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Mensajepor Señorita No » 07 Nov 2013 18:18

Aquí, entre ustedes y yo, hay dos articulistas, merengues ellos (lo único que envidio del vestuario blanco es que en su plantel disponga de sus magistrales crónicas), que me tienen obsesionada; hablo del gallego Manuel Jabois y de David Gistau.

Luego está Enric González, que también juega en la misma liga, pero tiene otro defecto: es perico.

Hago sitio a los Revertianos, a los amantes de Elvira Lindo, a los eruditos de Savater, a todos aquellos que quieran compartir los artículos que consideren.

Yo, hoy, con su permiso, traigo el de Jabois (esmorga, agárrate las calzas):

Años de intemperie, incomprensión y rechazo, por Manuel Jabois (07.11.2013)

Hay un momento nuclear en 'El extranjero' que ocurre cuando Mersault, el protagonista, entra en la sala que le juzga por asesinato. Allí se encuentra con un periodista que primero saluda al policía que le custodia y luego se dirige a él para reconocerle que "hemos exagerado un poco su asunto" a causa del verano, secarral de actualidad. Luego señala a un enviado especial procedente de París, ni más ni menos, y le confiesa que no ha venido por él, pero como estaba allí para informar de otra noticia, le pidieron que transmitiese también su caso. "Estuve a punto de darle las gracias", dice Mersault. No hay voluntad de humor; no hay voluntad de nada. El libro es un testimonio natural, y en tanto que natural, revolucionario, pues, de repente, bajo la acción indiferente de Mersault, asoman a ratos corrientes alternas para adoptar según avanza la historia un camino propio, un lugar al que hay que intentar llegar pese a que se sepa imposible (Camus escribió la obra al mismo tiempo que 'El mito de Sísifo': "No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible"). Lo 'camusiano', que según Bernard-Henri Levy era un kantismo práctico. "Desconfianza, gratitud y escepticismo"; o mejor aún, definitivamente, falta de sentido de lo trágico. Breton, con quien tuvo diferencias luego solventadas, había dicho que el acto surrealista más sencillo era salir a la calle con un revólver en cada mano y, a ciegas, disparar cuanto se pueda contra la multitud. Resulta curioso que fuese un expatriado del existencialismo quien más se acercase a ello y que no sólo se limitase a hacerlo sino que lo llenase de sentido, despojándolo de surrealismo y acercándolo al absurdo: un leit motiv inconcreto, neutral, tan transparente que sólo produce turbación.

Camus escribió 'El extranjero' cuando tenía 29 años. Pone el reloj a contar desde las primeras líneas, un inicio superior a cualquier obra contemporánea porque llega con la verdad al lugar que la literatura menos permeable se muestra: "Hoy mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé". Desde ese instante Mersault está sentenciado a ojos del lector biempensante: su crimen se define ahí pese a que luego mata sin razón o aún peor, con ella; dice que fue por el sol. A un autor del que Jean Daniel decía que para saber lo que es un hombre feliz había que verlo ante el mar y el sol, su protagonista comprende tras apretar el gatillo que ha "destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa en la que había sido feliz". A un autor que dijo en su momento más contracultural y hermoso, aun fingida conciencia de compromisos férreos e inexcusables más allá de carnalidades en un tiempo en el que se reclamaba ortodoxia de pensamiento -una especie de mano dura moral-, que "ninguna causa, aunque sea inocente y justa, me separará jamás de mi madre, que es la causa más importante que conozco en el mundo", su protagonista se va al cine con una chica la tarde en que ella muere, o tal vez el día después. La mujer fue inseparable del encarnizamiento izquierdista pro FLN contra él por proponer idealmente la relación de Francia con su colonia Argelia: "En estos momentos están poniendo bombas en los tranvías de Argel. Mi madre puede estar en uno de esos tranvías. Si la justicia es eso, prefiero a mi madre". Versión 'unplugged' de la anterior cita eléctrica, más ajustada por tanto a la realidad.

Fue hijo de un soldado muerto pronto -media vida siendo más joven que su hijo- y de una mujer analfabeta y sorda que fregaba suelos, y cuando el destino se presentaba quieto como un río tal que a un pies negros de los suburbios de Argel, el maestro de primaria de esa escuela pública y laica que defendía con ardor de soldado, Louis Germain, intermedió para apartarlo de otro destino que no fuesen los libros (él, Camus, que por otro lado soñaba con ser Zidane antes de Zidane en la portería; como el astro francés, que corría por las calles pobres de Marsella perseguido a palos por la policía por subirse a un muro a ver los recreos de un colegio femenino, también el condenado Camus consiguió, a su manera, que su inmenso retrato tapase el Arco del Triunfo en los Campos Elíseos). Ese origen de miseria e inmigración no ayudó entre la izquierda divina de París, de la que Armando de Armas presume solidaria con los pobres de este mundo siempre que se mantengan en su sitio; tampoco Lorca gustaba de la compañía del pastor Miguel Hernández, a quien le señalaba la pana. Pero fue la de Camus una soledad intelectual, una arrogancia de los hechos, a los que se debía como periodista: su concreción, su necesidad de abordarlos para en último caso obligarse a cambiarlos, pero nunca negarlos o justificarlos.

Pronto acogió el sitio que cualquier filósofo debería ansiar y al que para llegar hay que descerrajar dolorosas costuras: la intemperie. La incomprensión y el rechazo; librada la batalla del pensamiento y la disparidad de opiniones sobre la forma de observar el ser humano, Camus entró en la ideológica aun sin quererlo al huir del partido y denunciar rápido el terror del estalinismo. Consecuencia todo ello de lo escrito por Pedro G. Cuartango; Camus había cometido un error imperdonable: tener razón antes de tiempo. "No escribió una sola línea que no creyera". El redactor jefe de 'Combat', diario clandestino en oposición al colaboracionista Petain, abandonó a su público saliendo del escenario a zapatazos en mitad de la función, se proclamó fiel a sí mismo y a un ideal de vida que no exigía sumisiones teóricas ni afectos intelectuales más allá de los sostenidos por la verdad, que no admitía representaciones ni versiones. No había para él, como sí para Sartre, muertos que mereciesen la pena para el camino recto de los vivos. Y la degeneración soviética, más allá de un crimen general de Estado, se debía abordar ya como proceso psiquiátrico más que político.

La enmienda a la totalidad del marxismo que penetraba en 'El hombre rebelde' (donde recuerda las palabras de Engels con la aprobación de Marx ("La próxima guerra mundial hará que desaparezcan de la superficie de la tierra no solamente clases y dinastías reaccionarias, sino también pueblos reaccionarios enteros. También esto forma parte del progreso"; y las contraponía al "callejón sin salida" de la revolución imperial soviética) fue saludada con una frase que explica males contemporáneos: "Su libro es hermoso, pero tiene éxito en la derecha". No esperó a Hungría, donde muchos como Kingsley Amis rompieron el carné y el abanico medio desmayados por el impacto, casi damiselas de otro siglo. Con su sangre anarquista -los únicos que nunca lo abandonaron, que siempre le permanecieron fieles- ya había apoyado el levantamiento obrero contra el Gobierno de la RDA en 1953. Y aún antes abriría la espita del celebrado divorcio con Sartre, para el que los posicionamientos de Camus eran, a sus ojos y los de 'Les Temps Modernes', rebeldía estética.

Como Orwell, se negó desde la izquierda a una mirada claudicante y de la misma manera que antepuso a su madre a la justicia, prefirió la verdad a una causa. No cuesta imaginarse a Camus agarrado a un puñado de folios esclavo de sí mismo y por tanto de un hombre que diría años después que todos parecen amar a la humanidad ("les gusta sangrante, como los chuletones") y parecen estar en posesión de la verdad, "pero eso no es sino una suprema decadencia: la verdad pulula sobre sus hijos asesinados".

Al final de 'La peste,' que empieza con la broma macabra de una rata muerta y termina con una ciudad sitiada por su destino, casi involuntariamente entregada a un absurdo, Camus escribe con las sensaciones del doctor Rieux el reencuentro de tantas y tantas familias una vez acabada la enfermedad: "Quería obrar como todos los que alrededor de él parecían creer que la peste puede llegar y marcharse sin que cambie el corazón de los hombres". Porque se niega a una victoria definitiva. "Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa".

Murió joven tres años después de lamentar que su Nobel no fuese para Malraux. Dijo que todo lo que sabía de la moral y las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol. En la Guerra Civil española su generación "aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma, y que a veces el coraje no obtiene recompensa". Si en 'Sísifo' había dicho que el único debate crucial de la filosofía era el suicidio, o sea si la vida debe ser vivida, en 'Calígula' pone al emperador deshaciéndose de sus leales para armar a sus asesinos: "La historia de un suicidio superior". Él se mató en coche a 180 por hora contra un árbol yendo de copiloto de Michel Gallimard en un Facel-Vega HK500. La actriz coruñesa María Casares, amante distinguida, teatralizó la pérdida diciendo que se había despedido de ella como si no fuera a volverla a ver. A Lourmarin, un pueblo de la Provenza exuberante, verde y soleado, cerca del Mediterráneo, el mar al que trató de parecerse y que le recordaba lo que era y lo que fue, había llegado para seguir una obra que, decía a quien quisiera oírle, apenas había comenzado.
Eso es lo que quiero chuparte, me dijo una noche.
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Mensajepor Señorita No » 07 Nov 2013 18:24

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Mensajepor Dae » 07 Nov 2013 19:20

Yo también amo a Jabois. :)
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Mensajepor Señorita No » 08 Nov 2013 15:20

Pero ámale de lejos que yo por Jabois soy capaz de tirar de los pelos. :ant
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Mensajepor Dae » 08 Nov 2013 15:24

Llevo muchas horquillas en el moño :lol:
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Mensajepor Señorita No » 08 Nov 2013 17:15

Mira que soy capaz de ponerme uñas tamaño choni.

Date por rendida.

Ya.

He dicho que ya.

¿Qué parte no has entendido de ya? -angry
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Mensajepor Dae » 08 Nov 2013 17:18

No pienso estropear una amistad floreciente por un hombre que no me hace ni caso. Jabois para ti, yo sigo buscando. :lol:
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Mensajepor Señorita No » 08 Nov 2013 17:20

Sí, claro, y ahora me dejas con la duda aquí colgando de si a mí me hace caso.

Malaeres. (¿no hay emoticono de golpe de melena?)
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Mensajepor Dae » 08 Nov 2013 17:24

Mujer, digo yo que cuantas menos seamos más posibilidades tendrás. :lol:

Esmorca había hablado muchas veces de Jabois, pero dejo aquí por aportar algo a la temática del hilo, el artículo que me fidelizó a él. Y no sé por qué, sencillamente pasó.



Andrea Pirlo acabó el Alemania-Italia como Zinedine Zidane el Francia-Brasil de la Copa de 2006: arrodillando al rival para que les lavasen los pies con humildad redentora. En el genio francés del fútbol mundial fue su particular canto del cisne, el lujo que se conceden los dioses antes de evaporarse. Zidane se guardó un panenkazo para la final y ya todo fueron arrestos y famiglia, pero antes puso a los brasileños a bailar para él en su sambódromo de controles, pases al hueco, toques con el exterior y frenesí de piernas y cintureo; acciones tan bien coordinadas que lo hacían aparecer al mismo tiempo en tres partes del campo. Gilberto Silva, Kaká y Robinho todavía sueñan con la estela de su blanquísima sombra en estertor diluyéndose con la pelota, amamantándola como Roma a sus hijos.

Pirlo es un futbolista de lo esencial que siempre llega a los torneos como esperanza blanca del tiquitaca; Pirlo la toca, Pirlo tiene el golpeo, Pirlo got the power. Y cuando todos a su alrededor menguan porque la dureza del partido los maltrata, Andrea suelta los pies como si abriese una jaula de la que saliesen serpientes: así son los pases de Pirlo con el partido roto, reptiles que se le meten por la espalda a los defensas hasta engullirlos como pitones.

La Eurocopa ha sido testigo de este futbolista grande como una catedral que gobierna los partidos con sólo agitar su pelazo, desatándoselo como Zidane, con la ventaja de que a Zidane nadie se lo veía, pero lo llevaba. Gitano de Flero, en Brescia, y por tanto de corazón lombardo, Andrea Pirlo sabe por la batalla de Pavía que los españoles ganan las guerras capturando reyes, y si entonces fueron un vasco y un gallego los que encarcelaron al francés Francisco I, ahora serán un vasco y un catalán los que le pongan el cepo en el campo al emperador italiano que congeló Inglaterra con un penalti en slow motion, que es lo que queda cuando falla la Armada.

Se cuenta que a Estados Unidos llegó Dalí y en sus primeras entrevistas menospreció a Buñuel, que ya andaba por allí. Fue el cineasta al hotel del pintor a pedir explicaciones:

-Pero hombre, por qué no hablas bien de mí.

-Mira, Luis: yo he venido aquí a levantar mi estatua, no la tuya.

Pirlo se sabe querido por la España del chunda-chunda y seguro que admira secretamente su billar francés: carambolas eternas sin un agujero en el que meterla. Pero como le gusta decir al Marca, Italia tiene cuatro estrellitas y España una, y cuando todos empezamos a beber Pirlo ya estaba de resaca. Por tanto el domingo saldrá al campo con su estatua hecha, pues se partió la batuta hace seis años orquestando un Mundial mitológico para un país hecho un trapo, pero guarda todavía el compás de las finales, que es lo que sacan los grandes; lo hizo Xavi en Austria para dejar solo a Torres, y ya puede ver uno a Pirlo merodeando los tres cuartos de campo con la pelota atada a su tobillo como un cascabel, ahora para aquí y ahora para allá, mientras Schweinsteger no concilia el sueño pensando en el ruido atronador con el que suenan los delicados pases de Pirlo. Seda en las formas y suave en el desplazamiento; rugido de misiles cuando llegan a su destino, silbando por el césped de un lado a otro hasta que el rival, si Andrea está emocionado, pide clemencia subiéndose al palo de la bandera.
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Mensajepor esmorca » 08 Nov 2013 20:05

Dae escribió:Esmorca había hablado muchas veces de Jabois, pero dejo aquí por aportar algo a la temática del hilo, el artículo que me fidelizó a él. Y no sé por qué, sencillamente pasó.
:
Sabia que era cuestión de tiempo que todos y cada uno de Vds quedaran enganchados a Jabois¡¡bueno casi todos :magn: :magn: :magn: :magn: :magn: :magn:
y ahora se me chinchan y fastidian porque LE CONOZCO :ant :ant :ant :ant :ant :ant
no puedo decirt con él que tenga una relación de "estrecha amistad"..y dudo mucho de que si me lo cruzo por la calle me salude :huys: :huys: :huys: :huys: :huys: :huys: pero hemos cruzado dos palabras..bueno, yo las balbucee..
bromas aparte hace tiempo que le sigo..cuando era redactor de un periódico de provincias gallego..me alegro de que haya toque el cielo, porque sinceramente creo que lo merece..y es que la frase de dejar a los italianos a medio follar , se va a convertir en un clásico...ah¡¡¡¡y es alto delgado y atractivo
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Mensajepor Señorita No » 11 Nov 2013 12:23

esmorca escribió:ah¡¡¡¡y es alto delgado y atractivo

A ver si te vas a pensar que ese dato se nos había pasado por alto. 8)

Yo lo que quiero ignorar es eso de que tiene mujer y un hijo (aunque haya parido un libro cojonudo por él).
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Mensajepor Dae » 11 Nov 2013 12:43

Pues sepas, No, que a mi me atrae su personalidad. :lol:
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Mensajepor Señorita No » 11 Nov 2013 12:46

Sí, y yo en lo primero que me fijé fue en sus manos... :roll:
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Mensajepor Señorita No » 25 Nov 2013 16:48

El último escupitajo que le ha propinado Trapiello a Reverte, y de regalo a Marías:

Hombres como los de antes (24.11.2013)

HE aquí los hechos, expuestos con sencillez. Un buen día de hace unas semanas empezó a circular por la red cierto artículo de Pérez Reverte. Al comprobar que era de hace unos seis años (El Semanal, 22/7/07), el grado de desconcierto inicial no digo yo que se rebajara un ápice, pero entraron en juego otras consideraciones. En todo caso, se sintió uno como el flâneur o paseante baudelairiano, en la definición de Benjamin: “Aquel que llega tarde o que se va antes de tiempo del lugar de los hechos”. Esa es, desde luego, la historia de mi vida, y acaso, lector, lectora, la de la tuya, por lo que no creo que te moleste tampoco leer el mío seis años tarde también.

El del famoso escritor cartaginés se titula “Mujeres como las de antes”, y empieza con brío y gerundios inmarcesibles: “Muchas veces he dicho que apenas quedan mujeres como las de antes. Ni en el cine, ni fuera de él. Y me refiero a mujeres de esas que pisaban fuerte y sentías temblar el suelo a su paso. Mujeres de bandera. Lo comento con Javier Marías saliendo del hotel Palace, donde en el vestíbulo vemos a una torda espectacular. «Aunque ordinaria», opina Javier”. Al rato uno y otro amigo hacen repaso a su cinefilia erótica hasta llegar a Sophia Loren y Grace Kelly: “Al referirnos a la primera, Javier y yo emitimos aullidos a lo Mastroianni propios de nuestro sexo –no de nuestro género, imbéciles– que vuelven superfluo cualquier comentario adicional. Haciendo, por cierto, darse por aludidas, sin fundamento, a unas focas desechos de tienta que pasan junto a nosotros vestidas con pantalón pirata, lorzas al aire y camiseta sudada; creyendo, las infelices, que nuestro «por allí resopla» va con ellas”. Bulle la rúa, la pesca sigue, los miembros avizoran y la testosterona pone al fin su piquita en Flandes, al cruzarse con “una rubia (...) que camina arqueando las piernas, toc, toc, con tan poca gracia que es como para, piadosamente –¿acaso no se mata a los caballos?–, abatirla de un escopetazo”.

En un país en el que mueren cada año medio centenar de mujeres abatidas de un escopetazo o apuñaladas, esa desenvoltura anonada. Pero seis años son muchos. En una entrevista con Jordi Évole, esta sí reciente, Pérez Reverte invoca una Revolución que no acaba de llegar (deplora él en otro lugar que España no hubiese tenido una buena guillotina). También en sus artículos su amigo Marías nos recuerda cada semana la mierda de país en el que vivimos, soez y casposo. Cuánta razón lleva. Y cierto que es raro que ni él ni nadie hayan denunciado ese artículo en un juzgado por apología de la violencia de género, de la caspa y de los gerundios (podrían haberlo hecho las miembros de su Academia, por ejemplo, mientras toman allí el té, entre pasta y pasta, o entre caspa y caspa), o que siga colgado en la web del escritor, pero debe de haber razones de peso para ello que se me escapan. Y lo digo porque lo normal es que cuando un caballero español piensa que no quedan mujeres como las de antes, es porque se cree un hombre de verdad, de los de toda la vida, con las turmas bien puestas. No como aquellos de hace un siglo que no se envilecían en cada una de las palabras que escribían. Y si bien no se siente uno colega de Pérez ni por rumores, nada, aquí estamos también a ver si sabemos hacernos revolucionarios. Aunque me queda esta duda: ¿para esa famosa Revolución nos valdrá la misma escopeta que acabó con el toc-toc?
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Mensajepor Señorita No » 25 Nov 2013 16:52

Y el artículo de Reverte al que hace referencia:

Mujeres como las de antes (22.07.2007)

Muchas veces he dicho que apenas quedan mujeres como las de antes. Ni en el cine, ni fuera de él. Y me refiero a mujeres de esas que pisaban fuerte y sentías temblar el suelo a su paso. Mujeres de bandera. Lo comento con Javier Marías saliendo del hotel Palace, donde en el vestíbulo vemos a una torda espectacular. «Aunque ordinaria», opina Javier. «Creo que no lo sabe», apunto yo. Seguimos conversando carrera de San Jerónimo arriba, en dirección a la puerta del Sol. Es una noche madrileña animada, cálida y agradable, que nos suministra abundante material para observación y glosa. Yo me muevo, fiel a mis mitos, en un registro que va de Ava Gardner y Debra Paget a Kim Novak, pasando por la Silvana Mangano de Arroz amargo; y Javier añade los nombres de Donna Reed, Rhonda Fleming, Jane Rusell y Angie Dickinson, que apruebo con entusiasmo. Coincidimos además en dos señoras de belleza abrumadora, aunque opuesta: Sophia Loren y Grace Kelly. Al referirnos a la primera, Javier y yo emitimos aullidos a lo Mastroianni propios de nuestro sexo - no de nuestro género, imbéciles- que vuelven superfluo cualquier comentario adicional. Haciendo, por cierto, darse por aludidas, sin fundamento, a unas focas desechos de tienta que pasan junto a nosotros vestidas con pantalón pirata, lorzas al aire y camiseta sudada; creyendo, las infelices, que nuestro «por allí resopla» va con ellas. Respecto a Grace Kelly, dicho sea de paso, me anoto un punto con el rey de Redonda -me encanta madrugarle en materia cinéfila, pues no ocurre casi nunca-, porque él no recuerda la secuencia del pasillo del hotel en Atrapa a un ladrón, cuando doña Grace se vuelve y besa a Cary Grant ante la puerta, de un modo que haría a cualquier varón normalmente constituido dar la vida por ser el señor Grant.

Pero no sólo era el cine, concluimos, sino la vida real. Los dos somos veteranos del año 51 y tenemos, cine aparte, recuerdos personales que aplicar al asunto: madres, tías, primas mayores, vecinas. Esas medias con costura sobre zapatos de aguja, comenta Javier con sonrisa nostálgica. Esas siluetas, añado yo, gloriosas e inconfundibles: cintura ceñida, curva de caderas y falda de tubo ajustada hasta las rodillas. Etcétera. No era casual, concluimos, que en las fotos familiares nuestras madres parezcan estrellas de cine; o que tal vez fuesen las estrellas de cine las que se parecían muchísimo a ellas. Hasta las niñas, en el recreo, se recogían con una mano la falda del babi y procuraban caminar como las mujeres mayores, con suave contoneo condicionado por la sabia combinación de tacones, falda que obligaba a moverse de un modo determinado, caderas en las que nunca se ponía el sol y garbo propio de hembras de gloriosa casta. En aquel tiempo, las mujeres se movían como en el cine y como señoras porque iban al cine y porque, además, eran señoras.

Con esa charla hemos llegado a la calle Mayor, donde se divisa por la proa un ejemplo rotundo de cuanto hemos dicho. Entre una cita de Shakespeare y otra de Henry James, o de uno de ésos, Javier mira al frente con el radar de adquisición de objetivos haciendo bip-bip-bip, yo sigo la dirección de sus ojos que me dicen no he querido saber pero he sabido, y se nos cruza una rubia de buena cara y mejor figura, vestida de negro y con zapatos de tacón, que camina arqueando las piernas, toc, toc, con tan poca gracia que es como para, piadosamente -¿acaso no se mata a los caballos?-, abatirla de un escopetazo. Nos paramos a mirarla mientras se aleja, moviendo desolados la cabeza. Quod erat demostrandum, le digo al de Redonda para probarle que yo también tengo mis clásicos. Mírala, chaval: belleza, cuerpo perfecto, pero cuando decide ponerse elegante parece una marmota dominguera. Y es que han perdido la costumbre, colega. Vestirse como una señora, con tacón alto y el garbo adecuado, no se improvisa, ni se consigue entrando en una zapatería buena y en una tienda de ropa cara. No se pasa así como así de sentarse despatarrada, el tatuaje en la teta y el piercing en el ombligo a unos zapatos de Manolo Blahnik y un vestido de Chanel o de Versace. Puede ocurrir como con ese chiste del caballero que ve a una señora bellísima y muy bien puesta, sentada en una cafetería. «Es usted -le dice- la mujer más hermosa y elegante que he visto en mi vida. Me fascinan esos ojos, esa boca, esa forma de vestir. La amo, se lo juro. Pero respóndame, por favor. Dígame algo.» Y la otra contesta: «¿Pa qué?... ¿Pa cagarla?».
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Mensajepor Telémaco » 05 Ene 2014 10:12

Lo que pasa en el conflicto

MANUEL JABOIS 05/01/2014

Más allá de la extraordinaria confianza del juez Pedraz en que la reunión de asesinos que no se arrepienten de matar a cientos de personas no constituye, por sí mismo, un «discurso del odio», si algún atractivo tiene esa foto histórica de Durango es el aire a cita familiar de Nochevieja en la que todos, borrachos de libertad, deciden que ahora quieren apostar por las vías políticas. Ese aire embriagador a la hora de los postres en la que cualquier cosa es posible, hasta que Jack el Destripador, eufórico, se levante dando un puñetazo en la mesa y anuncie que a partir de ahora empezará a pagarse las putas.

Y sin embargo cala. De tal manera que ya hay más esfuerzo en ver gestos de perdón en los terroristas que en los propios terroristas de ofrecerlos. Producto de esta atmósfera artificial se pretende interpretar cualquier palabra como un mensaje de amor y esperanza donde sólo hay exculpaciones, victimismo y sintaxis de parte médico para referirse a los cadáveres, despachados como «consecuencia del conflicto». Sólo de esa manera se explica un comunicado en el que las primeras palabras se dedican a agradecer el cariño de los barrios y a recordar que acumulan entre todos cerca de 1.500 años de cárcel, «testigos del dolor y la muerte causada por la dispersión» (es la única vez que se menciona la palabra «muerte»).

Hay más esfuerzo en ver gestos de perdón en los terroristas que en los terroristas de ofrecerlos
¿Por qué tanto castigo, presentado por acumulación y no desglosado, pues hay quien ha pagado doce meses por cadáver? No se explica en el comunicado. Todo cabe en el «conflicto»; el «conflicto» es una especie de triángulo de las Bermudas en el que desaparece todo, se deshumanizan las personas salvo para significar torturas y cualquier acto pasado está a la misma distancia que otros en rigurosa equidistancia, desde el accidente de tráfico del hermano de un preso hasta el bombazo en el coche que lo encerró. Lo que pasa en el «conflicto», como en Las Vegas, se queda en el «conflicto».

Ha sido, sin duda, la gran victoria lingüística de ETA, la piedra Rosetta que ha agitado cuando disparaba y cuando ha dejado de disparar; el «conflicto» sirvió para llenar las calles de cadáveres y ha de servir para vaciar las cárceles de presos. La existencia de ese «conflicto», su permeabilidad histórica, les dispuso para la guerra y para la paz. Un «conflicto» que ha ido moviéndose en función de las derrotas, llevando el enfrentamiento a campos cada vez más asequibles: del Estado vasco socialista nos hemos venido al derecho a decidir, que es el último grito en el prêt-à-porte del nacionalismo. Ignoran aún ahora, y deliberadamente, que el único conflicto que han tenido es con la realidad.

En Durango se produjo una dramatización, un engendro moral que tuvo en la propia ETA su mecedora al poner a Kubati como mártir demandante de reinserción; tres años tenía el hijo de Yoyes cuando vio como Kubati mataba a su madre por querer lo mismo. Es asombroso, viendo la foto, como en los rostros de los terroristas han ido amontonándose rasgos de sus asesinados, desfigurándolos; como si de una vez por todas empezasen a parecerse a sus crímenes, empezando por Kubati. Leyó el comunicado en el Kafe Antzokia de Durango pero es difícil no imaginarlo bajo la mirada de un crío al que se llevaron en volandas diciendo que su madre había marchado de viaje, del mismo modo que Troitiño deambula por Hipercor y Txapote huye del bosque en el que dejó a Miguel Ángel Blanco; ahora, sin pedir perdón, con el convencimiento de que aquello fue necesario y que basta reconocer el daño causado, que en un terrorista es como el butanero admitiendo la bombona, quieren acogerse a la política y a la ley, presentarlo como conejo fuera de la chistera y toparse con la benevolencia que el Estado ha de tener cuando se adjetiva el asesinato como «político», cláusula inefable que en una democracia, precisamente por serlo, tendría carácter monstruoso.

La extravagancia final de la reunión de expresidiarios es la ambición de ser sujetos vinculantes en la consecución de la paz, un privilegio negado a las víctimas por tener su juicio alterado por el «sufrimiento» pero que en ellos es posible: la mera convocatoria del acto lo corrobora. Esa pátina política que lo embadurnó todo en Durango siguiendo un proceso lógico que comenzó tras la tregua de ETA (otro paso político glamuroso fue dejar de matar) es la que ha de manejar el Gobierno; de todos los cables sueltos que la banda ha dejado en su proceso de descomposición, el de travestir la condena del tiro en la nuca como oportunidad política es el más delicado que hay sobre la mesa. En el acto de ayer se dijo, bajo expresiones rentables para bienintencionados, que la sangre del mostrador tiene un crédito en la negociación; que necesitan del Estado una especie de compensación por dejar de hacerlo, o sea haberlo hecho.

Juegan con ventaja: cualquier reconocimiento pequeño, aun envuelto en exigencias, era impensable hace años. De ese modo se olvida que lo impensable fue matar.
Que el dinero no da la felicidad, que el sexo estropea la amistad y que no hay mal que por bien no venga lo dijo todo el mismo imbécil.
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Pastinaca
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Re: Artículos

Mensajepor Pastinaca » 05 Ene 2014 11:02

El de David Gistau es uno de esos nombres que he leído con avidez en el pasado y que, en algún momento, ha quedado guardado en algún cajón de la memoria sin que volviera a curiosear en él ni reparar en su mera existencia. Gracias por recuperarlo para mi yo consciente, Srta. No.

A ver si encuentro un rato y hago caso práctico al resto de sus recomendaciones.

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