El sexo de los dioses.

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Anuket
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El sexo de los dioses.

Mensajepor Anuket » 10 Ago 2015 19:08

Al hilo de un comentario en un tema, resurgió en mi memoria uno de mis múltiples peripecias en el mundo de los dioses.

Este era el comienzo, que mencioné en una sección apta para menores, que no es el lugar oportuno:


"Estaba recordando a Ἑρμαφρόδιτος. Buen amigo. Hijo de Hermes y Afrodita. La muy puta lo abandonó en un arranque de culpabilidad.
Habría de aclararos que la belleza de Hermafrodito llamó mi atención apenas desarrolló. Ese cuerpo digno de un dios, esos labios carnosos... pero él no demostró nunca atracción por muchacha alguna. Por ello desistí de seducirle. Me mantuve al margen, observando sus andanzas.
Recuerdo que de camino a Carna, con un bochorno insoportable, fruto una sucesión infinita de olas de calor: al llegar a Halicarnaso, miró a su alrededor y se desnudo pudoroso. Fue la primera vez que vi su cuerpo totalmente desnudo. Todo lo que no se veía era más bello y deseable aún. Fue entonces cuando vi a Salmacide, una náyade derretirse de deseo mirando...

Y a partir de aquí hay una historia escrita oficial, pero yo fui testigo de los hechos reales, y nada tienen que ver con lo que paso."
Pude ver a Salmácide observarle con atención desde el lago. Su cabeza asomaba y su larguísimo cabello flotaba a su alrededor. Entornó los ojos, mientras le miraba fijamente, a la vez que se humedecía los labios instintivamente.
Hermafrodito era imponente. Su espalda ancha, sus músculos definidos, mandíbula firme, cejas definidas, alto y fuerte como buen hijo de dioses. Salmácide fue acariciando con sus ojos cada detalle.

Emergió del agua lentamente bajo la atenta mirada de Hermafrodito, que la observaba sorprendido. Salmácide, con su vestido de gasa empapado por las aguas del lago, envolviendo cada una de sus curvas, resaltándolas, caminó hacia su encuentro. Sus ojos fijos en los de él, que la contemplaba sorprendido. No como Salmácide pensaba, sino, simplemente anonadado.
Se detuvo a cinco centímetros de su cara, cogió la mano de él, y la puso sobre uno de sus senos.
Él retrocedió asustado. Ella cambió su expresión contrariada. El continuó dando pasos hacia atrás, hasta que topo contra una roca. Perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre la hierba. Salmacide aprovechó la ventaja para arrodillarse sobre él.

De todos es conocido que las náyades son expertas en alzarlo todo. Gea las doto de labios simétricos. Inferior y superior son exactamente iguales. Acolchados y suaves, como si estuvieran diseñados para acariciar con ellos miembros masculinos.
Ninguna mortal podría competir con una náyade, succionando y acariciando un pene.
Salmácide, con dulzura y la consiguiente sorpresa de Hermafrodito, agarró su miembro y sin darle tiempo a reaccionar lo rodeo con sus prodigiosos labios. Manteniéndolo firmemente sujeto en el hueco de su mano, comenzó a deslizar su boca con suavidad por el largo y blando pene de él.
En menos de un minuto, pudo comprobar que algo fallaba. Algo no era como debía ser. Hermafrodito no crecía entre sus labios. No desafiaba la profundidad de su garganta. Continuaba inerte.

Ella se retiró y él intentó zafarse. Ella pensó rápidamente como impedir que huyera, y utilizando sus poderes, lo durmió de inmediato.

Yo contemplaba el espectáculo y me quedé en mi rincón esperando el devenir de los sucesos.

Y pasó que la náyade emitió un sonido desagradable, y con ello atrajo un águila del cielo. Díjole algo que no escuché, y el ave emprendió el vuelo.
En lo que tarda una abeja en recolectar el polen de una flor, el águila volvió llevando en su lomo a Ganimedes. Un Ganimedes en su máximo esplendor, mucho antes de que Zeus supiera siquiera de su existencia.
Y he aquí que la náyade lo abrazó al descender él del águila. Le susurró algo al oído, entonces supuse que por no despertar a Hermafrodito...

Perdón, mi padre requiere mi presencia, continuaré contándoos cuando me sea posible...

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