como saulo de tarso

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como saulo de tarso

Mensajepor esmorca » 08 Ene 2015 13:01

asi estoy yo de deslumbrada¡¡¡¡¡les dejo un texto..

Cualquiera comete un error estúpido, que no parece grave, y que le conduce a la ruina en poco tiempo. Mi amigo Ernesto es funcionario, y el lunes llamó por teléfono a un compañero de trabajo que se sienta a solo tres despachos de distancia del suyo. Podría haberse levantado, y ya de paso salir a tomar un café, hacer unas compras, regresar a última hora, pero eligió la llamada. Las distancias cortas son a veces las más largas de recorrer. No estás libre de una emboscada. En los años del bachillerato, recuerdo que me levantaba a las siete menos cuarto de la mañana, pasaba una hora en un autobús inmundo, en el que al menos se podía fumar. A continuación aún debía caminar 20 minutos hasta el instituto, y cuando al fin llegaba, en lugar de subir a clase de inglés o literatura, como me gustaría, me quedaba a jugar una partida de cartas en el bar de enfrente. Ese último paso hacia el aula se me hacía larguísimo. Estaba lleno de trampas.

Hay una forma de fugacidad que no se acaba nunca. Eso es lo que sintió Ernesto solo de pensar en caminar hasta el despacho de al lado, así que abrevió esos pasos todavía más, descolgando el teléfono. Y eso que no tenía nada que decirse con su compañero. Ni siquiera «hola». En media mañana ya se lo habían dicho tres veces, y todas por teléfono. Pero qué importa que no haya absolutamente nada que decirse. Aun en ese caso, siempre habrá algo. Para eso se ha inventado el verbo «hablar», para decirse cosas que ni siquiera existen. Se lo has visto hacer a tu madre un millón de veces contigo.

En fin, Ernesto marcó el teléfono de su compañero, y mientras este descolgaba casi a cámara lenta, en silencio, mi amigo le preguntó con una extraña prisa en el cuerpo: «¿Ya ha llegado el mierdecillas de tu jefe?». Hubo un silencio antiguo, que duró varios siglos, aunque breves, y entonces una voz surgió del frío con esa lentitud con que los ancianos se levantan del sofá: «Sí, hace un cuarto de hora que ya estoy en el despacho». Ernesto colgó precipitadamente, con la esperanza de salvar el anonimato. Era tarde (artículo completo en El Progreso).


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Re: como saulo de tarso

Mensajepor esmorca » 08 Ene 2015 13:05

y otro mas..este de su ultimo libro:

Cuando escuché a César Aira hablar de João Gilberto Noll, yo ni siquiera sabía que existía Gilberto Noll, aunque creo que habría dado un brazo, o una manga, por llamarme Noll. Incluso Gilberto, a secas. Sonaba bien, como esas bolas del árbol de Navidad cuando caen al suelo y se rompen. Es una desgracia, pero qué música. A veces un sonido lo es todo. Debe de ser difícil ser un mal escritor, o un mal saxofonista, incluso un mal ayudante de albañilería, con un apellido de esa elegancia. Noll. Aira dejó en el aire, como si la hubiese estado fumando, una de esas frases que tardan un tiempo en disiparse y que, cuando se disipan, aún dejan su olor: «Es el mejor escritor del mundo». ¡Bah!, pensé, se trata solo de una frase, igual que si dijeras «me duele una rodilla, creo que va a llover». El mundo estaba lleno de enunciados así, redondos y luminosos, como letreros de neón, pero después ni siquiera llovizna

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Re: como saulo de tarso

Mensajepor Telémaco » 08 Ene 2015 13:35

Promete.
Que el dinero no da la felicidad, que el sexo estropea la amistad y que no hay mal que por bien no venga lo dijo todo el mismo imbécil.
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Re: como saulo de tarso

Mensajepor esmorca » 13 Ene 2015 11:29

me mepiezo a sentir como Gertrude Stein pero sin libreia ni colección de cuadros .... con bigote, si..de cada vez más :dragon

Una fiesta de verdad


Etiquetas: matrimonio, Juan Tallón, Permanezcan borrachos, fiesta

12/01/2015 - Juan Tallón /
ALGUNAS FIESTAS DURAN años, incluso toda la vida, pero esas no son las mejores. He acudido a fiestas maravillosas que reventó la policía local a la media hora de empezar. Pero qué media hora, señores y señoras. Contenía el resto de medias horas de nuestra vida. Cuando coincidimos, a menudo en otra fiesta, los asistentes seguimos hablando de aquellas fiestas, y qué hermosas y garrafales fueron mientras duraron. Existe mucha confusión sobre qué es y qué no es una fiesta inolvidable. Estos días se habla de esa rave valenciana en mitad de la nada que se prolongó cuadro días seguidos. Me da una envidia relativa. No me da envidia en absoluto, de hecho. Para estar una semana borracho, sin descartar el consumo de drogas, prefiero a ese extravagante personaje que protagoniza una de mis escenas preferidas de ‘El gran Gatsby’.

En una de las grandes fiestas que organiza Jay Gatsby en las noches de verano, se nos presenta a un individuo «corpulento, de mediana edad, con gafas enormes y ojos de búho». Pasa por uno de esos personajes predilectos y fugaces que se parece a cualquiera de nosotros. Resulta imposible no tomarle cariño, ya que nos recuerda a un primo de nuestro padre, borrachín, simpático y abandonado por su mujer hace mucho tiempo. Las páginas en que aparece, ese personaje se vuelve un espejo. No llega a la categoría de secundario. Es solo poco más que un extra. Ni siquiera tiene nombre. En mitad de la fiesta, el narrador y una amiga entran en la biblioteca de la mansión huyendo del ruido, y ahí encuentran al tipo de gafas enormes, que les pregunta: «¿Qué les parece?», señalando hacia los libros. «Absolutamente de verdad: tienen páginas y todas esas cosas. Pensé que serían de cartón hueco, resistente. Pero son absolutamente de verdad. Páginas y... fíjense, déjenme que se los muestre».

Después de un intercambio de observaciones sobre cómo ha ido a parar cada uno a la fiesta de Gatsby, el individuo corpulento explica que a él lo arrastró una mujer llamada Roosevelt. «¿No la conocen? Yo la conocí anoche, no sé dónde. Llevo casi una semana borracho y pensé que sentarme un momento en una biblioteca a lo mejor me despejaba». Es mi pasaje mimado, en la serie ininterrumpida de ratos favoritos que esconde ‘El gran Gatsby’.

Existe una modalidad de fiesta en la que te quedarías a vivir toda tu vida, apreciando las palpitaciones del tiempo, y maravillándote de que a cada copa estés más sobrio y lúcido. La juventud es precisamente eso, la borrachera detenida, con vistas a la eternidad. No abundan fiestas así. Contra lo que pueda parecer, en la mayoría de ellas, antes o después sueñas con estar en tu casa, vomitando, tal vez delante de tu madre, incapaz de decepcionarse una vez más.

La fiesta de la que hablo es una forma de hogar, en el que las personas y las bebidas que te rodean son un asunto emocional, como decía Bukowski, algo que te aleja de los estándares de la vida cotidiana, de todo lo que es rutinario. No son la clase de fiestas que pueden planearse para que resulten perfectas. Recuerdo cuando se divorció mi amigo Toño. Era martes y solo hallamos abiertos antros nauseabundos, pero todos nos parecieron la mansión de Jay Gatsby, en Long Island. Allí bebimos matarratas con hielo, que encontramos delicioso. Repetimos. Antes de irnos vomitamos. La noche perfecta. Fue el colofón ideal a un matrimonio feliz durante sus primeros minutos. Muchas parejas fracasan, precisamente, porque caen en el error de hacerlo bien desde el inicio.

Puestos a matizar, sin embargo, mi idea de una fiesta perfecta incluye una piscina y una luz que se prepara para su decadencia. El calor te acaricia mientras se masca la tragedia, aunque sin que ello importe demasiado, como en la novela de Fitzgerald. Esa noche, con la gloria meciéndose sobre nuestras cabezas, observamos a un invitado, que no conocemos de nada, tirarse al agua con ropa de etiqueta. En algunos sitios, a ese fulano tremendista todavía se le llama «notas». Nadie le hace caso. Parece que se ahoga, así que subimos el volumen de la música y continuamos a lo nuestro. No queremos que se nos escape entre los dedos la felicidad. Suponemos que en cualquier momento aquel cuerpo reaccionará con unas brazadas al estilo mariposa y al fin sacará la cabeza para reclamar un albornoz, incluso un bloody mary. Existe un momento, en toda gran fiesta, en que parece que se acaba. Es cuando se hace de día, y aparece el fulano que limpia la piscina. El tipo flipa de cojones. En el agua hay de todo: sillas, botellas, sándwiches, un par de libros, el equipo de música, bikinis, incluso heces. Y claro, también un tipo durmiendo boca arriba, en un flotador, desnudo. Eres tú.

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