modo que les ruego que me digan si conocieron a mi madre.
–Bueno, le creó y le diré, que si la conocimos ya que era una joven que llamaba la atención por su belleza. – ¿Pero no todo el mundo pensábamos como ella y lo único que sabemos que era muy luchadora y que frecuentaba las organizaciones políticas y sindicales? –Nosotros no la conocíamos más que del centro cultural español de Winterthur de la que llego a ser presidenta y sin que nadie pueda hablar mal de ella. –Después desapareció y más tarde se oyó que fue detenida en Madrid por problemas políticos.

José sin dejar de oírle, se fijó más detenidamente en la mujer que tenía enfrente, que no dejaba de mirarle y pensó que ella si tuvo una amistad profunda con su madre. Pues en todo momento ella en su rostro mantuvo una expresión de simpatía hacia su persona, lo que le hizo dirigirse a ella: – ¿Usted conoció bien a mi madre verdad?
– ¡Si, trabajo conmigo en la cantina de la empresa Sulzer! –Sí, fuimos muy amigas, mismo si yo no entendía nada de política. –Claro que entonces éramos unas mozas y yo apenas recién casada. –Tu madre era muy bonita y yo tan tierna no podía verla sufrir. –Perdóname que te hable de tú; porque puedes ser mi hijo y tu madre sola se confió a mí. –Nadie sabe como yo los problemas de tu madre y ahora sé que dices la verdad porque mismo cuando estabas sentado sólo en esa mesa le dije a mi amiga que eras el vivo retrato de Margarita. –Al principio creí que tu madre estaba loca, porque se movía en el terreno político que siempre fue cosa de hombres. –Luego más tarde comprendí que era una mujer que al haber sufrido, tanto sólo deseaba vengarse de la sociedad. –Yo sé que te llamas José, tu madre te nombró tanto que tu nombre no se me olvidara jamás. –No obstante, le prometí que guardaría su secreto y por eso nadie aquí sabía que ella tenía un hijo.

Como si un remordimiento a sus audaces palabras, la hubiera dejado sin voz. La mujer cesó de hablar, a la vez que su marido la miraba con ojos de interrogante sorpresa. Luego como si estuviese arrepentida de sus palabras y de sus posibles reproches de su marido. Continuó diciendo que lo importante para ella era decirle al joven la verdad para que conociese de una vez el amargo pasado de su madre.

Aquella pobre mujer había dicho la verdad. Él no debía de perder la ilusión de encontrar a su madre, porque la opinión de todo el mundo era que ella en todo momento lo quiso mucho. Pero lo que no llegaba bien a comprender eran las causas exactas que la llevaron a abandonarle. Que es lo que verdaderamente paso, para no volver a buscarle. Solo pudieron ocurrir tres cosas: – primero por no soportar las malas lenguas del pueblo, segundo su trayectoria política y la secuela después de sus años de cárcel y tercero el no querer perjudicarle en sus estudios y su posterior carrera.

Cuando estaba más ensimismado, formulando mentalmente estos reproches, de nuevo la voz de la mujer que trabajó con su madre, volvió a repetir: –quiero ayudarle para que su madre conserve un buen recuerdo de su amiga Anita y no se olvide el día que la encuentre de darle un fuerte abrazo. –José, su madre frecuentaba un grupo de esos llamados comunistas con los que se reunía a menudo y si quieres te presentare a un tal Juan Rebollo que debió de ser uno de sus jefes.

El encuentro se hizo en la misma cafetería y en la misma mesa del día siguiente de su llegada, a la ciudad. Juan Rebollo alias el “comunista”, nacido en el centro de España, había pasado su juventud en Barcelona, donde aprendió el arte de la fresa, maquina prevista de cuchillas para labrar metales. A los treinta años, su alta calificación en el oficio le permitió un interesante contrato con la (Sulzer) la más importante empresa metalúrgica de Winterthur y posiblemente de Suiza. Era seco de cuerpo y de cabello rubio apagado y en sus ojos redondeados y profundos eran unas verdaderas ventanas del pasado.

Juan Rebollo era el clásico militante comunista de ideas trasnochadas, pero al estar acostumbrado a larguísimas horas de charla hacia siempre de ellas explicaciones “laboriosas” de sus experiencias.
– ¿Al parecer usted conoció a Margarita Resinos?. Un silencio de asombro y de incomprensión al mismo tiempo, se reflejó en su rostro; para al fin, acabar por sonreír, reconociendo que si había conocido a Margarita.

No tuvo que hacer esfuerzos mentales para seguir recordando el pasado y remontar el curso de su propia historia. De manera evidente Juan Rebollo se vio sensiblemente afectado por el recuerdo amargo de la emigración. –Es normal que no la haya olvidado. Siguió diciendo Juan Rebollo, mientras saboreaba una jarra de cerveza. – ¡Joven! Aunque muchos piensen lo contrario, para mí el pasado cuenta poco y sólo pienso en el mañana. –Por eso le aseguro que muchas veces me he acordado de cómo le irá a esa mujer inteligente y valerosa que supo enfrentarse aquellos años difíciles.

–«Nosotros, los emigrantes, no teníamos ningún derecho». – ¡Por eso hizo falta luchar para arrancarlos! –El capitalismo moderno racionaliza la producción, pero necesita de sus brazos; siendo ellos los peores pagados y con los trabajos más sucios. Trabajan bajo el sol o la lluvia, levantan casas, alquitranan las carreteras, limpian las calles, se someten a los más forzados ritmos de la cadena. –«Puestos sólo para los extranjeros. –Ellos son…españoles, italianos, turcos, simples mano de obra. –El capital, nostálgico de los tiempos de la esclavitud, del colonialismo, en que sin ninguna condición, con la simple fuerza de su poder, impone la ley y después desatan campañas contra «estos salvajes que quieren ser hombres»…
– ¿Perdone, cuántos años tiene, si no es una indiscreción?
–Bueno tengo veintiocho años, pero le diré que pese a mi juventud mi vida en algunos sentidos tampoco fue fácil

–Sí joven, la emigración a marcado la vida de nuestro pueblo. Tú, y perdone mi tuteo, quizás recuerdes uno de los hechos más conocidos de los emigrantes que es el “día de la Emigración” el cual se celebra anualmente el día 3 de diciembre y que es organizado por la Comisión Episcopal de Migraciones. –Todos nos preguntábamos. – ¿Cómo sería el cartel de este año? Un muerto desenterrado, momia lívida y andrajosa, que eleva sus brazos al cielo junto a una mísera maleta de cartón…

–Los fondos que se recogían con aquellas famosas huchas que los españoles depositaban nunca se supo que destino tenía. Pero se supo que estos fondos se utilizaban en parte, a inundar de grandes carteles a todo color cuando se acercaba ese día, se pedía con una finalidad caritativa y se empleaban, también en hacer propaganda contraria y política.

–Muchos, españoles se han cansado quizás de oír ya la palabra, “franquismo” como ocurre con las referencias a la guerra civil. Efectivamente, ya ha pasado el tiempo y este estilo ya no se llevan hoy. El comunismo de “corte europeo” cambia las aguas muertas de la charca de los 40 años del franquismo. Pero no se te olvide nunca que Margarita y otros cuatro millones de españoles, dejamos un día nuestro país, abandonando mujeres, padres e hijos, así como las atrasadas y soleadas aldeas o ciudades de España, en busca de un trabajo, o una seguridad democrática en el norte.

José quedo sorprendido de la capacidad de memoria y la facilidad de palabra de aquel hombre que no dejaba de mirarlo con el brillo irresistible de esos ojos que en algunos momentos parecían humedecer. – ¡Ya ve joven que soy fuerte!–dijo Juan con voz algo temblona por la ira. – No, no creas que es fácil olvidar esos años, que aún me persiguen como fieras, al recordarme después del triunfo del partido socialista en España y el derrumbamiento de los comunistas y sepa que a los comunistas los trabajadores sólo nos quieren para que sigamos sacrificándonos por ellos, y nada más. Me costó comprender esa triste realidad, y yo al fin y al cabo no sufrí ni fusilamiento como mi padre ni la cárcel como otros; pero eso sí, muchos años de sacrificio. – ¿Para qué? …

–Además–continuó Juan, serenándose–, tú no sabes para la gente lo que yo represento. ¿Crees que yo ignoró lo que de mí, los españoles dicen en la ciudad?…Me basta ver los ojos con que me miran las veces que voy al centro cultural. Para ellos sigo siendo un pobre rojo, que ya no les hago falta. Ya no es como antes que acudían a que nosotros les ayudáramos a resolver sus problemas administrativos y el trabajo. Se olvidan con facilidad que gracias a nuestra lucha, España hoy es un país democrático. Aquí se sabe todo, el chismorreo de esa pobre gente es tan grande que se le quitan a uno las ganas de mirarlos a la cara.

La emoción de Juan, abrumada por aquella cruel realidad del pasado, enterneció a José y sé entristeció más al ir conociendo con detalle el olvidado mundo de la emigración. Pero reconoce que a él, en realidad lo que más le interesaba era su madre.
– ¿Todavía no me ha hablado usted de Margarita?…–Usted sé olvido de ella–dijo con cierta triste y humildad al reconocer el doloroso recuerdo de su pasado.
–Buen hombre, como bien le dije yo trabajaba en la fabrica más importante de Winterthur y la falta de vivienda me obligó como a tantos otros a vivir en un pueblo del cantón de Thurgau, llamado Sirnach y todos los días hacia el trayecto en tren. Siempre recordare aquella tarde de abril del año sesenta y tres. El tren de las cinco que yo cogía era un tren que tenía su salida en Ginebra y terminaba en el cantón de Sankt-Gallen. Este tren, en aquella época llegaba cargado de emigrantes embarcados después del reconocimiento obligatorio en la frontera. Recuerdo como si fuera hoy el rostro atemorizado de aquellas personas, etiquetadas como ganado y en el letrero que llevaban colgado al pecho se leía Instituto General de Emigración Español. Esa tarde al ocupar mi asiento observe, a dos mujeres que no debían de tener más de veinticinco años y que me miraban con curiosidad al ver que leía el ABC único periódico español que llegaba al extranjero.

Era raro el día que él no encontraba grupos de emigrantes españoles, pero aquel día, como bien recuerda, recibió una impresión de curiosidad y no pudo menos de preguntarlas dónde se dirigían.
– Al parecer, las dos estaban contratadas para trabajar en el hotel más importante que hay en Wil, ciudad a no más de diez kilómetros del pueblo donde yo vivía. –En aquel tiempo yo ya dominaba el alemán, por lo que decidí acompañarlas hasta el hotel y servirles de intérprete. Margarita era la más callada, pero al fin del trayecto, se decidió hablar y me dijo que era de un pequeño pueblo y del que no recuerdo su nombre de la provincia de Orense en Galicia. La verdad es que no volví a verla hasta un año después y fue en este mismo café. –Esa tarde que bien recuerdo, nos reuníamos unos cinco camaradas y ella vino a servirnos a la mesa. –Le aseguro quedé profundamente asombrado, pues la joven tímida que yo recordaba parecía ahora más lúcida y abierta. –Pero para abreviar, también te diré que por aquel entonces en Winterthur se habían creado una célula del Partido Comunista de España y de la que yo hacía parte.

–Bueno seguiré contándole ya que al año siguiente volví a ver a Margarita por las tardes y al menos tres veces a la semana. –Pero no me mires así, yo en aquel tiempo ya estaba casado y pese que era muy bonita, no me hubiese atrevido a decirle nada en tanto que hombre. – No obstante un vasco llamado Goicoechea que militaba por aquel entonces con nosotros, no tarde en fijarme que se gustaban. –Adema no se sabrás que una gran parte de la colonia Española, provenía de las ciudades más industrializadas de España, por lo que él partido comunista en Winterthur llegò a ser importante y la única fuerza política organizada. –La calidad de los camaradas no tarda en dar frutos y se reflejó en sus actividades que fueron entre otras que de aquí salió la idea de crear las A.T.E.E.S. (Asociación de Trabajadores Españoles en Suiza). Que terminó siendo una de las organizaciones más fuertes de la emigración Española en Europa. A la vez se creó una oficina permanente de la organización «Amnistía Internacional», cuya sede social se encuentra en Londres y desde aquí se denunciaba «las detenciones política en España».

Margarita poco después de su llegada a Winterthu, se incorporó al partido donde fue en todo momento una militante activa, a la vez que se destaco en la lucha tenaz por cambiar la dirección del Centro Cultural Español. Por desgracia, para dicho centro, hace unos años apareció un individuo llamado Jacinto, colaborador del consulado y de la policía cantonal y por eso dicho individuo no tardó en imponerse como presidente del centro. Fue la época negra de nuestra sociedad, pues el colaborador “Sr.Jacinto”, termino hacia por a des hacer y deshacer, al mismo tiempo que valiéndose de las autoridades se transformo en mercader de emigrantes, recibiendo «comisiones» por su sucia tarea. Margarita fue valiente combatiendo a dicho individuo y después por su entrega en las labores del centro fue elegida presidenta. No obstante joven, entre nosotros le diré que este individuo sin escrúpulos tuvo que ver mucho en las entregas a la policía de muchos camaradas y sin duda alguna en la de Margarita.

Sin dejar de oírle, José se puso más detenidamente a mirar al hombre que tenía enfrente, preguntándose si fueron ellos la vanguardia olvidada del malestar de las clases oprimidas; en esa lucha decidida a transformar la sociedad a través de la implantación por la fuerza de la dictadura del proletariado como ellos la llamaban. – ¿Por qué aquella lucha sacrificada y decidida de estos simples militantes, se volvía valiente y, sin embargo, sus dirigentes fueron perdiendo la honestidad? No obstante si alguno de ellos les preguntáramos se justificarían diciendo que ante tal evidencia, los poderosos terminarían corrompiéndoles y sino los asesinarían sin ningún miramiento. Además, con el tiempo el fracaso de la encomia marxista, les demostraría que no eran más que un puñado de ciegos “dinosaurios” en estado de extinción.

José siguió escuchándolo en silencio y sin pestañear, a este antiguo revolucionario que, además, había conocido a su madre.
– ¿Está usted bien?
– ¿No está cansado?
–No –contestó el hombre con sencillez. – Me siento perfectamente y le estoy escuchando con interés y respeto. –Bueno pues entonces continuemos y te diré que luego las cosas al poco tiempo se aceleraron, para ella. Pues margarita encontró trabajo en los comedores de la cantina de la Sulzer, lo que le permitió moverse con más facilidad. También hay que destacar que dos años después fue nombrada a la dirección de las A.T.E.E.S, por lo que le viajaba con frecuencia y asistir cada vez menos a nuestras reuniones. Hay quien dice que se había enamorado del vasco, pero yo no lo creo, pues poco tiempo después Goicoechea dejó el partido y regreso al interior donde años después se incorporo en algún comando de E.T.A y por la prensa supimos que tiempo después fue cazado a balazos por la policía.

–Bueno y como te iba diciendo a mediados de agosto de ese mismo año que se celebró un congreso de las A.T.E.E.S en Zurich. Pero fue después dicho congreso que tres camaradas que junto a Margarita y que también hacían parte de la dirección nos pidieron de urgencia una reunión con la dirección del partido en la región. Margarita, en dicha reunión nos presento a estos tres jóvenes, y bien recuerdo que al hablar eran muy impulsivos, además, no dejaron sin cesar de exigir la necesidad de adaptar el partido a las nuevas circunstancias internacionales.

–Es verdad que hablaban con entusiasmo de ese fenómeno internacional que en esos momentos convulsionaba al mundo: – como era la revolución Maoísta en China… –donde al parecer la clase obrera, los campesinos pobres y medianos, se hicieron con el poder. – «La verdad es que ellos estaban en su derecho el someter a un control revolucionario, los cuadros del partido y del Estado en sus diferentes escalones y no se debe permitir, bajo ninguna forma asfixiar la crítica y usar contra ella represalias». Después hicieron una severa crítica a las formas generales de organización del partido, alegando la dictadura personal de Santiago Carrillo y la línea revisionista surgida del llamado comunismo Europeo.

La reunión como bien puedes comprender, terminó como el rosario de la Aurora y se creó la primera escisión seria entre los comunistas en Europa y que no sería la última. Por consecuencia, Margarita nos dejó para engrosar las filas del P.C.R. (Partido Comunista Reconstituido). Al parecer estos eran una nueva generación de jóvenes radicalizados que años después, junto a otras tendencias trotskistas y anarquistas convulsionaron la Europa.
– ¿Pero perdone qué más sabe de Margarita? –Dijo José un tanto confundido.
–Yo ya no puedo decirle muchas más cosas de ella, y lo que sí sé es que se fue a vivir a Ginebra donde trabajaban sus compañeros. Uno de ellos se que se llamaba Jorge y que con la otra muchacha llamada Elena trabajaban en la U.N.E.S.C.O. (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) en Ginebra. El tercero que para usted puede ser el más interesante se llamaba Cresto o Crespo, en fin no sé si era su nombre verdadero o su nombre para la clandestinidad. Este personaje al parecer, era un intelectual gallego, del que se decía que dominaba varios idiomas y tradujeron al español importantes obras del francés y el ingles y entre otras la última versión del Capital de Marx. También sé que fue una de las piezas claves en la escisión del partido, pero fue honesto con sus ideas, pasando largos años en la cárcel. Sé decía que la ayuda para la organización les llegaba del gobierno Albanés, que era en aquel entonces el fiel aliado en Europa de la China maoísta y el encargado de difundir la propaganda maoísta y entre ella, el famoso libro rojo de la revolución cultural.

Después de una corta pausa, José insatisfecho de las explicaciones, volvió a insistir sobre este tal Cresto y Juan, se limito a decir que sólo en Madrid podrían saber el paradero de él. – ¿Y para ser sincero temía ir más lejos?…--Temblaba al pensar que la búsqueda apenas había comenzado y para él todo continuaba turbio. No obstante reconoce que sintió resucitar de nuevo en él la cruel realidad de su existencia. Dado que las posibilidades de que en la próxima averiguación le sonriera la suerte, eran nulas aunque no obstante intento alejar su tristeza al animarse de nuevo con el fin de ganar su propia la confianza y al de Juan.

La cafetería se iba llenando de gente y la luz solar había dejado de existir en el exterior dando paso a la luz artificial de las grandes arañas de cristal. El humo del tabaco, las mesas apretujadas y el bullicio ensordecedor de la sala hizo que su rostro se hallara desconcertado y pálido.
–Te veo muy preocupado; por tanto, me gustaría preguntarte algo que me inquieta desde el principio, ya que la familia que me dio tu cita, no terminó por decirme en realidad quien eras...
– ¿A qué te dedicas?
José sonrió ante la inquieta pregunta de Juan y le dijo: –Simplemente soy el hijo de Margarita… Después vio como Juan, volvía precipitadamente la cabeza y clavaba sus ojos en la pared, le dijo:-- ¡Pero qué tonto soy, que tonto! –Debí suponérmelo. –“Sabes que podría enfadarme contigo, por no habérmelo dicho a tiempo”.

Pasado el primer momento de sorpresa, Juan ya más tranquilo volvió a preguntarle con discreción qué es lo que pensaba hacer: – ¿Quieres buscarla?
– ¡Sí! Y usted me ha ayudado con tus explicaciones dado que tu ayuda ha sido magnifica, pues eres la primera persona que después de más de veinte años conoció a mi madre.
–Bueno José, es la vida y mismo yo ya no puedo ayudarte más.

A Juan que le temblaban las bolsas de los ojos, se levantó inclinándose hacia José, lo abrazó y meneo la cabeza para terminar diciendo: –Mire, joven, esto que le cuento pertenece ya al pasado y solo quiero desearte suerte y decirte que tu madre además de ser muy bonita es también muy inteligente y valiente…–, ¿sabes que yo adoraba a tu madre como a una diosa? Porque Margarita era, simplemente, una buena persona.

A eso de las once, del día siguiente, una vez que ya había averiguado de su madre lo más importante, José decidió ganar sin titubeos la ciudad de Ginebra. Ya de nuevo en este cómodo transporte ferroviario de Suiza, volvió a ver en los pasillos con sus cascos sujetos a las mochilas y los fusiles al hombro un gran número de soldados dando la sensación de que el país se hallaba en guerra y no era así. Suiza sigue siendo la democracia más antigua del mundo y ese mismo año el país celebraba por todo lo alta sus 720 años de democracia. Su neutralidad en todas las guerras le valió ser el país que con más escrúpulos supo guardar sus costumbres. Él filosofo escocés David Ume escribió: –“Las costumbres constituyen la guía fundamental de la vida humana”. Efectivamente, el conocimiento de las costumbres supone una guía importante para comprender el alma de un país y de sus gentes.

Vale la pena tomar el tren porque el paisaje tiene mucho que ofrecer, ya que al ir dejando atrás la encantadora ciudad de Zúrich el tren remonta la colina que conduce a Lucerna y desde allí se va descubriendo como una postal una de las vista más sorprendentes de Suiza. Después y a hora y media de recorrido se atraviesa Berna, capital de la nación una ciudad medieval tranquila y hermosa. El paisaje es puro y de una belleza inimaginable y sin poder dejar de admirar su belleza aproximadamente hora y media más tarde, ya se divisa el lago y la ciudad de Neuchatel y más allá Lausane otra perla deslumbrante en el paisaje a orillas del lago Leman. A continuación, apenas a media hora de trayecto el tren entra en la estación central de Ginebra

Ginebra es mundialmente famosa por sus sectores banqueros y financieros como también un importante centro industrial de instrumentos de precisión: –como relojes de pulsera, relojes de pared y joyería para la exportación. Por eso trabajadores inmigrantes de todo el mundo son la más importante fuerza laboral, ya que ella constituye más del 40% de la población y esa mezcla proporciona a Ginebra una atmósfera cosmopolita. El francés es el idioma dominante en la ciudad y Ginebra fue siempre conocida como la Roma protestante.

El río Ròdano divide Ginebra en dos partes casi iguales, pero hay que destacar que en el sur (la orilla izquierda) se alzan los distritos financieros y administrativos y dos antiguos distritos residenciales: –Eaux Vives y Caruge y este último habitado por trabajadores a la vez que constituyen la parte más antigua de la ciudad. La orilla derecha, tiene carácter residencial y principalmente destaca la zona “Gervais”, donde ubican los mayores hoteles de la ciudad así como el distrito de las “Délices”.

El congreso, dio comienzo el viernes y se clausuro el domingo por la tarde en el famoso edificio de las Naciones Unidas. En 1948, la Organización Internacional del Trabajo (O.I.T) y la Organización mundial de la Salud (OMS). Establecieron en Ginebra sus sedes donde en ellas se celebraban las reuniones Internacionales. Mi instancia en ginebra se prolongó tres días más, con el fin de concretar las resoluciones aprobadas en dicha conferencia. Estos días fueron ya de una tranquilidad merecida, disfrutando apaciblemente del sol a orillas del lago Léman. Este territorio neutral tan celebrado exhibe una obvia confianza en sí mismo y se erige como un emplazamiento inmaculado y aunque paradójicamente rebosa estilo y espíritu aventurero. La ciudad es limpia, eficiente y segura como de hecho los suizos fabrican sus famosos relojes.








CAPÌTULO XI
POLgarci
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Re: HIJOS DEL CELIBATO

Mensajepor POLgarci » 21 Dic 2014 11:13

Gracias y se sigue

CAPÌTULO XI

A medida que aquel monstruo de acero se elevaba hacia al cielo, los contornos del lago Leman en forma de luna y la ciudad de Ginebra se iban perdiendo cubiertos por una densa bruma. Dejando al descubierto sólo las cumbres cubiertas con sus nieves perpetuas que al choque frontal del sol deslumbraba los ojos de los pasajeros. Atrás quedaban las majestuosas e impresionantes montañas de los Alpes franceses, desgraciadamente, por densas y oscuras nubes impedían divisar esta maravilla de la naturaleza de este hermoso país.

Dos horas y media después el avión hacia su aterrizaje en Barajas y ante el bullicio ensordecedor de la gente la mente de José se hundió de nuevo en un mar de confusiones a medida que recordaba las explicaciones de las personas que conocieron a su madre. La tela de araña en la que se encontraba, no daba la solución a su afligido dilema. No podía emitir juicios ya que en realidad reconocía que se encontraba casi en el mismo punto de partida.

Esta triste situación le hizo de nuevo entrar lentamente en la realidad y fue cuando se despedía de los tres compañeros del ministerio que viajaban con él. Que reconoció a Teresa por su peculiar belleza y su esbelta silueta. Le buscaba desesperadamente, y al percibirle ella corrió hacia él para verse después presa de sus brazos, a la vez que sintió su boca ardorosa buscando la suya.

Hasta bien entrada la mañana no se despertó José del profundo sueño, semejante por su cansancio a una pérdida de conocimiento y recuerda que fue ya en el transcurso del día que explico a Teresa todo lo sucedido en su viaje. Para ello más de una vez tuvo que buscar nervioso los apuntes que dejo guardados en su voluminosa cartera. Y reconoce que al oír sus explicaciones Teresa cambio sus inquietudes por una atractiva sonrisa. Pues la primera preocupación de Teresa había sido siempre hacer todo lo posible para que su marido encontrase lo más rápidamente a su madre. Por eso ahora que su marido había encontrado el hilo de su atormentada preocupación y solo le faltaba ir tirando de él pensó que no estaba lejos el ovillo. Ella pese a reconocer que en su vida había motivos más que suficientes para ser feliz; pero los problemas que le acarreaba su marido por esa tenacidad de buscando a su madre, seguía entristecían los días y la vida cotidiana de los dos.

Pasó más de una semana para que José ordenara sus ideas; pero al fin pensó que debía servirse de su posición en el ministerio para seguir las averiguaciones pertinentes para encontrar a su madre. Para eso, lo primero que hizo fue pedir la información necesaria de los años de cárcel de su madre y las personas que la frecuentaron y el resultado no se hizo esperar dado que días después le proporcionaron una entrevista con el director de la cárcel de mujeres en Madrid.

Encarnación, hacía varios años que se hallaba retirada después de más de cuarenta de servicio, pero ayudaba a una hija en puesto de verdura del mercado de la Cebada. Encarnación aunque ella vivía muy cerca de dicha plaza a José le dio cita en el mercado, lo que hizo por temor a resbalar con el agua sucia y pegajosa que soltaban los puestos de verdura y pescado tomar sus precauciones para no resbalar mientras atravesaba el mercado. José no recuerda haber visto un mercado tan impresionante como este, pero lo que más le llamo la atención fueron los desgarradores gritos de las dependientas anunciando su mercancía. No tardo José por las señas que le habían dado dar con ella, dadas las características físicas inconfundibles de su persona.
– ¿Por favor, es usted la señora Encarnación?
– ¡Si soy yo! – ¿Qué es lo que usted quiere?
–Quisiera hablar con usted, de parte de Don Evaristo Fuentes.
– ¡Ah! -¿Era eso?… Exclamo Encarnación sonriendo.
– Bueno le diré para empezarle que Don Evaristo fue durante años mi jefe y por eso estoy a su disposición para lo que desee. Él agradeció el ofrecimiento de la señora Encarnación, pero se mostraba aturdido del intenso vocerío allí reinante y por esa la que le pidió poder hablar en un sitio más tranquilo.

José observó a la señora Encarnación que para él a demás de ser una hembra gruesa y corpulenta era el vivo retrato de una carcelera a la que sólo la faltaba el bigote. Después a parto la vista con disimulo para contemplar desde del ventanal de la cafetería el aspecto que daba el inmenso mercado de la Cebada.
–Vamos a ver muchacho y dime la verdad.
–Ya que adivino en tus ojos que algo triste te trae aquí.
– ¿Qué es lo que deseas de mí?
José balbució sorprendido por esta pregunta tan directa, pero reconoce que los ojos interrogantes de ella le dejaron un momento perturbado los pensamientos y sin saber comenzar.
– ¡Por lo visto señora usted conoció a mí madre... y le pido de corazón que me ayude! – ¿Vamos a ver joven -Si no me dices quien fue tu madre, en poco podré ayudarte? – ¡Muchacho, te pido que te expliques con más claridad! La mirada de Encarnación era fija, inquisitorial, penetrante y pero José al fin encontró la fuerza suficiente para decirle sin titubeos: –Mi madre se llama Margarita Resinos y por lo visto fue encarcelada por problemas políticos en 1969. No hubo respuesta inmediata y el silencio era siniestro; por fin, hizo un resuello para decirle: –Joven hay una cosa que no comprendí en el caso de su madre, y es él porque nadie de su familia vino a verla en más de cinco años y ahora viene usted a preguntar por ella.
–A usted, si dice que es su hijo, lo engañaron miserablemente.
– Esta usted medió llorando.
– ¡Ay, ya, ya!
– ¿Por lo visto me he pasado de la raya?
– ¿Sabe?– Siempre creí que Margarita era una buena mujer y que la vida la golpeo muy duramente y ahora recuerdo bien que usted debe ser el niño que ella tuvo siempre a la cabecera de su cama.
– ¡Joven no sabe las veces que la vi llorar desconsolada por su hijo!
–No la juzgue mal su madre lo quiso siempre.
–la verdad es que su madre me hablo mucho, muchísimo de usted.
–Claro usted se preguntara, más de una vez quien fue su madre y yo le diré que un objeto de los caprichos del hombre y luego si te visto no me acuerdo.
– ¡Joven no sabe lo que me alegro de que alguien se preocupe de esa pobre criatura!
José al oír las palabras halagadoras de esta mujer que al principio mal juzgó, sintió un deseo indefinible de abrazarla y que ella siguiera hablando de su madre.
– ¡Vaya! ¿Muchacho, no podrías guardar tus lágrimas?


Luego hubo un corto silencio, hasta que ella de nuevo volvió con voz apagada y triste a decir.
–Bueno le seguiré contando que por allí hubo sólo dos personas que la visitaron; uno era un hombre extraño que debía ser muy influyente que se permitía verla en el despacho del propio director y digo extraño porque nunca le vi bien la cara con esas gafas oscuras que llevaba siempre. La verdad es que siempre que terminaba la dichosa visita con este señor, la pobre se pasaba las horas llorando. El segundo era un conocido abogado madrileño un tal Fernando Rato, que es el que debe saber donde se encuentra tu madre en la actualidad y si no, tiene que conocer otras personas de su entorno.

Se despidió de Encarnación con un fuerte abrazo y con la esperanza que el abogado le aclararía donde podría encontrarla ahora. Al salir a la calle, José sintió de nuevo viento del viento fresco que tan acostumbrados están los madrileños, a la vez que sintió que su cuerpo se llenaba de tranquilidad y de paz absoluta.

Después de esta entrevista, José ya no vivió entregado al desasosiego e incertidumbre de aquel que sólo confía en los caprichos del azar. No obstante, él tan metódico y cuidadoso para cumplir sus obligaciones en el trabajo comprendía que ahora estaba abandonando su trabajo en el Ministerio para dedicar su mayor tiempo en averiguar el paradero de su madre. Y ahora que él ya creía ver la salida del túnel no comprendía que si en su niñez fue siempre vigilado por una madre de fuerte devoción, crédula e intransigente religiosamente, hubiera experimentado su madre un cambio religioso y político tan radical. La verdad es que él no llegaba a comprender y, además, su familia ni nadie le dieron antes ninguna explicación de sus radicales cambios. No obstante, estaba convencido que él lo averiguaría por su propia madre no tardando tanto.

José siguió viviendo en el ambiente apacible del hogar y, además, con la llegada de la primavera Teresa quedo embarazada. No obstante, y pese a tanta felicidad, reconoce que era incapaz de borrar de su memoria el recuerdo que envolvía su misterioso pasado. Si reconocía, que eran vanos todos sus esfuerzos por olvidarla y entregarse a su familia como Teresa se merecía. Por eso al poco tiempo de su entrevista con la señora Encarna se decidió a pedir al abogado que se ocupó del caso de su madre, una entrevista en su despacho.

No tardo en explicarle el motivo de su visita, no obstante, él y tras un breve silencio le preguntó qué era lo que realmente quería oír.
– ¿Quisiera que usted me ayudara a encontrar a mi madre? El abogado le miró sin comprender y dudoso lo examinaba como si quisiera descubrir lo que realmente había detrás de sus palabras. José no tardo en percatarse de las dudas del abogado y al estar habituado a tratar en el ministerio personajes de cierta gravedad creyó necesario hacerle de nuevo preguntas concretas. Pero no obstante, decidió ser prudente y no volver a cometer el mismo error que tuvo a simple vista en la apreciación que se hizo de la carcelera. Por eso observo de nuevo al abogado que al sentirse estudiado no dijo nada y ni siquiera sonrió. Tenía la cara crispada, la frente dura y saliente, los ojos pequeños de un negro profundo y la boca arqueada. Parecía apretar constantemente los dientes como si le doliera volver atrás con sus recuerdos. Pero rápido por su cambio en su semblante, comprendí que no solo era capaz de hablar de su madre, sino que también llegaría a descubrirle todos sus secretos.

–Bueno sí, yo fui quien se ocupó del caso, no obstante, yo conocí a tu madre antes de su caída. – Dijo con dificultad. Por eso y pese a los cambios que en España se han conseguido le ruego que todo lo que yo le diga de aquí no debe salir ni una palabra. Después guardo unos instantes de silencio y volvió con cierto recelo a observarlo para luego de nuevo decirle: –la verdad es que ya todo pasó para suerte de todos de aquello sólo queda un trauma humano para unos y una pesadilla para otros.

No obstante, sabrá joven que todos los hombres, después de desaparecer el peligro se inclinan al hablar de sí mismo, y hacen confidencias con el fin de justificar sus actos y sin duda yo no soy una excepción a esta regla. Por eso cuando por alguna razón debemos revelar nuestros secretos, nos llena de estupor y cuando nuestra cabeza se vacía dejamos de mirar de frente fijando nuestra atención en cualquier objeto sin importancia.

– ¡Joven!– Para usted es muy difícil comprender nuestros años de lucha, porque en realidad no conoció la dictadura…–Y le diré que todo empezó en mis jóvenes años universitarios halla por los 60 y donde en Madrid se vivía una ebullición política en la universidad y en las fábricas. –En todo caso el Estado franquista, amarrado a su intransigencia doctrinal, no estaba dispuesto a evolucionar después de la Carta de 1945 donde encontró el apoyo de la Iglesia integrista y dura de Pío XII.
– Si joven hubo que esperar años después y en los reinados pontificales de Juan XXIII y de Pablo XII que con la Iglesia posconciliar que naciera la rebeldía.
–En este contexto le aseguro que no tardamos los jóvenes procedentes como yo de las clases medias y ricas a sublevarse contra la dictadura. –Con el tiempo estos cambios se fortalecen y todo porque la iglesia moderna repudia el confesional ismo ya que ella comienza a comprender la incompatible de la fe, con la subordinación al poder civil que es contrario a la libertad religiosa. En una palabra. «Esto supone la muerte del Dios nacional»

–Años después la universidad se fue convirtiendo en un hervidero de ideas políticas donde, además, todas las ideologías y comprendidas las más radicales se extendieron como un reguero de pólvora por el campus universitario. –Yo procedía del movimiento católico, hasta que la mayoría pensamos que la doctrina de izquierdas era la personificación de la doctrina de la Iglesia. –Solo que ellos querían desarrollar la igualdad y el paraíso aquí en la tierra. Pero le aseguro que mismo si la mayoría procedía de la clase burguesa, sin la menor duda nuestra impetuosa juventud fue la que nos hizo caer en los brazos de la única fuerza que verdaderamente luchaba contra la dictadura. «El Partido Comunista Español».

–Es verdad que la represión era dura y que el franquismo seguía fusilando y condenando a largos años de prisión, pero recuerdo que entonces nada nos detenía. –Más tarde apareció, un hombre que había entrado clandestino de París y que no tardó por crear una célula de tendencia Maoísta y años más tarde contaban ya con un comité en Madrid y más tarde una dirección federal. –Bueno yo una vez terminada mi carrera de abogado, comprendí que podría ser más útil defendiendo en los tribunales las causas políticas, pero esta nueva misión no impidió que en muchas ocasiones fuéramos molestados, multados e incluso mismo arrestados. –Después mi nombre se popularizó, llegando a ser más eficaz representando, organizando y coordinando las numerosas reuniones de la oposición. –Y por eso joven yo llegue a hacer parte de la famosa reunión de Múnich (Alemania), donde a la vuelta se me condenó con otros dirigentes a tres meses de cárcel.

–Bueno en lo relacionado con a su madre, te diré que debió llegar a Madrid en los años 67 y bien recuerdo que en una reunión clandestina que se celebró en Segovia, me la presento Cresto que al parecer era por aquel entonces el máximo responsable de la organización. A su madre se la conocía como Marga, nombre que en la clandestinidad usaba, era una joven muy inteligente y si me lo permite una mujer de buen ver. –Marga, llegó según oí lanzada desde París y no tardo al poco tiempo en ser “liberada”. Nombre que se daba a los revolucionarios profesionales. Ella rápidamente se ocupó activamente del comité de dirección y en especial de la organización de agitación y propaganda. Más tarde al dedicarme a la abogacía y convencido de la eficacia de mi trabajo deje de verla, hasta que en su caída con otros cuatro camaradas yo me hice cargo de su defensa.

–Acusada junto a Cresto y otros tres, de hacer parte del comité de Madrid del recién creado Partido Comunista Reconstituido. –Fue condenada a ocho años de cárcel y después hilvanando su caída llegamos a la conclusión que se debía como la mayor parte de las veces a que la policía trabajaba con gran eficacia entre las organizaciones en el exterior. Porque al moverse con libertad absoluta en estas viejas democracias, no guardaban la necesaria y rigurosa clandestinidad que en el interior.

–joven poco más puedo decirle, que no sea que yo cuando le preguntaba si tenía familia a quien avisar, siempre me dijo que no deseaba crear más problemas a sus padres y hermana y que en realidad después supe que era madre soltera. –Más tarde supe también que económicamente era ayudada por un extraño personaje, que la visitaba periódicamente y que la dirección de la cárcel guardó siempre su nombre en secreto. Su madre salió en el verano del 74 sin grandes problemas y estoy seguro de que no fue sólo por su conducta que fue excelente, sino por la influencia de ese extraño personaje que uso todo su poder.

–Poco tiempo estuvo su madre en Madrid, yo mismo prepare su salida hacia París y después, le digo la verdad, no la volví a ver. Luego, como bien sabe, la democracia se instauró en España y los mismos que mandaban entonces siguen mandando dado que ellos saben que pensar pase lo que pase. Basta con sacar la correspondiente idea del catálogo. Que para ellos sin la menor duda fue la “democracia burguesa”; pero como solución a sus problemas y no a los de la mayoría de los españoles. –“El pollo es simplemente la manera que tiene el huevo de hacer otro huevo”. Yo creo que hay que aprender a ver la realidad, también desde el lugar del huevo.

–Hoy joven, de lo que se trata es de hacer como la mayoría de los políticos, escritores y periodistas, disfrazarse de calamares a sobrevivir con sus cientos de tentáculos y todo con el fin de pagar sus créditos, sacar su familia y pasar inadvertidos. Lo importante es no decir gran cosa y soltar su tinta de camuflaje. En esta sociedad que ellos llaman de consumo, todos los políticos se convierten en una especie de Gurùs para abordar los nuevos tiempos en que vivimos. Donde los ideales ya no existen, y ellos lo saben bien y aprovechan el poder de los medios de difusión y recorren el mundo disfrazados de mendigos experimentando en las gentes lo que ellos califican de “reconversión a Cristo” o capitalismo responsable.

Al quedar el abogado pensativo unos minutos con la mirada dura y con el ceño fruncido. José pensó que había llegado el momento de su intervención y dijo: – Sepa que el Mundo no obstante seguirá siendo el mismo, aunque usted siga preocupándose de él o que le olvide, que escriba en papeles o libros o que continúe llevando la misma existencia que antes. –Por eso me pregunto si mi madre no debió pensar un poco más en mí, aunque sigo pensando de lo he oído de ella tal vez todo no fue verdad.
– ¡Quién sabe! – ¡Se marchó tan lejos!…Aunque seguro que se fue por olvidar todo y hoy aun vivirá en el mayor desengaño y soledad…
–Nunca volverá, pues su dignidad le hizo de nuevo huir de España y esta vez para no volver jamás.

Hubo un corto silencio, pero después fue el abogado que permanecía cabizbajo y posiblemente luchando entre los impulsos de su orgullo y las palabras razonables de él. Hasta que de nuevo José volvió hablar pero esta vez con una aparente cordialidad: –No haga caso de lo que he dicho. – ¿Cómo podría yo enjuiciar sus actos?…
– ¡Qué estúpida reflexión!
– ¿Qué vale mi opinión?…
– ¡Le aseguro que yo hubiera hecho lo mismo!
–Les comprendo y tan grande es mi amor por ella, que siento grandes deseos de volverla a encontrarla y de nuevo y por eso vengo a pedirle que me ayude.
– ¿Claro esta si usted puede?

El abogado con ademán tímido, terminó al oír estas últimas palabras por sonreír. Para después en su rostro preocupado de intelectual acomodado; apareciera una expresión inesperada y fue al poco tiempo que sin dudar un instante empezó a hablar con voz entrecortada: –Aunque soy un hombre aburguesado, siempre ayudé y respeté a estas sacrificadas personas por mejor la existencia del ser humano. Y por eso a su salida de la cárcel, como bien le dije anteriormente, les ayude en la tramitación de sus pasaportes y cuando los recibieron salieron ambos inmediatamente para París.

–También le diré que meses después recibí una carta de Cresto donde me comunicaba que estaba trabajando de nuevo como traductor en la sociedad LAROUSSE. Y de tu madre por Cresto no supe hasta años después y ya instalada la democracia que ella, al no estar de acuerdo con que él GRAPO-brazo armado del Partido Comunista Reconstituido por querer continuar con la acción armada contra el "estado democrático". Y además según me contó Cresto en una polémica asamblea a la que asistió tu madre; entre otros los dos fueron expulsados del partido.
–Y para terminar, le aseguro que todo esto lo supe porque como abogado tuve que seguir ocupándome de la separación y posterior divorcio de Cresto, con una mujer muy polémica y que siempre combatió las ideas de su marido. Creo que esta mujer, por tener un hijo con él, es la única que puede ayudarle a encontrar el domicilio de su madre. Joven a la que fue compañera de Cresto, la encontrara en la calle Preciados ya que regenta una tienda de moda o lo que llaman hoy una “boutique”.





CAPÌTULO XII


El encuentro con el señor Rato emocionó mucho a José, hasta el extremo de no poderse quitar de la cabeza las penalidades de su madre. Teresa al escuchar atentamente a su marido y observar su mirada triste comenzó verdaderamente a inquietarse por él. Dado que las explicaciones que él le daba, le iban causando un nudo en la garganta insoportable.
– ¿Qué más puedo contarte?
–Ya que te lo dije todo…
–Pero pesar de todo no comprendo José, como no eres capaz de hacer más llevadera esta situación.
–Por un lado te sonríe la vida a nivel del trabajo y por otro no conozco a nadie que a tu edad consiguiera llegar tan alto en el ministerio.
–Y sin embargo siempre tienes los ojos siempre tristes…
– ¿Dime amor por qué no eres feliz?
–Debe ser que mi corazón no es del todo feliz.
–José, te pregunto en serio y por tu bien. –Y pienso él porque la persona puede ser verdaderamente desgraciada cuando lo posee todo.
–La verdad es que tengo una buena mujer, soy afortunado en el trabajo y sin embargo me siento como un fantasma sin alma…
– ¡Y todo Teresa porque siempre me faltara mi madre!
–José, no debes de desanimarte, y piensa que hay que empezar de nuevo si hace falta y sobretodo comprende por experiencia propia que la vida no es fácil.
– ¿Sabes, José? – A veces veo con toda claridad el final de todo esto, pero estoy convencida que con tenacidad terminaras encontrando a tu madre.

Siguiendo las indicaciones del abogado de su madre, José se decidió a seguir su consejo y visitar la ex-compañera de Cresto si quería conocer el domicilio de su madre en París. Por eso, serian las cinco de la tarde cuando él al llegar a la Puerta del Sol hecho la cabeza atrás para abarcar con su vista la altura del reloj del palacio de la Gobernación. Después torció a la derecha donde se hallaba la calle Preciados y las cinco de la tarde era la mejor hora para su visita. Al llegar al número diez, observó que él número coincidía con una tienda de grandes escaparates exhibiendo las últimas novedades de la moda y de frente como bien dijo el abogado los grandes almacenes de Galerías Preciados.

Su ansiedad era grande, porque había puesto todas sus esperanzas en esta desconocida mujer. – ¿Usted dirá? – dijo la mujer, hojeando a la vez las revistas de moda que se hallaban en el mostrador. José volvió a mirarla detenidamente a la vez que no pudo menos que decirse: – ¡Qué guapa era! La verdad es que era una mujer seductora y le recordaba a una de esas mujeres que deslumbran en el cine. – ¿Caballero que deseaba Usted? Volvió a repetir con voz suave, a la vez que dejaba de ojear la revista.
–Vengo preguntando por María, la señora de Cresto. Como si la pregunta no le hubiera gustado nada, ella quedó cavilando un instante a la vez que clavaba sus ojos en los suyos. – ¿Quién es usted?
–Bueno vengo de la parte del señor Rato el abogado de su marido.
– ¡Caballero, dirá mi ex marido! – ¿No será usted de la policía?
– ¡No, no se inquiete!
–Señora-perdone. –En primer lugar la diré que soy el hijo de Margarita la mujer que fue detenida con su marido.
– ¿Y en qué, puedo yo servirlo?
–Simplemente señora, que, por favor, me informe si no la importa donde vive Ernesto en París.
–Bueno perdone ahora recuerdo que me telefoneo el abogado me dijo que un joven deseaba hablarme y espero que me perdone por mi sequedad… –No se preocupe buen hombre que dentro de mis posibilidades le intentaré ayudar.

Luego María, volvió a observarlo tan fijamente, que José, al sentirse acariciado por aquel mirar profundo, reconoce que experimento como en sus años de pubertad el mismo sonrojo.
–“Mucho le hablaría de mi marido”, pero no tenemos tiempo para eso. –No obstante le diré que me separé de él, meses antes de salir de la cárcel, dado que mi trabajo era incompetente con su ridícula manera de pensar y, además, los celos lo devoraban. –No era vida para mí, es verdad que cuando nos casamos su capacidad intelectual me cautivo, pero nunca creí que llegara tan lejos con sus ideas.
– ¡Y además para colmo son gente, que con poca capacidad llegan ministros!

–“Él creyó siempre que la sociedad caminaba a pasos de gigante para igualarse toda y la desaparición de las clases. –Yo nunca lo creí, ya que siempre habrá clases; por más que aseguren que esta igualdad se ha iniciado ya en el lenguaje y en el vestir, yo trabajo en la moda y conozco a la alta sociedad y a mí no me entra eso. –Yo nunca lo creí y hoy lo que hay es la misma “democracia orgánica” que Franco preconizaba ya antes de su muerte, dejando todo bien atado los niveles; sean económicos como políticos. Los pobres siguen siendo cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos. –“Y buena es la mesa y la buena ropa lo que siempre los distingue y no hablemos del poder de mandar”.

Las emociones varias que se sucedieron en su mente, se fueron calmando y por fin termino diciendo: –Es verdad que Cresto es un hombre honesto, pero hoy no basta con eso. –”Tu madre se fue a París con él, pero no te preocupes, a Cresto y a tu madre no les unió más que sus pobres sentimientos de una igualdad trasnochada. –Yo sé que tu madre, a la que la trate antes de entrar en la cárcel; siempre estuvo enamorada de una sola persona y que por cierto mientras estuvo con ella, él, fue quien la ayudó a soportar la cárcel. –“Nunca supe quién era” y solo oí hablar poca de él. La verdad es que José no llego a hilvanar bien lo que María le estaba explicando, no obstante, si con siguió su cometido que era recopilar las señas de su “marido” en París. Y que eran en el Hotel Carrión, situado en la Rue Bobillot y a pocos metros de la Plaza d’Italie.

En medio de un abatimiento general y de la más pobre esperanza por solucionar su problema, José dejó escapar un ahogado suspiro y torció los labios en una triste sonrisa. Había pasado un mes sin que su situación variara sensiblemente y a estos motivos de pena se añadían la falta de respuesta a las cartas enviadas y devueltas a su tío Francisco en Roma. En su mente, lo extraño reinaba con verdadera confusión, al luchar en sombrío pugilato con lo imposible. « ¿Quién sería aquel personaje extraño que visitaba y ayudaba económicamente a su madre?»… ¿Él porque su tío Francisco hacia más de dos años que no le escribía? José quedó pensativo unos minutos, para después recordar las palabras de su tío él siempre llevaba grabada en su memoria: –cuando seas un hombre comprenderás mejor la dureza de la vida.
–« ¡Perdónala es tu madre! – Sabes José tu madre fue buena. – Y un día comprenderás que la tentación de la carne, conlleva con facilidad al pecado y tu madre fue víctima de su primera locura de amor».

La cosa estaba clara y por tanto solo le quedaba organizar este verano un viaje a la capital francesa. Dado que el deseo de José por encontrar a su madre lo más pronto posible, se había convertido en una constante obsesión. Se sentía triste y ligeramente perturbado, pero la noticia que había recibido el último día en el ministerio, apareció ante sus ojos como la oportunidad más esperada. Era la ocasión que le brindaban de viajar a Roma la ciudad Eterna. José miró detenidamente los papeles que le informaban de asistir a la reunión que la Comunidad Europea celebraría en Roma el quince de mayo. La reunión en cuestión, tenía como fin la elaboración de una plataforma social conjunta para los trabajadores europeos.

Este viaje le encantaba más que otros viajes que llevaba hechos a otras ciudades, ya que ahora tendría la oportunidad de visitar a su tío Francisco del que desde hace tiempo no sabía nada. Sus días eran contados y de mucho trabajo, pero a pesar de todo perdería unos días a su lado. Años hacia qué había pasado José sin que le preocupase la necesidad de ver a su tío. Pero reconocía que ahora no era más que un agradable recuerdo, que surgía de tarde en tarde en su memoria. Ya que sus gustos y costumbres resultaban diversos, y José se veía unido a él únicamente por los recuerdos de su infancia. Pero ahora le necesitaba más que nunca y reconocía que era con el único propósito de que él pudiera ayudarle en su difícil búsqueda para encontrar a su madre.

La emoción que produce la proximidad de Roma se manifiesta ya al descubrirla desde el aire, pues una vez en ella la emoción es incomparable. Al llegar a Roma José se hospedó en un hotel que sus ventanas daban al Coliseo y al deslizar la vista sobre esta milenaria ruina, se sintió en un ambiente de grandeza. Ya que en ese momento le llegan a uno los recuerdos se endurecen con los recuerdos de esos gladiadores tensos y apurados ante un enemigo sin escrúpulos. Por eso al contemplar hoy el Coliseo desmantelado y en un lamentable aspecto de ruinas para comprender su hermosura y el ambiente que tendría en la época del Imperio. Roma fue la cuna de la más célebre república, y por eso en la Edad Media cuando los reyes eran omnipotentes y los pueblos rebaños si esperanzas de libertad. Veneraban a Espartaco el gladiador esclavo, que oso por un tiempo oponerse a los poderosos y que como tantos otros fueron crucificados por su desobediencia.

Al otro día paseo por Roma con el deseo de verlo todo y con las ansias de penetrar de un golpe en el corazón de esta eterna ciudad. A las tres de la tarde y después de tomar asiento en la terraza saboreó una típica Pizza Italiana en un restaurante ya cerca del Vaticano y para más detalles en barrio conocido como la Ciudad Leonina. Donde ya las calles están repletas por vendedores de estampas, rosarios y recuerdos de Roma. No sé cuánto tiempo pasó en la plaza de San Pedro contemplado las armoniosas columnas, su fachada monumental que al más ateo le hace perder el concepto de la pura reflexión y para más en el terreno que ocupa El Vaticano se podría construirse una ciudad. Jamás rey ni los antiguos Césares, tuvieron el esplendor de vivienda y semejante.

Al preguntar en el secretariado del Vaticano regentado por la famosa guardia Suiza, se le comunico que su tío hacia ya dos años que abandono Roma. Como quiera que esa respuesta no le diera solución a sus preocupaciones, decidió pedir una entrevista para el día siguiente, con un máximo responsable del secretariado.

José fue recibido por un sacerdote vestido con traje de corte y confección y no más viejo que él. – ¿Quién es usted? – ¡En qué puedo servirle!
–Bueno, yo soy sobrino del padre Francisco que trabaja en la oficina jurídica del Vaticano.
–Con mayor discreción lo único que puedo decirle, es que el padre Francisco fue expulsado hace ya más de dos años del Vaticano. –Le aseguro que le conocía bien y, además, éramos buenos amigos pero nunca comulgue con sus desbaratadas ideas. –Francisco aprovechó su importante responsabilidad que le había encomendado el Santo Padre, para traicionar su confianza. –Él en poco tiempo fue la cabeza viviente de la disparidad de abolir el Celibato en la Iglesia y en la actualidad ha conseguido dirigir un movimiento que abarca a miles de sacerdotes e inclusive un buen número de obispos que le apoyan.

Al oír las palabras entrecortadas del joven sacerdote, a José le pareció en cierto momento que le faltaba oxigeno a sus pulmones y la placidez de minutos antes se convirtió en una auténtica excitación de sus nervios. ¡Cosa inexplicable para José! El sacerdote, después más tenaz en su insolencia lo siguió tratando fríamente, y sin esforzándose por hacerle ver que su tío pudiera tener a la vez sus propias cualidades y por lo tanto él rápido comprendió que para el joven sacerdote era ya desagradable su presencia.

Luego se hizo un silencio molesto, por lo que José quiso salir de esta situación lo más pronto posible. Ya le molestaba ver aquel sacerdote glacial, indiferente, tratándole con hipócrita cortesía y sosteniendo con gran corrección las distancias para evitar la confianza. Por eso deseoso de saber el paradero de su tío, terminó por pedirle que le diera las señas o su paradero actual.
–Bueno-solo puedo decirle, que sigue ejerciendo de sacerdote, se fue a París y después de cierto tiempo se trasladó al Canadá en la actualidad tienen sus feligreses en el Canadá y más exacto en Mont-Moreny muy cerca de Quebec.

Otra vez cambio el tono, añadiendo con acento enérgico que se excusaba, pero debía abandonar la oficina. José incapaz de emitir palabra a las bruscas expresiones del sacerdote, quitó la oficina. Luego disimuló sus pensamientos y sin levantar la cabeza con voz sorda se dijo: -“¿Cuál fue él motivó que le llevo a desobedecer a su tío a la poderosa Iglesia católica, o es que había algo en él, que le arrastraba a la total incomprensión sobre su tío?”. – ¡Tal vez, no pudo resistir a las ansias de libertad absoluta, de una vida modesta y entregada a su total aislamiento!
Luego termino por sonreír con forzosa sutileza. "Qué vale su opinión, que le importaba a él, si las personas que forman nuestro mundo seguirán siendo las mismas”… y, además, los mismos que gobernaron, seguirán gobernando, por eso no debía preocuparse y eso si olvídales. ¿Qué vale su opinión?… ¡No es más fácil dejar que deslicen su existencia sin inquietudes ni desagravios! La verdad es que él comprendía bien la posición de su tío ya que el resto de los hombres aman las mujeres, pero su tío dejó de serlo al dedicarse por entero a servir a su Dios. – ¿Aunque podría ser que él sintiera todavía sus años jóvenes o tal vez el recuerdo de un amor en el pasado le haga sentir de nuevo el deseo de volverla a buscar?

Quedo luego en silencio largo rato, mirando con fijeza el inmenso edificio del Vaticano, pero esta vez sin llegar a verle y esta vez por estar abstraído en la importancia de sus propios pensamientos. Pero al fin se dijo con una frialdad asombrosa que su tío podría llevar razón ya que los tabúes del Celibato en la Iglesia a lo largo de su historia, debían ser denunciados de una vez para siempre. ¡Su tío tal vez, marchó para ser libre y en eso consiste la verdadera felicidad!

Pues al parecer y a lo largo de la historia. La Iglesia, había tolerado el celibato, pero siempre que fuera ordenado y discreto. Lorenzo Valla, célebre escritor italiano, trata los hombres y los dogmas del catolicismo con ironía igual a la de los libres pensadores del siglo XVIII.
La filosofía de este humanismo evocaba la imagen de una carrera sin frenos, entre alaridos gozosos, después de la cautividad de varios siglos en que había vivido el pensamiento. Era el Evangelio del placer, la satisfacción de todos los apetitos. Y el término saltando alegre sobre cuantas barreras había levantado la fuerte disciplina.
No obstante, él podía justificar, el adulterio al admitirse como algo natural, pero siempre que fuese “ordenado y discreto”. A cambio sé debía ser prudente y, evitar el adulterio y el desorden en los deleites cuando representasen algún peligro.

Para José el pasado de la Iglesia y el presente fue siempre el de intentar esconder sus miserias, con el fin de preservar la Nación más poderosa del mundo que jamás la historia haya conocido y todo gracias al Celibato. Tal doctrina regocijaba a los hombres más poderosos de entonces. Nadie se atrevió a declarar en público su disconformidad con ellos. Por tanto, jamás en cierta época de la historia de la Iglesia se vieron un deseo tan general de gozar, de ir en busca del deleite, arrollado obstáculos. Nunca la humanidad mostró un cinismo tan sereno para la satisfacción de sus pasiones.

Hubo una época donde casi todos los reyes y príncipes de los estados de Italia eran hijos ilegítimos. A su vez, los obispos ricos, los cardenales y ciertos papas hacían igual que los soberanos laicos, teniendo a su lado numerosos hijos, disimulados al principio con él titulo de sobrino y reconocidos finalmente como hijos sin empacho alguno. Pues como se sabe era corriente que miembros del clero vivieran en cuncubinaje público, dado que siempre tenían una mujer o varias al lado de ellos.
Sus costumbres resultaban aún más “abominables”: El encuentro con el señor Rato emocionó mucho a José, hasta el extremo de no poderse quitar de la cabeza las penalidades de su madre. Teresa al escuchar atentamente a su marido y observar su mirada triste comenzó verdaderamente a inquietarse por él. Dado que las explicaciones que él le daba, le iban causando un nudo en la garganta insoportable.
– ¿Qué más puedo contarte?
–Ya que te lo dije todo…
–Pero pesar de todo no comprendo José, como no eres capaz de hacer más llevadera esta situación.
–Por un lado te sonríe la vida a nivel del trabajo y por otro no conozco a nadie que a tu edad consiguiera llegar tan alto en el ministerio.
–Y sin embargo siempre tienes los ojos siempre tristes…
– ¿Dime amor por qué no eres feliz?
–Debe ser que mi corazón no es del todo feliz.
–José, te pregunto en serio y por tu bien. –Y pienso él porque la persona puede ser verdaderamente desgraciada cuando lo posee todo.
–La verdad es que tengo una buena mujer, soy afortunado en el trabajo y sin embargo me siento como un fantasma sin alma…
– ¡Y todo Teresa porque siempre me faltara mi madre!
–José, no debes de desanimarte, y piensa que hay que empezar de nuevo si hace falta y sobretodo comprende por experiencia propia que la vida no es fácil.
– ¿Sabes, José? – A veces veo con toda claridad el final de todo esto, pero estoy convencida que con tenacidad terminaras encontrando a tu madre.

Siguiendo las indicaciones del abogado de su madre, José se decidió a seguir su consejo y visitar la ex-compañera de Ernesto si quería conocer el domicilio de su madre en París. Por eso, serian las cinco de la tarde cuando él al llegar a la Puerta del Sol hecho la cabeza atrás para abarcar con su vista la altura del reloj del palacio de la Gobernación. Después torció a la derecha donde se hallaba la calle Preciados y las cinco de la tarde era la mejor hora para su visita. Al llegar al número diez, observó que él número coincidía con una tienda de grandes escaparates exhibiendo las últimas novedades de la moda y de frente como bien dijo el abogado los grandes almacenes de Galerías Preciados.

Su ansiedad era grande, porque había puesto todas sus esperanzas en esta desconocida mujer. – ¿Usted dirá? – dijo la mujer, hojeando a la vez las revistas de moda que se hallaban en el mostrador. José volvió a mirarla detenidamente a la vez que no pudo menos que decirse: – ¡Qué guapa era! La verdad es que era una mujer seductora y le recordaba a una de esas mujeres que deslumbran en el cine. – ¿Caballero que deseaba Usted?-Volvió a repetir con voz suave, a la vez que dejaba de ojear la revista.
–Vengo preguntando por María, la señora de Ernesto. Como si la pregunta no le hubiera gustado nada, ella quedó cavilando un instante a la vez que clavaba sus ojos en los suyos. – ¿Quién es usted?
–Bueno vengo de la parte del señor Rato el abogado de su marido.
– ¡Caballero, dirá mi ex marido! – ¿No será usted de la policía?
– ¡No, no se inquiete!
–Señora-perdone. –En primer lugar la diré que soy el hijo de Margarita la mujer que fue detenida con su marido.
– ¿Y en qué, puedo yo servirlo?
–Simplemente señora, que, por favor, me informe si no la importa donde vive Ernesto en París.
–Bueno perdone ahora recuerdo que me telefoneo el abogado me dijo que un joven deseaba hablarme y espero que me perdone por mi sequedad… –No se preocupe buen hombre que dentro de mis posibilidades le intentaré ayudar.

Luego María, volvió a observarlo tan fijamente, que José, al sentirse acariciado por aquel mirar profundo, reconoce que experimento como en sus años de pubertad el mismo sonrojo.
–“Mucho le hablaría de mi marido”, pero no tenemos tiempo para eso. –No obstante le diré que me separé de él, meses antes de salir de la cárcel, dado que mi trabajo era incompetente con su ridícula manera de pensar y, además, los celos lo devoraban. –No era vida para mí, es verdad que cuando nos casamos su capacidad intelectual me cautivo, pero nunca creí que llegara tan lejos con sus ideas.
– ¡Y además para colmo son gente, que con poca capacidad llegan ministros!

–“Él creyó siempre que la sociedad caminaba a pasos de gigante para igualarse toda y la desaparición de las clases. –Yo nunca lo creí, ya que siempre habrá clases; por más que aseguren que esta igualdad se ha iniciado ya en el lenguaje y en el vestir, yo trabajo en la moda y conozco a la alta sociedad y a mí no me entra eso. –Yo nunca lo creí y hoy lo que hay es la misma “democracia orgánica” que Franco preconizaba ya antes de su muerte, dejando todo bien atado los niveles; sean económicos como políticos. Los pobres siguen siendo cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos. –“Y buena es la mesa y la buena ropa lo que siempre los distingue y no hablemos del poder de mandar”.

Las emociones varias que se sucedieron en su mente, se fueron calmando y por fin termino diciendo: –Es verdad que Ernesto es un hombre honesto, pero hoy no basta con eso. –”Tu madre se fue a París con él, pero no te preocupes, a Ernesto y a tu madre no les unió más que sus pobres sentimientos de una igualdad trasnochada. –Yo sé que tu madre, a la que la trate antes de entrar en la cárcel; siempre estuvo enamorada de una sola persona y que por cierto mientras estuvo con ella, él, fue quien la ayudó a soportar la cárcel. –“Nunca supe quién era” y solo oí hablar poca de él. La verdad es que José no llego a hilvanar bien lo que María le estaba explicando, no obstante, si con siguió su cometido que era recopilar las señas de su “marido” en París. Y que eran en el Hotel Carrión, situado en la Rué Bobillot y a pocos metros de la Plaza d’Italie.

En medio de un abatimiento general y de la más pobre esperanza por solucionar su problema, José dejó escapar un ahogado suspiro y torció los labios en una triste sonrisa. Había pasado un mes sin que su situación variara sensiblemente y a estos motivos de pena se añadían la falta de respuesta a las cartas enviadas y devueltas a su tío Francisco en Roma. En su mente, lo extraño reinaba con verdadera confusión, al luchar en sombrío pugilato con lo imposible. « ¿Quién sería aquel personaje extraño que visitaba y ayudaba económicamente a su madre?»… ¿Él porque su tío Francisco hacia más de dos años que no le escribía? José quedó pensativo unos minutos, para después recordar las palabras de su tío él siempre llevaba grabada en su memoria: –cuando seas un hombre comprenderás mejor la dureza de la vida.
–« ¡Perdónala es tu madre! – Sabes José tu madre fue buena. – Y un día comprenderás que la tentación de la carne, conlleva con facilidad al pecado y tu madre fue víctima de su primera locura de amor».

La cosa estaba clara y por tanto solo le quedaba organizar este verano un viaje a la capital francesa. Dado que el deseo de José por encontrar a su madre lo más pronto posible, se había convertido en una constante obsesión. Se sentía triste y ligeramente perturbado, pero la noticia que había recibido el último día en el ministerio, apareció ante sus ojos como la oportunidad más esperada. Era la ocasión que le brindaban de viajar a Roma la ciudad Eterna. José miró detenidamente los papeles que le informaban de asistir a la reunión que la Comunidad Europea celebraría en Roma el quince de mayo. La reunión en cuestión, tenía como fin la elaboración de una plataforma social conjunta para los trabajadores europeos.

Este viaje le encantaba más que otros viajes que llevaba hechos a otras ciudades, ya que ahora tendría la oportunidad de visitar a su tío Francisco del que desde hace tiempo no sabía nada. Sus días eran contados y de mucho trabajo, pero a pesar de todo perdería unos días a su lado. Años hacia qué había pasado José sin que le preocupase la necesidad de ver a su tío. Pero reconocía que ahora no era más que un agradable recuerdo, que surgía de tarde en tarde en su memoria. Ya que sus gustos y costumbres resultaban diversos, y José se veía unido a él únicamente por los recuerdos de su infancia. Pero ahora le necesitaba más que nunca y reconocía que era con el único propósito de que él pudiera ayudarle en su difícil búsqueda para encontrar a su madre.

La emoción que produce la proximidad de Roma se manifiesta ya al descubrirla desde el aire, pues una vez en ella la emoción es incomparable. Al llegar a Roma José se hospedó en un hotel que sus ventanas daban al Coliseo y al deslizar la vista sobre esta milenaria ruina, se sintió en un ambiente de grandeza. Ya que en ese momento le llegan a uno los recuerdos se endurecen con los recuerdos de esos gladiadores tensos y apurados ante un enemigo sin escrúpulos. Por eso al contemplar hoy el Coliseo desmantelado y en un lamentable aspecto de ruinas para comprender su hermosura y el ambiente que tendría en la época del Imperio. Roma fue la cuna de la más célebre república, y por eso en la Edad Media cuando los reyes eran omnipotentes y los pueblos rebaños si esperanzas de libertad. Veneraban a Espartaco el gladiador esclavo, que oso por un tiempo oponerse a los poderosos y que como tantos otros fueron crucificados por su desobediencia.

Al otro día paseo por Roma con el deseo de verlo todo y con las ansias de penetrar de un golpe en el corazón de esta eterna ciudad. A las tres de la tarde y después de tomar asiento en la terraza saboreó una típica Pizza Italiana en un restaurante ya cerca del Vaticano y para más detalles en barrio conocido como la Ciudad Leonina. Donde ya las calles están repletas por vendedores de estampas, rosarios y recuerdos de Roma. No sé cuánto tiempo pasó en la plaza de San Pedro contemplado las armoniosas columnas, su fachada monumental que al más ateo le hace perder el concepto de la pura reflexión y para más en el terreno que ocupa El Vaticano se podría construirse una ciudad. Jamás rey ni los antiguos Césares, tuvieron el esplendor de vivienda y semejante.

Al preguntar en el secretariado del Vaticano regentado por la famosa guardia Suiza, se le comunico que su tío hacia ya dos años que abandono Roma. Como quiera que esa respuesta no le diera solución a sus preocupaciones, decidió pedir una entrevista para el día siguiente, con un máximo responsable del secretariado.

José fue recibido por un sacerdote vestido con traje de corte y confección y no más viejo que él. – ¿Quién es usted? – ¡En qué puedo servirle!
–Bueno, yo soy sobrino del padre Francisco que trabaja en la oficina jurídica del Vaticano.
–Con mayor discreción lo único que puedo decirle, es que el padre Francisco fue expulsado hace ya más de dos años del Vaticano. –Le aseguro que le conocía bien y, además, éramos buenos amigos pero nunca comulgue con sus desbaratadas ideas. –Francisco aprovechó su importante responsabilidad que le había encomendado el Santo Padre, para traicionar su confianza. –Él en poco tiempo fue la cabeza viviente de la disparidad de abolir el Celibato en la Iglesia y en la actualidad ha conseguido dirigir un movimiento que abarca a miles de sacerdotes e inclusive un buen número de obispos que le apoyan.

Al oír las palabras entrecortadas del joven sacerdote, a José le pareció en cierto momento que le faltaba oxigeno a sus pulmones y la placidez de minutos antes se convirtió en una auténtica excitación de sus nervios. ¡Cosa inexplicable para José! El sacerdote, después más tenaz en su insolencia lo siguió tratando fríamente, y sin esforzándose por hacerle ver que su tío pudiera tener a la vez sus propias cualidades y por lo tanto él rápido comprendió que para el joven sacerdote era ya desagradable su presencia.
Luego se hizo un silencio molesto, por lo que José quiso salir de esta situación lo más pronto posible. Ya le molestaba ver aquel sacerdote glacial, indiferente, tratándole con hipócrita cortesía y sosteniendo con gran corrección las distancias para evitar la confianza. Por eso deseoso de saber el paradero de su tío, terminó por pedirle que le diera las señas o su paradero actual.
–Bueno-solo puedo decirle, que sigue ejerciendo de sacerdote, se fue a París y después de cierto tiempo se trasladó al Canadá en la actualidad tienen sus feligreses en el Canadá y más exacto en Mont-Moreny muy cerca de Quebec.

Otra vez cambio el tono, añadiendo con acento enérgico que se excusaba, pero debía abandonar la oficina. José incapaz de emitir palabra a las bruscas expresiones del sacerdote, quitó la oficina. Luego disimuló sus pensamientos y sin levantar la cabeza con voz sorda se dijo: “¿Cuál fue él motivó que le llevo a desobedecer a su tío a la poderosa Iglesia católica, o es que había algo en él, que le arrastraba a la total incomprensión sobre su tío?”. – ¡Tal vez, no pudo resistir a las ansias de libertad absoluta, de una vida modesta y entregada a su total aislamiento!
Luego termino por sonreír con forzosa sutileza. "Qué vale su opinión, que le importaba a él, si las personas que forman nuestro mundo seguirán siendo las mismas”… y, además, los mismos que gobernaron, seguirán gobernando, por eso no debía preocuparse y eso si olvídales. ¿Qué vale su opinión?… ¡No es más fácil dejar que deslicen su existencia sin inquietudes ni desagravios! La verdad es que él comprendía bien la posición de su tío ya que el resto de los hombres aman las mujeres, pero su tío dejó de serlo al dedicarse por entero a servir a su Dios. – ¿Aunque podría ser que él sintiera todavía sus años jóvenes o tal vez el recuerdo de un amor en el pasado le haga sentir de nuevo el deseo de volverla a buscar?

Quedo luego en silencio largo rato, mirando con fijeza el inmenso edificio del Vaticano, pero esta vez sin llegar a verle y esta vez por estar abstraído en la importancia de sus propios pensamientos. Pero al fin se dijo con una frialdad asombrosa que su tío podría llevar razón ya que los tabúes del Celibato en la Iglesia a lo largo de su historia, debían ser denunciados de una vez para siempre. ¡Su tío tal vez, marchó para ser libre y en eso consiste la verdadera felicidad!

AL parecer y a lo largo de la historia. La Iglesia, había tolerado el celibato, pero siempre que fuera ordenado y discreto. Lorenzo Valla, célebre escritor italiano, trata los hombres y los dogmas del catolicismo con ironía igual a la de los libres pensadores del siglo XVIII.
La filosofía de este humanismo evocaba la imagen de una carrera sin frenos, entre alaridos gozosos, después de la cautividad de varios siglos en que había vivido el pensamiento. Era el Evangelio del placer, la satisfacción de todos los apetitos. Y el término saltando alegre sobre cuantas barreras había levantado la fuerte disciplina.
No obstante el podía justificar, el adulterio al admitirse como algo natural, pero siempre que fuese “ordenado y discreto”. A cambio se debía ser prudente y, evitar el adulterio y el desorden en los deleites cuando representasen algún peligro.

Para José el pasado de la Iglesia y el presente fue siempre el de intentar esconder sus miserias, en aras de preservar la Nación más poderosa del mundo que jamás la historia haya conocido y todo gracias al Celibato. Tal doctrina regocijaba a los hombres más poderosos de entonces. Nadie se atrevió a declarar en público su disconformidad con ellos. Por tanto, jamás en cierta época de la historia de la Iglesia se vieron un deseo tan general de gozar, de ir en busca del deleite, arrollado obstáculos. Nunca la humanidad mostró un cinismo tan sereno para la satisfacción de sus pasiones.

Hubo una época donde casi todos los reyes y príncipes de los estados de Italia eran hijos ilegítimos. A su vez, los obispos ricos, los cardenales y ciertos papas hacían igual que los soberanos laicos, teniendo a su lado numerosos hijos, disimulados al principio con él titulo de sobrino y reconocidos finalmente como hijos sin empacho alguno. También los miembros del clero vivían en cuncubinaje público y siempre tenían una mujer o varias al lado de ellos. Y además, sus costumbres resultaban aún más “abominables”:-cómo era una de las diversiones más corrientes, después de una cena. -La de reclutar prostitutas y ponerlas desnudas arrojándolas castañas y almendras para que las buscasen marchando a cuatro patas por debajo de los muebles. Sin contar a la vez el abuso, de niños tan generalizado a lo largo de la historia y denunciado últimamente por la prensa.
Luego hizo una pausa, para añadir con desaliento, que ya había visto bastante y al día siguiente de que terminara los trabajos de la asamblea abandonaría Roma.





CAPÌTULO XIII
POLgarci
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Re: HIJOS DEL CELIBATO

Mensajepor POLgarci » 25 Dic 2014 11:52

Se sigue, termina y gracias



CAPÌTULO XIII


Otro hecho nuevo que contribuía a infundirle la sensación de una desventura apenada era la desaparición misteriosa de su tío. Evidentemente que su tío ignoraba todo lo que en Roma le habían contado, pero al mismo tiempo, temía que el arrogante cura del Vaticano; no le hubiera dicho toda la verdad. Es verdad que algo misterioso tenía su tío Francisco, por la simple razón que anteriormente ya se desentendió cuando él le invitó a asistir a su boda. Después para tranquilizar su mente, intento con todas las razones inimaginables justificar a su tío, pero ninguna de ellas fue capaz de darle una respuesta que justificara su padecer.

Las ocupaciones y el intenso trabajo en el ministerio no consiguieron modificar sus pensamientos. Por eso ese por mucho que se esforzara en engañarse así mismo, admitía que apenas el trabajo había cambiado su sufrida obsesión. Hasta reconocía notar, un empeoramiento que consistía en una especie de inercia, de apatía, de indiferencia, cuando él siempre fue un hombre activo. La verdad es que cada día notaba un progresivo descuido a todo lo que realizaba y al no disminuir su desconsuelo, a él cada hora pasaba le parecía más imposible continuar viviendo en esa total incertidumbre.

Teresa quiso ir con él a París y, no dudo en acompañarle cuando él se lo propuso y todo pese a que había decidido con anterioridad pasar con sus padres las vacaciones de verano. A principios de julio, José tenía ya todo dispuesto y Teresa dominada por la emoción del viaje sintió el pecho oprimido por la aprensión que le causaba su primer vuelo.

Madrid se fue perdiendo en el espacio y Teresa pensó desde su impresionante altura que ellos también un día desaparecerían tragados por la llamada fatal de su último destino. Después el miedo a lo desconocido fue desapareciendo al apoyar su cabeza en el hombro de su marido, que observaba la impresionante belleza que le brindaba desde esa altura los Pirineos cubiertos de nieve.

Al penetrar el avión en la vecina Francia y después del impresionante paisaje pirenaico, José quedó cautivado por su verdor y sus bien cultivadas tierras regadas gracias a su fabulosa obra de ingeniería. Es a la vez impresionante su paisaje visto desde el avión, al divisarse sus amplios canales y ríos en su mayoría navegables. Ni una nube cubría en ese momento París, dejando al descubierto su bien diseñada urbanismo. Si fue al sobrevolar la capital francesa, que Teresa desde su ventanilla de nuevo quedó embelesada, ante la inmensa urbe con más de diez millones de almas.

Cuando estalló la Revolución Francesa, en 1789, se instauró la Iª República, destronando a la monarquía existente, pero fue después de la Revolución y con Napoleón al frente que la grandeza de París sobre el resto de las ciudades francesas aumentó de forma considerable. No obstante, la ciudad fue la que más sufrió por su gran inestabilidad política a lo largo de todo el siglo XIX, al ser el centro de las revoluciones de 1830 y 1848 que impusieron cambios políticos importantes en Francia. En 1844 se construyó otra muralla defensiva (hoy el bulevar periférico). A comienzos de 1852, el emperador Napoleón III transformó radicalmente París bajo las sugerencias de su prefecto, Eugéne Haussmann. Los nuevos parques de Boulogne y Vincennes embellecieron las zonas oriental y occidental de la ciudad, y los nuevos bulevares facilitaron el acceso al centro de París.

La historia de París está íntimamente ligada al Sena; de hecho su nombre proviene de los parisii pescadores celtas que se instalaron en la isla de la ciudad. Los treinta y cinco puentes que cruzan hoy día el río son testimonios históricos de las diferentes etapas del desarrollo de la capital francesa. Lo que más impresiona desde el aire, es la Torre Eiffel, al anochecer. Construida como símbolo de Paz en 1889, fue diseñada por el ingeniero Gustave Eiffel como sola construcción de dos vigas enrejadas y unidas, que aportan una resistencia mínima al viento y alcanza los 320 metros. Esta monumental torre, las avenidas y parques, ofrecen desde el cielo una espectacular vista de la bien llamada capital del mundo.

Al día siguiente de su llegada, la pareja decidió visitar la capital y como se hospedaban en el hotel Provenza, en el Bulevar de Sant.Germain el cual se encuentra muy cerca del Museo del Louvre, fue lo primero que visitaron. De la visita del museo quedaron encantados, sobre todo de sus objetos todos de gran valor y una vez en la calle se dirigieron a los jardines de las "Tuileriés". La reestructuración de estas 30 hectáreas situadas entre el Palacio del Louvre y la plaza de la Concordia, han hecho de este lugar uno de los jardines al estilo de Versalles, más histórico y de reposo de todo París. Luego, navegaron por el Sena en una "peniche"- (barco restaurante) y observaron desde el río, los monumentos más famosos de la capital, que son indiscutiblemente el testimonio histórico de las diferentes etapas del desarrollo histórico de la capital.

Por la tarde se impuso el clásico paseo por la avenida de los Campos Elíseos, considerada la más larga del mundo. Al pasear una tarde de verano por dicha avenida se tropieza con las conocidas terrazas de los cafés más famosos del mundo al aire libre y que, además, al caer el calor de la tarde atraen tanto a los parisienses como a los turistas a disfrutar de un aperitivo o a un café con leche. Estos cafés locales son lugares populares de reunión entre los franceses, quienes generalmente gustan de hacer tertulias o de sentarse allí a recrearse en un buen libro. Al anochecer y con el plano de la capital en la mano la pareja después de visitar la Torre Eiffel. Que constituye el símbolo de la ciudad de París, se desplazó, por el famoso metro parisino a Les Halles, un barrio de la ciudad que se halla en la orilla derecha del río Sena. Donde se encuentra las principales actividades financieras de París (y de Francia en su conjunto) y que, además, se hallan numerosos palacios, monumentos, restaurantes y clubes nocturnos.
– ¡París!…Al lanzar este nombre, Teresa entorno sus ojos con una vaguedad de ensueño. ¡La capital del mundo! ¡Qué envidia siempre tuve, a los que presumían de haberla visitado!… Seguro que no hay otra ciudad más hermosa en la tierra.

José contempló a su mujer y ante tanta felicidad, contrajo el rostro con una expresión sombría al oír tantos halagos y admiraciones de la capital. A ella le brillaban los ojos de admiración y arrastrada por el entusiasmo de sus ilusiones, le dolió que su mujer olvidara la verdadera razón de su viaje a la capital francesa. – ¿Qué te pasa? José me tienes inquieta con esa cara que pones. ¿Es que estás malo?
–Estoy bien; tranquilízate…

Teresa, miró con asombro a José. Le alarmaba su seriedad y su silencio inexplicable y prolongado; cual si no supiera cómo disculparse de su actitud con ella. –Cariño –dijo Teresa con gravedad–. ¡Habla hombre! ¡Rompe de una vez tu silencio!– Me tienes intranquila y puedes decirme que no eres capaz de olvidar tu vieja herida ni un solo instante.
–Bien, ¿y qué? ¿Adónde vas aparar?–dijo José, volviéndose de nuevo sombrío al oír las últimas palabras de Teresa.
–José–. ¿A qué viene ponerme ese gesto y hablarme así en un día tan importante y hermoso como el de hoy de cosas que sabes que yo comparto contigo?–Cariño, yo sé que no es fácil olvidar y pese a que sigas aferrado a tus preocupaciones, no logras adelantar los acontecimientos. –No pongas ese gesto; óyeme con calma y no te muevas como un autómata ya que mañana podrás solucionar de una vez para siempre este grave problema que nos atormenta.
–Es inútil que te esfuerces, Teresa. No conseguirás intentar de nuevo calmarme – ¡Y ya sabes que estoy dispuesto a todo por mí madre! – ¿Tú no sabes mi vida lo que yo he sufrido y sufro por ella? – ¡Las veces que yo he llorado de pena a solas! – Pero no hablemos de esto.
-Que me hace mucho daño y ya tengo bastante con no poderlo sacar de mi cabeza.

Un día después de su llegada, la pareja decidió averiguar, el paradero de su madre y para eso se dirigieron a la boca de metro más próxima. París es la ciudad del mundo donde conviven, la mayor variedad de razas y esto se aprecia a simple vista en las estaciones del metro. Al llegar a la Plaza d’Italie, sin mayores problemas les indicaron donde se hallaba la rué Bobillot y después el hotel Carriòn.

El hotel daba el aspecto de ser de pocas estrellas y posiblemente de los llamados hoteles de paso. Tras un pequeño mostrador a un hombre de color y metido en años, le preguntaron por Ernesto o Cresto, a lo que les contesto que había salido; pero que lo encontraríamos a esa hora en el café que se hallaba en la acera de enfrente y a pocos metros calle abajo.

No les fue difícil encontrar la cafetería llamada Chef-Eduard, la cual, era a la vez un bar pizzería y a esa hora por ser las 12 de la mañana se hallaba muy concurrida. Se sentaron en una mesa cerca del gran ventanal que se diferenciaba de las demás, porque un rayó de sol que entraba por los vidrios la iluminaba con intensidad.
Después y, una vez instalados el camarero no tardo en traerles la carta y José no duda en pedirle con un tono seguro si conocía a un español que frecuentaba la cafetería y que se llamaba Ernesto.
Él les miró interrogativamente, para luego decir: – ¿Ernesto?
El camarero, sonrió y después de pasarse la mano por su barbilla, no tardo en responder con cordial serenidad.
–No es una casualidad que por quien pregunta se halle en el local…Ya viene todos los días y a la misma hora, y todo el mundo lo conoce por el trasnochado soñador. A continuación, alargó la mano, al mismo tiempo que indicaba con la mirada un rincón del salón, donde se hallaba una persona sentada y sobre la mesa un cuaderno y varios libros. Después el camarero con interrogante sorpresa les miró con sus enormes ojos negros, de arregladas cejas y de aspecto afeminado. Como la pareja se dirigía con paso decidido hacia la mesa que él, con anterioridad les había indicado.

José reconoce que en aquel momento se sintió confuso, no sabiendo si se alegraba o si le angustiaba dar el paso tan esperado. Pero ante la extrañeza del camarero José no lo pensó dos veces y cogiendo por un brazo a Teresa le dijo: –vamos allá y no se hable más. Al llegar los dos frente a la mesa que él ocupaba, él les miró con atención y sorprendido ante el tono firme de la pregunta: – ¿Se llama usted Ernesto?
– ¡Si soy yo! –. ¿Qué desean?
–En primer lugar decirle que somos gallegos como usted y que según nos ha informado usted conoce bien a Margarita. A José, quedo sorprendido, a la vez que con gran satisfacción le pareció que en los ojos de Ernesto, al oír el nombre de su madre había algo muy parecido al cariño. Dado que al mismo tiempo se levantó y con gran cortesía les invito a sentarse en la mesa.
–Permítanme que les tutee llamándoles paisanos. – ¿Qué son ustedes de Margarita?…– ¡Bueno, yo me llamo José Santos y soy el hijo de Margarita!

José, al instante comprendió que con aquella afirmación inesperada, había tocado su punto sensible, pues Ernesto se retiró sus gruesas gafas y las colocó con gran delicadeza sobre su cuaderno, para responder un momento después: – ¡qué pregunta! – Pues sí, yo conocí a tu madre desde hace muchos años y desde entonces nos unió la amistad y la más sincera camaradería. – ¿Pero la verdad a mí no me hablo mucho de su hijo? –Bueno, para empezar y volviendo a tu madre, sólo te puedo decir que hace más de un año que no la veo…

José sin dejar de oírle, se puso a observarle y pensó que este hombre debió haber pasado por años difíciles. Su cara cubierta por una barba espesa y mal cuidada, daba la impresión que le faltaba sangre, así como sus manos que estaban marchitas. A la vez sus ojos cansados, habían perdido la mayor parte de su capacidad al no poder pasar un instante, de sus gruesos cristales.

Ernesto siguió hablado de sus tiempos de clandestinidad y de sus años de militante por esa Europa de Dios y fatigado por sus sufridas palabras tosía dolorosamente como si el aire le faltara. Tras un corto reposo, volvió a expresarse con el mismo apasionamiento. Pero esta vez moviendo espontáneamente los brazos como hombre acostumbrado a largas charlas y con la pasión ferviente del proselitismo.

Hasta ese momento, él ya había escuchado la misma versión a otras personas que Ernesto hacia de su madre. Por eso José sonríe con afecto y admiración por la simplicidad de aquel hombre, que como su madre había sacrificado gran parte de su vida por unos ideales que hacían parte de la historia y que hoy el tiempo ya había superado. No obstante, ellos seguían siendo esos infelices que con su sacrificio creyeron salvar al mundo dando rienda suelta a sus instintos humanos…Después en un país en plena libertad, pero sin haber conseguido su propósito de un mundo más humano la vida para ellos puede ser más doloroso que la muerte.

Luego José como arrepentido de su olvido, se apresuró a decirle: –Vi a su mujer en Madrid.
– ¿Es que sabe algo de ella? Pregunto con gran interés, para después observar como Ernesto contrajo su frente y sus ojos se pusieron vidriosos como si fuera a llorar.
–Hace mucho tiempo que no les veo ni a ella ni a mi hijo. Pero por lo que más quieras en este mundo, no me hables más de ellos. Ernesto luego, como aterrado por el recuerdo de sus sufrimientos vividos en el pasado guardo silencio un instante.
–Bueno, volviendo a mi madre. – ¿Sabe usted dónde puedo encontrarla?…

Ernesto después de secarse con disimulo sus lágrimas, miró a Teresa como avergonzado por su debilidad y dijo: –estoy de acuerdo contigo y vamos al grano. – Tu madre hace más de un año que se fue de París, con un hombre que ya la visitaba periódicamente en la cárcel y que luego se volvieron a encontrar en París… Meses después de nuestra expulsión del partido, ella fue abandonando todo y terminó por irse a vivir con él. Yo seguí viéndola cierto tiempo, pero hace aproximadamente un año se fueron los dos al Canadá. –«Y les diré que el día que se fue yo comprendí que no la volvería a ver». –La verdad que por nuestra buena amistad, ella sigue escribiéndome periódicamente y por lo que me cuenta, al parecer, su vida ha cambiado.

Guardó silenció de nuevo y luego añadió: –joven, te deseo de corazón que la encuentres porque estoy seguro de que Margarita merece ser feliz.
–Tu madre es una mujer muy honesta, inteligente, valiente y fue víctima de esta podrida sociedad creada solo para adorar al Dios dinero. –Yo sé, que ella te seguirá queriendo y lo que deseo de corazón es que llegues pronto a dar con ella…–Pero, sigo pensando que la maternidad es la más noble de las funciones animales y aborrezco a esos burgueses miserables... –Que por defender sus intereses económicos se alinean con esa iglesia arcaica que con sus leyes y perjuicios hacen que las pobres se vean obligadas abandonan los hijos que tuvieron fuera del esquema eclesiástico. –Y perdono a esas madres, que por razones mayores abandonan al ser que es obra suya y se ven obligadas a volverles la espalda por miedo, a las represalias y "al qué dirán".

José se sintió más animado después de este encuentro, aunque se juraba mentalmente que estaba resuelto a persistir en sus averiguaciones hasta encontrar a su madre. Mientras tanto, Teresa al observar la satisfacción constante en el rostro de su marido, se sintió cómplice de su pensamiento y no tardó en pedirle que le pidiera a Ernesto las señas exactas de su madre en el Canadá.

Teresa estaba decidida a no volver a Madrid y continuar su búsqueda, pues pensaba que su marido nunca sería el mismo hasta que no la encontrara. Dado que ella cuando pretendía iniciar una débil protesta, quedaba turbada considerando la separación, que a causa de su madre, existía entre él y ella.
– ¡Cuántas veces, creyendo acariciar a su marido, besaba una estatua fría, entregado a sus preocupaciones maternales que llegaban hasta el dormitorio! –Y por eso Teresa no estaba dispuesta a sufrir más. – ¿Qué haría ella si no llegasen a encontrarla? Ella estaba convencida que el tiempo que transcurriera hasta que su marido no la hallara, jugaba en contra de su felicidad y de eso estaba segura.

Al llegar a este punto de sus reflexiones, Teresa fijó la mirada en su marido, que sentado cabizbajo al borde de la cama del hotel, denotaba la amargura del aislamiento con su actitud.
–Sí; estoy contenta de las últimas averiguaciones. –Hemos prosperado, pero ahora José debemos decidirnos de una vez y para siempre y sacar mañana los billetes para seguir buscando a tu madre en el Canadá.




CAPÌTULO XIV

¡Adiós, París!
¡Adiós! … A la capital del mundo; cuna de la revolución más humanista jamás realizada. Es mediodía, luce el sol sin una nube y el brillo del cielo es de un intenso azul celeste. El avión es el doble de grande que el que les llevo a París y, además, una gran pantalla en el centro les va indicando la ruta aérea que llevara en su largo vuelo hasta el Canadá. Al despegar, de nuevo Teresa siente una intensa presión en sus oídos que poco a poco va desapareciendo y apenas media hora después el monstruo de acero sobrevuela ya el inmenso Océano Atlántico. Ha transcurrido cerca de cinco horas y en la pantalla del avión aparecen ya las primeras de esa inmensa y despoblada nación.

El avión hace su entrada en Canadá por Terranova y a la flora de todo el norte de Canadá es ártico y subártico. Una buena parte de las provincias marítimas están cubiertas de bosques de maderas nobles y coníferas. En las provincias occidentales, hay densos bosques de grandes árboles perennes. Las principales especies son el abeto, la TS Uga, el abeto Douglas, el bálsamo, los pinos y en las zonas pantanosas el cedro.

Después de atravesar los inmensos bosques de la provincia de Terranova, el avión se encuentra volando de nuevo sobre un inmenso mar interior que no es más que el Golfo de San Lorenzo y sin perder de vista el navegable río de San Lorenzo el avión empieza a encontrar los primeros núcleos urbanos camino del aeropuerto de Montreal.

Canadá, recibió durante los últimos años grandes oleados de emigrantes procedentes de Oriente y Occidente. La configuración racial y étnica del pueblo Canadiense es muy variada. Cerca de un 34% de la población está formada por personas de origen británico. Los habitantes de origen francés suponen un 28% de la población. Los canadienses franco hablantes mantienen su idioma, cultura y tradiciones, y el gobierno federal sigue una política nacional bilingüe y multicultural. El resto de la población se compone de gentes de otros origines: como alemanes, italianos, ucranianos, holandeses, portugueses, españoles, escandinavos y solo el 2% pertenece a quienes oficialmente se les denomina “primera nación” como son los iroqueses, salih, los athabascos y los inuit (esquimales). La población del Canadá en el 86 era de 28.500.000 habitantes y aproximadamente una tres cuartas partes de la población vive en una franja relativamente estrecha a lo largo de la frontera con los Estados Unidos.

El avión al dejar atrás la ciudad de Quebec, a la que dos días después volverán por carretera, pierde altura buscando la pista de aterrizaje del aeropuerto de Dorval en Montreal. Desde el cielo se percibe la ciudad y el aglutinado barrio de rascacielos que deslumbraba al choque frontal de los rayos del sol con sus impresionantes muros de vidrio. Montreal es la segunda ciudad del mundo de habla francesa (después de París). Montreal constituye el puerto más importante en el Canal de San Lorenzo de Canadá y un gran centro cultural y de negocios. Pasos subterráneos y metros conectan los grandes centros comerciales en el centro de la ciudad (gran parte del cual se construyó bajo tierra para resguardar los comerciantes y ciudadanos, de los duros inviernos), contiene más de 600 establecimientos y 200 restaurantes.

Cansados del vuelo y del cambio de horario, al día siguiente y después de un merecido descanso. La pareja se traslada al centro de la ciudad, donde quedaron asombrados al observar los impresionantes rascacielos que caracterizan el centro urbano. Más tarde penetraron en el recinto de un edificio, para primero subir hasta el último piso y luego bajar al mayor centro comercial del mundo. Respecto a la arquitectura, Montreal ofrece una equilibrada mezcla de estilos antiguos y modernos; desde la Plaza Armas, se pueden admirar el seminario del Santo Suplicio, la basílica de Notre Dame y otros cuatro grandes edificios de oficinas que datan de 1848.

A medio día en el barrio más comercial de Montreal, y en el restaurante más antiguo de la ciudad, se vieron con dificultad para encontrar una mesa. Pues reservar una de ellas, ha de hacerse con antelación, en los locales que bordean la moderna calle Prince Artur. Donde las mesas de los cafés restaurantes se llenan con rapidez. La cocina regional está típicamente influida por las tradiciones culinarias francesas, pero emplean ingredientes locales, como el cerdo, aves de caza y jarabe de arce y sobre todo, no se puede uno marchar sin degustar el Homard (Bogavante), marisco típico canadiense. Por la tarde decidieron visitar la enorme Cúpula Geodésica de la reciente exposición Universal de Montreal que se haya en una pequeña isla en el centro del río San Lorenzo.

El viaje quedó resuelto, al conseguir alquilar sin mayor problema un automóvil en la misma conserjería del hotel. Y esa misma mañana se dirigieron en busca de la autopista que enlaza las ciudades más importantes de la costa Este del Canadá. En Canadá todo es inmenso, las casas, los automóviles, las neveras, las autovías, las distancias, los ríos, los lagos, los bosques y los camiones. Parece como si todo tuviese que ser grande como el propio país; con menos de 28 millones de habitantes, que a cada cual de ellos corresponde una superficie de unos cuatro kilómetros cuadrados.

Era una satisfacción conducir por aquellas anchas autopistas, y los únicos que imponían respeto, eran los desmesurados camiones. Estos, por circular a considerable velocidad estremecían los automóviles a su paso. Nuestra distancia fue relativamente corta en este inmenso país y a las dos de la tarde aparcaban enfrente del monumental Château Frontenac (palacio de Frontenac), hotel de estilo francés construido por el Canadian Pacific Railway (Ferrocarril Pacifico canadiense), que se asienta junto al río San Lorenzo. El nombre de Quebec, deriva de un término Algonquino que significa lugar donde el río se estrecha y la ciudad está situada en las confluencias de los ríos San Lorenzo y San Carlos.

La mayor parte de quienes habitan la provincia canadiense de Quebec son descendientes de los colonos franceses llegados a la región durante los siglos XVII y XVIII, y en la actualidad constituye una cultura diferenciada dentro del Canadá. La ciudad de Quebec guarda en sus barrios la armonía del siglo pasado y las construcciones modernas pasan casi inadvertidas.

Después de comer, y siguiendo la carretera nacional se dirigieron sin prisa hacia el Mont-Moreny, pueblo que Ernesto en París les había dado como señas de su madre. José y Teresa quedaron de nuevo maravillados ante la presencia del río San Lorenzo, que al atravesar la ciudad el río se ensancha pasando de unos 3 km a 145 km de ancho en la desembocadura, donde lleva un gran volumen de agua. Las mareas oceánicas penetran en él hasta unos 800 km Río abajo, concretamente hasta la ciudad de Trois-Riviéres. Por él rió pueden navegar barcos de gran calado, a contracorriente, hasta la ciudad de Montreal, pero el hielo impide la navegación en el curso superior de diciembre a abril.

El deseo de ver a su madre, le hizo olvidar el fabuloso paisaje que se divisaba desde las colinas que bordeaban el río. Pero al renovarse en su mente la idea que muy pronto sus sueños por fin se podrían convertir en realidad; José volvió a resucitar su pasado, que se detenía en los años transcurridos con sus abuelos. De su infancia, algo había en su memoria que le hablaba de una existencia anterior y deseaba con todas sus fuerzas recordar a su madre; pero eran recuerdos confusos, vagas alusiones cortadas por oscuras lagunas de olvido y envuelto todo en una niebla pálida que se combinaba con el rostro confuso de su madre.

Lo que sí recuerda, fue el día que su madre salió para siempre de su casa. Está evocación primaria de su memoria, era lo que mejor recordaba. Ese día recuerda a su madre desgreñada y vociferando, seguida de sus abuelos y de su tía Inés no menos alterada que ensayaba como retener a su madre que con una maleta marchaba por el camino que conduce al pueblo. Luego una vecina le cogió en sus brazos, sin contestar a las preguntas que él le hacía con infantil balbuceo para decirle: –«¡hijo mío!, ¡pobrecito!». Era lo único que él recuerda y después ya no volvió a ver a su madre.

Mont-Moreny, es un pueblo típico canadiense que cuenta con sus anchas calles bien alineadas. Así como sus casas de madera de una arquitectura original y todas con un jardín bien cuidado. Al llegar a la única gasolinera situada en la calle central; José preguntó por las señas de su madre, informándoles de que pertenecían a la iglesia católica del pueblo y que no-tenia perdida al hallarse en la colina que era donde terminaba la calle.

La Iglesia, si era de piedra y de una construcción muy parecida a las de la vieja Europa. Y a su alrededor unos jardines muy bien cuidados, rodeaban la iglesia con una casa rectangular de moderna construcción y al fondo unos bancos de madera daban vista al río San Lorenzo.

Al encontrar la puerta de la iglesia cerrada, la pareja se dirigió a uno de los bancos donde se encontraban sentados un hombre y una mujer de edad avanzada, para preguntarles si conocían a su madre. Entonces fue cuando José, quedo asombrado al descubrir que el hombre en cuestión era su tío Francisco.
– ¿Tío Francisco, es usted? Vio como la frente de su tío se arrugaba, a la vez que su rostro en un total desconcierto, sé a pago como quien siente resbalar por el espinazo un chorro de agua helada. Luego quiso añadir contestar, a las preguntas de su sobrino, pero opto mejor por levantares con una rapidez sorprendente, le sujeto por los hombros para luego seguir abrazándole.

José mientras abrazaba a la vez a su tío miro sorprendido el rostro sollozante de la mujer que continuaba sentada y fue cuando al recordar el retrato de su madre que guardaba en el bolso de la camisa calentándole el corazón, que comprendió que aquella mujer era su madre. Ya no vio más, de pronto sintió que sus ojos se llenaban de lagrimas, impidiendo ahora ver como su madre sollozaba lo mismo que él. Ella le miraba con ese anhelo de intentar por un momento calmar la dolorosa privación materna, y de aquella separación injusta e impuesta por las circunstancias.
–Tío Francisco–dijo José–, señalando a la señora que estaba sentada a su lado. – ¿No es verdad que esta señora es mi madre?
–Míralo, Margarita…– Es José; es tu hijo. Bésala, hijo mío. Margarita se aferró al cuello de José y lloraba, sin cesar de hablarle con la ingenuidad de la emoción.
– ¡Hijo mío…, mi pequeño!… – ¡Qué guapo estas! Y, continuó abrazado a su hijo, entre sollozos de emoción y arrebatos de cariño.
– ¡Perdona, perdóname!… – ¡Perdóname, José hijo mío!…–anquilícese, yo la comprendo y la perdono, sin que tenga que explicarme la razón de su abandono.
– ¡No! –No podría, sin darte las razones que me llevaron a dar dicho paso.

Teresa incapaz de resistir a dicha escena daba vueltas en torno a ellos, forzándose por llamar la atención de su marido e inclinándose sobre él. Rompió a llorar de alegría y, entre sollozos, les pidió con insistencia que se perdonaran. Su madre exhaló un entrecortado suspiro por toda respuesta, a la vez que sus mejillas fueron perdiendo su original color. Luego sin dejar las manos de su hijo se colocó enfrente de su tío Francisco, que permanecía inmóvil y con los ojos humedecidos se dirigió a él: –míralo, José… Es tu padre y te pido hijo mío de corazón que lo abraces.

Su tío quedó apesadumbrado delante de José, pero después de un breve silenció le abrazó y de nuevo le acaricio la nuca.
–José hijo mío, yo también te pido perdón, por todo lo que te hemos hecho sufrir tu madre y yo– dijo con voz entrecortada y que a José le parecía salir de lo más profundo de corazón de su tío que ahora era su verdadero padre. – Y de nuevo te pedimos de corazón que nos perdones.

José abrazó con satisfacción aquel padre inesperado que de repente surgía en su camino y al fijarse más detenidamente en el rostro de su padre fue cuando recordó que a él siempre le pareció extraño su gran parecido físico. A la vez se percató de las realidades de la vida, había reconstituido las desdichas de ambos y finalizó juzgándoles con benevolencia. Sus padres se habían amado siempre pese a los avatares de la vida. Sin lograr olvidarse nunca y los pobres en sus desdichas, siguieron sintiéndose enamorados y al final terminaron por decidir vivir juntos.

Su padre, en sus circunstancias embarazantés, quiso salir de su situación anormal. Él no terminó rompiendo con la iglesia, pero intentaba como muchos cambiar las normas arcaicas de ella. Su madre a la vez, no quiso hacerle mal con su conducta, y al saber que su “tío Francisco” le ayudaría económicamente en todo lo necesario hasta labrarse un porvenir, decidió no sacrificarlo con su comportamiento.
–En fin, hijo mío: – tal vez te fastidie con mis lamentaciones; pero a los viejos hay que tolerarnos. –Yo necesito hablar, expansionarme, echar fuera de mí esta inquietud que me devora, como si fuera yo sola la responsable de todas vuestras desdichas.

José, entusiasmado por su buena fortuna, deja de pensar en el pasado y, estaba dispuesto de una vez para siempre a olvidarlo todo y su nueva situación que por la que el tanto había sufrido era para él lo justo para ser feliz. Pero la expresión angustiosa de sus padres seguía doliéndole como si una espada acabara de atravesarlo. A lo que Teresa al oír su voz trémula por la emoción que le había causado la sorpresa, a la madre de su marido continuó abrazándola y acariciándola con sus ojos.

Aunque el silencio era penoso, José sentía alegría y una gran compasión al mimo tiempo que pena. Pues su madre al mirar su rostro taciturno y aturdido; no pudo por menos preguntarle: – ¿Hijo, qué te ocurre?
–Qué la quiero a usted mucho; que… y prométame que no volveremos a separarnos más.
– ¡Ah! -¿Era eso?…– Exclamo Su madre sonriente. – Yo también te quiero con todas mis fuerzas. –Entonces, hijo mío, podemos por fin formar una auténtica familia y sin miedo alguno a lo que dirán. –Ya que este joven país; no se parece en nada a la vieja y arcaica Europa.
–Bueno, mama. – ¡No llore usted, por favor!
– ¡Qué hermosa estaba! Con sus ojos lagrimosos y tiernos, que parecían los de una virgen recién tallada. El no la abandonaría, no, no sería un mal hijo y correspondería con el máximo cariño para intentar que ella olvidara para siempre lo que había sufrido a lo largo de su vida.

Su madre luego dejo de abrazarle, para pedirle que la presentara a Teresa que permanecía a un lado callado y melancólico. – ¿Hijo es tu mujer, esta muchacha tan bonita que te acompaña? ¡Y si lo es, permítame abrazarla de nuevo!
–Mamá, ella es Teresa mi esposa. Le dijo con simplicidad José. –Y es precisamente ella quien ha hecho todo lo posible por este encuentro.
– ¡Hijo de corazón te digo que soy la mujer más feliz y más al ver que ella no-solo me perdona si no que también que me quiere!
– Señora permítame llamarla madre y sepa que estoy muy contenta de haberla conocido. –Como vera lloro de alegría y le pido que me admita como hija y madre de su futuro primer nieto.

José, fijo su vista en el majestuoso paisaje, abarcando con su retina deslumbrada, los montes, el río y el cielo. Esta belleza de la naturaleza, le hizo hablar en voz baja, como si dialogase consigo mismo. – ¡La vida era hermosa! Lo afirmaba con la convicción del hombre que volvía a encontrar la tranquilidad inesperada en este país fantástico y con enormes recursos, que les ofrecía la posibilidad de rehacer sus vidas. Olvidando de una vez para siempre un pasado que tanto les hizo sufrir a él y sus seres más queridos. Pero para esto faltaba algo que estaba por encima de su voluntad y por eso después de meditar y resumir sus criterios para él su angustia había terminado para siempre.

– ¡Hay, un doloroso recuerdo que tenemos que dejar atrás!… Quiso hablar su madre; pero José se llevó un dedo a los labios imponiéndola silencio.
–Madre aquí no se trata de responsabilizar a nadie de ustedes, sino a la sociedad con sus prohibitivas e inhumanas leyes y sus tabúes sociales. Llevo años siguiendo de cerca sus pasos y con la sola esperanza de llegar un día a encontrarlos.
La verdad es que no me fue fácil, pero lo que sí comprendí es que debía encontrarles y desde entonces he venido luchando contra esta sociedad ortodoxa e intransigente… –Que de una manera o de otra les impidió llevar


acabo lo más elemental de la naturaleza ; que es ni más ni menos que dos seres de sexo opuesto se amen y puedan sin que nadie se lo impida traer al mundo hijos.

Terminaba la tardé el sol, como una naranja de fuego se hundía en él límite opuesto del ancho río San Lorenzo. Que entre una neblina de gris oscuro conseguía que sus ojos a la vez recibieran una caricia del pasado al poder todos juntos de nuevo abarcar el sorprendente espectáculo que la naturaleza les brindaba.
Fascinados ante tal espectáculo, quedaron largo tiempo en silenció mientras el crepúsculo avanzaba rápidamente.
SI era sorprendente observar como medio cielo era de color anaranjado y el otro medio azul nocturno en empezaban ya a parpadear las primeras estrellas. A la vez el inmenso rió se adormecía bajo las sombras del crepúsculo, exhalando una frescura misteriosa que se comunicaba con las montañas y el inmenso bosque de la región. El paisaje era tan conmovedor como inmenso y tan sorprendente que parecía adquirir la fragilidad del cristal, como a la vez que el aire silencioso refrescaba el ambiente.

Es verdad según Teresa que nadie fue testigo, a excepción de ellos de este encuentro tan humano y trascendental entre unos seres que la vida, había golpeado y separado. La insistencia por encontrarles y su indestructible amor, dio al final el fruto deseado y su marido por fin encontró el descanso merecido.
– « ¡El amor, y los sentimientos, valen más que todos los tesoros del mundo!».

Teresa escuchaba a José con ojos de adoración y una pálida sonrisa, de miedosa inseguridad. Tuvo miedo del futuro, dada la situación de él y de sus padres, pero pensó y se dijo: – «La humanidad vive de ilusiones; ellos eran jóvenes y podían poner sus deseos lejos, en tierras nuevas, pues la distancia borra los tristes recuerdos y da certeza a lo más fantástico de las ilusiones.
En otras épocas, las esperanzas de la humanidad miraban a Oriente, ahora sus anhelos estaban en estas tierras vírgenes, donde las gentes vienen en busca de un mundo nuevo para olvidar esa vieja Europa que no renuncia al conservadurismo más ortodoxo de sus ideas.
– ¡El paisaje que les rodea es demasiado hermoso, para no quedar cautivado por su belleza!–«Esta era la tierra prometida, el lugar ideal donde los hombres inquietos y enérgicos, descontentos de su pasado, buscaban ansiosos cambiar su destino».
– ¡Tierra nueva y vida nueva!
– ¡Sus angustias habían terminado y quien manda en la vida es el amor!


EPÌLOGO



Para que el lector pueda tener conocimiento de cómo se desarrollaron los acontecimientos, les diré que pocos días después, la propuesta de Teresa de emigrar al Canadá, fue recibida por sus padres como la mejor solución. Al comprender todos, que había llegado el momento de olvidar los malos recuerdos del pasado.

Por fortuna, las cosas después se fueron desarrollando como de antemano fueron planeadas. La pareja apenas tarda seis meses en solucionar, la venta del piso y por ayuda del ministerio, encontrar trabajo en una multinacional con su sede central en Montreal. Años más tarde los padres de Teresa vendieron la cafetería y se instalaron también muy cerca de ellos. Los buenos sentimientos y el amor, fueron la base que cimentó la familia, engrandecida por otros dos hijos que Teresa trajo el mundo.

Su padre Francisco sigue ejerciendo como sacerdote y a la vez dirige con acierto los cada vez más extensos movimientos de protesta contra el Celibato. Este amplio movimiento contra el Celibato, se propone desde el interior de la Iglesia. «La abolición en un próximo concilió de la inhumana doctrina del celibato».
Marginan--Francia
Pablo García Cabrero
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Re: HIJOS DEL CELIBATO

Mensajepor POLgarci » 17 Feb 2015 13:53

Le informamos que ya hemos recibido sus libros HIJOS DEL CELIBATO-para tener a la venta en nuestra librería de la Calle Belén, de Madrid
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Hoy destacamos: Abrimos nuestra librería en C/Belen 13, Madrid
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Re: HIJOS DEL CELIBATO

Mensajepor Pedritus » 18 Feb 2015 18:05

La jodienda no tiene enmienda, Pol.
Il n´y a pas d´amour heureux.

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