El portero automático

Radio patio funcionando. ¿Cómo son los foreros?¿A qué saben, a que huelen, qué les gusta, que odian? Para hablar de nosotros mismos, mismamente
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Francisco Delicado
El crepúsculo de los dioses.
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El portero automático

Mensajepor Francisco Delicado » 10 Feb 2015 11:00

Nunca agradecerá bastante el hecho de que tan cerca de mi casa hayan montado un bar de ésos de barra interminable. No, no tiene lucecitas coloradas pero tampoco hace falta.
Lo que recuerdo con nitidez es que ayer, asido a un whisky, me detuve a mirar el tobillo de una chica; algo le molestaba, tal vez un esguince o el picor de alguna dermatitis; qué sé yo; el caso es que cada cierto tiempo se tocaba y se tocaba y a mí me tocaba.
Yo ya no estaba en la barra, soy demasiado mayor para permanecer de pie. Acabo de salir de un gripazo enorme y pensé que sentándome en una mesa podría ver mejor el encantador espectáculo humano; temía que en cualquier momento algún vecino llegara y se sentara junto a mí; ya saben que a los humanos les encanta ir y perturbar tu tranquilidad; piensan que todos odiamos la soledad y , mira oye, puede que estén en lo cierto. Pero el caso es que yo me quedé colgado con aquel leve gesto.
Era una chica de edad indefinida, o sea cuarentona, que ahora me ponen muchísimo, con una melena larga y unos ojos así como verdosos que eran para rechupetearla; y algo le molestaba en el tobillo.

No sé porqué esa conducta allí en un bar, sentado, mirando a la chica de larga cabellera me hacía sentir como un espía; en realidad todo era al descubierto y ella, previsiblemente, no veía en mí más que un bulto sospechoso; intuyo que ni siquiera reparó en que yo estaba en la mesa, con el whisky, pensando en cómo lanzarla a la cama y verla dar saltitos, desnuda, hermosamente desnuda.

Supongo que esa sensación, la de esa especie de espionaje, el temor a verme acompañado por algún vecino innecesario, son manifestaciones de ansiedad. Hasta ese momento me había limitado a leer Fortunata y Jacinta y arreglarme muchísimo, embadurnarme en colonia, para tener una reunión con una abogada despampanante que siempre se pone una prenda de menos cuando se va a reunir conmigo, o eso me parece, y en realidad estaba tratando de terminar el día, aburrido como siempre, sin cometer mayor pecado que mirar con qué dulzura se rascaba o se frotaba el tobillo aquella chica.

Y, entonces, me pregunté por qué estaba allí, solo, saboreando el whisky, tratando de entablar una relación imposible con una mujer hermosa.
Y recordé que no hacía mucho, apenas unos minutos antes, me había detenido en la puerta de la cancela de mi casa y llamé para ver si había alguien; creo que algunas veces lo hago, llamo y me digo: ahora sí, ahora hay alguien dentro de casa y me responde; así que cuando, a la tercera, el portero automático seguía silencioso como siempre, miré hacia arriba, la larga calle, las primeras penumbras y me dije que en ese nuevo bar debían de tener whisky y, puede, alguna mujer en su barra.
Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca
aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach.
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C l o n
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Re: El portero automático

Mensajepor C l o n » 10 Feb 2015 11:30

Francisco Delicado escribió:Acabo de salir de un gripazo enorme y pensé que sentándome en una mesa podría ver mejor el encantador espectáculo humano


Femenino, quiere decir.
No me diga que le dejaron solo toda la noche. Es que no hay derecho.
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Dae
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Re: El portero automático

Mensajepor Dae » 10 Feb 2015 13:55

Me siento reconocida en esa intimidad que a veces se establece mirando a una persona, aunque ella no se dé ni cuenta.
Recuerdo que un amigo mío tenía una parafilia con la cola de caballo, no del animal, no, le ponían muchísimo que las chicas llevaran recogido el pelo en una coleta.

Me hablaba mucho de ello. Creo que a él le encantaba que una mujer prestase oídos a su parafilia, y que en cierta manera y aunque sólo éramos amigos le gustaba hablarlo conmigo, o que yo le escuchase mientras él se explayaba.

Un día estaba yo sentada en una oficina esperando a ser atendida y no tenía nada que leer, que es donde suelo fijar mi mirada cuando no tengo otra cosa que hacer, así que me dediqué a observar al personal, mi mirada recayó sobre una chica de unos treinta años. Tenía una melena castaña preciosa, larga, en una capa, el pelo se apreciaba fuerte y con cuerpo.
Hacía calor.
En ese momento la muchacha se movió, y se metió la mano en el pantalón, sacó una goma del pelo y elevó grácilmente sus manos por encima de la cabeza, a la vez que agarraba su mata de pelo.
La amasó y la juntó para ensartarla en el círculo negro que estiraba entre el pulgar y el índice de una de sus manos.
Ella elevó el pelo que quería escapar y volvía a caer sobre su espalda.
Y descubrió una nuca adorable.
Me dieron ganas de levantarme y hacerle la coleta yo, de pasar mis labios por su nuca.
No recuerdo cómo era ella, si alta, flaca o gorda.
Pero recuerdo su melena, y sus movimientos sensuales, sin ánimo de serlo, como si estuviera sola, recuerdo lo incitante que me pareció la escena y recuerdo que pensé que mi amigo se excitaría.
Lo que no fui consciente hasta un poco después es que yo también me había excitado.
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Re: El portero automático

Mensajepor Cat » 10 Feb 2015 14:04

Leerles, mis queridos Delicado y Dae, me ha resultado lo mejor del dia.

Sin lugar a dudas, y si no fuera por lo farragoso que me resulta escribir desde el movil, les diria el enorme placer que me han provocado.

Gracias
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Re: El portero automático

Mensajepor Dae » 10 Feb 2015 16:12

Cat :chuc:
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Re: El portero automático

Mensajepor Catalina » 10 Feb 2015 18:12

A mi que Delicado se haya prendado del tobillo de una chica me ha recordado a Fred Mcmurray en Perdicion.

Los cinefilos adivinaran porque lo digo.
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Telémaco
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Re: El portero automático

Mensajepor Telémaco » 10 Feb 2015 19:25

Sí, el prendamiento de tobillo es ciertamente sugerente, pero no olvidemos lo que le precede; una llamada a donde no hay nadie.
Si algo más que el vacío hubiera resonado tras ese telefonillo, el bar de barra inacabable, la mirada errabunda y el tobillo incitador nunca hubieran existido.
Las tardes suelen ocuparse no con lo que se desea o sueña, sino con lo que finalmente la vida nos entrega.
Que el dinero no da la felicidad, que el sexo estropea la amistad y que no hay mal que por bien no venga lo dijo todo el mismo imbécil.
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Re: El portero automático

Mensajepor eLeyeLe » 10 Feb 2015 19:41

Es precioso como lo describe, ese rascado superficial que lo mismo es de sarna que de exceso de crema exfoliante, y lo ajena que permanece ella. Sin saber que es parte de la tela de araña del pensamiento delicado ni, al final, del foro entero. Y muchísimo menos de imaginar que un silencio de portero automático iniciaba la deriva.

Lo que pasa es que una se ve, se cree, en otro escenario.
Lo de Dae me ha puesto más nerviosa.
La de veces que me recojo el pelo mientras hago otra cosa...
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Re: El portero automático

Mensajepor § e x » 10 Feb 2015 19:45

Francisco Delicado escribió:Nunca agradecerá bastante el hecho de que tan cerca de mi casa hayan montado un bar de ésos de barra interminable. No, no tiene lucecitas coloradas pero tampoco hace falta.
Lo que recuerdo con nitidez es que ayer, asido a un whisky, me detuve a mirar el tobillo de una chica; algo le molestaba, tal vez un esguince o el picor de alguna dermatitis; qué sé yo; el caso es que cada cierto tiempo se tocaba y se tocaba y a mí me tocaba.
Yo ya no estaba en la barra, soy demasiado mayor para permanecer de pie. Acabo de salir de un gripazo enorme y pensé que sentándome en una mesa podría ver mejor el encantador espectáculo humano; temía que en cualquier momento algún vecino llegara y se sentara junto a mí; ya saben que a los humanos les encanta ir y perturbar tu tranquilidad; piensan que todos odiamos la soledad y , mira oye, puede que estén en lo cierto. Pero el caso es que yo me quedé colgado con aquel leve gesto.
Era una chica de edad indefinida, o sea cuarentona, que ahora me ponen muchísimo, con una melena larga y unos ojos así como verdosos que eran para rechupetearla; y algo le molestaba en el tobillo.

No sé porqué esa conducta allí en un bar, sentado, mirando a la chica de larga cabellera me hacía sentir como un espía; en realidad todo era al descubierto y ella, previsiblemente, no veía en mí más que un bulto sospechoso; intuyo que ni siquiera reparó en que yo estaba en la mesa, con el whisky, pensando en cómo lanzarla a la cama y verla dar saltitos, desnuda, hermosamente desnuda.

Supongo que esa sensación, la de esa especie de espionaje, el temor a verme acompañado por algún vecino innecesario, son manifestaciones de ansiedad. Hasta ese momento me había limitado a leer Fortunata y Jacinta y arreglarme muchísimo, embadurnarme en colonia, para tener una reunión con una abogada despampanante que siempre se pone una prenda de menos cuando se va a reunir conmigo, o eso me parece, y en realidad estaba tratando de terminar el día, aburrido como siempre, sin cometer mayor pecado que mirar con qué dulzura se rascaba o se frotaba el tobillo aquella chica.

Y, entonces, me pregunté por qué estaba allí, solo, saboreando el whisky, tratando de entablar una relación imposible con una mujer hermosa.
Y recordé que no hacía mucho, apenas unos minutos antes, me había detenido en la puerta de la cancela de mi casa y llamé para ver si había alguien; creo que algunas veces lo hago, llamo y me digo: ahora sí, ahora hay alguien dentro de casa y me responde; así que cuando, a la tercera, el portero automático seguía silencioso como siempre, miré hacia arriba, la larga calle, las primeras penumbras y me dije que en ese nuevo bar debían de tener whisky y, puede, alguna mujer en su barra.


Soy de esas personas que gustan disfrutar de la soledad, en un sitio con gente. Aprecio el aroma de un café humeante, aún cuando va disfrazado de taza cutre e impersonal. Me siento aquí, con el sonido de mis pensamientos acallando el bullicio de un bar, y observo.
Capta mi atención lo más habitual. La madre disfrazada de quinceañera, enguantada en el pantalón estrangulante, que empuja el cochechito calle arriba. El cartero que lucha con su carro amarillo por sortear los bordillos. El hombre que, simplemente, llama al telefonillo, porque probablemente se ha olvidado las llaves, fruto de la premura estresante que domina nuestro camino.
Gusto de observar la conducta humana, las miradas, los gestos, la interacciones. La muchacha que se siente guapa y camina enhiesta, estudiando, por el rabillo del ojo, si capta la atención de los representantes del género mascúlino con los que comparte acera. Larga melena, paso coqueto, y de vez en cuando, mirada hacia atrás para comprobar si alguien la mira. Mano al culo, y tirón. Me río. ¡Es tan común!. A todas nos pasa. Una de esas incomodiades que la llegada del tanga solucionó. Ya no hay que buscarlo cuando se pierde, porque ya viene diseñado para sumergirse en el valle de las dos montañas.
Ese hombre del telefonillo al que no le han respondido y que enfrenta la calle larga a la búsqueda de algun lugar donde esperar a que le abran. Esa melena sin tanga que invade mi puesto de observación y comparte la larga barra que me sustenta. Admiro su porte y gesto con cierta envidia, porque no fui capaz en mi periplo por esta vida, de contener mi postura y adaptarla a los requisitos de fémina perfecta. Y a ella le sale natural.
El hombre sin llaves, se acopla al lugar en un rinconcito que enseguida ha hecho suyo. Otro puesto de observación, que compite con el mío. Sus ojos saltan de ser en ser hasta recabar en la perfecta melena. Ella repite un gesto intermitente que rompe su perfección. Y eso parece embelesarle a él. Su expresión muda, y sus ojos parecen ser la alfombra que hace volar sus pensamientos. Una brizna de curiosidad, un leve toque de diversión, y una rápida nube de deseo que los torna ligeramente vidriosos.
Y me descubro espiando los pensamientos y no los actos. Leyendo a través de la expresión de un rostro la curiosidad, atracción e incluso el deseo. Y quien simplemente era una figura humana en una maqueta de la vida, toma vida y la emana. Y se hace frágil aun debajo de esa máscara que todos llevamos, y deseable, por lo que de deseable tiene lo humano e imperfecto.

Un placer leerle Sr. Delicado y disculpe mi atrevimiento... -grin 8)

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