CUENTO DE NAVIDAD

El Gaviero
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CUENTO DE NAVIDAD

Mensajepor El Gaviero » 23 Dic 2013 14:54

¡Son una puta mierda! ¡las Navidades son una puta mierda!

Entro en casa de la vieja repitiéndome estas palabras, seguro de que al final serán el remedo de las Navidades pasadas. Solo que esta vez el viejo estaba ya enterrado, y no se emborracharía para terminar contando las putas batallas de cuando se bebía los meados en El Aaiun. Ni hablará de amigos que hacía tiempo que habían muerto sin que él fuera siquiera a dar el pésame a los deudos. No brindará por ellos. Como yo brindaba porque fueran meados los que se bebiera, meados tóxicos. De odio, como los que meaba yo a escondidas en sus lentejas después de que me moliera a palos por cualquier gilipollez.

La vieja abre la puerta, y hace la mueca de la decepción. No son los reyes magos quienes llegan; ni su yerno favorito que siempre trae un jamón, ni su hija perfecta que viene con los nietos perfectos. Es el hijo pródigo, el perdido, el drogadicto, el homicida de su propio hermano el que vuelve a casa por Navidad, para pedir perdón sin pedirlo.
No me lo dice así cuando me estampa un beso frío en la cara y me dice que pase, que llego tarde. Pero lo piensa, sé que lo piensa. Yo digo que la Navidad es una puta mierda, entre los labios, y ella parece escucharme porque se vuelve para mirarme igual.

Yo soy el asesino de tu hijo, madre. Es lo que dicen mis ojos.

Jesús murió de sobredosis. Fue uno de estos días de Navidad, hace tres años. Y yo le traje el jaco de su ruina. Se lo pinchó todo. Aquella Navidad fue la última, porque mi hermano, el niño Jesús de su madre, murió aquel día. El viejo murió a los siete meses; de tristeza, dijeron. Pudo aguantar la sed del desierto, pero no soportó el desierto que le dejó la muerte del pequeño, el único que se salvó de las palizas. Etc. Etc. Olvidan mencionar el detalle de que el hígado le reventó por el alcoholismo.

Así que el niño Jesús murió en Navidad, de sobredosis de jaco. Del jaco que yo le traje.

No soporto la culpa. Solo finjo que la soporto delante de la vieja, y tengo que expiarme viniendo a celebrar el amago de amor familiar de todos los años. Fue una promesa como una maldición: A partir de ahora te quiero ver en casa por Navidad, me dijo la vieja llorando en el entierro. Nunca supe si era para saber que yo seguía vivo o para recordar al hijo muerto.

Sopa de mariscos. Qué buena está. Conocí a una mujer a la que le olía el chocho igual de bien. Mi cuñado intenta reírse y mira a mi hermana, que me lanza su dardo de ojos verdes.
Me levanto, me voy al baño a darme un homenaje de farlopa. De la buena. Soy un cocainómano, lo sé. Pero soy el puto amo.
Me pongo un buen rayón, para no tener que ir al baño cada dos por tres; estoy triturando las alitas de mosca con la tarjeta de la seguridad social, cris, crac, cris, crac.

La vieja entra al baño seguida de su nieto en el momento en que me estoy esnifando aquel trallazo ¡El puto pestillo que no cierra bien!
¿Pero qué haces Jóse? Coge la fregona y me golpea con saña, yo no siento nada. Solo gotas de la baba de su rabia que me salpican en la cara. Soy el puto amo, me echa, llora, grita.

De repente estoy en la escalera, y el frío me recuerda que es Navidad.

Me voy. Que les den ¡La navidad es una puta mierda! Y mi voz sube hasta la cuarta planta seguida de un jajaja. Luego portazo con cristal roto en el portal. Nada más cerrar me doy cuenta de que dejé el chaquetón en casa de la vieja, pero ni se me ocurriría subir. Voy en camisa, y el frío que entra por las rajas de mis vaqueros me acaricia las pelotas, hasta empequeñecerlas como cabecitas de jíbaro. El amargor de la coca me baja por la garganta.

Ahora no hay nadie por la calle, todas las luces de todos los edificios están encendidas. El corazón me late más de prisa. He aparcado lejos, pero el puto amo corre, vuela, se desplaza como la nieve al viento. Y es entonces cuando escucho el grito, el quejido, un lamento de mujer. De un portal a oscuras emerge una mujer pequeña, morena, de pelo largo y demacrada hasta tener una cara de pájaro. Se agarra el vientre como si la hubiesen apuñalado. Está preñada.
Joder, tengo que acercarme. Me acerco, es una puta, sin duda.
Una puta preñada a punto de parir.

Y dónde le pillo un taxi, y dónde encuentro a alguien que la lleve al hospital. Puta mierda, yo mismo la llevo. La subo al coche y salgo a toda hostia para llevarla al hospital. Tranquila, no pasa nada tía, yo te llevo. ¿Cómo te llamas? María. Se llama María ¡Y yo Jóse, no te digo! Si tienes un niño le pones Jesús ¿vale? Joder qué subidón me está dando; el pecho se me conmueve y siento amor por la puta preñada. Y por todos los Jesusitos del mundo. María sonríe, está sola. No tiene familia en España, todos están en Santo Domingo. ¿Y el padre? Ella intenta sonreír. Ya, solo a mí se ocurren esas preguntas.

En la Paz no había apenas nadie, dos enfermeros sacan una silla de ruedas. La suben. A mí me entran en volandas, y sin preguntarme si quiero entrar ni quién soy me ponen una bata y me hacen ver aquella escena natural de meados, mierda y niño surgiendo amoratado y cubierto de una manteca blanquecina; veo nacer a Jesús, porque es un niño el que nace.
El 24 de diciembre, cuando murió Jesús, nació Jesús. María me aseguró que así se llamaría.

Yo me fui, olvidé pedirle a María su número de móvil. Y cuando volví de darme el homenaje, dos días después, María ya no estaba. Solo aquel mismo olor a hospital, que como las dos caras de una misma moneda siempre te abofetea con la vida o con la muerte.

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