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Mensajepor Dae » 29 Dic 2013 12:16

Yo era un curtido Samurai que regresaba de una campaña en el sur de Japón. La campaña había sido tan dura que llevaba meses sin tocar a una mujer. Mis hombres se habían divertido con las campesinas de la zona, y los caciques me habían ofrecido sus concubinas. Pero siguiendo la aguda máxima de mi maestro Zen, de nunca meterla donde hiere la katana, no me mezclaba con las diversiones de la tropa, y también sabía que los regalos de los caciques pretendían desequilibrar la balanza de la justicia para alcanzar un trato de favor. Así que decliné tan amables ofertas.

Al volver a Tokio, y después de recibir los honores que me concedió el Shogun por el éxito de la campaña, decidí visitar cuanto antes una casa de Geisha. Antes de la campaña, y por no poder atenderlas, había vendido todas mis concubinas. Acudir a una casa de Geishas era el método más rápido de satisfacer mis perentorias necesidades.

Visité una casa de Geishas que había descubierto justo antes de la campaña. Me había gustado el ambiente del lugar y fue lo primero que recordé al llegar a Tokio. No será necesario contar lo premioso que es el servicio en ese tipo de casas, en las que se observa un estricto protocolo. Nada más llegar dos hermosas jóvenes me sirvieron té. En la sala otros clientes esperaban turno y departí animadamente con ellos. Un muchacho joven e inexperto quiso que los mayores le contáramos nuestras experiencias en casas similares. Era la primera vez que acudía a una casa de Geishas y estaba nervioso. En aquel ambiente distendido entre hombres, quise dar al muchacho una buena explicación y di rienda suelta a mi amplios conocimientos en la materia. En medio de mi disertación, vertí opiniones extremadas, no solo sobre las Geishas, sino sobre las mujeres en general. No sabía bien por qué lo hacía; me daba cuenta de que mi actitud era bastante inconveniente, pero una extraña fuerza me impulsaba a hacerlo.


Su voz llegaba a mí a través de la mampara. Él no sabía que yo estaba allí. No tenía por qué saberlo. Pero aunque lo hubiera sabido sus opiniones hubieran sido las mismas. Que una mujer le escuchase no iba a hacer cambiar al general de la acerada voz de exponer sus ideas sobre las mujeres. Ni aunque esas ideas fueran totalmente vomitivas, no sólo por el fondo, ayudaba también la exposición.
Sé que hay más hombres que piensan así, no me causa sorpresa, pero generalmente la mayor parte de ellos guardan cierto pudor de exponer sus ideas, aunque las tengan, tan rudamente. Y al fin y al cabo aquel hombre acudía a esta casa de Geishas a recibir nuestra compañía nuestra atención. El saber lo que pensaba de nosotras, con esos comentarios secos, crueles, con la entonación tan carente de emoción, cuya frialdad daba una inmediatez dura y permanente a sus palabras, hacía que pareciera una incoherencia que alguien así procurarse nuestra compañía. Y aunque sabía que era mejor callar, hablé.
Última edición por Dae el 29 Dic 2013 12:18, editado 1 vez en total.
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Re: Geisha

Mensajepor Dae » 29 Dic 2013 12:18

De repente, en medio de mi disertación, una voz femenina me interrumpió. La voz llegaba desde el otro lado de la delgada pared que estaba a mi espalda. Aunque la voz era dulce, escuche una larga diatriba criticando mis opiniones. No me resultó extraño que se hubiera oído mi discurso al otro lado de la delgada pared, sino que la mujer se molestara por opiniones que seguramente mantenían también otros clientes. Pero lo que más me sorprendió es que una mujer se atreviera a tanto. Educadamente, le pedí disculpas desde la sala de espera, reconocí mis errores, y solicité que no tuviera en cuenta mi falta de tacto como rudo hombre de armas. La mujer quiso alargar la conversación, pero con determinación volví a disculparme y le dije que la discusión estaba cerrada.

No sé si sus disculpas eran sinceras, pero el hecho de que se disculpara me obligaba a cortar la discusión. Quería ahondar más y busqué algún camino accesorio para estirar el tema y ver si podía entender más el por qué de las opiniones de aquel hombre, además que escucharle desde detrás de la mampara, me castigaba sin ver sus expresiones pero podía concentrarme en estudiar su voz, su tono, sus inflexiones y entender también lo que no decía entre las cosas que decía, pero no me quedó más remedio que quedarme a medias.
Sin duda habría más ocasiones, ya una de las sirvientas me había comentado quien era, y cuál era su puesto y parecía que su estancia en nuestra ciudad se alargaría un tiempo.
Si estaba de ser, habría más ocasiones de conversar.
Aunque no estaba segura de querer. La voz de aquel hombre sonaba a peligro.
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Re: Geisha

Mensajepor Lola » 29 Dic 2013 12:41

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Re: Geisha

Mensajepor Pastinaca » 29 Dic 2013 12:55

A ver esos pesados del gallinero que aplauden y vitorean en mitad de la obra...

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Re: Geisha

Mensajepor Dae » 29 Dic 2013 12:59

Pastinaca escribió:A ver esos pesados del gallinero que aplauden y vitorean en mitad de la obra...

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Es para animarme, hombre, no seas tan estricto...
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Re: Geisha

Mensajepor Dae » 29 Dic 2013 13:01

La curiosidad me pudo, y pregunté a uno de los hombres - que parecía ser habitual de la casa - por la mujer que había hablado desde el otro lado de la pared. Excitadamente y bajando la voz, el hombre me comentó que era una extraña Geisha. Todos se hacían lenguas de ella. Su característica más peculiar era que nadie había visto su aspecto, porque no prestaba favores sexuales y atendía a los hombres detrás de un biombo. Se hacía llamar Ginzuishou, que en la zafia jerga de los barrios bajos de Tokio significa "apremiante necesidad de sexo". La Geisha era muy sabia, y se había ganado el respeto de todos los hombres que la visitaban. Atendía hombres de todas las clases sociales, respondía a sus preguntas con acertados consejos, relataba pornográficas historias de su invención llenas de erotismo, y recitaba exquisitos poemas que ella misma componía. A todos sabía dar satisfacción independientemente de su condición y necesidades. Su fama era tan grande, que incluso otras Geishas - y hasta mujeres casadas que acudían de incógnito - consultaban con ella.

Las cosas son como son. O las cosas son como parecen ser. Quizás las cosas sean como creemos que son.
Sobre mí se han dicho muchas cosas, tantas que ya he perdido la cuenta. Algunas de ellas las he promovido yo misma. No he de negarlo, pero algunas veces cuando las historias han viajado de vuelta y me han vuelto a alcanzar ya casi no las he reconocido. A las personas les gusta fabular, añadir pequeños datos que enriquezcan las historias que escuchan, a veces lo hacen sin querer, a veces intencionadamente, pero ello hace que sea muy difícil transmitir algo oralmente y que permanezca inalterable.
Hace ya mucho tiempo que recibo hombres en la casa de geishas, y los recibo en las condiciones que yo quiero. Ellos aceptan las migajas que les doy agradecidos y las fábulas que han escuchado sobre mí, ciertas o no, alimentan sus ansias y sus deseos.
Algunos sólo quieren que mi voz les acaricie contándoles historias. Otros prefieren que les escuche, o les dé consejos. A nadie he permitido no ya tocarme, no ya yacer conmigo, ni siquiera mirarme a los ojos. Y aunque pensé que sería imposible, todos han respetado escrupulosamente mis deseos.
En la lista de nuevas reservas, hoy ha aparecido su nombre.
Después de un tiempo pensé que él al final no volvería a cruzarse en mi camino. Sé que ha hecho averiguaciones sobre mí, pero se ha mantenido alejado de los salones de nuestra casa.
Pensé que no quería volver a discutir conmigo, a confrontar pensamientos. Incluso pensé que me tenía miedo. Pero hoy su nombre apareció en mi lista de espera. Aquí está.
Kouko Kenshi.


La vida después de una guerra parece demasiado tranquila, aunque siempre hay conversaciones que llevar a cabo, preparaciones de asuntos personales, mi hacienda también requiere cuidados y a ello me dedico.
No sé los plazos que Ginzuishou maneja.
He intentado enterarme, pero todo lo que le rodea, es misterio. Tampoco me puedo fiar mucho de las informaciones que me dan, porque la gente lo que no sabe se lo inventa.
Soy un general orgulloso y me molesta tener que esperar a una señal de ella para ir a verla. Debería poder entrar e imponer mi voluntad. He hecho mucho por este imperio y probablemente si hiciera valer mis contactos con el Emperador me sería concedido ese honor. A veces sueño con ella. En mis sueños me levanto y arranco el biombo. La miro y ella baja la vista como el decoro aconseja. Aunque recuerdo su forma de argumentar, el tono de su voz, sus razones y no puedo imaginarla de otra manera que no sea con la mirada clavada desafiante en mis ojos, como si se tratara de otro samurai. Mi igual. Y eso me desconcierta. Deseo que baje la mirada como es correcto y deseo hundirme en sus ojos.
Cada noche que sueño con ella gana una de las opciones.


Pronto será la ceremonia de hanami.Es mi festival favorito de todo el año. Me gusta pasear bajo los cerezos en flor. Sentarme y contemplar la grandiosidad y magnificencia de algo tan pequeño y perfecto como la flor del cerezo. Los árboles están esplendorosos. Si alguna vez tengo un hijo quizás le llame Sakura. En honor a este árbol que transforma una flor tan bella en mi fruta favorita.
Creo que Kouko Kenshi ha esperado ya suficiente. Es el momento de verle.
Además si he de ser sincera conmigo, yo también deseo verle.
Y siempre en el hanami, hago reflexión y examen de mis actos. No quiero echarme en cara no haberle visto aún cuando llegue. Y ya está presto a ocurrir.
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Re: Geisha

Mensajepor Dae » 29 Dic 2013 13:08

Después de varios días, una joven se presentó en mi casa para darme una cita con Ginsuishou. Ni siquiera me vestí con mis mejores galas de general, y acudí a la cita como otro cualquiera. Después de observar el riguroso protocolo, por fin me condujeron a la sala de la Geisha. La dulce voz me dijo que me sentara en los cojines delante del biombo. Lo hice así después de saludar y me preguntó qué deseaba.

No lo dudé un momento.

- Lo que deseo es que salgas de detrás de ese biombo y me muestres tu apariencia - dije como si fuera una orden. No confiaba en que siguiera mis indicaciones. Más bien esperaba una respuesta destemplada.

Hubo un largo silencio, después vi como su silueta se alzaba desde el suelo donde debía estar sentada. Y una hermosa mujer apareció ante mi vista.

- Me llamo Naoko - dijo la mujer.

La contemplé con admiración. No se podía decir que era excepcionalmente bella, pero me pareció la mujer más hermosa que había visto nunca.
Ella me miró a los ojos y bajó la vista. Pero la mantuvo poco tiempo baja, volvió a levantarla y a observarme, curioseando mi reacción. Pero no habló.
Cuando terminé de contemplarla a placer, una pregunta me vino a la cabeza.

- ¿Porqué te has mostrado ante mí si nunca te habías mostrado antes?

- Es muy sencillo - me contestó - porque tu eres el único que me lo has pedido, nadie se había atrevido hasta ahora...


Después de contestarle, tomé asiento delante de él. Sobre mis piernas. Mis manos recogidas en el kimono delante de mí.
Mantuve la mirada baja, no por timidez, más bien por precaución. Las mujeres en mi sociedad tenemos unas normas muy marcadas de comportamiento y no todos los hombres llevan bien que nos las saltemos a la primera ocasión. Aún debo tentar el carácter de Kouko Kenshi. Y es una protección. Sé que me mirada me delata.
Una geisha debe controlar sus movimientos, sus emociones, debe ser capaz de mantener una buena actitud en cualquier momento y sea cual sea el estímulo que reciba.
Estoy lejos de ser una buena geisha. Mi mirada me traiciona en ocasiones. No cuando algo no me importa, pero si me interesa, me hago trasparente. Mi nombre de geisha, Ginsuishou se traduce como cristal de plata, me lo puso mi mentor, porque decía que en ocasiones mi mirada era tan trasparente que dejaba entrever el brillo acerado de la plata.

- Kenshi-san, te apetece un té?
- Sí, Naoko-sama. Domo arigato gozaimasu. Y dime, entonces todo es tan fácil como pedirlo?
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Re: Geisha

Mensajepor Dae » 29 Dic 2013 13:11

Naoko se toma su tiempo. Mantiene la mirada baja, mientras sirve el té. Me ha mirado a los ojos en varias ocasiones y eso no es habitual en las mujeres con las que suelo tratar.
Al hundir mis ojos en su mirada me dió la sensación de que ella es capaz de hervir más que el agua que extrae la esencia de las hojas de té.
Pero sus movimientos son calmos, medidos, elegantes. Sus acciones son seguras y me transmiten paz y relax. Soy capaz de comprender por qué los hombres buscan su compañía.

Su voz me sorprende. No me mira pero me habla. Acaricia mis oidos.

- Nada es ni tan difícil como parece, ni tan complicado, Kenshi-san. Sencillamente hay que dar con la clave. A veces es evidente, pero no para todo el mundo. Otras veces está escondida...
- ¿Podré obtener de ti cualquier cosa sólo con pedírtelo?.

Los polvos blancos disimulan su rubor, pero no lo tapan del todo. Me extraña esa reacción en una geisha. Ella debe haber escuchado comentarios más soeces que el mío en muchas ocasiones.
Se toma su tiempo y yo dudo sobre si tengo que añadir algo o si será más prudente mantener el silencio para que ella medite.

Naoko levanta los ojos y clava su mirada en la mía. Es negra y profunda. Pero es clara y con un brillo de gris.

- ¿Conoces ese juego que según obtienes una meta, las reglas cambian? Esta vez te sirvió. Pero ahora deberás buscar otras fórmulas que sirvan para otras metas. Muchos se darían con conformes con lo que tú ya has obtenido Kenshi-San.
- Yo no soy muchos, Naoko- sama.

Y al tomar la taza que me ofrece el té, rozo su mano. Al notar el roce ella retira su mirada de la mía y se estremece.

Seguí solicitando citas con Ginzuishou regularmente. En cuanto cruzaba la mampara, se convertía en Naoko para mí.
Me preguntaba si alguien más conocería su nombre, el que no era de geisha y se lo quería preguntar, pero no sabía si tenía la llave para hacer esa pregunta y además no sabía si quería conocer la respuesta. Al fin y al cabo, ella es una geisha.

Cuando salía de allí, y dejaba de tenerla a mi lado, me inundaba la rabia. Naoko me anclaba a Tokio y a la par sabía que tenía que marcharme, mi katana necesitaba salir de su funda y mi cuerpo ansiaba la actividad, además ya era hora de volver a las campañas.
Intentaba controlarme recordando las enseñanzas de mi maestro Zen. Intentaba interiorizar sus enseñanzas y aplicarlas.
Era dolorosamente consciente de que seguía sin tocar a una mujer, que acudí a la casa de geishas para subsanar eso, pero es que Naoko se me había metido de tal manera entre las neuronas que era incapaz de sentir deseo por otra. La deseaba a ella. Quería que fuera mía, solo mía, como mi katana. Pero ella es una geisha.

Soñaba con tenerla en mi dormitorio, deshacer ese moño complicado y soltar su pelo de seda sobre la almohada, ver el color de su piel sin los polvos de arroz, saber si sus labios son tan rojos sin la pintura que se pone, verla sonreir sin presiones y hacerla mía. Como mi katana. Pero ella no puede ser mía, es una geisha.

También pensaba requerirle favores sexuales y quitármela de la cabeza. Ella me los daría. Si se los pedía me los daría. Ella es una geisha. Y podría partir satisfecho y ya conjurado de su embrujo.

Pero Naoko también me atrapa con su conversación, estimula mis neuronas, me hace replantearme si las mujeres no son tontas por ser mujeres o si no todas las mujeres son tontas.
Ella un día quiso seguir con la conversación del primer día. Y me preguntó educadamente por qué vertí esas opiniones tan desfavorables, tan ofensivas.

- No lo sé. Me sentí impelido a hacerlo. Sabía que podía haber mujeres escuchándome, pero no me importaba, quizás venía embrutecido de la guerra. Sólo sabía que tenía que hacerlo. Pero tampoco esperaba que ninguna mujer me contestara.
- Yo sabía que no debía hacerlo pero tuve que hacerlo, no pude sujetarme, necesitaba contestarte.
- Creo que fue como un cebo... ¿si no hubieramos tenido esa conversación me habrías admitido en tu lista de visitantes?
- Probablemente no.

Retira su mirada que ha mantenido fija en la mía, cuando pronuncia el no, sus ojos ya no son visibles para mí. Pero si puedo ver el temblor de su boca.
Me gustaría agarrarla entre mis brazos, pero no soportaría pensar que alguien más la toca, que no es sólo para mí. Aunque sé que es imposible, porque probablemente a todos trata como a mí. Probablemente con todos finge esta candidez que a veces muestra. Seguro que es una maestra de los temblores inocentes. De los rubores controlados.
Les enseñan a eso.
Es una geisha.
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Re: Geisha

Mensajepor Lola » 29 Dic 2013 14:25

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Y para el de la platea -tongue
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Re: Geisha

Mensajepor Dae » 29 Dic 2013 15:42

Kenshi sigue viniendo a visitarme. Regularmente. Nuestras reuniones son siempre parecidas.
Tomamos té, hablamos, paseamos por el jardín.
Leo a Kenshi como podría leer un rollo de escritura. Leo sus pensamientos en sus ojos, sus dudas en los temblores de su voz, sus deseos en la posición de su cuerpo.
Al fin y al cabo soy una geisha y he aprendido a interpretar esas cosas.
He conocido a muchos hombres. Algunos de ellos me han atraido, aunque ninguno como él.
Y realmente no sé por qué. Veo friamente los defectos de Kenshi, su visceralidad, su pasión, su impaciencia.
Pero también veo en él a un hombre luchador, inteligente y honesto. Y no tan influido por su educación como para no poder saltarse algunas normas.
Hay noches en las que cuando me quedo sola y me lavo la cara, me miro en el espejo, y deshago mi moño. Me miro a los ojos y me digo:

- Naoko, todo sería tan sencillo como decirle a Kenshi que tú aún conservas tu mizuage que aún eres virgen.

Lo peor es que Naokodos me contesta y ella tiene peor carácter que yo. Me llama tonta por pensar que Kenshi me tomará por esposa y seremos felices. Me riñe por pensar que ser su concubina también estaría bien.
Yo discuto con Naokodos y le digo si no sabe lo difícil que es la vida de una geisha mayor, las luchas internas que hay y lo que quema esta vida.
Pero Naokodos lo sabe, no lo va a saber. Y ella que ve en mi interior mejor que yo en el suyo me dice que no haga planes, que no prevea, que espere, que vaya reaccionando segun los hechos vayan ocurriendo.

Pero para ella es más fácil de decir que para mí de hacer. Ella vive en un mundo de cristal.
El tiempo corre en mi contra y probablemente en no mucho tiempo deberé entregarme a alguien para poder seguir siendo geisha. No es algo que me haga ilusión. O comprometerme con alguno de los que sí me han ofrecido ser concubina en sus casas. Aunque no quiera.
En este mundo que me ha tocado vivir no tengo posibilidad de ser libre. O no la veo al menos.


Hace dos semanas que me fui de Tokio. Mis deberes guerreros me reclamaban. Aquí estoy como al inicio, perdido en un frente rojo y cruel y sin ánimos de hundir la katana más que en los enemigos que tengo enfrente.
Ninguna concubina, ni ninguna campesina incita a mi otra katana a presentar batalla.
Mis pensamientos están en Naoko. Repaso una y otra vez mis conversaciones con ella, la echo de menos, sé que no debería que sólo es una geisha y que no es razonable obsesionarse por una mujer compartida. Puedo elegir una propia para mí sólo y es imposible que no exista otra que sea capaz de seducirme como Naoko lo hace.

El día que me despedí ella se ofreció a hacerme un masaje en la frente y en el cuero cabelludo para despejar el dolor de cabeza que me embargaba. Se sentó detrás de mí y yo me acosté en el tatami. Sus manos delicadas recorrieron mi frente haciendo presión en puntos concretos, al borde de las cejas, en la confluencia de puntos que ella me explicaba con su dulce voz que eran puntos de cruce de energías. Sus manos agarraban mechones de mi pelo y me daba suaves tirones, las yemas de sus dedos horadaban insistente y suavemente mi cuero cabelludo, como si quisiera penetrar con sus manos en mis pensamientos.
Sentía un bienestar enorme, por el roce, porque era ella la que me lo inflingía, por la situación, cerré los ojos e imaginé que ese era nuestro futuro, estar juntos y tener intimidad. Y fui dolorosamente feliz. Pero duró poco rato. Luego me fui.
Cuando pienso que quizás no vuelva a verla o que cuando vuelva ella haya desaparecido siento un vacío en la boca del estómago y sé que no lo voy a resistir.
Pero yo soy un samurai y sigo las enseñanzas Zen, tengo que ser capaz de afrontar cualquier cosa. Lo que pasa que no sé si esto lo quiero afrontar.
Y sé que esta debilidad, esta desconcentración, hará que me maten en esta batalla.
Lo sé. Y no puedo hacer nada por evitarlo.



Kenshi sigue sin volver.



La campaña se alarga, echo de menos a Naoko.



El tiempo pasa lentamente y echo de menos mis ratos con Keshi.


Las jornadas son peligrosas y añoro Tokio, bueno, la añoro a ella.

No tengo ganas de sonreir, mis días no tienen objetivo. Sin él, no.

Añoro tremendamente a Naoko.



Kenshi no se me va del pensamiento.



Y el tiempo sigue pasando sin prisa, pero sin pausa...
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Re: Geisha

Mensajepor Mado » 29 Dic 2013 17:26

Me ha recordado "Historia de una geisa". Creo que lo volveré a leer.

Me gusta tu historia, Dae :)
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Re: Geisha

Mensajepor Dae » 30 Dic 2013 09:13

Mado escribió:Me ha recordado "Historia de una geisa". Creo que lo volveré a leer.

Me gusta tu historia, Dae :)


Gracias, Mado. Voy a ver si la acabo... :be:
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Re: Geisha

Mensajepor Dae » 30 Dic 2013 10:08


No sé cuantas veces cayeron las hojas del cerezo, quizás no muchas pero a mí se me hicieron eternas.
Cada vez me resultaba más difícil recibir compañía masculina, estaba más inmersa en mis propias elucubraciones que en las de las personas que me visitaban, sin nunca fui una buena geisha, pasé a ser una geisha pésima.

Nadie me reclamó nada, nadie me echó nada en cara y nadie se quejó, puede que vieran en mí a la de siempre, pero yo ya no me sentía así. Y cada vez estaba más incómoda.

Fue un día de repente, habrían pasado dos años desde que Kenshi se había marchado. Llegaba de dar un paseo, y cuando iba a dejar mi kasa en su lugar, reparé en que el mango era de bambú y que la hermosa tela de seda era de un suave tono azul pastel. Muy pálido. Las geishas cuando son maikos, aprendices, los pueden llevar de colores vivos, pero cuando te conviertes en geisha tiene que ser de colores pastel.

De repente sentí unas ganas tremendas de tener un kasa color melocotón maduro.
Un color fuerte, vivo, vibrante. Pasearme entre los cerezos con él, no medir mis pasos, que no fueran cortos y rápidos, no, dar zancadas enormes, tirar mis zoris al aire y salir corriendo, reírme, sentirme viva.
Así que lo decidí, me retiraría de la vida pública, tendría mi última ceremonia como geisha, el Hiki-iwai.

No tengo por qué esperar a casarme o a querer abrir yo un okiya de geishas, sencillamente con lo que he ahorrado hasta ahora y los regalos que me han hecho puedo llevar una vida de austeridad retirada.
Sé que muchas de las que tomaron esta decisión murieron tristes, pobres y abandonadas. Pero yo no quiero seguir así, ya no tengo ganas de seguir así.


La campaña se alargó más de lo razonable, si es que la razón tiene lugar y cabida en estos asuntos. Pero al final acabó. Quizás demasiado tarde. No, sin quizás, estas cosas siempre son demasiado tarde.

Pero yo no podía sacarme de la cabeza a Naoko. En los descansos entre batallas cada vez que agradecía al cielo que me hubiera librado de morir ensartado en la katana de uno de mis enemigos o aplastado en los cascos de un caballo, no hacía nada más que pensar en que debería haber hablado con Naoko en otros términos, pedirle que me esperara, casarme con ella, ofrecerle ser mi concubina, lo que ella quisiera.
No dejaba de dar vueltas al tema y pensar en cómo solucionarlo, sabía que escribir a mi casa y pedir a mis parientes que se acercasen a la okiya de geishas en la que Naoko vivía sólo serviría para que me tachasen de loco, para que pensasen que la batalla me había desquiciado. Nadie lo vería razonable y yo no era capaz de pedírselo a nadie.
Aunque sabía que sería lo más razonable que podría hacer.

Cuando volví a Tokyo fui a buscarla. No estaba y nadie me supo o quiso dar razón de ella.
Yo, un brillante general, con un gran futuro, sin tener que entrar en batalla más, con el agradecimiento del emperador y una prometida imperial a la que desposar, con todos los parabienes de la sociedad, con todo a mi favor.
Lo único que no tenía era lo que me importaba.
Más pobre, sólo, triste e infeliz no me podría sentir.
A pesar de para el mundo tenerlo todo, yo no tenía nada.

Paso algo de tiempo, ni mucho ni poco. En realidad el paso del tiempo es relativo y en cada ocasión lo apreciamos de diferente modo.
Me retiré a una de mis posesiones lejos de la corte imperial. No acepté el matrimonio que el Emperador me proponía y aunque todo el mundo lo vio raro, no llegó a causarme problemas. Expliqué algo sobre unos votos que había tomado en el pasado, unas promesas que debía de cumplir, un tiempo de recogimiento.
Antes de llegar a esta posesión pasé tiempo en otras, Naoko seguía habitando en mis pensamientos, pero aún así yací con mujeres.
Los hombres tenemos necesidades y yo llevaba ya mucho sin calmarlas.
Después sin tomar mujer ni concubinas recalé en este paraje aislado. Con una pequeña población cercana.
Sin casa de geishas.
Los aldeanos no suelen necesitar geishas. Se arreglan de otros modos.

Así que al principio las visitas me mantuvieron entretenido pero luego, poco a poco el tedio se fue adueñando de mí. Mis criados lo notaron, mi carácter era cada vez más irascible y mi criado de más confianza comenzó a decirme eso de que no es bueno que el hombre esté solo.
Yo no quería compañía femenina pero si hubiera agradecido algo de compañía para hablar, para pensar a dos, para dialogar y discutir sobre temas variados.
Alguien me habló de una sensei que vivía en el pueblo y que enseñaba a leer a niños y niñas. Aunque también solía recitar para las personas interesadas. Siempre desde detrás de una mampara.
También me dijeron que no se prodigaba mucho por el pueblo, pero que recibía a quienes tuvieran problemas y necesitasen consejo.
Los niños la llamaban sensei, y a los demás les había dicho que su nombre era Aiko.
Un estremecimiento me recorrió la espalda.




Koi koi to iedo hotaru ga tonde yuku

«Ven, ven», le dije,
pero la luciérnaga
se fue volando.

Otnisura

Koborete wa kaze hiroi-yuku chidori kana

De la bandada de los chidori,
uno va perdiendo fuerzas
y el viento lo recoge

Chiyo-ni

De estos haikus uno es de un haijin hombre y uno de un haijin mujer. Ambos son monjes budistas.
Los haikus suelen ir acompañados de un haiga, es un dibujo que matiza el contenido. Lo suelen dibujar los mismos haijines pero hoy yo quiero que vosotros penséis en qué os transmite y en lo que dibujaríais con estos haikus.
Los niños me escuchaban atentamente, chicos y chicas.
Algunos habían comenzado a aprender a escribir. Todos me escuchaban atentamente.
Ellos estaban a mi lado de la mampara, pero detrás de la mampara había más gente escuchando la clase.
Gente que venía esporádicamente, aunque no fuera a aprender, sólo a escuchar.

Los niños se fueron. Y todo quedó en silencio.
La gente del otro lado de la mampara también se fue retirando. Si alguien quería algo en especial me lo haría saber. Siempre había alguien que se quedaba a hablar un rato o a consultar algo.

- Aiko...

La voz me retumbó en las entrañas.

- Aiko, ven.

Y fui. A Kenshi no le gustaba esperar.
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Re: Geisha

Mensajepor Dae » 30 Dic 2013 10:08

Y Fin, que sé que a Pastinaca le gusta que ponga el fin, cuando la cosa acaba bien. :)
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Re: Geisha

Mensajepor Pastinaca » 30 Dic 2013 13:11

Fantástico.
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Re: Geisha

Mensajepor Lola » 30 Dic 2013 14:14

Bravo!! me ha gustado mucho!! -clapping -clapping -clapping




(Pastinaca -ni )
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Re: Geisha

Mensajepor Pastinaca » 30 Dic 2013 14:40

No describiré lo que haría con el culito de Lola para no emborronar tan magno relato.
Mado
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Re: Geisha

Mensajepor Mado » 30 Dic 2013 16:13

Un buen final, un final feliz. Y un relato encantador. Bravo por ti, Dae -good

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